Cornaro 183

En España hay un horror inveterado a la inteligencia, una desconfianza casi zoológica hacia cualquiera que intente pensar con rigor y sin concesiones a la galería o al cliché. El español medio prefiere la improvisación, el ingenio de bar y la vehemencia del grito antes que el ascetismo del método intelectual. Lo que aquí llaman ‘vida cultural’ suele ser una corrala, un intercambio de favores y palmaditas en la espalda donde la mediocridad se erige en norma para que nadie se sienta disminuido. Nos encanta el escaparate, la modernización cosmética, el festival financiado por el municipio; pero detrás de esa tramoya no hay nada, solo un vacío absoluto de lecturas, una pereza mental crónica y una complacencia bovina en la propia ignorancia. El castigo para el que busca la excelencia en este país es siempre el mismo: el destierro, el ninguneo, o la acusación de pedantería.

Lo verdaderamente terrorífico de la España actual no es ya que la gente sea tan inculta —eso ha ocurrido en muchas épocas—, sino que ahora se es inculto gozosamente, con orgullo, con arrogancia y con una beligerancia inaudita. Los ignorantes se jactan de ello. Antes, el ignorante tenía al menos la decencia de callar o de sentir cierta vergüenza; hoy exige que se rebaje el lenguaje, la literatura y la filosofía a su nivel de comprensión para no sentirse ofendido.

Vivimos bajo el terror de una grisura omnipresente, una dictadura de la mediocridad que avanza disfrazada de progreso y democratización. Se ha extirpado de la vida pública la noción de excelencia; hoy, todo lo que destaca, todo lo que exige una mirada de altura o una sensibilidad refinada, es sistemáticamente linchado por considerarse aristocrático o pretencioso. Hemos sustituido las catedrales del espíritu por el parque de atracciones digital. El ciudadano contemporáneo ya no tolera el misterio, la contradicción o la densidad del pensamiento; exige consignas masticadas, eslóganes éticos y un entretenimiento constante que lo inmunice contra la lucidez. España, en particular, arrastra una trágica querencia por la zafiedad, un orgullo ciego de su propia incultura que hoy se ve multiplicado por las tecnologías de la inmediatez. Nos estamos convirtiendo en un desierto de almas idénticas, grises, que devoran pantallas mientras olvidan cómo mirar al abismo.

«La Universidad ya no es el templo del saber, sino una fábrica de gestores dóciles, un simulacro donde se ha sustituido la lectura profunda y el pensamiento crítico por la prisa, las diapositivas de PowerPoint y las competencias técnicas de baratillo. (…) Hemos educado a una generación en la creencia de que la información inmediata equivale al conocimiento, cuando en realidad solo es ruido que aturde. El resultado es la entronización de un nuevo tipo de estudiante y de ciudadano: el ignorante con titulación, un individuo que ha pasado por las aulas sin que las aulas hayan pasado por él, incapaz de comprender la genealogía de su propia cultura, ciego ante la complejidad y profundamente hostil a todo lo que exija esfuerzo, silencio o memoria. Las humanidades han sido eclipsadas porque una sociedad mercantilizada y gris no necesita ciudadanos libres, sino operarios perfectamente alfabetizados para la máquina pero espiritualmente analfabetos», Jordi Llovet.

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