Cornaro 197

Me hundo; caigo en las entrañas de la tierra. El silencio cae sobre mí como un peso o una daga afilada. El mundo se ha alejado; las voces de los que amo están amortiguadas, muertas y distantes. Estoy solo, terriblemente solo, en una vasta llanura donde no hay caminos ni refugios. Siento que mi propio cuerpo se desvanece, que ya no soy una entidad sólida, sino una niebla que se disipa en la oscuridad. Esta es la verdadera soledad: no estar físicamente aislado, sino sentir que la propia existencia carece de significado para los demás, que si desapareciera en este instante, el universo continuaría su curso sin notar el más mínimo vacío.

La máxima desgracia no es estar solo en la propia habitación, sino estar solo en una multitud. Sentir que los demás ríen, hablan y se aman, y saber que entre tú y ellos hay un abismo insalvable que ningún puente podrá cruzar jamás. Esta soledad mía no es un accidente; es una dolencia crónica, un defecto de fábrica de mi alma. He intentado abrirme al mundo, he intentado amar, pero siempre regreso a este rincón oscuro, a este silencio que me juzga y me condena. Nadie se cura de la soledad; a lo sumo, uno se acostumbra al dolor que produce, como se acostumbra un tullido a su cojera.

La verdadera desgracia no es estar solo, sino no poder estar con los otros aunque se los desee. Hay una forma de aislamiento que no ennoblece, que no purifica ni vuelve más lúcido: simplemente desgasta. En ese estado, el pensamiento no se eleva, se repite; no crea, se muerde la cola. El mundo exterior se vuelve inaccesible y el interior se vuelve inhabitable. El aislamiento no es lo mismo que la soledad. En la soledad uno está consigo mismo; en el aislamiento, uno está abandonado incluso por sí. El aislamiento destruye la capacidad de pensar porque el pensamiento necesita, aunque sea implícitamente, la presencia de otros. No es la ausencia de sentido lo que más hiere al hombre, sino la ausencia de rostros. Un mundo sin interlocutores no es un mundo absurdo: es un mundo inhabitable.

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