Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
El Papa usa piercings, y escritores y pensadores acuden a tatuarse. Se puede caer en picado por biografía destemplada, pero este Papa…
Una vez descorchado el champán, leído al Cardenal de Retz, tomado el sol en el hotel Crillon, usufructuado cuerpos exquisitos, almas delicadas, llevado pajaritas impecables, ponderado los nefastos e indigestos mamotretos marxistas, ponderado la altura de las mentes, piensas, ¿pero este señor, de qué tugurio sórdido salió, de qué pésimamente decorado local de alterne, de qué cochambroso y grasiento garaje de lavacoches industrial? Y solo quieres ya que tu doméstica te avise a la hora del crepúsculo para poder ver solitario el atardecer.
¿Es hora ya Eva? Trae también los prismáticos y llama a la perrita para que me acompañe. No te olvides de la copa; algo cargadita.
El Papa usa playeras, nariz de payaso y se pinta los mofletes como una drag-queen.
El Papa se viste con tutús y toca la guitarra en la liturgia.
Solo quiero ver el crepúsculo desde mi terraza, ¡Sacadme a ese fantoche trapisonda de mi vista! ¡Sacadme a este mandril purpurado por Belcebú!
Porque el Papa es un bonachón lelo peronista. Un pobrista capcioso. Un fraile necio y tosco de cafetín de Calcuta.
El Papa enturbia los mágicos cristales de mi Sueño, con su Orden que no expresa un llamado a la Belleza y lo Alto, al crecimiento de la savia por los verdes tallos, a la mecha azul de cometas ígneos, a la Libertad y al Conocimiento, al brío de los pumas entrevistos en la selva, a la luz –luz tierna y mimosa– de la Luna.
El Papa es un auriga de patas peludas sin los labios de las Aves Marías, y se pone pósits de autoayuda en la puerta de su cuarto para saber cómo dirigir el mundo.
El Papa más y más se empecina en ejecutar fruslerías, en emborronar teologías zarrapastrosas, teologías de bocazas sin estudio ni tradición.
Mi copa transpira debido al hielo y al paso del tiempo. De noche casi ya, o casi todavía. Suspiro solemne ante un mundo feo, estúpido e inane, romo, bajo y cutre, cuyos amos son la caterva y el empresario hortera y el ingeniero orangutanesco, un mundo zafio y desposeído de elegancia, de matiz y opinión rosa y oro, de credo celeste, un mundo sin el don de absorber la perfección. Me ilumino de un Dios inmenso que distribuye Belleza y Orden como distribuyen música los planetas al rodar. Me ilumino de ondas de peral que reverberan desde el Uno hasta la tierra húmeda.
Gusanos e insectos mejores que este Papa hereje y anormal, populista y con dodotis.
El Papa que se pone AC/DC en los auriculares para dormir.
El Papa que ve fútbol y saliva con los goles.
El Gran Bostezo, el Gran Chirrido, la Osamenta de Piedra Resonante Estéril, o la nueva plaga o el pop-corn general y consuetudinario, o el pienso Royal Canin que se deglute no sé si con mayor inocencia o con irreflexivo orgullo. Nadie sabe ya vivir. Los obtusos se jactan de sus limitadas entendederas. El público aplaude complacido. Nadie sabe ser uno, grande y libre ¿No escuchan la súbita pudrición por esta dentadura cariada del Gran Bostezo?
Solo deseo contemplar mi crepúsculo desde la balaustrada.
El Papa escribe como con un descosido borderline con sus dedos gordezuelos.
El Papa es un canalla hipócrita que deglute donuts y polillas.
Eva, mañana, sobre todo, no te olvides de avisarme del venidero crepúsculo.
No te olvides de cada uno de los crepúsculos del año.
P.S.
El nombre de Pío IV va unido a muchas obras públicas en Roma y llevó a feliz término el Concilio de Trento.
León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, el primer Médicis en el Pontificado, tuvo una pequeña corte de literatos, hombres de ciencia y artistas; él mismo era poeta, músico, arqueólogo y filósofo, con varia cultura y con un ingenio versátil, sensible a toda forma o incitación de lo bello, pero acaso un diletante falto de profundidad. El siglo de León se llamó “áureo” gracias a su mecenismo. Promocionó y protegió a la Universidad, y por su empeño, empezó una nueva era la carrera de Rafael. Todos los poetas y humanistas debemos encomiar a este Papa mediceo.
Benedicto XIV reflexionó con superior inteligencia y extraordinaria erudición. «¡A lo mejor me reprobarán -escribió- el que haga una escapatoria por los poemas de Dante, Tasso o Ariosto; pero es que a menudo necesito recordarlos para tener una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento”. Docto, y amigo de los doctos, fue sombra benigna de los doctos. Iban a Roma a debatir y consultar con él los sabios de mayor nombre y fama de Europa. Deseaba obispos y clérigos, no solo piadosos y de costumbres ejemplares, sino también de vigorosa solidez intelectual. Monarca sin favoritos ni cortesanos -papa sin nepotismo-, y doctor sin orgullo -censor sin acrimonia. Voltaire, corifeo contra la religión, escribió un dístico a Benedicto XIV muy admirativo: «Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat».
¿Qué se predicará del Papa Francisco? ¿Del lelo Papa pop? ¿Del peronista populista de barrio con grafiti y sórdido sótano de lavacoches industrial? Dirige la cristiandad con pósits de autoayuda. Un imprudente incorregible y chabacano. Que un Papa hable de las caricias y masajes -por ejemplo- de otro miembro de la curia es sórdido, con la ligereza inelegante de un bárbaro. Pidió en Lesbos a la UE que acoja a los inmigrantes ilegales. ¿Por qué no pide a los gobiernos corruptos, sectarios e incompetentes de los países de origen de los inmigrantes que dejen de robar, cesen sus guerras y administren de manera eficaz? Eso por nombrar algo de sus últimas y novísimas “ideas” y manifestaciones públicas. Muchos son mis pecados; espirituales -más graves- y carnales. Pero no soy Papa, caramba.
Es éticamente dudoso, estéticamente paupérrimo, intelectualmente nulo, teológicamente ignorante, políticamente indeseable, pardillo y temerario, cerebralmente mermado, conductualmente bochornoso y vergonzoso (ay esas ruedas de prensa al pie del avión, ay, ay). Sin buena voluntad, sin alma generosa o perspicaz, innoble, un talentillo débil, un calculador superficial, metepatas, divisor, sin brillo propio, polémico, monstruosamente iletrado e inculto, de maneras groseras, de bondad impostada, inmaduro y vanidoso, inútil y cacaseno.
W.B. Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción mientras los peores/ están henchidos de apasionada intensidad”.
Este Papa es peor que una garrapata en un peluche.
¿Dónde el trópico o aquella sabiduría que medra y crece?
¿Dónde el conjunto incandescente
en lugar de los fragmentos opacos?
¿Por qué este general y agusanado Anillo Gris de Terror?
Cuando el sesteante, rastreante y redondo caracol
era materia con forma, sombra con colores y gesto
en parsimonioso movimiento, Até, errante entre los mortales,
nos inspiraba el mal. Cuando el cielo era oxigenado aliento
de buey, rubia fiebre lanuda, Heracles venció a Litersés,
y arrojó su cuerpo al río Meandro.
Cuentan -árbol de bronce- que Teagena poseía fuerza descomunal,
y Melampo lo adivinaba todo mirando el ojo de un pájaro,
y Oleno y Letea eran rocas de apasionado amor…
Aquel verano se convirtió en una parodia miserable:
molleras sin sesera y operados labios apisonados.
Una pocilga de hordas de imbéciles-esos que mi
peluquera embelesada llama «famosos»- tejían el otoño
de bostezos y crujidos sin misterio. Progné no era golondrina,
ni Filomela el ruiseñor, ni Tereo la abubilla. Nadie contempla
a Itis en un jilguero. Un absurdo real ocupa bosques.
Océanos burdos de irrelevancia. Magos de brillantes labios
eran ahora pitonisas sodomitas de madrugada.
