Cornaro 199

(De mis memorias «El transportista de pianos»)

Mi bisabuelo paterno fue militar, matemático y poeta. Escribió un libro de divulgación de álgebra y varios poemarios. Mi padre lo admiró mucho. Mi bisabuelo materno fue un esquizofrénico. Emigró a América y estuvo un par de décadas deambulando perdido y viviendo a salta de mata; un día mi abuela Pascua se dirigió a mí, entre tierna y apenada, y me confesó: «Eres igual que mi padre». Esas sangres hierven en mí: el loco, el lógico, el escritor. Todos ellos fueron inteligentísimos y la historia los asumió y olvidó pese a sus hazañas. Hoy solo son muy vagos recuerdos de gotas de miel azul de una memoria familiar desvaída.

Desearía ser recordado como un estudioso, como aquel que en su infancia entró en una biblioteca, y no solo no salió de ella, sino que no permitió que nadie entrara en ella. Me gustaron los libros con desmesura; miraba con amor aquellas páginas blancas y limpias, aquellos caracteres negros y bellos. Los amaba como el avaro ama su oro, como el amante ama a su amante. Un hombre de espíritu científico, cuya sed de conocimiento era insaciable… que contemplaba el mundo a través de los cristales de sus gafas con la benevolencia de un filósofo y la curiosidad de un niño. Aquel hombre que parecía consumido por el fuego de una devoción puramente intelectual. Sus ojos, fijos en el vacío, parecían mirar hacia dentro, hacia un texto inmenso grabado en la memoria.

Soy un hombre de libros, un habitante de la Ciudad de los Libros, y no sé nada del mundo real salvo lo que he leído en pergaminos y papeles viejos. He pasado mi existencia descifrando manuscritos, catalogando textos, buscando variantes en códices medievales. A veces me pregunto si no habré cambiado la sustancia de la vida por su sombra. Sin embargo, ¡qué hermosa es esta sombra! En mi biblioteca, el tiempo no transcurre de la misma manera que en las calles de Barcelona u Orense. Aquí, los muertos hablan con más claridad que los vivos, y las pasiones de hace mil años conservan un perfume más dulce que las alegrías del presente. Sé que para muchos soy solo un viejo fósil cubierto de polvo de archivos, pero en este polvo yo encuentro la luz de los siglos

No leo para entretenerme, no leo solo para aprender; leo con una especie de absorción mística, un ensimismamiento total que no deja espacio para el mundo exterior. Vivo en una atmósfera compuesta exclusivamente de tipografía, títulos, fechas y nombres. Para mí, un hombre no es un cuerpo con un alma, sino un nombre asociado a un libro o a una edición. Mi cabeza calva, pulida por los años, es casi como un archivo indestructible en el que están registrados, con tinta invisible, pero indeleble, los títulos y los precios de todos los libros que han salido de las prensas del mundo entero durante cuatro siglos.

Mi hermana escribió de mí: «Christian era un hombre que pensaba; un hombre que guiaba a su mente por los senderos del conocimiento como un general guía a su ejército. Pero al llegar a cierto punto, al notar que la mente humana tiene un límite que él no podía traspasar, se llenaba de una tristeza desértica. Se veía a sí mismo como un faro que ilumina la noche, pero que permanece clavado en la roca, solitario y frío. Toda su erudición, todos sus libros publicados, no le servían de nada cuando regresaba al comedor con su familia. Su mente, tan afilada para la lógica, era torpe y cruel para las relaciones humanas. Exigía simpatía, exigía elogios como un niño hambriento, porque en el fondo de su ser, el sabio temía que toda su vida de estudio no hubiera sido más que un largo paseo por un cementerio de ideas muertas, mientras la vida de verdad pasaba de largo».

Escribir libros, como uno de mis bisabuelos, y la vesanía, como la de otro de mis bisabuelos. Y ser un terrible melancólico, un compacto solitario que no se ama a sí mismo.

Deja un comentario