Burton 21

Cuando un hombre muere, su biblioteca se dispersa. Es una ley melancólica. Los hijos venden lo que no entienden, los libreros compran por lotes, los amigos rescatan algunos ejemplares dedicados. Aquella colección que parecía un organismo vivo se convierte en centenares de volúmenes separados. Sin embargo, esa dispersión no es una muerte completa. Cada libro conserva la huella de quien lo leyó y lleva consigo una parte invisible de la vida de su antiguo dueño. Mi biblioteca no es una suma de libros, sino una autobiografía. Cada volumen recuerda una ciudad, una conversación, una esperanza, una época de mi vida. Quien contemple esos estantes después de mi muerte verá solo papel y cartón; yo veo años enteros convertidos en objetos. Perder una biblioteca es como perder una memoria.

«Jean-Claude Carrière: ¿Qué será de nuestros libros cuando hayamos muerto? Esa es la gran pregunta que se hacen todos los coleccionistas. A menudo los hijos no tienen los mismos gustos, la casa se vende, los libros estorban. Terminan en cajas de cartón en un sótano o vendidos por cuatro perras a un librero de viejo que los revenderá por separado. Hay algo trágico en la dispersión de una biblioteca que ha tardado una vida entera en formarse.

Umberto Eco: Es cierto. Una biblioteca no es solo una suma de libros, es un organismo vivo, una autobiografía intelectual. Verla desmantelada es como ver fragmentada la mente de quien la creó. Yo siempre digo que mis libros no me pertenecen; yo les pertenezco a ellos temporalmente. El día que yo no esté, volverán a la selva del mundo, a buscar nuevos dueños a quienes contagiar sus virus».

Toda una vida buscando ediciones raras, cuidando los lomos, ordenándolos por afinidades secretas que solo yo comprendo ¿Y luego qué? Vendrá un tasador, los mirará con indiferencia, los pesará casi como si fueran carne en el matadero, y los venderá en lotes. Las anotaciones que puse en los márgenes, mis rabias y mis entusiasmos impresos a lápiz, serán vistos como manchas o como curiosidades sin valor. Morir es también aceptar que tu mente, materializada en tus estanterías, va a ser subastada al mejor postor. El papel es más fuerte que la carne. Mi biblioteca es el testimonio de que no pasé por la tierra como un animal ciego; estudié, sufrí, busqué la belleza. Que mis libros se dispersen si es necesario; cada uno de ellos es un trozo de mi libertad que devuelvo al mundo.

¿QUÉ SERÁ DE ELLOS?

(A José María Álvarez, maestro de lecturas)

El sol, alejándose de los ventanales
va sumiendo la biblioteca en una penumbra grata, piadosa.
Contemplas los lomos de los libros que te han acompañado,
que te han convertido en lo que eres.
Hospitalarias letras doradas.
Continúas la lectura, otra vez más,
de la “Vida de Samuel Johnson”, y tus ojos
miran fijamente “La Comedia” de Dante,
lo tomas entre las manos, te emocionas,
tipografía gótica redonda, texto a dos columnas,
40 líneas por plana, espacios para iniciales rubricadas;
algunas iniciales en rojo y azul añadidas a mano.
Sin foliación impresa. Encuadernación
en pergamino flexible posterior.
Tocas algo sagrado, tus dedos
pasan las páginas con temor y asombro.
Vuelve a tu memoria aquella mañana en París,
olor a papel antiguo, ese instante exacto
cuando compraste la “Histoire de la Révolution française”,
y lo feliz que fuiste después leyéndola.
Caminar sin rumbo por el Sena.
En el fondo no saliste nunca de tu biblioteca,
del resplandor de oro y sangre de Stendhal,
la seda de ámbar de Horacio,
el mármol veteado de carne joven de Kavafis,
la verja historiada de misterios de soledad de Proust,
Flaubert, tu amistad con Montaigne,
Hayek igual a un manantial de luz al sur,
Hume como rocío tenaz del cielo,
el matrimonio Kneale y su prosa
de ojos con ungüentos de hadas,
la lucidez de láudano y cipreses de Baudelaire…
Ellos te hicieron y tú los custodiaste.
Todos, mirándome y conmigo. Cuando yo no esté,
¿Qué será de ellos? ¿Dónde irán?
¿Cedérselos a la diócesis de Orense?
¿A alguna biblioteca universitaria?
¿A mi hermana? Despedazarán y dispersarán la biblioteca.
¿Legarlos? ¿Venderlos? ¿Pero, a quién?
Los miro con amor y tristeza. Pronto nos separaremos.
Ya es de noche. Se oye el golpear
de herraduras de lejanos caballos rojos. Se cierne sobre
mi biblioteca una fatal y última penumbra.

Deja un comentario