Montan el Belén con futbolistas, actrices, presentadores,
concursantes de Gran Hermano, y a los leones echan
esas especies para la glotonería de indigesta carne cruda.
Un sapo y el suspenso adoran el pueblo.
No legislan ni poetas ni dioses. Un obscuro prostíbulo sin lejía.
Como una congregación de ratones vestidos de crepé rosa.
El Famoso es lo contrario del Poeta.
El Famoso quiere comer, beber, dinero, figurar.
Se arregla, y desea que lo fotografíen.
No piensa, y no le importa nada atestiguarlo.
Está en celo, un pavo real que desea que lo follen ¡Vaya mérito!
El Famoso es natural, sudado, común, abundante,
esto es, horrible y abominable.
Por eso siempre es vulgar, lo contrario del Poeta.
El Famoso es una masturbación frecuente, una irritante
epidermis de la gloria. Bellezas artificiales y zonzas
que no van más allá del tontorrón semblante,
el sombreado de ojos y el zapato vistoso.
Están en boca de todos,
no por la pompa de su grandeza,
sino por la caricatura misma de la grandeza.
Lo bajo y zafio subido al pedestal.
Quemad el becerro de oro. Convertidlo en polvo
y esparcidlo por las aguas fecales.
El kitsch mandril anega e iguala al mundo.
La ambientación intelectual de nuestro tiempo
es el blondo y pulimentado buido hueco de esas cabezas.
Los hombres tras el balón y las mujeres abobadas
duermen noches sucesivas encima del escenario.
Y habrán más.
P.S. (i) Según la RAE, «fama» significa:
1. f. Condición de famoso. No hay que confundir la fama con el éxito. Un arquitecto de fama universal.
2. f. Opinión que la gente tiene de alguien o de algo. Los dos hermanos tienen fama de luchadores.
3. f. Buena opinión que la gente tiene de alguien o de algo. Un escándalo manchó la fama de la institución.
4. f. Noticia extendida acerca de algo.
En el Ancien Régime la modalidad espiritual de famoso estaba connotada positivamente. Es la «buena opinión» de la tercera acepción. Claro que existían afamados emperadores vesánicos, o militares y estrategas salvajes, contraejemplos en una palabra, pero la fama poseía un rasgo de imitación heroica (léase a Plutarco)
Miguel Ángel era grandioso y noble, como otros fecundos matemáticos, filósofos, astrónomos, músicos o poetas. Hoy somos arrollados por una revolución mayor. Alguien cocinando un huevo frito en calzoncillos (mejor si los suspensorios están sucios y desastrados) con la espalda tatuada con el dibujo de una serpiente comiéndose a una rata, es famoso si lo graban las cámaras de GH. Un mamarracho que en lugar de reformar la legislación para bien de la polis, se dedica a lamer váteres infectados con covid, salta a la fama. Un ganador del concurso mundial de micropenes, del concurso mundial de lanzadores de sandías o huesos de aceitunas, un mafioso destripa vientres, un graciosillo que le toca el culo a la presentadora de los mundiales en la tele con su peluca o su montera de torero y su tintura de la rojigualda en la cara, ésos, son carne de entrevistas y futuras celebrities. Lo importante no es la fama por la obra bien hecha, lo único que cuenta es ser la comidilla en la aldea más o menos global, estar en boca de todos SIN importar nada que se esté en boca de todos por ser corrupto, pedófilo, el mayor cornudo del Reino de España o el más tonto de la clase. La máquina de espectacularizar no discrimina; engulle, saliva, traga y excreta. La máquina de la fama no premia el valor, incluso lo rehúye. Hay que cagarse en tu madre para ser famoso, deglutir excrementos en un happening para ser famoso, disfrazarse de virgen y puta para ser famoso, matar con una ballesta para ser famoso.
Ser un genio inventivo o de los mejores en tu oficio carece de aura. Que en el súper y el bar hablan de ti. No importan los motivos. El resto es mala literatura.
(ii) (*) O votan solo los preparados o todos nos preparamos para votar. El sufragio bajo la influencia nociva o espada de Damocles de brutos, ignorantes, desinformados o hooligans, tiende abrumadoramente al error y la corrupción demagoga.
(**) La democracia no corre riesgos; al igual que un escritor mediocre no comete grandes descuidos porque no aspira a lo excelso; la vulgar tiranía del número es irreprochablemente corriente. El riesgo y la grandeza produce los efectos más desafortunados (y los aciertos más sublimes y memorables) La medianía niega la memoria.
(***) La democracia ha derivado en una institución de beneficencia que esquilma la riqueza general para distribuir favores (entre quienes convierten en sus «partidarios»), para distribuir favores en el mercado de la opinión pública, la peor de las opiniones.
(****) Lo políticamente correcto es una dictadura que evita el conflicto, el cinismo, la resistencia, la ironía, la rebelión, el sarcasmo, y, mucho peor, oculta una pregunta esencial ¿son las cosas así? ¿es verdad lo que nos dicen? Góngora, Quevedo y Lope iban a degüello, con la faca a punto. Buenos tiempos ésos.
(*****) Yo soy capaz de propinar, si evito el filtro, una bofetada en el rostro del gusto público. Otros también. Porque prefiero la cabeza al corazón, la máscara (o el engaño) a la sinceridad, lo complejo a lo sencillo, la fuerza a la debilidad.
Tontolabas, os enterrarán al compás del «Candle in the Wind».
(iii) La hermandad igualitaria universal se ha alcanzado mediante el kitsch.
Con su vida oculta que no horada las hojas del río,
con el silencio en el regazo de la cubertería de plata,
como cerrado también está mi despacho donde estudio,
o el gabinete con las espadas, las fotos y los escudos heráldicos.
Pero apareció un búho en el pasillo y voló hasta mi habitación.
Mamá y yo, con cuidado -los huesos de los búhos son todo aire-, con ardides, lo sacamos por la ventana. Una ventana lisa y monocroma que enseña al aire frío la magia de la noche.
Las claras sombras del búho a contraluz se alejan por la espesura.
En su estuche gris guarda luz que caligrafía
cómplices realidades, y transustanciación
de jardines redondos en horas de mesa familiar en tiempo feliz.
Sus ojos ovoides y grandes, su imposible peluca,
redimen cestos de fresas, uvas y lúbricos limones.
Laicos devotos y empecinados eclesiásticos ya no creen que
los dioses conviertan, por la gracia, el grano en oro, el oro en luz,
o que el corazón de un búho bombee sangre de un ser querido.
Rezo. Rezo y abro la puerta del salón. Y aparece otro búho.
Misterio del Sil en la más dulce o secreta hora de la noche,
desborde de estrella quieta y vieja que aparece en poco más
de un metro cuadrado del salón al lado de mis libros y los cuadros.
Los dioses se aparecieron siglos atrás a pastores
con ojos niños color olivo cábala, ¿los dioses se cobijan
dentro del fuego de la chimenea de las casas?
Mi mamá se asusta. “No temas, le digo, no son búhos,
son solo el alma de los búhos con los huesos delicados de papá”.
Es el milagro del agua luminosa de la Luna,
es la rosa, fresca encarnación en plumas atléticas.
Abro la persiana automática de la galería. Abro todas las ventanas y
la noche nublada promete toboganes a los secretos,
abro todas las ventanas y contraventanas de la galería.
El segundo búho vuela soberbio, lento, lentísimo, a la primera,
con precisión de metrónomo de pianista,
como melodía incrustada a las montañas,
con esplendor de agua y auriga,
sale al cielo morado de la noche, hacia su hibris amada.
Un milagro más hospedando el sacro y emplumado airón
de noviembre, y su corona silenciosa y su feudal acantilado.
El Siglo de las Luces se escribe entero en la cabeza de estos búhos.
Los siglos anchos de los labriegos caben
en los delgados huesos de los búhos.
El noble pensamiento de un filósofo presocrático
revive en un par de búhos como hermanitos Magos de Hoz.
El vuelo perlado sigue ondeando violas y violines
en las casas de piedra en mitad de los valles.
