Burton 4

El sol pintaba de oro los postes de la barandilla. Las hojas de los árboles del jardín vibraban, conectadas a mí por hilos rosas invisibles que transmitían una energía eléctrica directa a mi cerebro. Christian sentía que se estaba convirtiendo en el centro del mundo, en el protagonista de una película filmada en el plató de la realidad; los pájaros en los árboles cantaban, y cantaban en latín, alargando las aes y las emes como con sonido de trompeta, hablándole del nacimiento del mundo, del destino y de que no existía (mera hipótesis quimérica) la muerte. Las voces de los muertos le susurraban desde detrás de los puntiagudos arbustos, llamándolo por su nombre con una insistencia tierna, y acaso espantosa. Pero de repente, el paisaje idílico se agrietaba. Un hombre que pasaba a su lado no era un peatón; era un emisario enviado para juzgarlo, para mortificarlo. Los rostros de la gente común se volvían máscaras de carne deforme, bulbosa, monstruos que lo perseguían con la mirada sanguinolenta. La realidad se fragmentaba como un espejo roto, y cada pedazo reflejaba una amenaza diferente, muy clara y distinta. El horror residía en que no había un lugar seguro donde esconderse, porque el peligro no venía de fuera, sino de la propia luz que entraba por sus ojos.

El lenguaje comenzó a disolverse. Las palabras ya no estaban unidas a las cosas que representaban; la palabra ‘mesa’ se separaba del objeto de madera y flotaba en la habitación como un insecto peligroso. La m y la e eran polvoretas, la s un caracol que babeaba ceniza. Mi propia identidad se fragmentó en una docena de piezas diferentes, y cada una de esas piezas reclamaba el derecho a hablar por mí. Miraba mis manos y no las reconocía, ¿qué o quién soy?; mis manos me parecían garras de un animal o herramientas de piedra que alguien había olvidado sobre mis brazos. Cuando la gente me hablaba, sus voces me llegaban con un retraso monstruoso, distorsionadas como si hablaran bajo una carpa de agua, o bien tan aceleradas que sonaban como el chirrido de una acelerado máquina rota. Estaba completamente atrapado en una geografía privada, un territorio donde las leyes de la física, del tiempo y de la lógica humana habían sido abolidas y reemplazadas por un terror sin nombre que lo gobernaba todo.

Sentía el aire denso, pastoso, ungido, como si tuviera que abrirme paso a bofetadas a través de una gelatina. Sabía que la gente me miraba, que sabían lo que me pasaba por la cabeza antes incluso de que yo mismo lo formulara. El tejido de su realidad no solo se había rasgado, sino que se había disuelto por completo. Sentí que el espacio se colapsaba y que el tiempo dejaba de fluir hacia adelante. Las paredes de mi pazo dejaron de ser sólidas; a través de ellas podía ver los engranajes de una ángel cósmico que lo vigilaba. Cada objeto en la habitación —la lámpara, el lomo de los libros— comenzó a emitir una radiación propia, un significado urgente que tenía que descifrar bajo amenaza de muerte. Estaba atrapado en el peor de los mundos posibles: aquel en el que todo, absolutamente todo, tiene un sentido oculto dirigido a ti.

***

Nota de Urgencia: El estado descrito implica un sufrimiento intolerable y un riesgo elevado de conducta desorganizada o autolesiva debido al pánico psicótico («terror sin nombre» y «amenaza de muerte») Se requiere hospitalización psiquiátrica urgente para garantizar la seguridad del paciente y estabilizar el cuadro en un ambiente protegido y libre de estímulos amenazantes. Inicio inmediato de antipsicóticos (neurolépticos) para reducir la carga deliroide, bloquear la actividad alucinatoria y mitigar la angustia psicótica, acompañado de benzodiacepinas a corto plazo para el manejo de la ansiedad y la agitación interna. Una vez estabilizado, realizar analíticas completas, cribado toxicológico y pruebas de neuroimagen (RM cerebral) para descartar causas médicas orgánicas (encefalitis, consumo de sustancias psicodélicas, tumores de lóbulo temporal)

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