Burton 5

«No debemos confundir al sabio que busca el texto para iluminar su mente, con el infeliz poseído por el demonio de la posesión libresca. Este último sufre una verdadera perversión del instinto. El libro ya no es un amigo, es un tirano. Lo hemos visto en nuestros asilos: el alienado guarda con celo trozos de periódicos viejos, páginas arrancadas de la basura, convenciéndose de que poseen un valor incalculable y de que existe una conjura universal para despojarlo de ellos. La bibliomanía, en su estadio terminal, se despoja de la cultura y se muestra como lo que es: un delirio de acaparamiento, una monomanía donde el espíritu queda sepultado bajo el peso de la materia muerta», Paul Regnard, «Les maladies épidémiques de l’esprit».

Mi afección bibliómana se manifiesta con síntomas de gravedad variable. El síntoma más común es el deseo irrefrenable, de una fuerza divina, de poseer libros impresos en papel grande, o ejemplares con márgenes anchos, o aquellos que han sido impresos en vitela. Experimento una aceleración del pulso, una mirada vidriosa ante el catálogo de una subasta y una indiferencia absoluta -estupenda y fenomenal- hacia las necesidades de mi propio cuerpo o del sustento de mi hogar. Se ha visto a hombres de gran cuna descuidar sus tierras y permitir que su casa se hunda, con tal de destinar cada euro a la adquisición de un volumen cuya virtud es haber sido impreso de manera defectuosa por un tipógrafo olvidado. La locura. Si no estoy cerca de mis libros camino como si fuese a ser arrestado a cada paso, o como si la tierra fuera a abrirse bajo mis pies. No puedo soportar la luz, ni la compañía de los hombres; me vuelvo salvaje y solitario, escondiéndome en rincones oscuros, poseído por una desconfianza tan atroz que creo que mis amigos más queridos me buscan para degollarme.

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