Papá, en la incierta madrugada, rompiendo el largo sueño eterno
(gracias papá querido), apareció -sí- cuando más lo necesitábamos.
P.S. (i) Cuando Akbar el Grande asciende al trono del Imperio mogol en India, el arte persa e indio se fusionan creando un estilo único. El estilo cristiano es único. Cúpulas románicas sobre pechinas y sobre trompas, escuelas episcopales que derivan en Universidades, asombro y estupor ante miles de abadías, iglesias y catedrales. Cristianismo es el pontificado de Constantino I, hombre hábil para los negocios y de gran energía, a quien el miedo (padeció graves acontecimientos) jamás venció. Y el fresco del siglo XIII en la iglesia inferior de la Gruta Sagrada de Subiaco. O aquel pequeño capuchino de quien nadie creyó capaz al principio que arrancara muchos pelos de las barbas de los turcos y logró la decadencia de su amenaza salvando así (o no ahogando) a la civilización europea -me refiero a Inocencio XI. No son mis Papas preferidos, pero quise aplicar benevolencia metodológica y no odio (y además no mentir)
(ii) Alberti, en De pictura, afirmó de la basílica de Santa María de Fiore: “Esta construcción enorme que se eleva hacia el cielo es tan vasta que podría cobijar a toda la población de la Toscana bajo su sombra” Si no crees en Dios y bellezas sublimes iguales, probablemente creas (te cobijes) en Ignatius Farray, las Twanda Rebels, Puigdemont, el animalismo histérico, el anti-taurinismo, el veganismo, el anti-tabaquismo como destino en lo universal, y otras religiones de sustitución.
(iii) El primer paso de la lucidez está en admitir, con buen humor, que nuestras ideas no tienen por qué interesar a nadie. El suicidio más acostumbrado en nuestro tiempo es pegarse un tiro en el alma. Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan. El que se cree original solo es ignorante. Yo creo en Dios por eso, y algunas cosas más.
(iv) El nombre de Pío IV va unido a muchas obras públicas en Roma y llevó a feliz término el Concilio de Trento.
León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, el primer Médicis en el Pontificado, tuvo una pequeña corte de literatos, hombres de ciencia y artistas; él mismo era poeta, músico, arqueólogo y filósofo, con varia cultura y con un ingenio versátil, sensible a toda forma o incitación de lo bello, pero acaso un diletante falto de profundidad. El siglo de León se llamó “áureo” gracias a su mecenismo. Promocionó y protegió a la Universidad, y por su empeño, empezó una nueva era la carrera de Rafael. Todos los poetas y humanistas debemos encomiar a este Papa mediceo.
Benedicto XIV reflexionó con superior inteligencia y extraordinaria erudición. ¡A lo mejor me reprobarán -escribió- el que haga una escapatoria por los poemas de Dante, Tasso o Ariosto; pero es que a menudo necesito recordarlos para tener una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento”. Docto, y amigo de los doctos, fue sombra benigna de los doctos. Iban a Roma a debatir y consultar con él los sabios de mayor nombre y fama de Europa. Deseaba obispos y clérigos, no solo piadosos y de costumbres ejemplares, sino también de vigorosa solidez intelectual. Monarca sin favoritos ni cortesanos -papa sin nepotismo-, y doctor sin orgullo -censor sin acrimonia. Voltaire, corifeo contra la religión, escribió un dístico a Benedicto XIV muy admirativo: «Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat».
¿Qué se predicará del Papa Francisco? ¿Del lelo Papa pop? ¿Del peronista populista de barrio con grafiti y sórdido sótano de lavacoches industrial? Dirige la cristiandad con pósits de autoayuda. Un imprudente incorregible y chabacano. Que un Papa hable de las caricias y masajes -por ejemplo- de otro miembro de la curia es sórdido, con la ligereza inelegante de un bárbaro. Pidió en Lesbos a la UE que acoja a los inmigrantes ilegales. ¿Por qué no pide a los gobiernos corruptos, sectarios e incompetentes de los países de origen de los inmigrantes que dejen de robar, cesen sus guerras y administren de manera eficaz? Eso por nombrar algo de sus últimas y novísimas “ideas” y manifestaciones públicas. Muchos son mis pecados; espirituales -más graves- y carnales. Pero no soy Papa, caramba.
Es éticamente dudoso, estéticamente paupérrimo, intelectualmente nulo, teológicamente ignorante, políticamente indeseable, pardillo y temerario, cerebralmente mermado, conductualmente bochornoso y vergonzoso (ay esas ruedas de prensa al pie del avión, ay, ay). Sin buena voluntad, sin alma generosa o perspicaz, innoble, un talentillo débil, un calculador superficial, metepatas, divisor, sin brillo propio, polémico, monstruosamente iletrado e inculto, de maneras groseras, de bondad impostada, inmaduro y vanidoso, inútil y cacaseno.
W.B. Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción mientras los peores/ están henchidos de apasionada intensidad”.
Este Papa es peor que una garrapata en un peluche.
Nada saben. El elitismo no es un privilegio, sino un deber.
Cultura sin tradición es destino sin historia,
destino sin historia es cultura que no es cultura.
La vocación del fuego es la ciencia.
La Memoria el camposanto de la Verdad.
Huevas de ortigas son los nuevos centinelas:
oscuro es el siglo, no se sabe dónde está
el cielo, las estrellas están cubiertas por la niebla,
el sol se apaga entre tinieblas, la Luna ensombrece
bajo el mismo color a putas y santos, filósofos
e hipócritas, poetas y tiranos, mendigos y príncipes.
Cada estrella será todas las estrellas,
y todas las estrellas se unirán a un mismo cataclismo.
Por lo menos no tendré que leer más vuestras novelas
como gazzettes ulceradas, ni soportar las chinches
del poeta (la mayoría) de brocha gorda. Feliz destino
el que te conduce a la muerte y te aparta de los hombres.
Liberado de padecimientos terrenales
estaré en un cielo donde la gente no es vulgar,
con pastos encendidos por el cercano rey de los pájaros.
Torrenteras de agua inundarán los labios
donde mujeres bellas se abrazan, tocan su sexo y se besan.
El bosque no dejará de gritar el enorme secreto
de mi infancia rica y feliz. Sabedlo chusma,
vómito matinal, mortales títeres reyezuelos de las letrinas.
P.S. No debiéramos preguntar “¿Qué es la atención?” sino reformular la pregunta hacia otra especie: “¿Qué hacemos cuando prestamos atención?”, y entonces advertiríamos que lo que hacemos no es “prestarla” sino “regalarla”, sustituir un propósito, una línea de acción, apostar por una clase de futuro renunciando a otro.
Leer “Nuestra cultura, ¿qué ha sido de ella?” de Theodore Dalrymple, leer al joven Wordsworth, los epigramas griegos, la tradición filosófica empirista inglesa, los fragmentos presocráticos, a Nabokov, en lugar de -digamos- sustituir esas horas de lectura por la visión de un programa chismoso de Tele 5, o por escuchar las vacuidades gritonas de la retransmisión de un partido de fútbol por la radio, implica que mi atención conspira por un destino noble frente a un destino apulgarado, que sustituyo la energía plebeya por la persuasión del argumento y la observación inteligente. Gano alma y pierdo barbarie. Gano civilización y conciencia, y resto animalidad y automatismo. Típica propiedad de la buena literatura. Típica conducta del individuo inteligente.
Admirar es admirable en función del admirado; admiro a cientos de poetas, pintores, novelistas, cineastas, científicos; quien admira no tiene ennegrecida aún su alma. Admiro la urbanidad irónica, el no retorcer las ideas con “obiter dicta” injustificados y de mero hermetismo gongorino o heideggeriano, sino aplanarlas en un tono cortés y sencillo, pero jamás rebajándose innecesariamente, demostrando lucidez. Admiro una muy ancha experiencia del mundo, entender las costumbres de las clases populares y oír las conversaciones tras las puertas de los palacios.
