Catarrazo o acaso gripe. Tengo la cabeza como un nido de grillos y este catarro horroroso que me baja hasta colonizar el pecho. No pueden imaginarse el suplicio que es intentar escribir en este estado. Los dedos tiemblan de fiebre y la pantalla me deslumbra los ojos. Paso horas ante la pantalla en blanco buscando un adjetivo que en días normales vendría a mí en un segundo. El catarro entumece el pensamiento; uno se vuelve estúpido, puramente animal. Siento que tengo el cerebro taponado por la mucosidad y que ninguna idea hermosa puede abrirse paso a través de esta costra. Es una invalidez rabiosa, porque el deseo de trabajar sigue ahí, pero la máquina física se niega a obedecer. Escribir con fiebre es como intentar dibujar un mapa preciso en medio de un terremoto. El catarro te quita el centro de gravedad. Las ideas no vienen en orden, sino en tropel, deformadas por el malestar físico, y cuando intentas atraparlas para darles forma literaria, se te escapan de las manos. Te queda esa sensación de impotencia, de estar viendo pasar las cosas detrás de un vidrio empañado. El cuerpo te exige que te rindas, que cierres los ojos, y la mente, que es una tirana, se resiente porque odia verse rebajada a la simple tarea de tiritar bajo las mantas y buscar el agua o el zumo.
El catarro avillana y atrofia el estilo. Este resfriado terrible me ha quitado toda la energía. Siento la cabeza pesada, como si estuviera llena de un líquido espeso que impide que los pensamientos se muevan con libertad. La escritura requiere una concentración tan pura que el menor dolor físico la desvía. Frustra una barbaridad la incapacidad de sostener el hilo de una frase larga o de recordar la palabra exacta. Las metáforas se vuelven torpes y la estructura de un argumento se desmorona. Me duelen los hombros y la cabeza, la espalda y las manos. La luz del flexo hiere los ojos, lo que hace imposible corregir o leer. Una mente que sufre por un catarro no puede volar.
