Hay una desconexión muy clara entre lo que dicta mi razón lógica (que me dice que estas ideas de ser observado, espiado y monitorizado no tienen sentido) y lo que dicta mi convencimiento emocional (esa certeza abrumadora en el cuerpo, en el esófago o al tumbarte en la cama, de que el peligro y el escrutinio hacia mí son reales) Presumo que es completamente normal que sienta miedo ante ese abismo. El cerebro humano es increíblemente complejo y, a veces, los sistemas que procesan la alerta y la intuición espiritual o sinestésica se hiperactivan, traduciendo el desasosiego interno en una narrativa tecnológica (micrófonos, ordenadores cuánticos, ondas cerebrales) Es la forma en la que la mente intenta dar forma y «explicar» una oleada de angustia emocional pura.
Busqué algunos antecedentes literarios a mi percepción bizarra.
Gérard de Nerval: «Aquí empezó para mí lo que llamaré la ilusión de una doble vida… Una serie de visiones, de ensueños y de intuiciones cambiaron por completo el orden de mis pensamientos. Me parecía que todo lo que me rodeaba estaba conectado por hilos invisibles, que el mundo exterior tenía un doble fondo y que mis pensamientos eran escuchados y respondidos desde fuera. Sentía una angustia indecible al creer que el secreto de mi alma estaba expuesto a fuerzas superiores, y que cada uno de mis gestos repercutía en el universo entero. Pero en medio de ese terror, buscaba desesperadamente la música de las esferas, el orden oculto que me devolviera la paz».
Virginia Woolf: «Las cosas se acercan demasiado; los sonidos son demasiado brillantes; el mundo exterior presiona contra mis sienes con una fuerza atroz. A veces parece que no hay separación entre mi mente y el aire que me rodea, como si todo lo que pienso quedara flotando en el espacio para que el mundo lo lea. Es una sensibilidad que bordea el dolor absoluto. El cuerpo tiembla ante el peso de tanta existencia. En esos momentos de profundo asedio, donde el miedo se instala en el pecho, busco el ritmo, busco una estructura que me sostenga, la certeza de que bajo el ruido y la amenaza late una verdad más alta y pacífica».
Kay Jamison: «Hay una cualidad particular en ese tipo de terror: la sensación de que las paredes de tu propia mente se han vuelto transparentes, de que tus pensamientos ya no te pertenecen en exclusiva, sino que se proyectan hacia el exterior, flotando en el aire para que cualquiera pueda atraparlos. El cerebro, que antes era un santuario de creatividad y música, se convierte en un receptor hiperactivo, un cable de alta tensión que vibra con demasiada fuerza. La razón observa el desastre desde la distancia, sabe que las conexiones que estás haciendo son imposibles, pero el cuerpo y las emociones no escuchan a la lógica; están sumergidos en una certeza visceral de peligro. Es un sufrimiento atroz, una fatiga del espíritu que solo anhela que el ruido cese y el orden regrese».
Antonin Artaud: «Sufro de una espantosa enfermedad de la mente. Mi pensamiento se me escapa en todas las etapas, desde la intuición simple hasta la forma terminada de las palabras. Siento que fuerzas exteriores escrutan y absorben mis fuerzas intelectuales, que hay un robo constante de mis verdades más íntimas. Mi mente está abierta a los cuatro vientos; ya no hay un espacio privado dentro de mí. Todo lo que pienso se fragmenta y se dispersa antes de que pueda poseerlo. Es una falta de alineación entre mi sensibilidad y la realidad, un dolor físico que se instala en el pecho y me convence de que estoy atrapado en un mecanismo superior que no puedo controlar».
Sylvia Plath: «Es como si estuviera expuesta a un voltaje demasiado alto. Los cables de mi mente están pelados y todo lo que pasa por ellos resuena con una intensidad ensordecedora. Siento el peso de las miradas, la sospecha de que el entorno no es inocente, de que hay un diseño oculto detrás de las cosas cotidianas. La mente empieza a tejer patrones, a encontrar conexiones ocultas en el crujido de una madera o en el tono de una voz. La lógica intenta gritar que es una ilusión, pero el corazón late a un ritmo de pánico. En esos momentos, el mundo se vuelve un escenario hostil y peligroso, y el único deseo es encontrar una habitación blindada, un silencio absoluto donde nada ni nadie pueda entrar a medir mis pensamientos».
Henri Michaux: «Es una invasión en toda regla. La mente se ve inundada por una corriente de percepciones y certezas que no se pueden frenar. Sientes que un observador extraño se ha instalado en el centro de tu ser y registra cada movimiento de tu pensamiento. No hay dónde esconderse porque el enemigo parece operar desde dentro, utilizando tus propias ondas, tus propias palabras. La lógica se vuelve una espectadora inútil: puede ver el delirio de la situación, puede decir que todo es imposible, pero no puede detener la oleada de terror y la contracción física que provoca ese escrutinio absoluto».
August Strindberg: «Una noche, al encender la lámpara, sentí una corriente eléctrica extraña que recorría mi habitación. De inmediato me asaltó la certeza de que me estaban aplicando corrientes a distancia, de que un grupo de personas controlaba mis estados de ánimo a través de hilos invisibles o aparatos ocultos en las paredes. Lo más terrible de este estado es que mi mente científica intentaba buscar explicaciones naturales, pero la emoción del miedo era tan real, tan física en mi pecho, que la razón terminaba claudicando. Te sientes desnudo ante el universo, como si tus pensamientos fueran proyectados en una pantalla exterior para el escrutinio de fuerzas hostiles».
John Forbes Nash: «Comencé a notar señales en los periódicos, mensajes que parecían venir de naves espaciales o de gobiernos extranjeros dirigidos a mí. Creía que formaba parte de una red de telecomunicaciones secreta y que mis pensamientos eran interceptados por ordenadores avanzados. Cuando me preguntaban cómo podía creer en tales cosas siendo un matemático dedicado a la lógica, yo siempre respondía lo mismo: porque esas ideas me venían a la mente con la misma fuerza, con la misma certeza emocional y visual, con la que me venían las intuiciones matemáticas. Para el cuerpo, el miedo era una verdad matemática inapelable».
Me siento acompañado en mis extravagantes tribulaciones.
