Burton 18

Medito en esta alta madrugada color betún cruzado con rosas de estrellas. La sustancia es como un río en perpetuo fluir; las actividades cambian sin cesar y las causas sufren mil transformaciones. Solo somos un pulso insignificante en la cinta métrica infinita del universo, una velita efímera entre los dos cabos u orillas eternas de la noche. «Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y que la sigue, el pequeño espacio que ocupo y que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no hay ninguna razón de estar aquí y no allí, ni hoy y no mañana. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y disposición de quién este lugar y este tiempo han sido destinados para mí? El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra», Pascal.

La Tierra es un escenario muy pequeño, minúsculo y provinciano, en una vasta playa cósmica. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción del carácter. También lo creo. Quizá no hay mejor demostración de la memez insensata de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo, risible y enano mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más tierna y tolerantemente, con más bondad los unos a los otros. Nuestro hogar es una pequeña construcción de chapas de hojalata en un prado que se extiende por millones y millones de años-luz. El universo es vasto, impersonal y carente de propósito. El hombre es físicamente una mota insignificante, pero sus pensamientos abarcan las estrellas, miden sus distancias y penetran sus secretos. En esta soberanía de la mente reside su verdadera libertad y su único consuelo frente a la muerte inevitable. Centellea nuestra fábula de fuentes: somos la pequeñísima circulación sanguínea en el cuerpo de un titán gigantesco.

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