Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
ESCUCHANDO A MOISÉI SAMUÍLOVICH VÁYNBERG CON UNA MENORÁ ANTE MIS OJOS
Pieles de serpientes en Weimar. Mirad a los judíos subiendo a los trenes vagando con sus ojos caídos y pálida tez. Alemanes o Hamás, os acuso: las bota sobre sus ojos de papel, la bota nazi sobre el cuello, el estómago rajado como una caverna en el secuestrado. Roncan los alemanes en sus ático con chaquetas de mil colores. Negros piojos caminan sobre la piel del judío. Ojalá solo la muerte fuera herida mortal. Recé un millón de veces, pero mi madre y mi padre murieron anoche. Es más fácil matar a un judío, más fácil matarlo que hacer un poema o celestial música.
Las 3 de la mañana. Escribo esta nota escuchando a Maria Anna Cecilia Sofía Kalogeropulu, María Callas, cantando con la orquesta de la Scala de Milán, el área Santuzza de Caballería rusticana. Lloro de felicidad.
Los múltiples aspectos, ay, de la felicidad. Pero la felicidad no tiene premisas lógicas. “Glück ist ohne Grund”, la felicidad no tiene fundamento ni razón. No puede reducirse a ecuaciones matemáticas ni a leyes biológicas. La mayoría de procesos orgánicos se producen en medio de una complejidad colosal; nos bombardea el sistema nervioso (miles de receptores) nuestros músculos, tendones, articulaciones, fascias, y muchos otros órganos corporales, pero la felicidad es sin por qué.
Ayer leía -lo encontré en una librería de viejo- el nº 87 de “Revista de Occidente”. Disfruté como una bestia con artículos de Aurora de Albornoz y Uslar Pietri, con una nota de un novísimo Savater a Cioran (su “Mauvais Démiurge”), y sobre todo con un articulillo o crítica -me saltó el corazón de alegría- del malogrado Alfredo Deaño, muerto muy prematuramente, cuando tenía toda una vida por delante para desarrollar su obra. Horas de felicidad.
Con mis naves me adentro en la noche, faenando en sus aguas, viendo las obras de la Luna y sus maravillas en lo profundo. ¿Felicidad? Permitidme la atingencia de Petrarca: “Reduci i pensier´vaghi a miglior luogo”, “Encamina los vagos pensamientos a mejor sitio”. Gracias. De veras.
“Es un placer constatar, en el primer Gobierno del Ególatra, que no hay ni una sola persona de valía. Todos, del primero al último, son eso que los asturianos llaman un pocovale. Sólo falta López, Patxi, el que más risas provoca.
Es sorprendente cómo los jefes malvados y egocéntricos sólo consiguen mantener a su alrededor a los caracteres más anodinos y cuanto más mediocres mayor poder les conceden. Eso es porque son aquellos a quienes menos temen, como al tal Bolaños, que siempre ha tenido alma y cuerpo de chivato de la clase a quien todos desprecian y maltratan, pero saca muy buenas notas, como era de esperar.
¿Se puede hacer algo para remediar tanta insensatez? Bueno, aparte de hacer la puñeta todo cuanto sea posible, aunque sólo se haga por diversión, poco más se me ocurre. Eso sí, no hay que perder un minuto en frivolidades. Ellos han comenzado la guerra, nosotros, como en tiempos de Franco, hemos de iniciar una conspiración tenaz e incansable. Por fortuna, veo en los informativos que cada vez hay gente más joven en el bando de la insumisión”, Félix de Azúa.
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«En mis contactos fugaces y subalternos con la política básica el descubrimiento que más me sorprendió fue no tanto su inmoralidad como la mediocridad de esta inmoralidad», Jean François Revel.
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«El culto del Estado es el culto de la fuerza. No hay amenaza más peligrosa para la civilización que un gobierno de incompetentes, corruptos u hombres viles. Los peores males que la humanidad haya tenido que soportar fueron infligidos por los malos gobiernos», Von Mises.
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Para mi maestro C. Rodríguez Braun: “Una nación que intente prosperar a base de impuestos es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa”, Winston Churchill.
