Empecé mi vida como sin duda la terminaré: en medio de los libros. En el despacho de mi madre los había por todas partes… Yo no sabía leer todavía, pero veneraba aquellas joyas alineadas erguidas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca. Sentía que el porvenir de mi familia se jugaba allí. Los tocaba a escondidas para honrar mis manos con su polvo, pero no tenía la menor idea de su uso. Cada día asistía a ceremonias cuyo sentido se me escapaba: mi madre marchaba hacia ellos, cogía uno sin dudar, lo hojeaba con un crujido de papel… Para mí, esos objetos eran sagrados, y mi primer libro de cuentos fue un fetiche que abrí antes de entender las letras, buscando adivinar el misterio que los adultos guardaban con tanto celo.
Apenas puedo recordar una época en la que no estuviera leyendo o en la que los libros no fueran el paisaje de mi mente. Recuerdo el primer libro que me perteneció de verdad, que no era un préstamo, sino mío. Sentarse en el suelo, con el libro en las rodillas, rodeado del gran silencio de la casa por la tarde, era entrar en un estado de trance. No se trataba solo de seguir la historia; era el olor de las páginas pegadas, el peso del volumen en mis manos infantiles. Aquellas primeras lecturas de infancia tenían una intensidad que nunca ha vuelto a repetirse; leíamos no para criticar, no para aprender, sino para devorar, para absorber el mundo de otros y transformarlo en nuestra propia carne y sangre. Descubrir que un libro podía transportarte lejos de la habitación fue mi primera experiencia de verdadera libertad.
Acabaré de vivir como empecé a vivir: con un libro entre las manos.
