Gobernará el globo una acusada falta de inteligencia,

una llamativa barbarie será (es) el amasijo de la cultura,

el oro de los tigres se diluirá en un esperpéntico marasmo;

hora es de subir a la nave rumbo a las estrellas.

Se adensará la bizarría torcida y grumosa,

una confusa papilla sin sintaxis ni significado

allanará el juicio, una alegría pazguata en lugar de verdades

profundas simulará la tísica zona mental que habitan;

hora es de partir en la nave rumbo a las estrellas.

Lego lágrimas y fuego, y revoletea en mí

una comezón de luto por haber preferido

leer a escribir, contemplar a vivir, pensar a amar,

mero árbol sin hojas en mitad de la abundancia de los prados.

Y padecí una soledad casi insoportable

(la soledad devora el ingenio y la dulzura)

La muchedumbre solo encuentra deleite en pasiones

degradadas, la grey se somete inconsciente

a la brutal esclavitud, el mundo se derrumba.

Solo y meditabundo, secluso, enfermo y sin amigos,

hora es de partir rumbo a las estrellas,

a tu último silencio sin respuestas.

Nada de cuanto aflige mi corazón curan leyes,

pueblos, costumbres o monarcas; observa:

ninguna palabra impresa les ocasiona consuelo o consejo,

nadie distinto a nadie, todos iguales a todos,

ni imaginan tampoco que podrían ser de otra manera.

El gusto no se aviene con la opinión, la moral al mérito,

la creación al espíritu, la costumbre al pensamiento.

Huye pequeña alma mía al Egipto centelleante,

a las brasas toltecas, o, nieve tras nieve, sigue a la dulce zarina.

Omnia mea mecum porto, todo lo llevo conmigo.

Ni pensar siquiera quiero lo que nos espera a partir de ahora.

La flor del tiempo acumula escombros,

la estupidez y el mal franquean la puerta de la fealdad.

Mima tu té con pepitas de oro,

el aullido de las pompas caducas que amaste,

la pastelería vienesa donde orbita majestuoso Júpiter.

Los hombres no pueden comprender sino sentimientos

e ideas análogas a los que ellos mismos experimentan,

de ahí que aparte mis ojos a vuestra mezquindad.

Sueño mis acróteros de oro, mis cabezas de león luciendo

a pleno sol, el revoque de minio y ocre pálido, sueño

la utopía sacra de una nobleza inalterable y serena.

Cada mañana en que despierto nunca pierdo

lo que poseo en cada sueño: el viento golpeando las velas.

Hora es de subir a la nave rumbo a las estrellas.

Recordadme como vuestro mejor enemigo.

P.S. Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad» El realismo empírico y mostrenco, los hechos pelados, la apología de la taberna, suelen prevalecer en las literaturas (y en el gusto lector) a aquella literatura como análisis de las capacidades mentales abstractas, de la interiorización, de la constante distinción de tipos humanos y la elucidación de sus propósitos, sensibilidades, valores e intenciones.


El grosero sentido común, el tópico sentimental, son más frecuentes que el esclarecimiento de la variedad, la dificultad y la complejidad; porque la llanura realista es multitudinaria, municipal, y la altura de las cumbres, el refulgir del hielo en las cumbres, plateado y ligero como un pez, allí donde moran leopardos solitarios, esas cumbres son atributo o patrimonio de las felices minorías capaces, de artistas de potente y singular visión y una gran voluntad para no desfallecer defendiéndola.

La literatura (y los escritores) son un trozo o miembro de la sociedad, y si los hombres en la sociedad se inclinan con (poca) tensión espontánea al realismo y abdican de la mente y la inteligencia, nada extraña que una alta frecuencia de obras literarias sean chatamente realistas y sus ingredientes mentales poco más que remociones de periodismo barato y sugerencias de magazine.

El crítico Sven Birkerts explica como una serie de alumnos universitarios suyos fueron totalmente derrotados por Henry James. Más que la dificultad del lenguaje, el estilo, el vocabulario, la mampostería lingüística; más que los giros de la mente jamesiana, o su peculiar ironía, o la época pretérita de la acción o el singular pathos moral; más que las alusiones indirectas, los modos arcaicos de caballerosidad; más que las elipsis, o las añejas costumbres; fue TODO, TODO James lo que no entendieron y los dejaron in albis. Les derrotó no esto o aquello en particular, sino TODO en su conjunto, el TODO en su armonía y dinamismo.

¿Qué ocurrió? Las suposiciones implícitas de los estudiantes, la asunción más o menos conscientes de sus mitos, su velocidad moral, su forma de integrar experiencias, su crianza con la televisión y los ordenadores, su posibilidad o límites de inteligibilidad, sus libros culturales, su tempo de concentración y atención, eso y mucho más definían un nuevo paradigma INCONMENSURABLE con el paradigma de Henry James. A ambos los separa una falla de orden epistemológico y, me atrevería a decir, también de tipo ontológico. Eran especias distintas en planetas con hábitats distintos.

La filigrana y el esmero de la mente de James opaca las mentes discotequeras, fiesteras, ruidosas, electrónicas, despistadas, superficiales e unidimensionales de los estudiantes universitarios que lo leían. Vivimos en una cultura en franca y exponencial disolución. Con bárbaros y ágrafos sentimientos de la vida, con ilotas pensamientos de articulación balbuciente e inconexa.

La música no es humanista (por tanto es incapaz de educar, es una música desencajada de la trascendencia) sino que apela a rugientes deseos sexuales, a la mera experimentación de la posesión coribántica; las inferencias que los estudiantes extraen de sus observaciones son desamuebladas, superficialidades, agusanados clichés; el cosmos moral se reduce a los juegos frívolos de los programas de telerrealidad o a las interactuaciones apocopadas y anónimas (y agresivas o maleducadas) de las redes sociales; se descree del cartesianismo cambiándolo por la emotividad expresiva; estos universitarios no son capaces de distinguir entre lo sublime y la basura, entre la profundidad y la mera propaganda; el deleite, el consejo y la sabiduría, el heroísmo y la bondad, se degradan debido a un consumo tropical de información audiovisual. Sus mentes no influyen sobre sí mismas porque se desparraman en el acicalamiento social de la hiper-conexión, de esos bucles lúdicos (y adictivos) que niegan la meditación, la divagación creativa, el autoconocimiento, que los impiden estando como están inmersos en un ininterrumpido «divertissement» banal.

