Cornaro 182

Es típico del columnismo de Carlos Herrera el uso de motes, la familiaridad satírica, el contraste exagerado, las referencias pop o el mero costumbrismo. Un calco de su estilo periodístico radiofónico. A mí a veces esas maneras no siempre me disgustan.

Los autócratas y emperadores de la historia —incluidos los bizantinos— dominaban el arte de buscar «pantallas de humo» o subterfugios para distraer al pueblo y sacudirse el tufo a corrupción. Así Justiniano II (siglo VII-VIII) Un emperador bizantino propenso a la megalomanía y rodeado de ministros profundamente corruptos (como el eunuco Esteban el Persa, que llegó a azotar a la madre del propio emperador). El descontento social por la recaudación ilegal de impuestos y la corrupción era insostenible. Cuando los sumarios morales y la rabia del pueblo amenazaban su trono, Justiniano II recurrió al terror combinado con el espectáculo en el Hipódromo de Constantinopla. Desvió la atención organizando ejecuciones públicas masivas de sus opositores políticos bajo el pretexto de «limpiar el Imperio», mientras financiaba juegos y carreras para mantener al pueblo distraído. Al igual que los «partidos de fútbol hasta octavos» que menciona Herrera, el Hipódromo era la anestesia social de Bizancio. No funcionó para siempre: le terminaron cortando la nariz y desterrándolo.

El texto de Herrera expresa una constante del poder: cuando la realidad judicial o económica ahoga a un gobernante, este busca un elemento sagrado, festivo o exterior para salvaguardarse. El objetivo del poder siempre ha sido el mismo: que el ruido del circo impida escuchar el avance de los sumarios.

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