Burton 33

Mientras escribo esta nota escucho a Brahms, concretamente la Sonata para violín y piano núm. 1 en sol mayor, op. 78, escrita en 1878 y en gran parte durante la primavera y el verano de 1879 durante sus estancias de descanso en Pörtschach am Wörthersee (Caríntia-Austria). Lugar de veraneo favorito, allí compuso algunas de sus mejores obras inspirado por el maravilloso entorno de la naturaleza y el tranquilo y acogedor ambiente que lo rodeaba.

Fue interpretada el 8 de noviembre de 1879 en Bonn por los esposos Robert Heckmann (violín) y Marie-Heckmann Hertig (piano) y estrenada el 29 de noviembre de 1879 en Viena, donde la tocaron el propio Brahms al piano y el violinista Hallmesberger. Publicada la partitura aquel mismo año en Berlín por N. Simrock la audiencia calificó la obra como una de las pequeñas grandes obras maestras de este género que se habían escrito nunca.

La sonata consta de tres movimientos: Vivace ma non troppo, Adagio y Allegro molto moderato. El Vivace inicial, significativamente ralentizado por su ma non troppo modificador, es un movimiento de temperamento dulce en forma de sonata con dos temas líricos. El Adagio central está en forma ternaria, con un emotivo tema principal repleto de dobles y triples notas para el violín. El Allegro molto moderato final arranca con una cita directa del inicio del lieder Regenlied, Op. 59/3 (Canción de la lluvia) de Brahms, una melancólica canción en tonalidad menor que evoca la juventud perdida. En la Sonata para violín, Brahms también la inicia en tonalidad menor, pero con el regreso del tema del Adagio, la música retorna a la consoladora tónica mayor de la sonata. La obra concluye con una cálida coda de gran belleza.

La obra la asocio en mis melancolías privadas con cápsulas de luz donde anidan colores, un pabellón con rumor de pasos en la grava, relámpagos de ojos apoderándose de mi felicidad. La ciudadanía de nuestros días, incluida la burguesía, se ha desespiritualizado. Allí donde antes subvencionaban conciertos de música clásica (en gran retroceso en nuestro país), ahora subvencionan festivales veraniegos con escasa o nula presencia de la música verdaderamente espiritual. Como este retroceso en la capacidad de apreciar las formas estéticas más elevadas que puede generar un espíritu ha cogido una preponderancia tan grande, ya será extraño —con excepciones— que la clase urbana burguesa ofrezca próximamente mucha ayuda a todo lo que no sean producciones artísticas espectaculares o banales. Vamos a menos. Triunfa la oclocracia.

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