Además leen libros cuyo desmenuzamiento o clave hermenéutica es extraliteraria. Libros cuyo libro de instrucciones está en la música popular, el cine, la psicología de las revistas de autoayuda, las evasiones parasicológicas o esotéricas tan pasmosamente irracionales, en una especie de historia como «atrezzo» vulgarísimo y ecléctico y de cartón piedra, o en la imaginación cibernética, o la iconología «pulp», o los antihéroes mafiosos y delincuentes, etc…Asimismo el conocimiento se desprecia y orilla en aras de la diversión y la expresión como moneda de más peso en la tabla de valores ( «¿Por qué debo ser culta si yo solo deseo expresarme?» dijo en una entrevista una artista de éxito)
James escribía libros que remitían a un lenguaje literario, a unas densas resonancias retóricas, y a unas fuentes o influencias librescas tan ricas como clásicas. Eran libros ahormados en la tradición literaria, que se montaban a lomos de esa fértil tradición. En esa época los libros eran esquejes de un tronco literario anchísimo. En el nuevo paradigma de estos estudiantes derrotados por James los libros con que se nutren son mónadas sin ventanas a la tradición y a la anatomía literaria, y el idioma es poco más que un sucedáneo (como arenque reseco) del lenguaje periodístico, un lenguaje de tele tipo o de crónica de sucesos.

Era de esperar esta decadencia. Acaso uno de sus orígenes se encuentre en la universalización de la educación a finales del siglo XIX. El infierno suele estar empedrado con un camino lleno de buenas intenciones. Una educación pública que creó un nuevo tipo de hombre, el patán que sabe solo a base de píldoras, el estúpido que pretende refinar su mente pero carece de la suficiente diligente inteligencia.
Nietzsche ya señaló que la educación pública universal representaría una debacle colosal para la cultura. A mi juicio su profecía se confirma más cada década que pasa. La democratización y el igualitarismo tienden a nivelar por un rasero muy bajo. La única vía regia para cultivar la humanidad es mediante la lectura reflexiva y perspicua de lo mejor que se ha escrito y pensado. Y la Universidad ya no obliga a estudiar a Platón, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Kant o sus pares, sino a feministas homosexuales, negros anarquistas, o hermafroditas obreros, o a aprender un mero inglés comercial, o a saber cada vez más de cada vez menos hasta saberlo casi todo de prácticamente nada.

En las Facultades de Letras o Humanidades se ponderan obras obviando la consideración del mérito o demérito objetivo de su contenido (idea, incluso, la del valor regulativo de la verdad, que también se pone en entredicho mediante sofisterías verbosas y plúmbeas -triste cultura que no solo desprecia la verdad, sino el ideal de verdad) Sumemos a ello que el nuevo soberano es el ordenador y lo multimedia, una especie de irrealidad que convierte la mente en un erial yermo, en un secarral sin aguas que lo puedan regar.

Tolstoi, Shakespeare, Platón, Milton, Quevedo, Valle-Inclán, Emerson, Goethe, Cicerón Tucídides, Suetonio, etc… todos son derrotados en la nueva Era de Google, que aniquiló a la Era de Gutenberg. Dada esta miniaturización de la mente, después de Henry James todavía quedan los anabolizantes didácticos de, digamos, John Grisham, Pérez Reverte, Mónica Carrillo, etc…, pero, si mi profecía no es una mera alucinosis, insensiblemente se irán sustituyendo por las películas de Hollywood, las series de Netflix, los vídeos de You Tube, Pinterest, Wikipedia, Shakira, Bollywood, Disney, las telenovelas, el hip hop, el reggaetón, y demás plaga antiintelectual y espectacular[Nota. Aquí no es dable elegir entre la mente o la realidad, sino entre la realidad y sus excrementos. Fin de la Nota] Las cuñas de ese «enterteinment» cultural «mainstream» global se afilarán cada día más hasta romper esa medio cultura («mid-cult») –ella misma una parodia chusca de la alta cultura- y lograr que casi todo el planeta consuma esos detritus o palomitas grasientas.

En sus cuevas héroes del Ancien Régime mantendremos esas islas de arcaica conservación llamadas Henry James y sus iguales. Gracias a esos héroes monásticos, a esos eremitas solitarios, veremos un renacimiento intelectual en -pongamos – dos o tres siglos. Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un «after-hours». Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Stäel quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y escriba «pósits» de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un MacDonalds. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.

Postscriptum: Soy elitista, no eugenista, ni nazi. Mi utópica divisa se cifra en el lema «elitismo para todos», pero ello sé que es una quimera que no se aviene con nuestras naturalezas. No despojo de su condición humana a la horda o chusma irreverente y vulgar. A una choni y a Safo, si las pinchan sangran, si las insultan ambas se sienten molestamente humilladas, y ambas buscan la delicadeza de la felicidad, el amor y la autorrealización. Tan vida viva es la de una mariposa como la de un sapo.

Pero las aglomeraciones, la colmena universal de las masas acémilas pretenden tomar lugares de la civilización que solo los pueden ocupar los mejores. A mí me irrita esa intrusión. Y las masas acémilas también presionan, centrípeta y centrífugamente, para ahogar a las almas de oro. Los mediocres se juntan por todas partes para convertirse en señores. Los reguetoneros quieren grabar con la Filarmónica de Berlín.
El populacho y el rebaño tienen un punto despreciable lo que no obsta, claro claro, para negarles su imprescriptible humanidad, humanidad que indefectiblemente ostentan y debe justipreciarse. Yo tengo conciencia de un entorno no solo ajeno sino muy hostil.