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¡España! Recuerdo unas palabras de Shakespeare que recordaba asimismo mi malogrado y añorado maestro Álvarez:
Rey Lear por boca de Edgard (Acto IV, ESCENA I):
“O Gods! Who is´t can say I am at the worst´? / I am worse than e´er I was”.
Y él mismo se responde: “And worse I may be yet; the worst is not so longe as we can say ´This is the worst´”.
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Para darle vueltas: «There can be no socialism without a state, and as long as there is a state there is socialism. The s
tate, then, is the very institution that puts socialism into action; and as socialism rests on aggressive violence directed against innocent victims, aggressive violence is the nature of any state», H.H. Hoppe.
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Asiento terminantemente: “It is no crime to be ignorant of economics, which is, after all, a specialized discipline and one that most people consider to be a ‘dismal science.’ But it is totally irresponsible to have a loud and vociferous opinion on economic subjects while remaining in this state of ignorance,” Murray N. Rothbard.
Sánchez pasará, y el sucesor de Sánchez, y el sucesor del sucesor de Sánchez. Todos los poderes son perecederos y no hay gobierno sin final. Sin duda es cierto aquello de Tácito: “Omniaque orta occidunt et aucta senescunt” (“Todas las cosas que nacen y crecen, mueren y envejecen”)
La cabeza del mundo no es Sánchez, no es el astro rey de las constelaciones, solo un nombre y un hombre, que no merece un religioso, acrítico y servil acatamiento. La usurpación (inmoral, pero legítima), corrupta y con mala fe, del ejecutivo, dentro de un tiempo en agraz que profetizo próximo, provocará su caída. España necesita despertar mediante una acción inteligente y enérgica de la oposición.
De Italia (y en especial sobre Roma) pidió Petrarca: “No espero que ya nunca más de su perezoso sueño mueva la cabeza aunque alguien la llame, tan corrompida y oprimida está y en tal grado […] Si ponemos las manos en su venerable cabellera las desgreñadas trenzas rebosan desidiosas de fango”.
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Ortega: «Gravitan sobre nosotros tres siglos de error y dolor… España es un dolor enorme, profundo, difuso». Y, sobre lo que España debe ser: “Necesitamos transformar a España, hacer de ella cosa distinta de lo que hoy es ¿Qué cosa? ¿Cuál debe ser esa España ideal hacia la cual orientamos nuestros corazones, como los rostros de los ciegos suelen orientarse hacia la parte donde se derrama un poco de luminosidad?” “Que nuestras voluntades, haciéndose rectas, sólidas, clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua, la futura España magnífica en virtudes, la alegría española”.
Según V. Camps: «El mayor mérito de “La España invertebrada” fue atribuir la desvertebración de España y de Europa a la desmoralización colectiva”.
España sigue siendo el país más anormal de Europa. Aquí se ha producido tradicionalmente una selección inversa, es decir, se han elegido a los peores frente a los mejores, y se hace necesario -antes y ahora- formar minorías selectas que promuevan un futuro mejor para el país. Pero eso no se adivina de ningún modo. Nos gobiernan -a diestra y siniestra- los peores.
¿Algún día saldremos del fango? ¿Quién desea que España no tenga éxito? ¿Por qué nuestra historia se parece tanto a una agitada epilepsia?
Debo acabar este –último- libro lo antes posible. Escribo apremiado; siento el cañón de la punta del arma en el corazón, que dispara hacia el centro del pecho. Para mí significa un conspicuo lujo trabajar LENTAMENTE. Cincelar como un orfebre la frase en mi “chambre de bonne”, estudiar el libro en conjunto y en sus detalles, diseñar los “túneles” entre las partes. Mi salud –malísima- no me permite una quinicha o empecinada, una inflexible, intransigente, obsesiva, insomne y fanática labor de escritura y reescritura. Muy lejos la cima de los primores y acabados de las “Belles Lettres”.
El equilibrio, la armonía invisible, la difícil facilidad, la palabra administrada a conciencia, el fluir melódico, el peso, la meditación de la estructura de la oración, el sopesar imágenes graves o bien ligeras, la vitalidad de una gramática como de buen carpintero, en fin, el ejercicio flaubertiano de conquista de la perfección a través del trabajo duro y la demora, ese esfuerzo que deviene en grandeza y que Aristóteles ponderó en “Edipo rey”, eso, todo eso, me está vedado.
