Aunque Adriano es un emperador, Yourcenar lo retrata en gran parte de la obra como un agudo estudioso de la condición humana, la filosofía y las letras griegas. Aquí reflexiona sobre la relación entre el sabio y sus libros: «Casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego… He fundado bibliotecas; es como construir graneros públicos, amontonar reservas para un invierno del espíritu que, por ciertos signos, a mi pesar, veo venir. (…) Me gusta entrar en las escuelas, escuchar a los sofistas, ver a los jóvenes ejercitarse en las disputas lógicas. El estudio ha sido para mí un remedio contra la ambición, un refugio contra los hombres, y a menudo un consuelo en la desgracia. En los libros he aprendido a conocer a los antiguos, y en ellos he creído encontrar las claves de mi propio destino».
Y recordemos al estudioso obsesivo Alonso Quijano: «Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos… En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio».
No cesa mi pasión por el estudio y el conocimiento. Me lo legó mi familia y mis maestros, y es lo menos innoble que hay en mí. Mi biblioteca es grande, y es selecta; se compone de libros que han envejecido conmigo, que han compartido mis mudanzas, mis noches de insomnio y mis raros momentos de paz. Me gusta el desorden ordenado de sus estantes, donde un tratado de filosofía del siglo XVIII descansa al lado de una novela barata de misterio que me consoló durante una gripe. Cuando entro en esa habitación, el olor me recibe como un perro fiel: es una mezcla de tabaco de pipa, cuero viejo, madera de cedro y ese aroma dulzón, casi a vainilla, que desprenden las páginas de los libros antiguos cuando se descomponen lentamente. Es una geología del pensamiento; puedo mirar un lomo gastado y recordar no solo lo que dice el texto, sino quién era yo la primera vez que lo leí.
Pirkei Avot (6:1): «Quien se dedica a la Torá por amor de ella merece muchas cosas; más aún, el mundo entero resulta digno por él. Es llamado amigo, amado de Dios y amado de los hombres; reviste humildad y reverencia; lo hace apto para ser justo, piadoso y recto; lo aleja del pecado y lo acerca al mérito». O Francis Bacon, «Of Studies»: «Los estudios sirven para deleite, para ornamento y para capacidad. Su principal utilidad para el deleite está en la vida retirada y en la contemplación; para el ornamento, en el discurso; y para la capacidad, en el juicio y en la administración de los negocios. Leer hace al hombre completo; conversar lo hace ágil; escribir lo hace preciso». O bien Maimónides, «Guía de los Perplejos»: «La perfección auténtica del hombre consiste en adquirir las virtudes intelectuales, es decir, en concebir ideas inteligibles que nos enseñen las verdades metafísicas. Por ellas alcanza el hombre su fin último y se hace verdaderamente hombre».