Yo no fui engendrado en un cafetucho de Calcuta. Normal mi orgullo de clase. Mi familia no proviene de la estirpe gangrenada de los mercachifles. De ahí mi blasón. Creo que nos anega un diluvio de barbarie. Hay dos rangos sociales: los ilustrados y los vulgares; alcanzamos tal cota de decadencia que los vulgares no se saben vulgares o bien presumen de su locuaz vulgaridad.

Soy un señorito esnob; juzgo la leche en polvo, la comida enlatada y los best-sellers una blasfemia, algo que irrita la mente divina. Baudeliare condenó la fotografía como un sacrilegio que permitía a la vil multitud contemplar su propia imagen trivial. Y ahora, para más inri, la orgía de los selfies. Con los libros baratos, el cine, la prensa, la radio, Internet, desaparece la vida interior. Creo que es obvio que en la vida pública existe una tiranía de los menos valiosos y más necios.

Pero si algún lector me considera un vanidoso desmedido, un fatuo presuntuoso ridículo, permítaseme esta íntima confesión; ; yo, Christian mi nombre, también tengo en la estrella de mi destino ser «massa damnata» o «massa perditionis». Vale.

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Le faux aristocrate, con tono engolado, se dirige a Roma

“O me agarras tú, o yo a ti”; el Poder se prepara

para cazaros con ratoneras y subsidios.

Come carne cruda y cualquier cosa que se le ofrezca.

Fervor mate de bujías sin esplendor;

tenéis mujeres feas y tontas, siniestras creencias

de pacotilla que no me incumben, esmegma entre

las piernas, nula cabeza abarrotada del sudor de los graderíos,

hosco ocio tabernario, ideas que velan un bilioso

sabor a taxidermia, moho en el asiento que os lleva al circo.

Antes, viéndoos deambular somnolientos por mis salones,

dijera como Luis XIV: “Quitadme de ahí esos mamarrachos”:

damas canis linfáticas, mollejas con encefalitis New Age,

burgomaestres ricos y grasientos como un tonel,

patanes rechonchos de tienducha, hosteleros borderline…

No puedo ahora sino demandaros metamorfosis.

Una inédita actitud ceremoniosa, de estudio, capacidad,

armonía en el colorido, decorado de estatuaria clásica:

el alma como elegante zaguán de casita junto al bosque

y el inmenso desprecio del griego por el bárbaro.

¡Engalanad los caballos con faleras y el traje ornad de palmas!

¡Componed y abrillantad el pensamiento, escribid

un epigrama sabio y que se conserve en las inscripciones

de los monumentos! No más nugae o ruines sombras.

Si no espabiláis ni tan solo tendréis la vida del estómago

pues el Poder se prepara para estabularos en el matadero

y que no mujáis. El portento es arduo, la cima no fácil,

pero ya no vale ya con sepultarse en la mediocridad.

De vuestra inercia debe surgir el fulgor de la Luna.

Importa la acción inmediata y la estructura ulterior:

se está a un tris de que el pueblo perezca por gandul

e ignorante. El Poder es un Mastín de Diamante y Odio,

primitivo y cruel no deroga jamás sus privilegios.

O vigor, inteligencia, cultura y oro, o la cámara de gas.

P.S. (i) «Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población no son grandes lectores. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿Para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo y precios excesivos? El problema del libro NO está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer» Gabriel Zaid

En un estudio sobre los universitarios españoles de 2006 de la Fundación BBVA, se concluyó que solo un exiguo y raquítico 12% de los universitarios leía un libro al mes !!Un libro al mes!! Cifras palmariamente catastróficas y que, con probabilidad, empeoraron estos últimos dieciséis años. En las sociedades subdesarrolladas el pedagogo Paolo Freire acuñó y descubrió el término de «analfabetismo funcional». Enzensberguer ideó y explicitó el término de «analfabeto de segunda categoría», un tipo de analfabetismo propio de las sociedades desarrolladas, industriales y modernas, y prototipo ideal que forja nuestra universidad española.

En palabras de Enzensberguer: «El analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de concentración para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de lo que es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas»

Si el analfabeto funcional, en civilizaciones subdesarrolladas, no sabía muy bien leer debido a la falta de referentes culturales e información contextual, el analfabeto de segunda categoría sabe leer, pero lo abstracto, complejo y profundo le resulta extraño, alienígena. Desprecia la cultura y le chifla Netflix, sus placeres son chatos y bajos (y, si puede, caros), sus ideas políticas son como irracionales consignas o tuits astrológicos, no aman la música seria, y meros «puer technologicus» les resulta extranjera la delicadeza de gusto o opinión. Se aturullan ante el argumento secuencial, orbitan inconscientes en la bisutería haragana de las ideas fáciles y la pleitesía del pensamiento mágico. Sustituyen asimismo como conversos fanáticos la religión por el animalismo, o el feminismo, o el veganismo, o la conspicua Era de Acuario.
El futuro (un montón de baldíos escombros) ya es suyo. Analfabetos del mundo, ¡United!

(ii) En el mundo de la basura, escribió el siempre lúcido y profético Nabokov, no es el libro lo que proporciona el éxito sino los lectores.

(iii) El supermercado desbancó, descabalgó al genio (turbamulta de cartagineses que no leen a Polibio y usan máscaras ofensivas al gusto)

«Litterae quoque […]per Italiam increvere, accedente tunc primum cognitione liiterarum graecarum, quae septingentis iam annis apud nostros homines desierant esse in isu. Retulit autem graecam disciplinam Chrysoloras Bisantius, vir domi nobilis ac litterarum graecarum peritissimus»
Eso dice Bruni de Manuel Crisoloras (Constantinopla, 1350-Constanza, 1415)

Traduzco: «Las letras […] se difundieron por Italia, sumándose por vez primera al conocimiento de las letras griegas, que habían dejado de estar en uso entre nosotros desde hacía setecientos años. Quien restituyó la antigua disciplina fue Manuel Crisoloras, bizantino, hombre en su patria noble y sumamente ducho en las letras griegas»

Los últimos Crisoloras van muriendo, murieron (Bloom, Steiner, Batllori, Popper, Von Balthasar, Olsen, Curtius,…) y se trocan por mediáticas figuras intelectuales con una embarazosa mediocridad de magazine.

