Para los autores que ya han recorrido gran parte del camino de la vida, la biblioteca deja de ser un simple lugar de estudio o de acumulación de ciencia para convertirse en el locus amoenus definitivo: un espacio de paz, libre de las tormentas y melancolías del yo, el ruido del mundo y la decadencia del cuerpo. Nada me produce más paz y equilibrio que tomar «Retrato de una dama» en la edición de Alba. Cuenta con la traducción de María Luisa Balseiro, una obra de arte en sí misma, por cómo traslada la prosa psicológica, sinuosa y aristocrática de James al castellano.Son ediciones en gran formato, con cubiertas de tela estampada, marcapáginas de hilo y una tipografía impecable; rozan la categoría de muy amable bibliofilia accesible.
El mundo exterior suele volverse ruidoso, vulgar y predecible. Las discusiones políticas, las modas pasajeras y la ambición humana se repiten en un bucle tedioso. El habla pastosa, zarrapastrosa y andrajosa de los poderosos del mundo nos cansa a todos. La biblioteca -reflexiónese- funciona como un fuerte amurallado. Dentro de ella no hay «tufo», no hay «grisalla», no hay «felones» ni disputas por el poder del día. Hay permanencia. Es un espacio de orden y bendito silencio en medio del caos del mundo.
Charles Nodier, escritor y bibliotecario, que custodió la célebre Biblioteca del Arsenal en París, expresó de forma bellísima cómo los libros se convierten en los únicos compañeros fieles cuando el cuerpo declina y la sociedad nos da la espalda: «A medida que los años nos alejan de las ilusiones de la juventud y que el círculo de nuestros amigos reales se va estrechando por la muerte o la ingratitud, los libros se convierten para el hombre que piensa en una necesidad cada vez más imperiosa. Llegados a cierta edad, el ruido del mundo nos fatiga, sus placeres nos parecen insípidos y sus ambiciones, un juego de niños ridículo. Es entonces cuando la biblioteca se transforma en el único santuario inalterable. Allí, alineados en sus estantes de madera, nos esperan los únicos amigos que jamás cambiarán de humor, que nunca nos pedirán cuentas por nuestras canas ni por nuestra pobreza, y que guardarán para nosotros la misma palabra de sabiduría hoy que hace veinte años. Entrar en una biblioteca en la vejez es como regresar al hogar paterno después de un largo y tormentoso naufragio: el alma respira, el silencio nos envuelve como un bálsamo y, al abrir un viejo volumen, sentimos que recuperamos la parte más pura y noble de nosotros mismos, aquella que el mundo exterior intentó corromper».