Nietzsche declaró “Las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos”. Las ideas sobre la familia, la educación, el feminismo, el sexo, el arte, las drogas, la emoción, el vínculo, el placer, el orden de los valores relevantes, etcétera, nacen en los gabinetes privilegiados del estudioso o del departamento universitario y, por capilaridad, acaban en el cerebro -y el corazón- del joven obrero o del burgués medio.
Imaginemos que un chaval (o una muchacha) de un barrio marginal desea ser pintor. El humus sobre el que sobrenadará le hará creer que lo importante es expresarse, independientemente de que sea un ignorante o no. Lo desalentará ante la perspectiva del duro trabajo requerido para alcanzar la excelencia, precisamente porque la idea de mérito ha sido demolida y desacreditada. Buscará un fácil éxito con atajos. Como se verá incentivado al sexo precoz y cinegético o conejero, al consumo festivo de drogas, a un inflamado resentimiento social (o de género), a resumir la humanidad en clichés, a exigir como una obligación ineludible subsidios ministeriales para su obra, a expresarse con canallería jergal para ser “auténtico”, en fin, que nuestro joven imaginario se convertirá -con alta probabilidad- en un compacto mamarracho.
Las palpitaciones de los tiempos en que se han implantado ideas abstractas e ideales desastrosos para las clases bajas es lo que por ejemplo Dalrymple revoca en las dos partes de su ensayo, comparando las contra utopías de Orwell y Huxley, leyendo a Woolf, a Shakespeare, etc… o bien extrayendo inferencias de estampas costumbritas (Lady Dy, la Habana, el París del extrarradio…); todo desde múltiples estrategias retóricas que orbitan y amplían un núcleo o visión del mundo realmente sabia. La palpitación de los tiempos es aquello que velan también la prosa de Nabokov, el panteísmo gnóstico de Worsdworth, el secreto del río de Heráclito, el trazo de Monet.
La tradición o la ilustración individual, el peso del “common sense” secular o bien la capacidad de dirimir y sopesar de un modo realmente libre, son formas de salir de este cul-de-sac. Mill afirma que “la región propia de la libertad humana […]comprende, en primer lugar, el dominio interno de la conciencia, la libertad de pensar y sentir, la libertad absoluta de opiniones y sentimientos sobre cualquier asunto práctico o especulativo” “Este principio -prosigue- requiere la libertad de gustos e inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida conforme a nuestro modo de ser”…o conforme a las reglas testadas por el tiempo (ensayo y error) y que, transmitidas de generación en generación, resultaron exitosas para la solución de nuestros intríngulis existenciales y para el objetivo de alcanzar la felicidad. Yo me inclino más por la salida liberal, aunque no desdeño la conservadora-que tiene como espada de Damocles el anquilosamiento.
El Estilo Caótico e Informal que nos define disuelve la cortesía, la grandeza, la rectitud y el vigor moral, la lumbre intelectual; parece que lo que leen las lolitas vale lo mismo que “Lolita”, un eslogan publicitario lo mismo que un poema de Cernuda, cuidar de modo sacrificado e implicado a un hijo es lo mismo que abandonarlo, o que es lo mismo cumplir con el deber que transgredirlo.
Contra este estado de cosas que los mandarines intelectuales teorizaron y la plebe (convertida en populacho especialmente por los mass media y el uso de las redes) siguió acríticamente, muchos batallamos. Yo llevo cinco años escribiendo un libro, “El falso aristócrata”, donde reivindico, frente a la basura ambiental, los valores y el mundo de la burguesía hacendada y propietaria culta.
Según señala Val Cunningham en su libro «British Writers of the Trirties», Geoffrey Grigson fundó la revista New Verse en 1933 como reacción explícita para repeler los valores y gustos literarios de las masas. New Verse fue un foro ferozmente elitista.
Eliot asimismo decretó en frase célebre: «Los poetas de nuestra civilización tal como existe en el presente deben ser difíciles»
Ortega consideraba que la función primordial del arte moderno consiste en dividir al público en dos especies; los «connoisseurs», aquellos capaces de entenderlo, y quienes no pueden. El arte más que impopular sería antipopular. Cito: «el arte moderno actúa como un poder social que separa y selecciona en el montón informe de la muchedumbre dos castas diferentes de hombres». Según Ortega la sociedad se reorganizará «en dos órdenes o rangos: los ilustres y los vulgares». Según también el filósofo español el aristocratismo del arte «fuerza a las masas a reconocer lo que son: la inerte materia del proceso histórico».
¿Debe el arte, la poesía, excluir a las masas, como pensaban los modernistas? No creo que ello sea condición necesaria. ¿Debe la poesía ser difícil? Opinión tan arbitraria como que la poesía debe ser fácil. Lo que debe ser una condición necesaria y suficiente para la poesía es que ésta posea una especie de jugosa calidad, de encanto, emoción, seducción, embrujamiento, independientemente de su mayor o menor fuerza popular.
¿Está el público siempre equivocado en literatura? Pregunta irrelevante, capciosa, el refrendo democrático, el pulgar arriba o abajo de los romanos en el circo, es un criterio extra-estético. El rebaño a veces acierta y otras se equivoca, puede proteger tanto diamantes como barro, si protege diamantes no los convierte por eso en barro, si protege barro no lo convierte tampoco por ello en diamantes. Pero -podemos inferir- cuanto más «uneducated» sea el rebaño más probablemente desbarrará.
Yo ya empiezo a pensar, dado que ahora ser elitista es casi como ser judío en la Alemania de los años treinta, que en un futuro bien próximo el premio Nobel será elegido por el público por voto telefónico, como en Eurovisión; vemos como cada día se desprecia más e influyen menos los prebostes de Oxford -ya nos entendemos- en temas relacionados con la cultura o incluso la ciencia ¿Dejaría operarse usted de apendicitis por un carpintero o por mí o por su vecina, en lugar de por un médico?
Steiner declaró que «El gran arte y la gran literatura están tocados por el fuego y el hielo de Dios» (tesis que argumenta en su centelleante ensayo «Presencias reales») Dios -seguro- prefiere leer a Esquilo y Virgilio antes que ver fútbol o ir al bingo. No sé si la mayoría de seres humanos escogerían igual. Dios condena a las llamas de infierno a los Instapoetas, pero la multitud, el enjambre ruidoso de la multitud, gozoso les pone «me gusta».
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.
“Con un huevo de serpiente en las entrañas”, ése sería
su justo epitafio. Llegan a afantasmados puertos
con velas impulsadas por vientos fríos,
extraviados y suplicantes como un huérfano débil.
No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo.
Esos ojos pastosos y vedlos en el manicomio
que como pájaros enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo.
Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa (negra y capciosa) besa sus labios.
Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-,
qué son sus lunas negras tapiando
un mundo que sólo para ellos existe.
Es la melancolía, el desorden, el pus, la arrítmica respiración,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las nubes
y deja una estela quieta de luz deshilachada.
Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable
tedio a soledad, invivible soledad, y medicinas.
Sobrepuja una acuosa percepción del silencio
como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo
donde los ogros acecharan bajo los arenosos pantanos.
Su noche dimana pájaros que no arrullan,
el dolor rige su imperio sin amor y sangre fofa,
y los ojos morados, y a la deriva,
como peces flotando muertos en un río contaminado.
La muchacha bulímica (que se infla con las pastillas)
solloza y se avergüenza porque en el Instituto
todos comentan y saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos
a las explicaciones de un tipo singular hablando
sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen
por toda la sala los gritos mezclados con rezos
de un chaval árabe que lleva trece horas atado a la cama.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera
despertará mañana a los pacientes
pero nunca con sexo erótico ni con alta música consoladora.
Es curioso observar como prácticamente nadie mira el televisor.
El aire hirviendo moja sus bocas,
la náusea rompe los tubos de su estómago:
huesos apagados sostienen su mente ni fresca, ni azul ni rosa.
Detén, oh dios benigno de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita.
Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba
de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias, limpias y doradas.
Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, y muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías.
Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la mejor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre hollando la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros expresos de madrugada
se diría que al peor país, o al mismo infierno, les conducen.