El heroísmo no se encuentra ya en las Vidas Paralelas de Plutarco sino en la final de taparrabos de la Champions; la bondad no es un atributo de Cristo sino un gordinflón de barba postiza vestido de Papá Noel frente al centro comercial; la Fortuna no se la domeña sino que se la azota sin piedad; se hace lo que se quiere, pero se carecen de ideas inteligentes para hacer cosas inteligentes con aquello que se quiere; abordar la lectura de grandes libros es algo que casi ha desaparecido de todas partes; el amor no es un destino eterno sino un contrato perecedero; los curas ignoran el latín y se nutren de la prensa rosa; el carácter y la imaginación no siguen un método sino la irreflexión evangelista tecnológica.

(iv) Admito que la pasión por los grandes libros puede ser pragmáticamente ineficaz, proveerte de una suerte de evangelista adoración carente de buen gusto, que su culto estimula un aplomo autodidacto probablemente de mero aficionado o diletante, ayuno de verdadera competencia, que no es posible leerlos todos detenida y cuidadosamente, que para saber que uno lo es también hay que leer libros corrientes y molientes, que su consideración suprema debe ser un medio y no un fin, que pueden engendrar una espuria intimidad hacia ellos falsa, lacaya respecto a lo verdadero y bello, etcétera etcétera.

Pero el hecho mismo de la experiencia con la Grandeza compensa, y su beneficio es una familiaridad con los problemas dirimidos en la conversación culta de la civilización. Y lo más noble: nutren en el estudiante o lector la pasión por vivir una vida buena, una vida tapizada y enhebrada en lo sublime y la excelencia. Vivir una vida buena, vivir una vida de altura y calidad intelectual, qué hermosas palabras que desdichadamente suenan a antiguallas en esta Era del Ruido, en este banal Océano Gris de Internet, en esta iletrada Edad de Piedra Tecnológica. Suena también a deliciosamente anticuado o pasado de moda una lista de grandes libros para leer durante toda la vida, pero la mediocridad solo genera mediocridad, leer obras mediocres genera aplanadas mentes mediocres; la educación liberal debe alimentarse con grandes libros o sino decae en cotas de autoparodia y mendacidad intelectual astronómica. Leamos aquello que seguro que permanece en el tiempo, lo mejor que se ha escrito y pensado, aproximemos a nosotros la perfección estética, cognitiva, sapiencial. Todo lectura es contra la muerte, el cambio definitivo, por lo que una acertada selección resulta indispensable.

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Sobre un tema de MacCaig

Mientras caminamos conviene aprender la Ciencia Celeste.

Agregaste a tu corazón este País demasiado obscuro

sin leve rumor de besos, sin caricias de sueños,

con pelos de gallina en el suelo de la jaula de los micos.

La idea se convirtió en mito, negras bodegas de zombis

ocuparon los limpios lagares. “Esto es el futuro”,

me dijo hace 30 años un profesor de literatura griega

mientras descorría una manta que cubría un computador.

Al mito y a la idea le salieron dientes cariados,

labios con pupas, tumores en hígado y piernas;

grandes corazones se volvían apóstoles del nuevo evangelio.

Protesté, me aislé: era hermoso escabullirse

por vaguadas y montes, gustar el color del musgo

que se sacude los pasos humanos sobre atestadas aceras.

Los subsidios y la democracia para lo peor eran el nuevo ideal.

Huyo a un pequeño pueblo, cerca del río: los campesinos

sanos, toscos, astutos, tozudos, valerosos, resistentes,

eran el tipo humano más noble, como nobles los congrios

y truchas del río, las nubes con agua, los pájaros al alba

y los mares repletos de caballas: monumentos para el espíritu

intemporal. Si me ponía el foulard y tomaba mi vodka de atardecida

de mí apartaba las mollejas en cerebros callosos. Hola valles,

montañas, corrientes y arboledas, hola estrellas que no os

apagáis sobre el llano, el alma lanza su fuego vano pero eterno,

adiós rebañego, esconded en la oscura caverna Verdad

y guirnalda de Belleza. Tú acaricias a la perrilla

y el cielo ardiendo se apodera de ti. Adieu, solo hay lobos para

alimentar a los lobos en las ciudades vacías, canaille

en el Parlamento y en los televisores, donde triunfan, faute de mieux,

contenidos impulsados por el primitivismo y la bajeza común.

Un incesante chorreo de imágenes estúpidas

cloquea a velocidad medusea en la sesera de la muchedumbre.

Solo quedan lobos alimentándose de lobos.

Jinetes tártaros agitan sus lanzas, hogueras humean en Roma.

Me preparo otra copa y desprecio sin esperanza

y admiro la púrpura emperatriz, al mirlo derramando

su fresco hilo de vendaval sagrado.

Adieu, adieu chusma digital, éternellement, adieu à tous…

P.S. (i) «Asyneti», «cataplex», «credulus», «thtuus», «grossus», «jebes», «idiota», «imbecillis», «inanis», «incrassatus», «inexpertus», «insensatus», «insipiens», «nescius», «rusticus», «stolidus», «stultus», «stupidus», «tardus», «turpis», «vacuas», «vecors», encontramos, entre muchas otras, como sinónimos a la palabra «tonto». No sé hasta qué punto yo me creo mis propios mitos. Cualquier ser humano posee un equipaje genético único y tiene unas experiencias también únicas e intransferibles. Probablemente sea aquello que los filósofos analíticos llaman «error de categoría», o aquello que los lógicos llaman «sobre-generalización», hablar de «multitud», «muchedumbre», «masa». Los humanos tenemos entre todos un aire de familia, en el sentido técnico que Wittgenstein atribuía al concepto. Pero exagerar es una forma de impactar, y el poema no es un ensayo sino un género retórico de ficción y persuasión emotiva.

