En su célebre obra «Elogio del libro» (así como en sus numerosos ensayos sobre biblioteconomía y amor a la lectura), el erudito español José Antonio Pérez-Rioja defiende la fisonomía del libro y el respeto que merece el volumen que ha envejecido prestando servicios a la cultura, a la humanidad: «El libro no es solo un depósito inerte de palabras, sino un organismo vivo que respira el aire de la época que lo vio nacer y de las épocas que ha logrado atravesar. El libro usado, aquel que muestra en sus páginas el rastro del tiempo y el sobamiento noble de unos dedos estudiosos, posee una dignidad de la que carece por completo el libro recién salido de las prensas. Un libro que ha envejecido con dignidad, que conserva su encuadernación original aunque esté fatigada, nos habla con dos voces distintas: la del autor que vertió en él su pensamiento y la del tiempo que lo ha consagrado. Quien maltrata un libro viejo o lo condena al rincón del olvido comete un acto de ingratitud hacia nuestra propia memoria colectiva, porque en esas páginas amarillentas late el pulso de las generaciones que nos precedieron».
En clásicos de la bibliofilia como «The Amenities of Book-Collecting and Kindred Affections» (1918), Edward Newton dejó fragmentos extraordinarios sobre el placer inigualable de adquirir libros con historia propia: «Los libros nuevos tienen un defecto imperdonable: carecen de antecedentes. Un libro de segunda mano, en cambio, viene a nosotros con un historial, con una hoja de servicios que a menudo resulta tan fascinante como el texto mismo. Me produce un placer indescriptible sostener un volumen que ha pertenecido a un hombre de letras del siglo pasado, contemplar su exlibris en la contracubierta o seguir el rastro de sus notas manuscritas en los márgenes. Hay una misteriosa simpatía en el libro usado; se adapta a las manos del lector con una flexibilidad que solo el uso constante puede otorgar. En las librerías de viejo, el bibliófilo no realiza una transacción comercial ordinaria; participa en una cacería espiritual. Es el rescate de un objeto que tiene alma, un objeto que ha sido amado y que espera pacientemente en un rincón polvoriento a que alguien vuelva a reclamar su compañía».
En su magnífico ensayo «Des bibliothèques pleines de fantômes», Jacques Bonnet reflexiona sobre la convivencia diaria con miles de libros, haciendo un hincapié en la naturaleza de los libros de segunda mano: «Coleccionar libros de viejo es, en gran medida, coleccionar los fantasmas de los lectores que nos han precedido. Un libro de segunda mano es un palimpsesto involuntario. Al abrirlo, a menudo caemos en la tentación de descifrar las intenciones de su anterior dueño: ¿por qué subrayó este párrafo y no el siguiente?, ¿qué le llevó a poner un signo de exclamación al lado de esta frase?, ¿quién era esa persona que olvidó una lista de la compra o una vieja carta de amor entre las páginas cincuenta y cincuenta y uno? El libro usado introduce un elemento de alteridad en la lectura. Ya no estamos solos con el autor; leemos en compañía de un desconocido con el que compartimos, a través de la distancia del tiempo, las mismas dudas o los mismos entusiasmos. Los libros nuevos son mudos respecto a su propia historia; los libros viejos, en cambio, son conversadores incansables que nos confiesan sus vidas pasadas al menor descuido».
No hay catálogo electrónico que pueda competir con el dedo humano que recorre una hilera de lomos de cuero gastado. El libro usado posee una fuerza magnética: te llama desde el fondo del estante. Cuando lo extraes de su nicho polvoriento y sacudes sus páginas, liberas una energía que ha estado cautiva durante años. Ese encuentro entre el libro abandonado y su nuevo lector es uno de los milagros cotidianos más bellos de la civilización. Tienen poros. Nos hablan. Un libro usado muestra las huellas de la vida, el polvo del mundo, el tacto del hombre. Los libros nuevos huelen a fábrica de productos químicos; las pantallas no huelen a nada. Pero el libro usado huele a flores secas, a desván, a especias exóticas. En las librerías de viejo compramos el derecho a tocar la historia. Al hojear un libro de viejo en una tienda polvorienta, uno se da cuenta de que la lectura es un acto de comunión con los muertos. Aquellas páginas no solo conservan las palabras del autor que murió hace siglos, sino el rastro de las miradas de los lectores que también han desaparecido. Alguien subrayó un adjetivo en 1943; alguien dejó caer una ceniza de cigarrillo entre las páginas setenta y setenta y uno; alguien lloró sobre el poema final dejando una pequeña ondulación en el papel. El libro usado es una máquina del tiempo imperfecta pero infalible: nos permite tocar lo que otros tocaron y sentir, exactamente en el mismo orden, la emoción que a ellos los destruyó o los salvó.
En sus famosos «Ensayos de Elia» (1823), Charles Lamb confesaba su absoluta preferencia por los libros maltratados por el tiempo frente a las ediciones lujosas e intocables: «No siento ninguna simpatía por esas ediciones de lujo, impresas en papel vitela y encuadernadas en seda, que parecen hechas para ser miradas y no leídas. Prefiero los libros con aspecto de veteranos, los que están desgastados en los bordes, los que tienen las tapas desvaídas por el uso. Un libro de viejo me atrae por su misma decadencia física. Cuanto más harapiento está, más seguro estoy de su valor real, porque los hombres no gastan las cubiertas de un libro que no dice nada al corazón. El libro usado es el verdadero ciudadano de la república de las letras: no tiene títulos de nobleza, pero tiene cicatrices de haber servido bien».
Un automóvil usado es chatarra; un mueble usado está viejo. Pero un libro usado es un espíritu que ha encarnado sucesivamente en diferentes lectores. Cada una de las personas que lo leyó dejó en él una capa invisible de emoción. Cuando tú te llevas ese volumen a los ojos, estás leyendo a través de un palimpsesto de miradas. En su correspondencia real convertida en el libro clásico, «84, Charing Cross Road», Hélène Hanff expresa su absoluto desprecio por los libros nuevos y su devoción por los ejemplares usados que le enviaban desde una librería de viejo en Londres: «Me encantan los libros de segunda mano que se abren por la página que su anterior dueño leyó más a menudo. El día que llegó el volumen de Hazlitt y se abrió de par en par por el ensayo «Sobre el amor a los libros», sentí que estrechaba la mano de un amigo muerto. Me gusta el olor de los libros viejos, ese aroma que es una mezcla de cuero, hojas secas y tiempo. Me fascina mirar las notas al margen y me muero de rabia o me muero de risa con los comentarios que los antiguos lectores dejaron allí. Comprar un libro nuevo en una de esas librerías modernas y esterilizadas me parece un acto tan frío como comprar un tubo de pasta de dientes».
