Siento como si mi ser, mi alma y mi conciencia estuvieran flotando sobre mí, y me observaran actuar como una autómata. Tengo una profunda sensación de aislamiento, simplemente no me siento conectado con el mundo. Me siento solo y abandonado. Que ya no tengo ningún propósito en la vida, ningún valor. Me repliego. Lloro hasta quedarme dormido, me levanto durante la noche y luego vuelvo a la cama. Es una absoluta desesperanza: nada me produce alegría.
La sensación de rechazo, de no ser querido, de incapacidad. Siento que no tengo valor para nadie, que mi propia escritura es un fraude. El mundo se vuelve completamente plano, plano como una hoja de papel, y yo estoy fuera de él, observándolo a través de un cristal grueso. Lo peor de estos estados no es el dolor físico, que apenas existe, sino la certidumbre de que la mente ha perdido su elasticidad, que la máquina se ha parado y que nunca, nunca más, volverá a ponerse en movimiento para producir un pensamiento vivo.
El deprimido sufre, antes que nada, de una parálisis del tiempo. Mientras que para el hombre sano el tiempo es un río que lo lleva hacia el futuro, hacia proyectos y posibilidades, para el melancólico el tiempo se ha congelado en un bloque de hielo impenetrable. El futuro no existe, es solo una repetición monstruosa del dolor presente. Se pierde la confianza básica en el mundo: la certeza de que mañana las cosas tendrán el mismo sentido que hoy. Nos encontramos ante una ruina subjetiva en la que el individuo se mira a sí mismo y solo ve un objeto inservible, una máquina que consume aire pero que ha dejado de producir significado. La sociedad nos pide que ‘pongamos de nuestra parte’, pero no entienden que lo que la enfermedad destruye es, precisamente, la capacidad de querer.
Eso es lo que la gente no entiende sobre la depresión profunda: no se trata de estar triste porque las cosas van mal. Se trata de estar en un estado de descomposición total mientras todo a tu alrededor va perfectamente bien. Yo tengo dinero, libros escritos y por escribir, amor familiar, y aun así sentía que me estaba ahogando en una piscina llena de alquitrán. Cuando empecé a tomar antidepresivos, el dolor agudo y punzante se detuvo, pero fue reemplazado por algo igual de extraño: una llanura gris. Ya no lloraba por los rincones, pero tampoco sentía nada. Es una especie de tregua química. La medicina te salva la vida porque te saca del fondo del océano, pero te deja flotando en la superficie, boca arriba, mirando un cielo sin nubes y sin sol, donde los días pasan unos detrás de otros sin dejar ninguna huella en tu memoria.
