Cuando la política se separa de la moral, el ser humano se reduce a una cifra y el Estado a una fría maquinaria de administración de intereses. La peor corrupción no es solo la que se mide en euros mangados, sino la que vacía de contenido palabras sagradas como ‘justicia’, ‘libertad’ o ‘derecho’, utilizándolas como meros adornos para encubrir la ambición asquerosa de no pocos. El político corrupto no ve el rostro del ciudadano al que despoja; se escuda en en el decreto, en la orden superior. Al abdicar de su responsabilidad moral individual, convierte el servicio público en un ejercicio de cinismo cotidiano, donde el mayor crimen es la indiferencia ante el sufrimiento ajeno provocado por su codicia.
Las instituciones son tan buenas o tan malas como los hombres que las habitan. Podemos construir las constituciones más perfectas, podemos erigir los tribunales más solemnes, pero si los hombres que ocupan las sillas del gobierno están vacíos de honor y llenos de codicia, todo el edificio se vendrá abajo. La corrupción política infunde una sospecha generalizada que envenena la vida privada. Cuando el ciudadano observa que los más altos cargos se alcanzan mediante la intriga, el engaño y el soborno, empieza a desconfiar de su vecino, a dudar del valor del trabajo honrado y a considerar el patriotismo como el refugio de los hipócritas. Una nación no se empobrece tanto por la pérdida de sus tesoros materiales como por la quiebra de la confianza mutua entre sus hombres.
Con el sanchismo la mentira y el latrocinio son un pilar del Estado. El saqueo más descarado se llama «gestión», la complicidad de ladrones, «lealtad». El gobierno socialista está corrompido desde sus cimientos. Somos rehenes de una infección. La rectitud cae moribunda. El expolio está a la orden del día. «Un pueblo que elige a corruptos, impostores, ladrones y traidores no es víctima, es cómplice», George Orwell.
