Tras semanas del perro negro, hoy me sentí muy bien (en comparación a días pasados) por la tarde Y PUDE LEER TRES HORAS, mejor dicho, hojear un montón de libros. Miré mis notas de lectura -y las contrapuse- de «El cierre de la mente moderna», de Allan Bloom, y «El cultivo de la humanidad», de Martha C. Nussbaum. Consulté el «Maurras», de Giocanti, que tenía atestado de subrayados y notas al margen, así como la biografía de Pla de Xavier Pla en Destino. Por último repasé, para refrescar la memoria, el monumental «Kierkegaard» de Joakim Graff en Tusquets. Después hinqué el diente a libros modernos o novedades pendientes de lectura: la biografía de Taravillo de Cunqueiro, la biografía de Arendt de Thomas Meyer, y una antología de Cunqueiro editada por la Fundación Santander. Leí un poco a Montaigne y Francis Bacon y Scholem y di por cumplida la tarde.
Por la mañana hablé con mi enfermera Lorena y me dijo que le comentaría a mi psiquiatra un cambio para un nuevo antidepresivo. Advierto en mí una salud más vigorosa, un aprender a valorar la luz del sol. Aquellos que sufren tienen una cita con el alba. No hay sombra sin luz, ni desesperación que pueda resistirse al paso inexorable del tiempo que todo lo cura. La esperanza no es una ilusión; es la certeza de que el día reclama su lugar frente a las tinieblas. «Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo. No te dejes separar de mí. Cerca está el país que llaman vida. Lo reconocerás por su seriedad. Dame tu mano… Debemos asumir nuestra existencia tan ampliamente como sea posible; todo, incluso lo inaudito, debe ser posible en ella. En el fondo, el único coraje que se nos pide es tener valor para lo más extraño, lo más portentoso y lo más inexplicable que nos pueda ocurrir», Rilke.
