La perfección no existe, pero, la dignidad en el esfuerzo y la lealtad a una tradición, sí. Me dejo guiar por una humildad noble: no necesito cambiar el rumbo de la historia de la literatura para formar parte de ella. Soy como ese científico que aportó su pequeño ladrillo a un edificio milenario.
A menudo me digo a mí mismo: Haz tu obra tal que, si es una contribución a la cultura de tu pueblo, quede en ella como queda el grano de arena en la base de la montaña. No te cuides de que tu nombre se repita; cuídate de que tu esfuerzo sea limpio. El científico que descubre una ley menor, el artesano que pule una madera con paciencia, el escritor que alinea sus páginas con honestidad, todos ellos salvan su alma en su trabajo. No hay ridículo en no ser un genio; el único ridículo es el del vanidoso que no hizo nada por miedo a no ser eterno.
La literatura no es para los superhombres. Es el producto de hombres comunes que, por una misteriosa paciencia, logran poner en palabras el peso de su tiempo. Al igual que el biólogo que pasa años frente al microscopio para avanzar un milímetro en el conocimiento humano, el escritor pasa la vida puliendo su estilo para añadir una brizna de verdad al caos del mundo. Esa pequeña contribución es nuestro único y verdadero título de grandeza.
Cumplí con mi deber.
