Burton 17

Me fui a dormir a las doce y me levanté a las tres y media, en parte debido al calor, en parte porque me despertaron las voces. Me duché en el jardín, desnudo, con agua fría, y a la luz de la luna, y tomé después un poco de sandía. Tengo ganas de escribir.

¿Qué libros me salvaron de la locura? Cuando estás al borde del abismo, la literatura puede ser el recordatorio de que otros también han estado allí y han regresado para contarlo.

He descubierto que no sabía ver. No, no supe ver. Todo penetra en mí más profundamente y no se detiene en el lugar donde, hasta ahora, todo terminaba. Tengo un interior que ignoraba. Que ignoraba. Ahora todo va allí. No sé lo que pasa allí dentro ¿O sí lo sé? He estado estirado en mi cama, atento a las voces; sentía que no podía continuar, que estaba en un punto donde todo se detiene. ¿Es posible que todavía no se haya visto, dicho ni escrito nada real y fundamental? ¿Es posible que se hayan tenido miles de años para mirar, reflexionar y registrar, y que se hayan dejado pasar esos miles de años como un recreo en la escuela? Sí, es posible. Si mi angustia no fuera tan grande, me consolaría diciéndome que no es imposible ver las cosas de otra manera, y sin embargo continuar viviendo. La sandía. Ver esa carne encendida, tachonada de pepitas negras en medio de la noche calurosa del campo, da una sed rabiosa, un deseo violento de morder el frío de nevera de la fruta y sentir cómo el agua dulce limpia la garganta reseca por el polvo de los trigales. Carne esponjosa, de un rosa subido, llena de venas blancas que parecían hilos de plata. Cada bocado se deshace en la boca sin necesidad de masticar, es como beber un agua espesa y perfumada que te baja por el pecho y te enfría los pulmones. Una fortaleza vegetal recubierta de una coraza impermeable que desafía el sol abrasador del estío. Mientras el suelo se resquebraja y las hojas de los árboles se marchitan, este prodigio acumula litros de un agua destilada por las raíces con una pureza que ningún laboratorio puede replicar. Su interior es una geometría perfecta; una pulpa celular que retiene el líquido no como un cántaro, sino como millones de diminutas celdas de cristal que estallan al menor contacto. La sandía. El significado. La locura.

Me salvaron de la locura muchos libros bibliófilos y los de temática lógico-matemática. El mundo del bibliófilo no pertenece a quien simplemente lee, sino a quien rinde culto al libro como objeto sagrado, obra de arte y cápsula del tiempo. Para un bibliófilo, un libro es una entidad viva que posee cuerpo (encuadernación), alma (texto) y voz propia (el crujido del papel, el aroma de la tinta)

Atributos físicos como el aroma: una mezcla de vainilla, madera vieja, cuero curtido y el toque ácido del papel que ha envejecido con dignidad. Los químicos lo llaman degradación de la lignina; el bibliófilo lo llama el perfume del «tempus fugit». Y la encuadernación en piel de becerro o cabra (marroquí), grabada en oro de veinticuatro quilates con pequeños hierros calientes. Los nervios realzados en el lomo son las vértebras de una criatura que ha sobrevivido a siglos de olvido. O el papel de tina o de hilo, con barbas (los bordes desiguales y sin cortar), que conserva el tacto rugoso y orgánico del algodón. Al trasluz, revela la filigrana: la marca de agua del artesano que lo fabricó hace trescientos años. Y las guardas: hojas de papel jaspeado o al agua, con aguas de colores que imitan el mármol o el plumaje de un ave exótica, dando la bienvenida al lector antes de llegar a la portada.

Libros, libros… embajadoras del conocimiento, del razonamiento deductivo. «Introduction to Mathematical Logic», «A Mathematical Introduction to Logic», «Computability and Logic», «Gödel’s Proof», «Principia Mathematica». Una demostración no se obtiene únicamente reuniendo silogismos. Una demostración es una construcción que hace visibles las relaciones profundas entre los objetos matemáticos. Un teorema es una verdad matemática; una demostración es la explicación de por qué esa verdad no podría ser de otro modo. La demostración transforma una sospecha en conocimiento, una intuición en necesidad y una conjetura en certeza racional. La lógica es el arte de obligar a la inteligencia a seguir el camino de la necesidad. Allí donde termina la opinión y comienza la demostración, comienza también la lógica.

Estas cosas alivian algo mi irreductible (nocturna) locura.

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