(ii) La profecía de Auden, ¿se ha hecho realidad?:

«No hace falta ser un profeta para predecir las consecuencias…
La Razón se verá suplantada por la Revelación. El Saber degenerará en un caos de visiones subjetivas (sentimientos en el plexo solar inducidos por la subalimentación, imágenes angelicales generadas por la fiebre o las drogas, avisos oníricos inspirados por el sonido de una cascada) Se crearán cosmogonías enteras a partir de cualquier olvidado resentimiento personal, se escribirán dramas épicos en lenguajes de ámbito doméstico y los esbozos de los párvulos se impondrán a las grandes obras de arte…
El Idealismo cederá su lugar al Materialismo…Alejada de su habitual salida en torno al patriotismo o al orgullo cívico y familiar, la necesidad de las masas de un Ídolo accesible en el que confiar las llevará a elegir caminos irreconciliables en los que la educación no tendrá nada que hacer. Depresiones superficiales del terreno, animales domésticos, molinos destrozados o tumores malignos serán tratados con rango de divinidades.
La Justicia será reemplazada por la Piedad como virtud humana cardinal, y el miedo al castigo desaparecerá. Cualquier mozalbete se felicitará a sí mismo: «Soy tan pecador, que Dios en persona ha venido a salvarme» Cualquier mangante argumentará: «Me gusta cometer crímenes. A Dios le gusta perdonarlos. Realmente, el mundo está perfectamente organizado» La Nueva Aristocracia se nutrirá exclusivamente de ermitaños, vagabundos e inválidos permanentes. El Diamante en Bruto, la Puta Escrofulosa, el bandido al que su madre adora y la chica epiléptica que se lleva bien con los animales serán los héroes de la Nueva Tragedia, mientras el general, el estadista y el filósofo se habrán convertido en el objeto de rechifla de toda farsa y toda sátira»

(iii) «En esta estúpida y tediosa época lo más excéntrico que uno puede hacer es tener cerebro» Óscar Wilde.

«Yo festejo y acaricio la verdad en cualquier mano que la encuentro, y me rindo a ella alegremente, y le someto a ella mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse» Montaigne, Éssais, III, VIII: 902

(iv) Estrellas del campus, célebres activistas mediáticos, profetas del mercado en sus selectos «Think tank».

Pequeñas e influyentes ideas en intelectos embarazosamente mediocres para pequeños acontecimientos propios de un mundo decadente.

(v) El capítulo 6 de la obra de N.Carr, «Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?», trata de cómo la tecnología digital cambia nuestro modo de leer (pp.125-131) y cómo cambia o cambiará nuestro modo de escribir (pp.131-142) Por claro y perspicaz y documentado resulta muy persuasivo. El mundo digital no es un simple cambio de tinta por píxeles. Cambia y trastorna toda la ecología y mecanismos de la lectura y la escritura. Y lo hace, encima, de un modo profundo. Todo lo que se conecta a Internet (en jerga, «se expande» «y mejora») incorpora cambios en el estilo de lectura y escritura. Nos volvemos autoindulgentes y descuidados en nuestros correos electrónicos, obviando consideraciones estilísticas, escribimos -o propendemos a escribir- como el modelo del medio en que nos encontramos; con frases no demasiado complicadas, sin expresiones deliberadamente rebuscadas, y tenemos inclinación a socializarlo todo, a incrustar las reflexiones o experiencias en redes sociales. La arquitectura modular típica del medio online nos incita a usar otros modelos de presentación narrativa, el «cortar y pegar» nos incita asimismo a crear libros nuevos a partir de retazos de libros viejos, y ya son una realidad videos y multimedia adheridos a textos, o bien textos donde hay hipervínculos desde las palabras (el silencio ya no es un ingrediente de la mente del lector o escritor, y la interrupción se enseñorea en todos los procesos como una hidra que devora el tempo lento y continuo). No, no podemos argüir con convicción que vivimos en la Era Tipográfica, en la Era del Libro, en la Edad de la Imprenta. Una época post-literaria eclipsa todo un conjunto de referentes y asunciones fijas. Cantemos o susurremos una elegía a Gutenberg.

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Automoribundia

El buen ciudadano es un tradicionalista respetuoso

de la ley. Los coños amodorrados en tontos bares

de rubias: afán apostólico pero ausencia de inteligencia.

Con 4 años, ante el espejo, pronunciaste “Christian”

y quedaste cerrado en un círculo del Inferno;

llanos ensangrentados, constante polémica,

lobos devorando lobos, en la consciencia gusanos licuados.

Con 14 años, debido a un exceso de energía y negrura,

dabas palizas a diestro y siniestro; mordiendo

atrevido la cabeza de la serpiente como Caín

habitabas tierras bajas donde no clareaba la fiel ternura.

Con 17 sufriste una muy honda y rara depresión

que curaron nueve electroshocks (sí, asquerosos lectores,

la electricidad corriendo por el cerebro cura

igual que la palabra misteriosa del exorcista o la amada);

caminos sin esplendor, iguales que la vida,

manicomios donde la soledad no es verbal sino real,

confusión en los significados evidentes.

Soledad compacta. Yihadista soledad.

Con 36 un intento grave de suicidio.

Soledad yihadista. Compacta soledad.

A mis ahora casi 50 encontré una paz relativa.

Recluido en monacal y feudal aldea gallega,

solo con mis deshilachados pensamientos y funestos

recuerdos, con mamá viva y papá muerto,

enclaustrado con miles y miles de libros…

Me contemplo lo mismo que un autorretrato al óleo

al que un psicópata lanzara ácido y sosa cáustica.

Maté a pajaritos, golpeé damascos,

estuve en cuartos con hedor a droga y semen,

torturé animalillos de blanco plumón…

Poco más somos que un alma insignificante

que sustenta un cadáver o carroña de leyes arcaicas.

