Recupero, «a modiño», con «sentidiño», mis ritmos de lectura. Hoy leí cuatro horas por la mañana (a Baroja) y la tarde la voy a dedicar a Christopher Hitchens. Los libros me defienden de la infelicidad, de la incuria y grisalla atroz de estos tiempos, de las dentelladas del perro negro de la melancolía, y crean un mundo donde la vida es más rica, más intensa, sin las limitaciones de la realidad, donde puedo vivir muchas vidas y morir muchas veces, pero seguir viviendo.
Cuando abrimos un libro, entramos en un refugio donde el tiempo se detiene, la imaginación fulge, la sensibilidad se eriza, el cerebro se engrasa, donde podemos dialogar con los muertos y comprender a los vivos. La pasión por la lectura no es un pasatiempo; es una manera de habitar el mundo con más lucidez, más empatía y más libertad. Feliz memoria pasada que se convierte en promesa de futuro.
