Burton 20

El acto de «hojear» («feuilleter», en francés, o «browsing», en inglés) es una de las mayores delicias de la experiencia lectora. No es leer en el sentido estricto; es una exploración táctil, visual y olfativa, un vagabundeo caminante del ojo y de la mano que se entrega al azar, al seguro azar.

Hojear un libro es un arte que los lectores excesivamente serios desprecian injustamente. Consideran que es una pérdida de tiempo, cuando en realidad es un saboreo como de carne tierna de liebre. Al hojear, el espíritu mantiene su soberanía plenipotenciaria; no se somete a la dictadura ni a la tiranía del autor. Saltamos de la página veinte a la ciento cincuenta, nos detenemos en un adjetivo, contemplamos el blanco de los márgenes, admiramos la arquitectura de un párrafo. Hojear es dialogar con el libro en igualdad de condiciones, tentando el terreno, disfrutando del peso del volumen en la mano y de la música que hacen las hojas al rozarse entre sí. Es el aperitivo del espíritu «joguener».

Hay una impaciencia en ese primer contacto. El pulgar desliza las páginas con rapidez, provocando una ráfaga de aire que trae consigo el olor a tinta, a papel o a tiempo (solo somos un río de tiempo) acumulado. Es un instante de pura promesa. En esos pocos segundos en los que el libro desfila ante nuestros ojos como un cinematógrafo de papel, todo es posible. Vemos una palabra en cursiva, el inicio de un capítulo, un diálogo interrumpido… y la imaginación vuela, construyendo el libro antes de haberlo leído. Hojear es el placer de la anticipación en su estado más verosímil.

El verdadero amante de los libros necesita el crujido del papel, el peso del tomo equilibrado en la palma de la mano y, por encima de todo, la felicidad, la inmensa felicidad de hojear, de demorarse en el hojeo. Escuche el sonido que hace un buen libro cuando pasas las hojas rápidamente bajo los dedos: es un susurro, una música que te dice que el libro está vivo y dispuesto a entregarte sus secretos. Hojear es como asomarse a las ventanas de una casa extraña mientras caminas por la calle al atardecer.

«La lectura más placentera no es la que se realiza de manera continua y sumisa. Existe un placer de la deriva, que se produce cuando hojeamos, cuando saltamos páginas, cuando leemos a saltos y a tirones. Al hojear, el lector corta el hilo del discurso, crea lagunas, inventa su propio ritmo. Es una lectura desinhibida que busca las zonas de intensidad del texto. Deslizar los dedos por las páginas, detenerse en una línea porque nos atrae su tipografía o su sonoridad, y luego continuar el viaje hacia adelante o hacia atrás, es un acto hedonista. Hojear desmitifica el libro como monumento sagrado y lo convierte en un espacio de juego y de placer físico», Roland Barthes, «El placer del texto».

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