Escribo seminalmente, a ráfagas inmediatas. Mi obra personifica a las mil maravillas estos tiempos de bagatela, publicidad y mediocridad. Bajo mi pentalogía, subyace la quintaesencia de la cultura moderna: su vulgaridad extrema.
En tantos autores que leo me pasma la maestría en la ejecución, que no les tentara la natural pereza de dejar o abandonarse a las primeras versiones y bocetos. No les aterraba la perspectiva del trabajo serio requerido para lograr la excelencia. Eran como una ducha limpia ante tanta suciedad de los escritores de ocasión de ahora. Mi impetuosidad e impaciencia (aunque no se sobreentienda -quede claro- que con mucha vida por delante haría una gran obra, SOLO UNA OBRA ALGO MEJOR O MENOS MALA), mi impetuosidad, decía, el que busque el camino corto, los atajos, ese asediar la ciudadela tan rápido, solo tiene una razón: escribo contra la muerte.
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Sueño con la intimidad de un jardín tranquilo. Con visitar (y pasear) a paso de tortuga ciudades que amo. Con tener mi propio “hansom cab”. Y encargar un soberbio cestillo de camelias. Sueño con la transparente belleza de leer mis libros adorados poco a poco. Sueño con estos versos de Yeats:
Venid, mofémonos del Grande que tenía tantos pesos en su mente y tanto trabajaba y hasta tan tarde para dejar atrás un monumento sin pensar en el viento que arrastraba.
Cuatro eran los géneros de la elocuencia según Macrobio: sobreabundante, conciso, descarnado y ampuloso ¡Hay que ver las angustias que pasamos los escritores! Uno se tambalea por una palabra, una frase, incluso por una letra, que puede herir con aspereza el oído.
Quisiera ser recordado como escritor. Pese a que vacilé -vacilo y resbalo todavía- demasiado en poesía y prosa ¡qué difícil es escribir! Ya lo advirtió, y solo gramaticalmente (el nivel más elemental) Prisciano: “Praeteriti perfecti multiplices et variae sunt regulae”. Aún con suma inteligencia tu libro puede escamotear temas y designios fundamentales. Permitan pues que me refugie en Séneca: “Nimis anxium esse te circa verba et compositionem, mi Lucili, nolo: habeo maiora quae cures. Quare quid scribas, non quemadmodum” (“No quiero, amigo Lucilio, que estés demasiado angustiado sobre las frases y la redacción: tengo para ti preocupaciones más importantes. Busca qué escribir, no cómo escribir”)
Las letras son de pocos, la vida de todos. Y la mía temo acabará en breve. Mi alma, esa hipóstasis, ese mito, cuando menos, empieza a tranquilizarse y aquietarse, lejos de pasiones juveniles. Valga yo mucho o valga poco, sigo vivo, y me ufano de despreciar al mundo.
Pero se lo confieso: nunca desprecié a todos, nunca los desprecié (antes al contrario) ni me puse a mí mismo por las nubes. Eso solo fue una máscara literaria, una figura retórica. Me gustaría, insisto, que me recordaran como escritor, un escritor menor, pero escritor, un escritor empujado por la lectura de libros de brillos eternos. Mi obra no fue más que una minúscula pulga a lomos de un elefante.
Estoy enfermo. Juan de Valdés escribió sobre ello: “La enfermedad, en cuanto aflije i atormenta al cuerpo, no hai duda sinó que es mal, pero en este mal no hai porqué vos os hayáis de perturbár ni atemorizár, siendo zierta que tanto, cuanto será más marchita vuestra carne, será más gallardo vuestro espiritu; i pues vos tenéis intento al espíritu i no a la carne, no hai porqué os haya de perturbár la enfermedad”. Linda ciencia ficción. Que los gusanos se den un pantagruélico festín con mis carnes. La Nada será.
