Cornaro 175

Cuando las clases se reanudan en 1919, Pla regresa a la U.B., pero prefiere refugiarse en el Ateneo Barcelonés ante el aburrimiento que le producen las aulas. El 9 de enero de 1919 escribe: «He vuelto a Barcelona. La Universidad vuelve a abrir las puertas. He ido esta mañana. La misma suciedad física de siempre, las mismas caras de pasmados de los estudiantes, el mismo aire de cosa vieja, inútil y rancia… He entrado en la clase de Derecho Civil. El catedrático, un hombre de una solemnidad aplastante, ha empezado a hablar de los contratos con una voz monótona que invitaba al sueño absoluto. He aguantado veinte minutos. Me he levantado y he salido al claustro. El aire de los pasillos de piedra de la Universidad es de un frío húmedo, un frío de iglesia abandonada. He pensado que la vida es corta para perderla oyendo estas vacuidades. He decidido hacerme socio del Ateneo inmediatamente para encontrar un rincón con calefacción y libros de verdad».

La Universidad de Barcelona era, por aquellos años finales de la década de los ochenta, un recinto de arcos romanos y patios grises. El patio de Letras compartía esa atmósfera de iglesia barroca. Recuerdo las escalinatas de piedra, desgastadas por generaciones de estudiantes. Sin embargo, en los pasillos superiores, cerca de la biblioteca, o en los bancos de piedra del claustro, empezamos a reconocernos por la mirada, por los libros que llevábamos bajo el brazo. Allí se sentaban a discutir de poesía o de política. La Universidad no nos enseñó Derecho o Filosofía o Matemáticas, pero nos sirvió de ágora, de refugio contra la grisura provinciana de donde yo particularmente venía.

No me hice con mis condiscípulos. Pese a que deseaba muy íntimamente la camaradería, mis rarezas me aislaron. Coincidí con varios jóvenes de inquietudes culturales que rechazaron mi amistad. Mi paso por aquellas aulas de techos altísimos estuvo marcado por el descubrimiento de una soledad que marcaría mi vida. Eso sí, recuerdo muy cariñosamente a profesores como Ramón Cirera i Duocastella (muerto muy prematuramente), Ignacio Jané, Ramón Jansana o Mara Manzano. Espero que los jóvenes universitarios que aprobaron la selectividad, socialicen y pasen años muy felices. De veras.

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