Con fragmentos de estrellas construimos ruinas,

las muecas y larvas de cabra de nuestro corazón.

Plagado de peligros está la tierra y está el mar,

en soledad los dioses nos arrastran a la desgracia:

incontables son los males que caminan junto al hombre.

Aquí estoy, condenado y sin nobleza, solitario y

sin grandeza, purgando mis pecados; “El lobo” viejo,

empotrado entre obscuras paredes de niebla y lluvia.

Pronto saludando desde este silencio a la muerte.

P.S. (i) Escribió sagaz y certero De Quincey: » Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto» Y Edward Gibbon insistió en una observación similar: «La conversación enriquece nuestro intelecto, pero la soledad es la escuela del genio; y la unidad de una obra denota la mano de un artista individual» O Jung, sobre un punto de vista bastante igual: «Los años en que estuve persiguiendo mis visiones interiores fueron los más importantes de mi vida; en ellos se decidió todo lo esencial» Y concluiré con un poeta, cifra y numen de mi hipótesis, expuesta con discernimiento sapiencial, energía en la dicción y exuberancia en la expresión. Escribió Wordsworth:

«Cuando, durante mucho tiempo, de nuestro mejor Yo fuimos

apartados por el ajetreado mundo, y desfallecemos,

enfermos de su quehacer y cansados de sus placeres,

cuán misericordiosa y benigna es entonces la Soledad».

La psicología popular y el arte comercial (o no tan comercial) nos han convencido implícitamente que la principal y casi única fuente de felicidad son las relaciones interpersonales, el comercio emocional con el amor, la familia y los amigos, desdeñando nuestros intereses, creencias y gustos solitarios e impersonales. Para mí es intensamente más esclarecedor y relevante lo que sucede en mi cabeza estando solo, incluso patológicamente aislado, que aquello, una mera Babel de Ruido u Odisea de Barullo, que me ocurre en compañía (donde siempre actúo algo exageradamente con la máscara -falsaria- de tipo irónico e ingenioso)

Me gusta estar muy solo, solo así soy yo verdaderamente, y, en la energía y bendición augusta de la soledad, mucho meditar, mucho contemplar los temas que me importan y obsesionan, y sentir cómo se modifican y agudizan las sensaciones, trabajar mentalmente en algunos poemas o incipientes y brumosas prosas, o en volanderas ideas indeterminadas, o habitar los poblados -densos, fosforescentes- recuerdos. Me gusta sentarme en el banco solitario de la plaza de mi aldea feudal (pasan a veces horas sin asomo de presencia humana) y ensimismarme y rumiar al compás o correr de la mente, y oír a los pájaros ducales, notar el ulular del viento como un Zeus benigno y cálido con su idioma celeste, asombrarme de la coloración granulada y puntiaguda de la luz mientras oscurece paulatina y lentamente.

Solitario crecen y se ramifican las ideas creativas, y solitario cada vez te conoces mejor ( te afinas mejor) a ti mismo. Cuando estoy en la odiosa Barcelona o en la provinciana Orense -donde también tengo casas- voy yo solo a los restaurantes, al teatro, a los museos, a las librerías o cines o cafés. Flâneur altivo y meditabundo, me siento en una rincón y divago egregio como un noble medieval frente a su fuego en noches de callado invierno.

Uno de los rasgos de mi personalidad es que la ternura y el afecto que indefectiblemente algo necesito no soy capaz de asimilarlos, me producen malestar, tensión y carga. Me desequilibra sufrir compañía y consideración. Por eso desde los nueve años estoy muy solo, desacostumbradamente e increíblemente solo. A veces es duro (la estricta y compacta -yihadista, esquizoide- soledad devora la felicidad y la dulzura), pero no siempre lo es. A veces, confrontado y enfrentado a mi soledad, ayuno de amistades y amores, afloran epifanías gloriosas, momentos eureka, sentimientos de poder, invulnerabilidad y exquisito placer inenarrable no susceptible de un trasunto en palabras. Sé que nado a contracorriente. Mi vida esteparia y eremita probablemente no sea un bien universalizable o deseable.

Paso también horas arrellenado en la butaca de mi galería acristalada contemplando el valle y meditando en las lindas musarañas o mirando árboles pulimentados. Los ruidos de la casa (crujir de la madera, unos perros ladrando, el golpear de la lluvia en los cristales, el tic-tac del reloj del comedor, el leve susurro de la calefacción, la respiración de mi perra) son como la savia que circula dentro de mí, y mi única querible melodía. Prácticamente nunca oigo la radio o enciendo el televisor ruin. Las redes sociales me provocan -su uso excesivo- una orgía de culpabilidad alemana. Mi medio natural es andar enclaustrado en mi mente silenciosa, o muy solo deambular (sin interactuar) entre la populosa muchedumbre.

El bullicio del mundo me asquea como una rata metida en la tráquea. Ser solitario es mi daimon y destino, mi santa unidad sagrada y rosácea. Lo admito: seguramente soy el más solitario de los hombres que han existido. Lo admito como confesión: solitario me daño a mí mismo y no a los demás.

(ii) Pasé muy mala noche, casi no dormí. Ahora una mañana oscura, lluviosa, lipemaniaca. Tuve la íntima sensación que existen dos estados en los que se destruye el lenguaje: la psicosis y la monomanía melancólica. El lenguaje, si debemos adjetivarlo, es algo así como refrescante y rosado, lo opuesto a un adefesio frío y apático.

Siguiendo esa línea de pensamiento, desde mi atalaya solitaria, seclusa, intuyo que la angustia y decrepitud moral se alivia si uno es capaz de encontrar las palabras e imágenes que faltan para discernirla. Lo que en inglés llaman «crisis of literacy» yo lo traduzco como una crisis o merma del espacio psíquico. Cualquier conflicto requiere palabras para decirlo; si careces de esas palabras, el conflicto se enquista. Las redes sociales, el alcohol y las drogas, la soledad melancólica o la agramaticidad psicótica, agrietan y devastan el espacio psíquico. El lenguaje tiene una dimensión terapéutica.