Placeres, y agravios y daños, me infligió la vida. La enfermedad deformó mi rostro, pero todavía estoy despierto, creedme, no ando dormido, solo callado, evocando los sueños de un pasado demasiado breve. Ya no veré grandes cosas en la tierra, ni me maravillará el que se lleve a cabo lo que antes de hacerse parecía imposible.
Este Imperio Decadente, este Océano Gris, lleno de hombres hoscos y huecos, reside en una tierra infernal. Lo noble y grandioso cae, y no lo verán ya mis ojos. En Lucas I, 33, leemos: “Y su reino no tendrá fin”. Desconfío de Dios, dioses y reinos supra-lunares. Culmina aquí, con el último volumen de esta pentalogía, sin nostalgia ni queja, devanándose en el hilo de la memoria de las palabras de Cicerón y sus pares, una especie de autobiografía sin vida.
Mi inteligencia fue más desordenada que penetrante, buena para el estudio académico y memorístico, pero mala para la creatividad no convencional. Me incliné por la prosa refitolera (ornato de Camagüey) y la poesía sin calibre. Indagué en nuestras discordancias políticas, en la historia, en epifanías, pero mi lengua no fue brillante ni eficaz, más bien mortecina y débil. Doy poca importancia a la vana gloria del habla: hablo como un niño. En el campo paso -algo atristado- mi destierro.
La paz es necesaria. Adiós.
Si Zeus quiere, continuaremos leyendo y escribiendo.
Las cuatro de la mañana. Me apeo del carruaje, camino del palacete Saint-Euverte, donde me tranquiliza la idea de poder leer el resto de la noche. Nada afea, ningún elemento enturbia mi fascinación todavía adolescente por la lectura. Cada madrugada me invitan los libros a una ceremoniosa fiesta, y yo les correspondo vistiéndome con trajes de gala.
Examino brevemente el decorado de palacio. En la biblioteca, se despliegan ante mis ojos estantes con nobles libros, no muchos, pero selectos. Me inclino por un tomo forrado de carmesí: Wilamowitz: “Platon. Sein Leben und seine Werke”, Berlin, 1959. Volumen verdaderamente olímpico.
Y leo. Leo como un desenfrenado amante en su auriga, desconcertado, henchido de deseo, compañero al fin de la concordia, la tranquilidad y la filosofía.
Jules Renard dijo que era discípulo de su biblioteca. Frente a las especulaciones inmotivadas y gratuitas, frente al simplón blablablá, uno puede refugiarse en la lenta reflexión de las sentencias y argumentos de sus libros. La iglesia pertenece a Dios, pero tus libros solo te pertenecen a ti. Ese es su poder y su gloria.
Entro en mi biblioteca y me arrepiento de salir de ella. Antes de leer, elegir, cuidadosamente elegir. El libro debe ser, ay, una bola de luz en la mano, comentó Pound. Y no falta quien desprecia los libros y prefiere -dice- aprender directamente de la vida; aunque así, no lo duden, no se suele pasar del prólogo de la existencia.
Recuerdo haber leído algo de Savater que inmediatamente apunté en mi “Tagebuch” y que ahora transcribo:
“Ser por los libros, para los libros, a través de ellos. Perdonar a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo. Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos visitado subidos en el bajel de las novelas: desdeñar los rincones sin literatura, desconfiar de las plazas o las formas de vida que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones analfabetas. En cosas así consiste la perdición de la lectura. Quien la probó, lo sabe”.
Vivimos tiempos, mundos fúngicos, sin ingenio, polvorientos, discretos. Tiempos atrasados, no letrados. Los libros, qué duda cabe, multiplican la vida y la gracia. Son el diván o consejo de los sabios y de la buena vida. Son un antídoto contra el gas de los pantanos, y del vacío cotidiano.
Steiner: “El libro era un objeto doméstico, estaba disponible para ser releído a voluntad. Su poder indeterminado era incalculable, podía tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Podía exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no podía ser más desconcertante, podía hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido, que ninguna hermenéutica, ninguna psicología podía o puede predecir ni calcular su fuerza”. Fuerza atómica, en efecto. Y acaso fuerza santa: “Donde se quiere a los libros, también se quiere a los hombres”, Heinrich Heine.