P.S. Debo hacer incómodas e impúdicas confesiones.
Vivo de una manera pautada y muy aislada. Me suelo levantar a las cinco de la mañana, escribo y leo, a partir de las ocho, trabajo (o trabajaba) en el campo, en el jardín, o con los animales –ya no-, y después me dedico a lo que pedantescamente llamaría otium cum dignitate o bien otium divinis.
Me visto con ropas curiales y canso feliz mi biblioteca (con miles y miles de libros; es todo mi patrimonio; es toda mi única patria) Mis relaciones sociales no es que sean deficitarias, sino que son francamente nulas.
Vivo en una minúscula aldea de la profunda Galicia, en una montaña de los cañones del Sil. A veces paso hasta un mes entero sin hablar con nadie. Me agrada esta compacta soledad. Leo, estudio, escribo, y pienso en lo que leo, y paseo por los bosques con mi perra. Mi vida es humilde, sin ambiciones, honesta y soltera, baja y alta, defendida de infortunios, silvestre y estoica.
Pero hete aquí que más o menos desde hace dos o tres años, debido a un problema de acomodación de la vista y a la cerrada –yihadista- soledad, de repente me dan como unos brotes de alteraciones perceptivas visuales y sonoras. Durante esos accesos percibo el color y la luz con otras tonalidades, me fascinan las marcas de superficie en los detalles de los objetos, me fascinan clases de pequeños colores como cubriendo los árboles y el viento y las nubes que semejan o más planas o más ovoides o más luminiscentes de lo que en realidad son, parece como si advirtiera el alma luminosa de los objetos, un recubrimiento geomántico, su pneuma eléctrico, sus moléculas granuladas ingrávidas.
Todo presenta una apariencia como de seres animados. A veces hasta se superponen a esas imaginaciones como unas extrañas figuras geométricas en forma de prisma o rectángulos. Son un registro de experiencias sensoriales alucinatorias que en cambio me permiten pensar con lógica, no se adhieren a ellas notas emocionales de angustia ni pánico, advienen con certeza matemática, no afectan a mi sistema de creencias, incluso su aguzada y agudizado despliegue me producen a menudo una calma naturalidad, una senequista serenidad.
Lo interpreto todo como una mística naturalista, como de azar de ser elegido por dioses caprichosos -prefiero ese idiolecto a llamarlo alucinación psicótica. Después de veinte o treinta minutos del sobresalto perceptivo, del súbito acceso a una especie de sobre-realidad, me tomo tres pastillas de Lorazepam de 1 mg y, en menos de una hora, mi instalación en la realidad es ya la común, rutinaria, y no alterada.
De tanto en tanto esas experiencias me asustan algo pues tienen como paralelo o correlato ciertas alucinaciones auditivas y una interpretación casi religiosa de las mismas. Pero ello se da, por fortuna, esporádicamente. En esos momentos ¿oceánicos?, axiomas como «todo es uno» o «nada es distinto a nada», “todo está conectado con todo”, o vivencias de invulnerabilidad y deseo de comprensión del universo (y de unión con él), o presentimientos y atisbos de inmortalidad y embriaguez cósmica, no son nada raros.
La soledad, el encerramiento, modifican mi olfato también, el sabor de los alimentos, la idea de tiempo y duración, los zigzagueos de la memoria, los contenidos que preceden a la idea, las deducciones que suceden al sentimiento
¿Locura? No es una hipótesis inverosímil, pero, Sire, ya no la necesito para comprender mi sistema del mundo.
yo fui chico de corbata de seda y colegio privado,
y no solo no quiero salir de ese universo
sino que deseo que nadie tampoco entre en él.
Para mí las orquídeas y lirios, la pampa con sus caballos,
las lunas de oro, tu húmedo sexo vehemente,
y para ellos los cacharros sobre el fregadero.
El dinero es forunculoso, y no lo tengo ya,
el espíritu llena como esencia y existencia, igual a un destino.
Tengo mucho que hacer Odette, dulce muchachita suave.
Por tu rictus colijo que mis palabras te semejan
las de un extraterrestre. Voy a cuidar de mi jardín
y a cultivar mis camelias de mármol,
soñar con imperios de portentosos unicornios,
acariciar la sensualidad de tus miembros perfectos.
Pásate a cenar cuando te apetezca.
P.S. «Mi idea es que ninguna sociedad puede arrinconar esta «aristocracia natural» o «de mérito», cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que cualquier sociedad precisa una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido que esta punta de la pirámide -tampoco, nada que ver, con una clase social económicamente privilegiada o con atribuciones despóticas- esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad: caben en esta excelencia tanto los hombres de letras como los de ciencias y de técnicas. Esta propagación de la sabiduría de los mejores (aristoi) se produce, en lo que respecta a las Letras, por el camino de la educación, pero también del periodismo, los medios de comunicación, las revistas, los cenáculos literarios, la vida parlamentaria, los museos, los ateneos y los centros urbanos de cultura, además de muchas otras plataformas: también un edificio o la organización de un barrio pueden ser civilizados o crueles» Jordi Llovet.
En los palacios de música vieneses, la altura de los escalones de mármol estaba pensada para que al subir por ellos las damas no tropezasen pisándose la cola del vestido, o bien no enseñasen inconvenientes pantorrillas: muestra exquisita de civilización, suma de belleza y tacto, y también exquisitez. Compárese esa muestra de inteligente delicadeza, esa obra maestra de las costumbres, con el salvajismo urbano «okupa»: nota abrumadora de barbarie y brutal ocaso.
José María Álvarez o Salvador Oliva, siguiendo así a una dignísima tradición humanista, incorporan a Shakespeare a nuestras lenguas merced a sus elegantes traducciones: muestra majestuosa, magnánima y generosa de distribución de lo mejor. Comparemos. La editorial Espasa, a cambio de dinero, y ejemplificando una definitiva e incontestable bajeza, acaba de premiar la «poesía» de un tecleador cantamañanas: esparce basura y oculta la excelencia. Símbolo o muestra de estos desnortados tiempos.
Los escritores deben ser -al igual que nosotros los lectores- custodios de lo mejor. Sus ficciones y poemas y obras de teatro altas terrazas de lirios. Los ciudadanos deben esforzarse por ser asimismo custodios y amantes de lo más selecto. Desterrar de sus mentes la chatarra y elaborarlas con materiales nobles y brillantes ¿Cuánto vale una democracia con demócratas con mentes liliputienses e ignaras?
Yo, y particularizo mi caso, debido a mis limitaciones e insuficiencias, no pertenezco a las élites, pero sí soy satélite de esas élites, orbito feliz alrededor de ellas. Un imperativo que me enseñaron ya desde la cuna. Mis padres me legaron el lujo del espíritu.
Los ricos ahora relinchan junto a sus caballos y yates privados, los filisteos se alimentan de alfalfa, televisión y tuits, los pobres propenden a la idiocia. Creo que la única salvación a esta hecatombe cultural reside en las capas cultas -lectoras, letradas- de la burguesía hacendada (capas cada día más delgadas y menguadas, burguesía cada vez más inculta) que nutren a esa pirámide cultural de los ciudadanos de más patente. Acaso se vea en ello clasismo, pero prefiero el instinto de realidad a ilusas evasiones utópicas, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo probado a la quimera.
Si la escuela, implosionada con ideales ácratas izquierdistas que conspiran justamente contra el mérito de algunos miembros de las clases trabajadores y no privilegiadas, convirtiéndolos en estupendos ignorantes y víctimas crueles del destartalado sistema, si la escuela, decía, si la escuela mejorara, si la Universidad mejorara, acaso la impresión de depauperación intelectual y espiritual no sería tan intensa.
A veces tengo la presunción que el periodismo, la política, las editoriales, los museos, los ayuntamientos, los sindicatos, etc… están gobernados por la clase de los peores, por los últimos de la fila. Que desde arriba se esparcen o distribuyen detritus, resultando entonces todo una perversa contaminación o embadurnamiento de porquería. Filtraciones o capilaridad de cochambre y mugre. Las confirmaciones no son pocas y los desmentidos no abundan.
