Cornaro 179

Me chiflan el Scrabble, el ajedrez y los juegos de acertijos lógicos.

Jugar no es una pérdida de tiempo; es, como decía Schiller, el momento exacto en que el ser humano es plenamente humano. En una sociedad obsesionada con la productividad, el juego intelectual es una hermosa resistencia: un esfuerzo mental extremo que no busca producir nada material, solo el placer estético de la resolución.

Al principio todo estaba muy tranquilo en el tablero; pero luego se produjo una especie de alteración física en el interior de la caja de rapé: el espacio se contrajo, se volvió denso e invisiblemente cargado; las piezas se magnetizaron y se atrajeron unas a otras, doblándose las trayectorias de sus movimientos como los rayos de luz en un campo gravitatorio… Christian vio cómo se cerraba la trampa que él mismo había tendido. En el centro del tablero se formó un remolino invisible que arrastró hacia sí todas las fuerzas vivas de la partida. El juego se desprendió de su envoltura de madera y marfil, y se convirtió en una pura interacción de fuerzas puramente ideales, de vectores geométricos. Ya no eran piezas lo que movía, sino densidades de peligro, líneas de asalto, puntos de colapso inminente (inspirado en Nabokov)

Pasamos la velada jugando con Marta al Scrabble en una mesa baja junto a la chimenea apagada. Ella tenía esa manera única de sostener los pequeños listones de madera entre sus dedos delgados, barajando las letras con un tintineo seco que a mí me sonaba como el crujido de la grava bajo los pasos de un visitante nocturno. El juego avanzaba con una lentitud solemne. El tablero se iba poblando de palabras cruzadas que parecían cementerios de intenciones abortadas y súbitos relámpagos de genialidad lingüística. Ella colocó un triple tanto de palabra, usando la ‘X’ y la ‘Z’ con una crueldad que me dejó sin aliento, mientras yo me quedaba contemplando mi soporte, un páramo estéril de vocales idénticas, cuatro ‘E’ y tres ‘O’, que se negaban a formar cualquier entidad semántica que pudiera salvarme de la derrota. En ese momento, el Scrabble dejó de ser un pasatiempo; se convirtió en un microcosmos de la literatura misma: la lucha agónica por hacer encajar el caos del alfabeto en el orden implacable del mundo (nuevamente inspirado en Nabokov)

¿A qué jugabas de niño y en qué ha cambiado? Antes el juego era más físico, callejero o analógico y molecular. Hoy en día los niños están muy volcados en el videojuego y la pantalla. No es que los videojuegos sean malos (muchos son auténticos acertijos lógicos interactivos de una complejidad asombrosa), pero se ha perdido el valor del aburrimiento creativo y el tacto de los objetos.

Si tuviera que recomendar un juego que una la lógica, la palabra y el misterio, podría recomendar Codi Secret (Código Secreto), un juego de mesa donde un «espía» debe dar pistas de una sola palabra para que su equipo adivine qué conceptos del tablero están conectados, evitando la palabra prohibida. Es pura filología, lógica y psicología combinadas, ideal tanto para jóvenes como para adultos.

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