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De noche. Estoy cansado, pues escribí mucho. Oigo el sincopado ruido de la caldera. Fulgura en mitad de la noche la biblioteca de mi casa como una chica de ojos verdes. El valle se viste de gasas lívidas. Montaña: caminitos profundos sobre un arco vegetal. Mi perra, enroscada, juega con el silencio.
Libros: majestad y masaje de una ópera de lluvia en la hondonada, que, golpeando el río, llama a trasgos y ninfas.
(NUTRIMENTUM SPIRITUS. Inscripción en la Biblioteca Real de Berlín)
“El amor a los libros, lo vuelvo a decir, dura toda la vida, nunca desfallece ni falla, sino que como la Belleza misma, siempre es un placer”, George Holbrook Jackson.
«El librero M. Lehec amó sus libros de tal grado que no fue capaz de venderlos, pues consideró que serían muy raras las personas dignas de merecerlos», Guillaume Apollinaire.
«No es probable que te enamores de alguien, por encantadora que pueda ser esa persona, si la conoces de toda la vida. Lo que conoces perfectamente no te lleva a enamorarte, y enamorarse de un libro no es muy distinto de enamorarse de una persona», Harold Bloom.
«Un gran libro sigue siendo un pedazo de tranquilidad, suculenta y nutritiva en un mundo ruidoso, al cual me acerco y bebo con “una especie de ávido goce”, como Marcel Proust dijo de esas habitaciones de su antigua casa, cuyo aire estaba “saturado con el bouquet del silencio”», George Boole.
«Ningún hombre carece de amigos mientras cuenta con la compañía de buenos libros», Johann Christoph Friedrich Schiller.
«Estimo tanto los libros que me los figuro vivientes y que, al leerlos, converso con ellos», Jonathan Swift.
«Unos aman los caballos, otros los pájaros y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído por un terrible deseo de poseer libros», Juliano.
«El bibliómano tiene libros para poseerlos, para darle gusto al ojo; toda su ciencia se limita a saber si son de buena edición, si están bien encuadernados; en cuanto al contenido, es un misterio en el que no pretende iniciarse», Julien Cain.
«Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo tallo; como toda pasión, está ligada a una predilección por todo aquello que rodea su objeto, que tiene alguna relación con él y se comunica con él incluso en su ausencia», Marcel Proust.
«La pasión por los libros, que parece es de las más nobles, es una de aquellas que tocan de cerca la manía. Alcanza toda suerte de grados; presenta toda la variedad de formas y se clasifica de acuerdo a sus particularidades como su objeto mismo. Se diría innata en ciertos individuos y producida por la naturaleza, se presenta en algunos desde muy temprana edad», Sainte Beuve.
«…todas las veces el gusto por los libros se adquiere paulatinamente. De joven, de ordinario se advierte poco su precio; se abren, se leen y se les rechaza fácilmente. Se les quiere novedosos y que halaguen tanto a los ojos como a la fantasía. Se busca un poco la misma belleza que en la naturaleza. Amar a los libros viejos como gustar el buen vino es signo de madurez», W. Pater.
«Quien hace un libro parte de sí, debe saber que, como hijos adoptados, los libros necesitan casa, comida y sustento», San Anselmo.
«El temblor estético provocado por el libro tiene lugar a través de los sentidos: la vista, que disfruta la simetría y las proporciones; el tacto, que prolonga el placer de la mirada en el sello de agua o en la textura del papel; el olfato, reconocedor del sitio de origen del libro; el oído, que goza el peso y el paso de las hojas; el gusto, cuando identificamos la piel de una encuadernación, Menéndez Pidal.
«Desde la fundación de la legendaria biblioteca de Alejandría, el hombre ha tenido la inquietud de conjuntar en un espacio todo el saber existente y esta obsesión ha dado pie a otra igualmente complicada: ¿Cómo ordenar este universo? La historia de las llamadas librerías y de su catalogación lo demuestra: la biblioteca es un laberinto arbitrario en el que el usuario debe rescatar cada libro de la categoría a la que ha sido condenado durante su catalogación», Alberto Manguel.
