Burton 31

Incluso el erudito más hermético, aquel cuya mente habita habitualmente entre las estructuras lógicas de la teoría de modelos, la polifonía de Monteverdi o el rigor de Tarski, comparte el mismo aire respirable que sus contemporáneos.

También en mi obra se filtró la cultura de masas, como textura, ritmo y contraste. Mis libros se ordenan en una «estructura de mosaico» o fragmentaria, el salto de un tema a otro, el uso del monólogo interior, algo que imita inconscientemente el corte y el montaje de los medios audiovisuales e Internet. La porosidad de mi prosodia y el uso del lenguaje coloquial en mis libros también transpiran la palpitación de estos tiempos. Platón dialogaba con los sofistas y los artesanos de su Atenas; yo dialogo con los estímulos de mi siglo.

El intelectual de hoy está sumergido en lo que podemos llamar el «vórtice de la actualidad» (Kundera): los medios de comunicación, las noticias rápidas, la cháchara política. Un escritor que pretenda ignorar esto se convierte en un habitante del pasado. La gran literatura contemporánea absorbe el kitsch, lo coloquial, los fragmentos de la cultura de masas, no para rendirse a ellos, sino para comprenderlos.

Debes permitir que los giros del habla cotidiana, el ritmo sincopado de las redes o la televisión y los temas de la actualidad más baja penetren en tus estructuras. Al hacerlo, el pensamiento estricto sufre una contaminación necesaria. La obra se convierte en un campo de batalla donde el estilo lucha por imponer el orden y la concentración sobre un material que, por su propia naturaleza, tiende a la dispersión y a la facilidad. Es en esa tensión, y solo en ella, donde el arte moderno encuentra su verdad.

La cultura de masas y el imperio del entretenimiento lo han invadido todo; han modificado la política, la filosofía y el arte, imponiendo la primacía de las imágenes sobre las ideas y de la ligereza sobre la densidad. Ante este panorama, el escritor ya no puede actuar como si habitara un planeta flotante. El escritor actual escribe contra su tiempo, pero dentro de su tiempo. La inevitable contaminación con la cultura del espectáculo, con la velocidad de las redes y la fragmentación mediática es el precio que se paga por estar vivo. Esa influencia que se filtra en los libros, a veces de forma imperceptible para el propio autor, es el testimonio de su contemporaneidad.

El intelectual no puede ser ya un sacerdote de las musas; su labor se asemeja más a la del trapero (Benjamin), que recoge los desechos de la jornada, los detritos de la cultura de masas, los fragmentos de los periódicos y los eslóganes de la calle, para darles una nueva e insospechada dignidad formal. Las grandes obras del presente no nacen de la pureza, sino del montaje. La velocidad de la vida moderna, el parpadeo de las luces de la ciudad y el flujo incesante de la información barata han alterado nuestra percepción de tal manera que la estructura misma del libro debe absorber esa fragmentación.

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