Creo que el enorme Pla observó que solo la mediocridad es socialmente admisible. Ahora la mediocridad es el único método de supervivencia. Parece que la gente (¿gentuza?) no quiere asumir como algo propio y valioso la cultura, la inteligencia basada en la dialéctica más experimentada, la inteligencia trenzada en los libros y el análisis y la perfección; parece que las corrientes y comunes versiones degradadas de las formas intelectuales o cívicas derivan en una crisis colosal de aprecio a la inteligencia y el valor, en un descrédito del mérito y una sobrestimación de la estupidez.
Al menos tengo una morada limpia y agradable, jardín y una buena biblioteca. Permítaseme un colofón o coda apocalíptica. La historia comienza a ser un bazar de gritonas bacaladeras (¿eh, señora Montero?) y deja de ser un eficiente cementerio de nobles aristócratas. Desean reencarnar a madame Du Deffand en una cajera de supermercado, desean oír en el salón de Marie Bruneau Des Loges el vulgar andaluz «cockney» de la Ministra Portavoz, quieren poner muebles de Ikea y bibelots kitsch en el Château de Sceaux. Las masas asienten con élites viciosas y tontas. La plebe es apática, incapaz y muy fácil de engañar. Los hermosos gatopardos son devorados por las ratas. En el mundo ya solo sobreviven hienas y ratas.
Conversar con (demasiados) vivos es como hacerlo con los indios, con incorregibles acémilas, o con monos incapaces de ese elemental logro que consiste en bajarse de los árboles. Custodiemos a los gatopardos. Que lo bello y luminoso sea mi elemento, pido a los dioses. Y, como recomendaba Horacio, no seguir nunca a la multitud.
con dedos de delicadeza florentina sosteniendo la tiza
y el tigre a vuestro pecho –feroz en la rosada–
despertaba la maleza de los árboles.
Recuerdo vuestros senos como simas Tártaras,
el lugar más profundo del mundo
incluso debajo de los Infiernos,
temido hasta por los Dioses,
vuestros pezones como bombones helados,
la largura irreal de las piernas,
los tacones pisando pasadizos de mansiones góticas.
Recuerdo sus labios alunados tan distantes
de lo que en verdad erais:
una joven filóloga recién licenciada,
una gatita o rubia platino de película.
Ah aquellas ondas rojas con peligro de magnolias
de los labios gordezuelos con discreto carmín,
o la vagabunda piel donde libre se vence la hierba.
Yo palpitaba, me mordía el sexo, el ímpetu me inspiraba,
gozando aquella pasión me llenaba de contento.
“Amore ha fabbricato ciò chio linio», podía decir con Cavalcanti.
Porque usted era en mi historia civil verso de amor
y onanismo en la cama,
y su cuello un descolgarse de visiones de Benedetta,
la falda y blusa limoneros, hobbits,
sus ojos zarza en la majestad suprema de la calma,
eran ciruelas heladas deshelándose en el Leteo,
su tiempo isla donde bracear a solas,
y sus braguitas catedrales de la imaginación,
su pelo una imposible colonia Nenuco.
Afirma Tertuliano en De Testimonio animae
que sentir placer es pensar en cosas que amamos
ayunas de la invirtuosa lujuria
ya que ésta llena de pasmo, hiel y concupiscencia.
Sin embargo, yo soñaba que le sacaba el albornoz
al salir usted de la ducha, y que usted empezaba a
chuperretear mi sombrerete de champiñón rojo
reposando vibrátil su lengua en mi delirio.
Esa imagen calentaba mi corazón.
Con Amor se roturan los campos con nardos
y habiendo llegando vuestra memoria
a estas ordinarias horas menguantes del planeta,
a estas horas coturras del comercio y la burricie y la peste,
habiendo llegado el mundo a esta calvicie
y planicie de ideas y sentimientos,
me subo a la nave de ese primer amor,
a ese instinto de falo y vulva,
subo a ese primer y último amor,
y grito, me retuerzo el sexo, increpo e insulto, exploto,
os agarro desde aquí vuestra boca con mis dientes
para negar –siempre– el “requiem aeternum” del tiempo.
P.S. (i) «El mundo no teme a las ideas nuevas. El mundo puede clasificar cualquier idea. Pero no puede clasificar las experiencias nuevas» D.H.Lawrence
Papudo y gelatinoso dinero; solo gracias a las artes -consequor ex illis casus oblivia nostri- se remeda mi exilio, se olvida mi desgracia.
(ii) » Querida condesa Baschi:
Lo que voy a contar no es precisamente poético. El marqués de R. , que, como usted sabe, no es precisamente muy delicado en sus gustos, pasó ayer la noche con una comedianta y, al final de la cena, estando los dos…encantadores, el marqués no encontró nada mejor que desvestir a su Venus, y, preparando una salsa para espárragos, la colocó en un lugar que no voy a nombrar y que usted comprende, y se dedicó a comer los espárragos mojándolos en su salsa. Parece que le gustó. ¿Qué piensa usted de ello? Espero su respuesta pero, por el momento, no puedo dejar de reírme de un placer tan original.
La marquesa de Pompadour «
(iii) «La mejor educación para los mejores es la mejor educación para todos» Robert Maynard Hutchins
Enfurecida por perder a las cartas o por el carácter
de su madre, con irrebatibles ideas de matar o suicidarse,
pende como la duda en la punta de un florete
el que me vueles o no la tapa de los sesos.
Acabas de colocar tus braguitas en la maleta con el dinero.
Vas descalza por la grava
y unas moléculas de buganvilla te pican en la nariz.
Vienes con el rímel corrido, agujereadas las medias,
ensangrentadas las uñas, sucio el pelo.
Tus ojos brillan como golosinas giróvagas.
Tengo unas ganas locas de estuprarte.
O algo de poesía hay en todo esto
o estamos ante la última alucinación del poeta.
P.S. La felicidad, en este universo, radica en jugar a una especie de enclaustramiento doméstico. La felicidad, más allá de este universo, consiste en persistir en él.
En casita puedes tomar cannelés, éclairs -mejor si rellenos de chocolate-, un buen tinto (Chateau La Lagune), gustar de los geranios y el trenzado musical de Bach, dormir la siesta de cuatro a cinco y media, buscar el adjetivo siguiendo ensimismado las formas helicoidales del humo de tu cigarrillo, fascinarte al recordar el cabello de las mujeres (oh las nymphettes) y las terrazas de los hoteles de la costa italiana, contemplar aquella foto de mamá (tan guapa) en Vespa, probarte un traje inglés, arrellanarte en un sofá Chesterton, odiar la celulitis, y, al final, feliz y confortado de tu confinamiento hogareño, meterte en la cama sin esfuerzo, y, antes de dormirte, imaginar que dialogas con Fedro y Aristófanes, que eres un noble viviendo en un palacio frente a los jardines de Luxemburgo, o que vives en una ciudad con dos cientos mil habitantes y ochenta mil prostitutas, compartidas por archiduques, obispos, burgueses, campesinos y menestrales.
Nunca se malgasta la vida en la errabunda vagancia -¿papillon?- del dolce far niente hogareño. El movimiento es deletéreo (Flaubert) El placer reside en la quietud y no así en el chusco movimiento, esa pasión inútil de las masas. Esclavo es todo aquel que no dispone de nueve décimas partes del tiempo para sí. Esclavo es aquel que recibe cientos de mails en la oficina, y se aboba con el trabajo, y se divierte con hueco ocio fullero.
Yo, Christian mi nombre, dispongo de casa decente y limpia, doméstica amable y guapa y, sobre todo, ante todo, lujo en la mente. ¿Oficio? Rentista y propietario rural. Si prefieres el placer aventurero a la prudencia, eres un descoyuntado insensato. El estricto aislamiento voluntario es la forma más inteligente para lograr la felicidad; solo conozco una intoxicación digna, la resumida en la palabra «ataraxia» o tranquilidad del alma. Si en tu vida hay más de uno, si sois como mínimo dos, ya hay traición. Para ello, para la gloria terrestre, se precisa una tropical mente y no una menguada mente liliputiense tan de moda en esta época. El hombre que sueña y piensa su asordada soledad es un Dios; el hombre farfullando en el bar es un mendigo.
