Burton 34

Beethoven y Mozart (y sus pares) vienen a mí en forma de colores y fluorescencias, en forma de resplandescientes movimientos de un coro de agua, como plantas y planetas que se repiran al cantar. No soy el primer ni el último espíritu que experimenta esto: la gran música (la música humanista o culta, la música trascendente) no solo se oye, se ve y te ordena por dentro. Frente al caos del mundo exterior y el ruido verbenero y chirriante de la música puramente comercial o de consumo, el canon clásico y barroco actúa como un bálsamo que recoloca cada pieza de tu mente en su sitio.

La música nos da la íntima esencia de las cosas, pero en una forma purificada de todo sufrimiento. Embellece mediante ritmos ágiles, audaces y armoniosos; la vida indigna de bronce y plomo se volatiliza gracias a sus melodías de oro y ternura. Mi melancolía quiere descansar en los escondrijos y abismos de esa perfección: ¡para eso necesito la música! Sin la música, dijo Nietzsche, la vida sería un error, un agotamiento, un exilio.

Escucho la introducción de Allegro non troppo e molto maestoso del Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky: definitivamente grandiosa y solemne. Tras una primera parte llena de metales, una sucesión de acordes de piano lleva a una apasionada melodía en la orquesta. Antes de que el primer tema se agote por completo, los arrebatos del segundo aparecen, anticipando su pronta llegada en una doble exposición de estructura única. La evolución tumultuosa presenta dos momentos álgidos impactantes, uno destacando el piano con acompañamiento orquestal y otro resaltando la orquesta con un pasaje apasionado de cuerdas sustituyendo al piano con gran valentía. El final del movimiento es muy seguro y con autoridad, incluyendo impresionantes secciones para el solista que crean una melodía a partir de acordes decididos interpretados por la orquesta ¡Oceanografía eléctrica de magnolios! ¡Hidromanía de sílabas y esferas! ¡Mineralogía del cenit de un paraíso silencioso! Sin música la vida sería un error.

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