Burton 24

Artículo afilado, irónico, trufado de referencias culturales pop e intelectuales, y con una carga política de fondo muy evidente.

En un mismo párrafo pasa de citar a Jesús Gil (y la delirante frase de su hijo sobre los antecedentes penales en el fútbol y la Marbella de los 90) a citar a Coriolano (el héroe de Shakespeare/Plutarco que se negaba a mostrar sus heridas de guerra al pueblo para dar lástima) y terminar en el espectáculo de luces de los templos egipcios de Abu Simbel. Rosa Belmonte trufa de alta cultura y delirios pop sus columnas; es nuestra Zizek retórica.

Periodismo de opinión de alta escuela. Consigue que un tema diario, machacón y a menudo desagradable como la corrupción y la guerra judicial se lea con fluidez gracias al barniz cultural. Usa la cultura de masas (series, música, cine) como un espejo retrovisor para explicar los vicios de la política actual española.

Me gustaría añadir o sumar a su magnífico texto el concepto de responsabilidad política, uno de los pilares más complejos de la teoría del Estado y la filosofía del poder. A diferencia de la responsabilidad penal o jurídica (que dictamina si un acto es legal o ilegal), la responsabilidad política se asienta sobre la ética, la asunción de las consecuencias no deseadas y el honor institucional.

El sociólogo alemán Weber es el punto de partida obligatorio. En su célebre conferencia de 1919, «La política como vocación», distinguió entre dos éticas irreconciliables, defendiendo que el verdadero político debe abrazar la segunda.»Tenemos que tener bien claro que toda acción orientada éticamente puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas e irremediablemente opuestas: puede orientarse según la ‘ética de la convicción’ o según la ‘ética de la responsabilidad’. (…) Hay una diferencia infinita entre actuar según la máxima de la ética de la convicción —es decir, haciendo el bien de forma que se deje el resultado en manos de Dios— o actuar según la máxima de la ética de la responsabilidad, que ordena que uno tiene que responder de las consecuencias (previsibles) de la propia acción. Al hombre que se guía por la ética de la convicción no le cabe en la cabeza que, si las consecuencias de una acción emprendida por pura convicción son malas, la responsabilidad no recae sobre el mundo, sino sobre él mismo, sobre su falta de previsión o sobre la necedad de los hombres que no supieron comprenderlo» Y añade: «El honor del caudillo político, es decir, del estadista dirigente, está precisamente en asumir personalmente la responsabilidad de todo lo que hace, responsabilidad que no debe ni puede rechazar o arrojar sobre otro. (…) Quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no la busque por el camino de la política, cuyas tareas, que son muy distintas, solo pueden ser cumplidas mediante la fuerza y la asunción de la responsabilidad por las consecuencias terrenales y brutales de los propios actos».

Citemos también a Sartori: «La democracia es un sistema de responsabilidades revocables. Si el político puede cometer errores graves, ampararse en el ruido mediático, culpar sistemáticamente a la herencia recibida o a la oposición, y aun así conservar el cargo, la democracia se convierte en una fachada vacía. La responsabilidad política exige mecanismos donde el gobernante ‘rinda cuentas’ de manera efectiva, no mediante discursos de propaganda, sino asumiendo el coste de su mala gestión. Cuando la impunidad se normaliza y el debate político se reduce al chisme y al insulto, el ciudadano pierde el respeto a las instituciones porque comprende que quienes mandan han perdido por completo el sentido de la vergüenza y el honor del cargo.»

Concluyamos esta gavilla o convoy de citas con Arendt: «Donde todos son culpables, nadie lo es. La culpa, a diferencia de la responsabilidad, siempre es estrictamente personal. Se refiere a un acto, no a intenciones o solidaridades. Pero la responsabilidad política es de una naturaleza completamente diferente: es una responsabilidad por cosas que uno no ha hecho individualmente, pero de las cuales debe responder por el simple hecho de pertenecer a una comunidad política y civil. El gobernante o el ciudadano que se lava las manos diciendo ‘yo no sabía’ o ‘fueron mis subordinados’ destruye la propia idea de la República. Asumir la responsabilidad política significa aceptar que representas un cuerpo social y que las quiebras morales o materiales de ese cuerpo caen directamente sobre tus hombros, independientemente de tu pureza de intención».

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