«El ambiente de las bibliotecas, aulas y laboratorios es peligroso para los que se encierran en ellos demasiado tiempo. Porque los separa de la realidad como una niebla», Porfirio Barba Jacob.
“Cuánta gente hay sobre cuya biblioteca se podría escribir, como en los frascos de las farmacias: “Para uso externo””, Alphonse Daudet.
«No hay tal cuna de la democracia en la tierra como la Biblioteca Pública Gratuita, esta república de las letras, donde ni rango, cargo, ni riqueza recibe la menor consideración», Andrew Carnegie.
«Solo los que la han llevado a cabo conocen la magnitud de la tarea que es mover y ordenar unos cuantos miles de volúmenes. Por ahora poseo 5,000 volúmenes y son más queridos para mí que los caballos de los que me estoy deshaciendo, o que el vino de mi bodega, que se va muy fácilmente y del que también me enorgullezco», Anthony Trollope.
«Lo que es más importante en una biblioteca que cualquier otra cosa, que todo lo demás, es el hecho de que existe», Archibald MacLeish.
«Soy el santo, orando en la terraza, como las bestias pacíficas que pacen hasta el mar de Palestina. Soy el sabio del sillón sombrío. Las ramas y la lluvia se lanzan contra la ventana de la biblioteca», Arthur Rimbaud.
«Como las capas de la tierra conservan los seres vivos de épocas pasadas, así conservan los estantes de las bibliotecas errores pasados: vivos y muy ruidosos, como aquellos una vez, pero ahora, rígidos y petrificados y que sólo estudia el paleontólogo literario», Arthur Schopenhauer.
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Las bibliotecas son la única memoria segura y duradera del género humano, la manera en que cada uno de nosotros, que no posee más que una memoria muy limitada e incompleta, conecte con la del género humano.
Mi biblioteca es rica, no exigua, pero muy mal ordenada. Son tal la masa de conocimientos dispersos, que me cunde poco. Heredé una biblioteca, la de mamá, y, esto acaso mejor, durante toda una vida reuní otra.
Los libros nos conectan con la intuición y el conocimiento, dolorosamente extraídos de la naturaleza, con las mentes más grandes que alguna vez fueron, con los mejores profesores, procedentes de cualquier lugar de la tierra y de toda nuestra historia, para instruirnos sin cansarnos. Y nos inspiran para hacer nuestra propia contribución al conocimiento colectivo de la especie humana.
Creo que la salud de nuestra civilización, de nuestra especie y de nuestra democracia, la profundidad de los fundamentos de nuestra cultura, se ponen a prueba en el amor y apoyo de las bibliotecas, la lectura y los libros.
Yo miro con recelo un libro que permanece sin ser tocado durante años en mi casa. Pienso que puedo decir con seguridad que ningún libro en mi biblioteca continúa sin ser abierto durante más de un año, excepto mis propios libros. Un vistazo o consulta a los miles de libros de mi librería, siquiera ocasional, es una condición para mi paz mental.
Recuerdo las palabras de Lamb: “¡Qué lugar para estar es una vieja biblioteca! Parece como si todas las almas de todos los escritores que han legado sus trabajos a estas (bibliotecas) Bodleianas estuvieran descansando aquí como en algún dormitorio No quiero manipular, profanar las hojas, sus mortajas. Podría tan pronto desplazar a una sombra. Me parece inhalar aprendizaje, caminando en medio de su follaje, y el olor de sus viejas cubiertas con olor a polilla es fragante como la primera floración de las manzanas del conocimiento que crecen en medio del huerto feliz”.
Y asimismo recuerdo las mágicas palabras de Pennac: “Queridas bibliotecarias, guardianas del templo, qué suerte que todos los títulos del mundo hayan encontrado su alveolo en la perfecta organización de vuestras memorias (¿qué haría yo sin vosotras, yo, cuya memoria es un solar sin edificar?); es prodigioso que estéis al corriente de todas las materias ordenadas en las estanterías que os asedian…, pero sería bueno, también, oíros contar vuestras novelas favoritas a los visitantes perdidos en el bosque de las lecturas posibles. ¡Qué bonito sería que les regalarais vuestros mejores recuerdos de lectura! Narradoras, sed mágicas y los libros saltarán directamente de sus estantes a las manos del lector”.
