Y no puedo leer ya nada. Intento leer libros que antes me encantaban, pero me parecen insípidos. Las palabras simplemente desfilan ante mis ojos sin dejar rastro. No hay ningún tipo de absorción. Solía pensar que la lectura era el gran consuelo, un territorio al que siempre podía escapar. Ahora descubro que la lectura requiere un estado de paz que ya no poseo. En este estado de desolación, un libro es solo un trozo de papel muerto. Mi mente está demasiado llena de su propia miseria como para hacer espacio a los pensamientos de otro hombre. Mi mente, insisto, está en un estado de terrible dispersión y confusión. Durante estos periodos de profunda melancolía, me siento completamente incapaz de aplicar mi atención a los libros. Abro un volumen con la firme intención de leer, pero antes de haber terminado una página, mis pensamientos se desvían hacia fantasías sombrías y temores espantosos. Vuelvo a intentar fijar la vista en el papel, pero el intelecto está entorpecido, como si estuviera nublado por un vapor pesado. Es una de las mayores miserias de esta condición: que aquello que podría curar el espíritu —el conocimiento y la sabiduría de los libros— se vuelve inaccesible. Totalmente insensible a todo disfrute que antes derivaba de los libros y del estudio. En este estado de escepticismo melancólico, pretendo continuar con mis lecturas habituales, pero lo hago de manera puramente mecánica, sin el menor interés vivido. Y al final no puedo. Los libros de los filósofos o de los poetas me parecen secos y vacíos. Las verdades en las que antes había creído con pasión ya no tienen poder para conmoverme ni para activar mi pensamiento. Me encuentro en una parálisis emocional e intelectual tal que leer una página de mi autor favorito me deja tan frío como si estuviera leyendo una lista de nombres al azar. Siento que todo el conocimiento acumulado en el mundo no sirve para nada si la capacidad de sentirlo y asimilarlo murió dentro de mí.
«Mi mente ha cambiado en los últimos veinte o treinta años… Ahora, desde hace muchos años, no puedo tolerar leer una línea de poesía; intenté leer a Shakespeare últimamente y lo encontré tan intolerablemente aburrido que me dio náuseas. También he perdido casi por completo el gusto por las novelas o la literatura general. Cuando intento leer algo que no sea estrictamente científico, mi mente se agota de inmediato o se distrae con un malestar físico y un cansancio nervioso insoportable. Esta atrofia de mis gustos estéticos y literarios es un motivo de gran lamento, pues sé que la lectura solía proporcionarme un placer inmenso, y su pérdida es como la pérdida de una parte de mi propia mente, una parálisis de las facultades superiores que mi precaria salud me ha impuesto», Charles Darwin, «Autobiografía».
«Cuando el Perro Negro se sienta a mi lado, la luz se apaga. Las actividades que antes me daban vida se vuelven pesadas e inútiles. En esos periodos, los libros pierden su voz. Me siento en mi biblioteca rodeado de miles de volúmenes, pero me resultan tan ajenos como si estuvieran escritos en un idioma que nunca aprendí. Intento leer para escapar de la terrible pesadez del espíritu, pero la concentración me abandona a las pocas líneas. Las palabras se desdibujan y la mente se niega a procesar el significado. Es una sensación de impotencia espantosa mirar tus libros favoritos y no encontrar en ellos ningún consuelo, ninguna chispa, solo el reflejo de tu propia postración», Winston Churchill, recopilado de sus cartas privadas y las memorias de sus allegados durante sus periodos de inactividad política.
«La melancolía es una tirana que destruye el ingenio y entorpece la memoria. Cuando este humor negro se apodera del hombre, todos sus estudios y lecturas se vuelven una carga insufrible. Aquel que antes pasaba los días y las noches gozosamente entre sus libros, ahora los mira con horror y aversión. Intenta fijar sus ojos en la página, pero su mente vuela, agitada por mil sospechas, temores y fantasías lúgubres. El entendimiento se vuelve pesado, sordo y estéril; las letras se confunden ante su vista y no puede retener nada de lo que lee. De este modo, la literatura, que es el alimento del alma y el remedio más soberano contra las penas del mundo, se torna inútil para el melancólico, pues su entendimiento está encadenado y su espíritu, enfermo.», Robert Burton, «Anatomía de la melancolía».
La depresión me ha despojado de todas mis herramientas. La más devastadora de estas pérdidas es la desaparición de mi capacidad lectora. Para alguien que desde los cuatro o cinco años ha leído varios libros a la semana, cuya vida entera gira en torno a las palabras y las ideas, la pérdida de la lectura es una amputación espiritual. No es solo que no pueda concentrarme; es que las palabras mismas carecen de sentido. Paso los ojos por una página de un libro de texto o de una novela y, al llegar al final, no tengo la menor idea de lo que acabo de leer. Vuelvo a empezar, una y otra vez, hasta que la frustración y el llanto me obligan a cerrar el libro. La depresión congela el cerebro; bloquea los receptores que nos permiten conectar una frase con la siguiente. Durante meses, mi biblioteca, que siempre había sido mi refugio, se convierte en una colección de bloques de papel mudos y hostiles que solo sirven para recordarme lo enfermo que estoy.