La sociedad solo causa quebraderos de cabeza, y, además, enseña con instrucción impostada. Todos los problemas del hombre nacen por no saberse estarse quieto en la habitación, declaró exacto el inmortal Pascal.
penetrarla con una fuerza de turbina ¿Qué planeta nos
alejó por siempre? Tu visión fugaz todavía acompaña
mi vida. La vida, ese océano erizado de pérdidas.
Cualquier murmullo de tiempo flota en la oscuridad.
La ropa goteando en el tendedero, una joven madre
inclinada sobre la barandilla mostrando el reluciente escote.
La luz de la mañana, cascotes, escombros de la melancolía.
Como dijo el poeta, vuelve muchas veces y tómame,
sensación amada. Tómame en mis noches, cuando
en amarga soledad mi piel y labios recuerdan…
P.S.
«Dejando eso aparte, el barrio del Macello dei Corvi era, por decirlo discretamente, modesto. Casas de solo dos plantas, adosadas una a otra sin patios y construidas con materiales de deshecho hurtados al cadáver de la ciudad antigua. Tufos viterbinos groseramente escuadrados y montados sobre hileras de ladrillo romano robados a los muros antiguos. Bloques de peperino y de travertino esculpidos y unidos con cemento sin mostrar el menor interés por los refinadísimos relieves que soportaban, empleados en los cantones, en los umbrales y en los arquitrabes de puertas y ventanas. A veces aquel tejido mural ecléctico y chapucero contaba con la protección de un enlucido de puzolana, morado, rojo, o violeta, según la localización de la cantera, que casi siempre era una finca interior de las murallas aurelianas»
Así describe Antonio Forcellino, en su obra «Michelangelo, una vita inquieta», el barrio muy humilde de Miguel Ángel, barrio donde había llegado pobre hacia 1510, cuando Julio II y sus herederos pusieron a su disposición la casa-taller para que trabajara en las esculturas de la tumba del gran Papa Della Rovere. Luego, en 1517, dejó Roma, para regresar en 1533 como artista de fama mundial. Pero, aunque inmensamente rico y afamado, nunca abandonó aquella casa y barrio tan poco decorosos, tan alejados del centro de la corte papal. Fundamentalmente siempre se sintió un florentino desterrado.
Exiliado estoy yo de mi origen de barrio rico. Rentista pobre, recuerdo. Y recuerdo la belleza fresca y rosa de aquella joven mamá como un signo, un símbolo, un testimonio que corre hasta los confines de mi mundo. Hoy, con luna llena y lobos aullando excitados, si pienso en ti no oigo el sonido agudo de ultratumba, ni música de sangre con vidrios, ni floto en cámaras fúnebres. Alabada seas.
Gobernará el globo una acusada falta de inteligencia,
una llamativa barbarie será (es) el amasijo de la cultura,
el oro de los tigres se diluirá en un esperpéntico marasmo;
hora es de subir a la nave rumbo a las estrellas.
Se adensará la bizarría torcida y grumosa,
una confusa papilla sin sintaxis ni significado
allanará el juicio, una alegría pazguata en lugar de verdades
profundas simulará la tísica zona mental que habitan;
hora es de partir en la nave rumbo a las estrellas.
Lego lágrimas y fuego, y revoletea en mí
una comezón de luto por haber preferido
leer a escribir, contemplar a vivir, pensar a amar,
mero árbol sin hojas en mitad de la abundancia de los prados.
Y padecí una soledad casi insoportable
(la soledad devora el ingenio y la dulzura)
La muchedumbre solo encuentra deleite en pasiones
degradadas, la grey se somete inconsciente
a la brutal esclavitud, el mundo se derrumba.
Solo y meditabundo, secluso, enfermo y sin amigos,
hora es de partir rumbo a las estrellas,
a tu último silencio sin respuestas.
Nada de cuanto aflige mi corazón curan leyes,
pueblos, costumbres o monarcas; observa:
ninguna palabra impresa les ocasiona consuelo o consejo,
nadie distinto a nadie, todos iguales a todos,
ni imaginan tampoco que podrían ser de otra manera.
El gusto no se aviene con la opinión, la moral al mérito,
la creación al espíritu, la costumbre al pensamiento.
Huye pequeña alma mía al Egipto centelleante,
a las brasas toltecas, o, nieve tras nieve, sigue a la dulce zarina.
Omnia mea mecum porto, todo lo llevo conmigo.
Ni pensar siquiera quiero lo que nos espera a partir de ahora.
La flor del tiempo acumula escombros,
la estupidez y el mal franquean la puerta de la fealdad.
Mima tu té con pepitas de oro,
el aullido de las pompas caducas que amaste,
la pastelería vienesa donde orbita majestuoso Júpiter.
Los hombres no pueden comprender sino sentimientos
e ideas análogas a los que ellos mismos experimentan,
de ahí que aparte mis ojos a vuestra mezquindad.
Sueño mis acróteros de oro, mis cabezas de león luciendo
a pleno sol, el revoque de minio y ocre pálido, sueño
la utopía sacra de una nobleza inalterable y serena.
Cada mañana en que despierto nunca pierdo
lo que poseo en cada sueño: el viento golpeando las velas.
Hora es de subir a la nave rumbo a las estrellas.
Recordadme como vuestro mejor enemigo.
P.S. Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad» El realismo empírico y mostrenco, los hechos pelados, la apología de la taberna, suelen prevalecer en las literaturas (y en el gusto lector) a aquella literatura como análisis de las capacidades mentales abstractas, de la interiorización, de la constante distinción de tipos humanos y la elucidación de sus propósitos, sensibilidades, valores e intenciones.
El grosero sentido común, el tópico sentimental, son más frecuentes que el esclarecimiento de la variedad, la dificultad y la complejidad; porque la llanura realista es multitudinaria, municipal, y la altura de las cumbres, el refulgir del hielo en las cumbres, plateado y ligero como un pez, allí donde moran leopardos solitarios, esas cumbres son atributo o patrimonio de las felices minorías capaces, de artistas de potente y singular visión y una gran voluntad para no desfallecer defendiéndola.
La literatura (y los escritores) son un trozo o miembro de la sociedad, y si los hombres en la sociedad se inclinan con (poca) tensión espontánea al realismo y abdican de la mente y la inteligencia, nada extraña que una alta frecuencia de obras literarias sean chatamente realistas y sus ingredientes mentales poco más que remociones de periodismo barato y sugerencias de magazine.
El crítico Sven Birkerts explica como una serie de alumnos universitarios suyos fueron totalmente derrotados por Henry James. Más que la dificultad del lenguaje, el estilo, el vocabulario, la mampostería lingüística; más que los giros de la mente jamesiana, o su peculiar ironía, o la época pretérita de la acción o el singular pathos moral; más que las alusiones indirectas, los modos arcaicos de caballerosidad; más que las elipsis, o las añejas costumbres; fue TODO, TODO James lo que no entendieron y los dejaron in albis. Les derrotó no esto o aquello en particular, sino TODO en su conjunto, el TODO en su armonía y dinamismo.
¿Qué ocurrió? Las suposiciones implícitas de los estudiantes, la asunción más o menos conscientes de sus mitos, su velocidad moral, su forma de integrar experiencias, su crianza con la televisión y los ordenadores, su posibilidad o límites de inteligibilidad, sus libros culturales, su tempo de concentración y atención, eso y mucho más definían un nuevo paradigma INCONMENSURABLE con el paradigma de Henry James. A ambos los separa una falla de orden epistemológico y, me atrevería a decir, también de tipo ontológico. Eran especias distintas en planetas con hábitats distintos.
