Los libros nos sacan de la pequeña celda, a menudo insidiosa y morbosa, de nuestro presente y de nuestra propia soledad para integrarnos en otra ciudadanía. La República de las Letras. El libro es la patria de los que no tienen patria, el refugio -íntimo, rosa acrílico- de los que se sienten extraños en su propia tierra. Al abrir sus páginas, el solitario deja de estar solo; se conecta con una memoria que dialoga con él en el silencio más estricto, en una intimidad que ninguna ágora puede ofrecer. Los libros son mi patria, mi hogar, mi lenguaje, el significado de mi vida y mi único cielo. Para mí, las revoluciones, las guerras, el fútbol, las catástrofes cotidianas no son más que alborotos sordos que no logran penetrar en el sanctasanctórum de mi memoria impresa. El mundo exterior solo adquiere sentido cuando se transformaba en una línea de texto. Leer es ausentarse, retirarse de la escena del mundo para construir, en la penumbra, un orden propio. Por eso el libro es el país del solitario: porque le permite habitar un espacio ideal sin tener que soportar la mirada de los otros. El que lee está solo, pero en esa soledad funda una comunidad invisible con todos los demás lectores dispersos por el tiempo. La literatura es la única frontera donde el destierro del mundo se convierte en el más alto honor. «Fundar bibliotecas es como construir graneros públicos, amasar reservas contra un invierno del espíritu. […] En los momentos de más profunda soledad, cuando el mundo exterior parece desmoronarse o volverse hostil, el libro se convierte en un suelo firme. No hay patria más hermosa ni más segura que un libro bien amado. En él, el lector solitario encuentra una patria que no le exige sacrificios de sangre ni juramentos de bandera; solo le pide atención y silencio. Es el único territorio del mundo donde el pasado y el presente coexisten para consolarnos del horror de la prisa cotidiana», Yourcenar. E Italo Calvino: «Lo que te rodea debe quedar difuminado, lejos. El libro debe ser tu única realidad en este momento. […] Leer es apartarse de la masa, es fundar un territorio propio donde nadie puede entrar sin tu permiso. El lector solitario es un monarca de una patria que mide apenas unos centímetros cuadrados (lo que ocupa el papel abierto), pero que es más vasta que cualquier imperio de la tierra. En ese espacio, estás a salvo de los juicios, de las obligaciones y del ruido estéril de la vida. Estás, por fin, en tu verdadero lugar en el mundo».
Y todo ello sin olvidar la materialidad del libro. El olor de un libro viejo es madera, humedad, cola animal y polvo. Hay una sensualidad en acariciar el papel áspero, cortado a mano, sentir el relieve que la imprenta de tipos móviles deja en el reverso de la página, como una cicatriz. Los márgenes amplios no son un desperdicio de espacio; son las playas donde el ojo del lector descansa antes de volver a sumergirse en la corriente de la tinta. Quien no sepa apreciar la belleza de una página bien tipografiada, con sus letras negras alzándose firmes sobre el papel color crema, es un bárbaro que solo lee con los ojos, pero no con las manos ni con el corazón.
Libros, temblor, relumbre, músicas presentes y totales, razón y esencia de mi vida.