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El sermón del estiércol

A veces, antes, podía estudiar prestando

una evangelista atención al laberinto de los detalles,

pensar junto a descocadas y rubiáceas geómetras,

ver corazones de mujeres como el burgués adora sus relojes.

Me reconcentraba una hora seguida en una amarilla flor

de toxo, quieto permanecía al lado de abedules

lejos del alcance del hombre. Mi mente creaba

nuevas y completas estructuras de significado,

conexiones entre ellas, y nuevas ideas a partir de esas conexiones.

Escribía mejor, leía más, pensaba más claramente.

Me asignaba algún tiempo para la contemplación profunda

y atisbé pequeños campos con luciérnagas encendidas.

Mi mente se manchaba con briznas de corolas

altas como carmín suave recién besado.

Pero debido al alcohol, la papanatería, la conventual –fría- soledad,

por vivir un tiempo en que todo duele, y no dormir ni descansar,

por infiltrarse en mis momentos de ocio la televisión e Internet,

por inmiscuirme en las almas de mis coterráneos bullentes

de idiocia y servidumbre, ahora, lo sé, mi mente

es igual al Caos antes de la Creación.

Mi mente es papilla, un agusanado cliché.

De tanto criticar a los bárbaros me convertí en uno de ellos.

Leo novelitas de Grub Street sin hidalguía, con mocos

de mico en lugar de buena retórica y precisa lógica.

Charlo con la rubia del bar y apesadumbrado advierto

que las hipnotizadas constelaciones de su cerebro

son un absoluto erial, dejándome la impresión o terror creciente

de que su conciencia anestesiada de nada es consciente.

Mentes tan perfectas que ninguna idea puede profanarlas.

La admirable locuacidad de la mesita del té

se convierte en quincalla chismosa de programa televisivo.

Se escribe en una inelegante crestomatía de trozos agramaticales

y todos se tatúan de beautés faciles. La música del planeta

parece tocada por un gato callejero beodo y gordinflón

mariposeando al azar encima de las teclas de un piano:

chispean ominosos errores de epigrama de discoteca.

Y yo estoy bajo las ramas de esta palma datilera.

De tanto esperar a los bárbaros me convertí en uno de ellos.

En el duro invierno camino decenas de parasangas hacia el báratro.

El Gran Príncipe de la Tiniebla de los Manicomios.

El Desolado Duque de la Grandeza Hemipléjica.

“Fue un chico educado y estupendo”, dijeron en mi aldea.

P.S.

(i) Me gusta el pío campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieirias, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape. Deportes, comida y un poco de arte no me parecen nefasto ideal para la gente común.

La simpatía y el amor son más importantes para mí que la desdeñosa fría razón (opino aquí igual que Burke)

Hoy el término que se utiliza para hablar de cultura es el antropológico que usó originariamente Tylor en su obra «Primitive Culture»: «La cultura o civilización entendida en su amplio sentido etnográfico, es un todo complejo que abarca el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra competencia que haya adquirido el hombre en tanto que miembro de una sociedad». O sea, un conglomerado o aglomeración de información adquirida por aprendizaje.

Discrepo solemnemente de la dictadura que encierra esa definición (hoy universal, generalísima y avasalladora, y que crea el contradiós de permitir hablar de cultura nazi o cultura pedófila) Estipularé o convendré una definición alternativa de cultura para evitar las discusiones sobre palabras y centrarnos entonces en la materia de la cosa.

Para mí cultura es la adquirida en buenas universidades, que permite la percepción y el juicio autónomos, que te libera de la primigenia tiranía de lo mediocre, que te provee de ingredientes subversivos, y cuya gama de ideas y hábitos de pensamiento te elevan y nunca abajan (la verdadera cultura es un modo de avance, nunca de envilecimiento) Para mí la cultura es búsqueda y ansia de perfección, un modo de sentimientos y pensamientos de subido tenor, una pasión científica y moral cuya raíz se encuentra en el estudio y análisis de esa perfección misma. Aunque su impulso puede ser bastante popular, su resultado es patrimonio siempre de una minoría selecta. Su soledad y exilio defiende de la infección de las masas urbanas. Las masas campesinas tienen (o tenían antes al menos) una propensión espiritual más robusta y leal. La cultura, así entendida, puede concebirse como una especie de religión sustitutiva o religión laica.

Para navegar en el mar de la cultura se necesita una brújula o visión panóptica, y criterios sólidos. Supongamos que un capitán inglés de la primera guerra mundial detiene a un capitán alemán , o bien que un burgués francés y otro italiano conversan en un expreso de los años veinte. Ambas parejas tienen un mundo referencial formado por textos de Cicerón, Horacio, mitos platónicos, pasajes de Suetonio, textos bíblicos, y una misma idea familiar sobre la conversación artística y musical de Occidente. Pasemos ahora a otro experimento: un vagón de metro de una gran ciudad esta mañana. La Biblia, la Antigüedad y los clásicos desaparecieron TOTALMENTE del mundo alusivo de estos pasajeros de metro. Para ellos la cultura no es más que una forma de barbarie encapsulada con celofán de colorines y apócopes de tuits. Información sin conocimiento. Información azarosa y desestructurada. «Pizzicatto» de enlaces velocísimos a webs con lectura abrumadoramente simple y semi-esquizoide.

La cultura occidental se deshilvana porque los textos que la crearon son mero polvo de (muy malas) tesis doctorales. El espíritu de colmena tecnológica anula la libertad y el juicio independiente o capaz. Si somos incapaces de emitir un juicio objetivo y sano (y para ello se necesita buena filosofía, buena literatura, buena pintura) el voto que se exprese rozará alarmantemente la basura. Sin juicios meditados sobre el bien general solo nos queda populismo de quincalla apolillada y democracia hooligan basura.

