Burton 6

El peor aspecto de la depresión no es el dolor, sino el desmantelamiento de tu propio ser. Te miras en el espejo y no sabes quién eres. Las cosas que solían darte placer se convierten en tareas insoportables; las personas a las que amas se transforman en fantasmas lejanos. Mi carne destrozada, incompleta, sangre en el filo del tachonado cielo. Miembros filiformes y algodonosos, torpor y fatiga vegetativa. Una marea de petróleo entrando por la boca. La depresión es una pérdida de energía, un colapso de la voluntad, un peso tan inmenso que aplasta la capacidad de sentir cualquier cosa que no sea el propio peso. En una crisis profunda, la mente se convierte en una máquina de tortura que funciona veinticuatro horas al día, repitiendo el mismo veredicto: eres inútil, estás solo, no hay salida.

La sensación de estar sumergido en un pozo profundo, donde la luz del día apenas llega. Los pensamientos se vuelven pesados, como el plomo, y cada pequeño esfuerzo —escribir una línea, hablar con alguien, levantarse de la cama— requiere una fuerza sobrehumana que simplemente no poseo. Siento columnas de aguada arquitectura, un huevo venenoso en cada célula. Siento un insecto de de materia de perro como cuchilladas y chinches. Siento una ola gris que se cierne sobre mí, apagando todos los colores del mundo. No es que esté triste; es que estoy vacío, desprovisto de la sustancia misma que nos hace humanos. La mente se repliega sobre sí misma en un bucle de desesperación silenciosa.

Te encuentras caminando por una llanura desolada y helada, bajo un cielo de plomo, completamente desconectado de la raza humana. El dolor es constante, una agonía informe que te asalta desde el momento en que te despiertas hasta que consigues conciliar un sueño inquieto. Una muralla de mierda volcada dentro de mi garganta, un hueso de humo tachando el tapete de mis ojos. Es una marea negra que sube lentamente hasta que te cubre por completo, borrando el pasado, el presente y cualquier atisbo de futuro.

No puedo más.

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