La filigrana y el esmero de la mente de James opaca las mentes discotequeras, fiesteras, ruidosas, electrónicas, despistadas, superficiales e unidimensionales de los estudiantes universitarios que lo leían. Vivimos en una cultura en franca y exponencial disolución. Con bárbaros y ágrafos sentimientos de la vida, con ilotas pensamientos de articulación balbuciente e inconexa.
La música no es humanista (por tanto es incapaz de educar, es una música desencajada de la trascendencia) sino que apela a rugientes deseos sexuales, a la mera experimentación de la posesión coribántica; las inferencias que los estudiantes extraen de sus observaciones son desamuebladas, superficialidades, agusanados clichés; el cosmos moral se reduce a los juegos frívolos de los programas de telerrealidad o a las interactuaciones apocopadas y anónimas (y agresivas o maleducadas) de las redes sociales; se descree del cartesianismo cambiándolo por la emotividad expresiva; estos universitarios no son capaces de distinguir entre lo sublime y la basura, entre la profundidad y la mera propaganda; el deleite, el consejo y la sabiduría, el heroísmo y la bondad, se degradan debido a un consumo tropical de información audiovisual. Sus mentes no influyen sobre sí mismas porque se desparraman en el acicalamiento social de la hiper-conexión, de esos bucles lúdicos (y adictivos) que niegan la meditación, la divagación creativa, el autoconocimiento, que los impiden estando como están inmersos en un ininterrumpido «divertissement» banal.
Además leen libros cuyo desmenuzamiento o clave hermenéutica es extraliteraria. Libros cuyo libro de instrucciones está en la música popular, el cine, la psicología de las revistas de autoayuda, las evasiones parasicológicas o esotéricas tan pasmosamente irracionales, en una especie de historia como «atrezzo» vulgarísimo y ecléctico y de cartón piedra, o en la imaginación cibernética, o la iconología «pulp», o los antihéroes mafiosos y delincuentes, etc…Asimismo el conocimiento se desprecia y orilla en aras de la diversión y la expresión como moneda de más peso en la tabla de valores ( «¿Por qué debo ser culta si yo solo deseo expresarme?» dijo en una entrevista una artista de éxito) James escribía libros que remitían a un lenguaje literario, a unas densas resonancias retóricas, y a unas fuentes o influencias librescas tan ricas como clásicas. Eran libros ahormados en la tradición literaria, que se montaban a lomos de esa fértil tradición. En esa época los libros eran esquejes de un tronco literario anchísimo. En el nuevo paradigma de estos estudiantes derrotados por James los libros con que se nutren son mónadas sin ventanas a la tradición y a la anatomía literaria, y el idioma es poco más que un sucedáneo (como arenque reseco) del lenguaje periodístico, un lenguaje de tele tipo o de crónica de sucesos.
Era de esperar esta decadencia. Acaso uno de sus orígenes se encuentre en la universalización de la educación a finales del siglo XIX. El infierno suele estar empedrado con un camino lleno de buenas intenciones. Una educación pública que creó un nuevo tipo de hombre, el patán que sabe solo a base de píldoras, el estúpido que pretende refinar su mente pero carece de la suficiente diligente inteligencia. Nietzsche ya señaló que la educación pública universal representaría una debacle colosal para la cultura. A mi juicio su profecía se confirma más cada década que pasa. La democratización y el igualitarismo tienden a nivelar por un rasero muy bajo. La única vía regia para cultivar la humanidad es mediante la lectura reflexiva y perspicua de lo mejor que se ha escrito y pensado. Y la Universidad ya no obliga a estudiar a Platón, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Kant o sus pares, sino a feministas homosexuales, negros anarquistas, o hermafroditas obreros, o a aprender un mero inglés comercial, o a saber cada vez más de cada vez menos hasta saberlo casi todo de prácticamente nada.
En las Facultades de Letras o Humanidades se ponderan obras obviando la consideración del mérito o demérito objetivo de su contenido (idea, incluso, la del valor regulativo de la verdad, que también se pone en entredicho mediante sofisterías verbosas y plúmbeas -triste cultura que no solo desprecia la verdad, sino el ideal de verdad) Sumemos a ello que el nuevo soberano es el ordenador y lo multimedia, una especie de irrealidad que convierte la mente en un erial yermo, en un secarral sin aguas que lo puedan regar.
Tolstoi, Shakespeare, Platón, Milton, Quevedo, Valle-Inclán, Emerson, Goethe, Cicerón Tucídides, Suetonio, etc… todos son derrotados en la nueva Era de Google, que aniquiló a la Era de Gutenberg. Dada esta miniaturización de la mente, después de Henry James todavía quedan los anabolizantes didácticos de, digamos, John Grisham, Pérez Reverte, Mónica Carrillo, etc…, pero, si mi profecía no es una mera alucinosis, insensiblemente se irán sustituyendo por las películas de Hollywood, las series de Netflix, los vídeos de You Tube, Pinterest, Wikipedia, Shakira, Bollywood, Disney, las telenovelas, el hip hop, el reggaetón, y demás plaga antiintelectual y espectacular[Nota. Aquí no es dable elegir entre la mente o la realidad, sino entre la realidad y sus excrementos. Fin de la Nota] Las cuñas de ese «enterteinment» cultural «mainstream» global se afilarán cada día más hasta romper esa medio cultura («mid-cult») –ella misma una parodia chusca de la alta cultura- y lograr que casi todo el planeta consuma esos detritus o palomitas grasientas.
En sus cuevas héroes del Ancien Régime mantendremos esas islas de arcaica conservación llamadas Henry James y sus iguales. Gracias a esos héroes monásticos, a esos eremitas solitarios, veremos un renacimiento intelectual en -pongamos – dos o tres siglos. Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un «after-hours». Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Stäel quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y escriba «pósits» de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un MacDonalds. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.
Postscriptum: Soy elitista, no eugenista, ni nazi. Mi utópica divisa se cifra en el lema «elitismo para todos», pero ello sé que es una quimera que no se aviene con nuestras naturalezas. No despojo de su condición humana a la horda o chusma irreverente y vulgar. A una choni y a Safo, si las pinchan sangran, si las insultan ambas se sienten molestamente humilladas, y ambas buscan la delicadeza de la felicidad, el amor y la autorrealización. Tan vida viva es la de una mariposa como la de un sapo.
Pero las aglomeraciones, la colmena universal de las masas acémilas pretenden tomar lugares de la civilización que solo los pueden ocupar los mejores. A mí me irrita esa intrusión. Y las masas acémilas también presionan, centrípeta y centrífugamente, para ahogar a las almas de oro. Los mediocres se juntan por todas partes para convertirse en señores. Los reguetoneros quieren grabar con la Filarmónica de Berlín. El populacho y el rebaño tienen un punto despreciable lo que no obsta, claro claro, para negarles su imprescriptible humanidad, humanidad que indefectiblemente ostentan y debe justipreciarse. Yo tengo conciencia de un entorno no solo ajeno sino muy hostil.
Yo no fui engendrado en un cafetucho de Calcuta. Normal mi orgullo de clase. Mi familia no proviene de la estirpe gangrenada de los mercachifles. De ahí mi blasón. Creo que nos anega un diluvio de barbarie. Hay dos rangos sociales: los ilustrados y los vulgares; alcanzamos tal cota de decadencia que los vulgares no se saben vulgares o bien presumen de su locuaz vulgaridad.
Soy un señorito esnob; juzgo la leche en polvo, la comida enlatada y los best-sellers una blasfemia, algo que irrita la mente divina. Baudeliare condenó la fotografía como un sacrilegio que permitía a la vil multitud contemplar su propia imagen trivial. Y ahora, para más inri, la orgía de los selfies. Con los libros baratos, el cine, la prensa, la radio, Internet, desaparece la vida interior. Creo que es obvio que en la vida pública existe una tiranía de los menos valiosos y más necios.
Pero si algún lector me considera un vanidoso desmedido, un fatuo presuntuoso ridículo, permítaseme esta íntima confesión; ; yo, Christian mi nombre, también tengo en la estrella de mi destino ser «massa damnata» o «massa perditionis». Vale.