Me levanto a las seis y cuarto y, en lugar de escuchar música, como es mi costumbre, escucho a Bustos en la COPE. Respeto intelectualmente a Bustos, es un buen escritor, culto, un joven periodista con talento.
Grandes pensadores, escritores y filósofos arremetieron contra el «bla, bla, bla» del periodismo político, la superficialidad de la prensa y la manipulación de la opinión pública. Recordemos a Karl Kraus: «No tener una sola idea y saber expresarla: eso es lo que hace a un periodista. El periodismo ha destruido la relación entre la palabra y el pensamiento. El público ya no exige la verdad; exige el espectáculo de la verdad, empaquetado en el formato de una noticia rápida que pueda ser olvidada al día siguiente para dejar espacio a la siguiente dosis de indignación programada».
Nietzsche despreciaba la prensa diaria porque consideraba que embrutecía al ser humano, sustituyendo la reflexión profunda por el ruido constante y la política de masas: «¿No veis a esos hombres que siempre están mirando hacia fuera, que no soportan su propio vacío y que por eso necesitan el periódico de la mañana, de la tarde y de la noche para llenarse? El periodismo político es el vómito diario de los impotentes. Se pasa la vida rumiando la opinión de otros, opinando sobre lo que no comprende, decidiendo sobre el destino de los pueblos entre un café y un cigarrillo. La prensa es el medio por el cual la mediocridad de la masa se impone como la única ley y la única verdad aceptable».
El periodismo político moderno es la tiranía de los ignorantes sobre los intelectuales. Han convertido el chisme en un asunto de Estado y las decisiones de Estado en un chisme de pasillo. Esto me parece innegable.