Efectivamente, cualquier cosa que los teólogos pudieran decir acerca del Cielo, como ese estado de unión y beatitud con Dios, yo sé que consiste en una hilera de libros infinitos, y que la eternidad… es simplemente lo que le permite a uno leer de manera ininterrumpida para siempre.
Hay algo profundamente melancólico en estar en tu biblioteca y saber que hay libros que no leerás jamás pero, por desgracia, más melancólico es, como sabía Canetti, no ignorar que no es frecuente el deseo de la gente de formar su propia biblioteca.
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«Es natural que una biblioteca no pueda estar en mejores condiciones que las mentes de su junta directiva», Ezra Pound.
«La biblioteca es una caja de ideas, una caja de sorpresas. Cuando yo era pequeño, cada vez que iba y luego salía, tenía la sensación de haber descubierto algo, me sentía más grande. Mediante la lectura uno se desarrolla, tiene un modo de vida diferente al de los demás, se vuelve diferente. La biblioteca es como el agua», Amós Oz.
«Es más fácil llegar a santo como bibliotecario en Yucatán que como mártir en Toledo», Gabriel García Márquez.
«Bajo el imperativo categórico de leer y ser culto, una biblioteca es una sala de trofeos», Luis Sanz Leví.
«Su biblioteca ya le quedaba demasiado chica, como si fuera un traje. Es innegable que las bibliotecas pueden volverse demasiado estrechas o demasiado holgadas para un espíritu», Georg C. Lichtenberg.
«Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria», Marvin Minsky.
«Una gran biblioteca contiene el diario de la raza humana, George Mercer Dawson.
«Si la humanidad perdiera sus bibliotecas, no solamente sería despojada de ciertos tesoros artísticos, de ciertas riquezas espirituales; más aún, perdería principalmente sus fórmulas para vivir», Georges Duhamel.
«Las bibliotecas son los santuarios del espíritu», Hume.
«Las bibliotecas son depósitos de la fuerza, la gracia y el ingenio; recordatorios del orden, la calma y la continuidad; lagos para la mente, ni calientes ni fríos; luz, no oscuridad… En cualquier biblioteca del mundo, estoy en casa, inmóvil y absorto», Salustio.
«La biblioteca de un escritor debe estar formada por cinco o seis libros, que son todas las fuentes que hay que releer todos los días. Por lo que toca a los demás libros, es bueno conocerlos y basta», Gustave Flaubert.
«Mis hermanas mayores, cuando yo era pequeño, me llevaron a la biblioteca, y de ese modo transformaron mi vida. Al cabo de un tiempo encontré allí mi propio camino, y nací dos veces», Harold Bloom.
«De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: ¿Por qué no vienes más a menudo? El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la vida para indicar el placer o cualquier distracción tonta», Henry Miller.
«El estudiante tiene su Roma, su Florencia, toda su brillante Italia, entre las cuatro paredes de su biblioteca. Él tiene en sus libros las ruinas de un mundo antiguo y las glorias de uno moderno», Henry Wadsworth Longfellow.
«Una biblioteca es pensamiento en estado de suspensión», G.B. Shaw.
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Los libros de mi casona son como casas antiguas, llenas de la presencia de los hombres y mujeres que vivieron en ellas en el pasado, con su bagaje de alegrías y aflicciones, amores y odios, sorpresas y decepciones, esperanzas y renuncias. Pensándolo bien, yo, Christian, solo he vivido en casas viejas…
Los libros son mi Navidad diaria.
Me encanta vagabundear entre ellos y concederme el placer de asaltarlos; y estar así en todas las partes del globo y la mente.
Con el ciego Borges, archilector: “Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica”. O también: “A lo largo del tiempo nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir”. Y por último: “Sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse, y que la biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Ah el buscar el sentido de los libros en los sueños o en las pálidas y caóticas líneas de la mano:
Lento en mi sombra, la penumbra hueca, exploro con el báculo indeciso, yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.