Cultívese, amigo lector. No sea un mero fantoche de pobre e ignorante tumba. Glaucón y Adimanto experimentaron el esplendor de cierto tipo de alma. Lea y no sea un rucio y no convierta a sus hijos en rucios. Rompamos la cadena (la caverna abisal) del linaje de rucios.

(ii) Ciertamente hay talentos transgresores digamos, no sé, en una rock star o en algún youtuber (en fin, en fin) o creatividad en la pop culture, en Seinfield -digamos- o en «Material girl» de Madonna.

Los cultstuds’ o Cultural Studies son una mezcla de máquina marxista inglesa y paraguas teórico francés en el seno de la sociedad de ocio estadounidense. Su patética disidencia simplemente se cifra en sustituir el estudio de las humanidades (el paleo-cristianismo, la fonología, la historia del arte, Duns Scoto o Henry James) por la colección «Harlequin» o el gangsta rap.

Y así, defendiendo obsesivamente el éxito popular como criterio de calidad, encumbrando irresponsablemente el placer fácil y el anti-elitismo táctico, ensalzan apologéticamente el capitalismo y demonizan credenciales libertarias que creen defender.

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Deseo ser pájaro

“Noli foras ire, in te ipsum redi.

In interiore homine habitat veritas”

San Agustín

Respiro amurallados bosques verdes de culebras.

La locura produce miedo, abatimiento, melancolía,

desesperación y otras horribles pasiones. Se abate

el rostro, se inclina pesada la frente, gotea la nariz,

babeas por la boca. El estómago está tapiado de crudezas

y mucosidades, la sangre no purga los humores,

el cauri lacera tu piel, y yaces mil días y una noche.

Christian, tienes el ojo ortopédico por lavar en el fregadero.

Un tren, al amor de la locura, se despieza en el museo

lleno de moscas y óxido de planetas por sus galerías.

Desear ser un pájaro. Aunque cueste leer

al salir del manicomio construirás un palacio de hadas,

llenarás tu mente de fosforescentes fantasías

y pensamientos hermosos, de recuerdos satisfechos

e historias nobles, habitarás una casa con alfombras de oro.

Al salir del manicomio decidiste ser sabio sosegado:

estudiar y no escribir, nadar y ser un pájaro,

alimentarte de sésamo, adormidera y menta.

Una casa con ventanas elíseas y luz de cima.

Alaba y agradece a los dioses mortales pertenecer

a la ciudad de las Ideas, pues no poca cosa lograste.

Un pájaro que cruza el torrente impetuoso

precipitándose desde lo alto de una montaña.

Pájaro, no perro sarnoso. La vida no se puede discutir

porque defenderla resulta absurdo y difícil.

Una casa construida con tus manos

donde se funden el cielo con la tierra y sueñas

embrujado el esplendor del instante, fugaz y eterno.

Sean estas las últimas palabras que escribo

y brille la Luna en mi renovado corazón.

P.S.

Ningún asalto al banco podrá robarme mis riquezas, porque son soledad, fosforescente locura e inteligencia. Manteneos juntos unos con otros, calientes como cerdos en su corte. Pobres de espíritu.

Me gusta que mi vida tenga una amplia psicosis, como un hongo de Laponia afiebrado y visionario. El ganso salvaje es más bello y más rápido que el domesticado; mi locura tiene salvajes ramas y pensamientos opulentos.

Mi locura -vano insistir- cae desde cornisas marinas a salas donde gira el pelícano. Un claroscuro con rumor de fruto, de tufo a lagar hondo, de orquestal y escamoso calabozo.

En esa soledad el mundo ya no descansa sobre principios, sino, y al igual que en la infancia, en inmaduros fragmentos. Fragmentos suavemente cosidos a la niebla.

Vivo en la Dalmacia obscura de mi locura con absoluta pachorra. Oigo voces de obreros construyendo la muralla de Jericó, a una niña rubia cuentacuentos, una especie de misas en latín arcaico, retazos aislados de versos surrealistas…Prefiero mi fatal vesania a la cinemática común, al correr mecánico zangolotino, marsupial, mandril de la radio y la televisión. Meros seres inconcretos con una psique inconcreta resumida en píldoras pegajosas inconcretas.

Admito que mi locura, mis alucinaciones, son como un polvillo de ideas enzarzado a cardos algo molestos, pero al menos disfruto sobremanera de su dimensión-y experiencia- estética. Sus palabras aleatorias no están preñadas de vacío, nunca siguen escrupulosamente las reglas del juego de la vulgaridad, remodelan y educan en la rareza, nunca en el tópico de maloliente axila sudada ¡Viva mi locura! Si hubiera que asignar un género a la vida de un escritor literario, tendría que ser la tragicomedia de mis visiones.

La vida interior es como una casa encantada. Casi un mayal aventando el grano, o el polvo brillante sobre la puerta del galpón. ¿Und die welt?

Je crois en la croissance

Je trime puis je dépense

Je dépense et puis je trime

Sans savoir à quoi ça rime.

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Art or bunk?

(Retrato del artista)

Amartillo mi cabeza con tostadoras, lavadoras,

diapositivas de ollas, cremas y lápiz de labios,

bibelots de Lladró, jabón de tocador del rastro…

Querido, un buen negocio es la mejor forma

de arte posible. Compro calabazas de huerta,

batidoras y secadoras, escucho ragtime mientras

trabajo, me inspira el epitalamio como de ganso

de mi psiquiatra, visto con terno de sastrería

color azafrán, denarios y óbolos incrementan

mi cuenta bancaria, ay querido, los artistas hace siglos

que no pintamos con el cuerpo ¿Qué convierte

mi dúplex en algo tan atractivo, tan exitoso?

Ese aire de Era de Acuario, Twitter, el fuego del Reiki,

el orden de los muebles adivinado por las hojas del té,

las huellas de mis influencias quirománticas y

grafológicas, el que me fíe de ovnis y otras

embajadas estelares ¿Analfabetismo?

¡Tengo derecho a expresarme! Ni profundizo

en el tema ni nada entiendo con seriedad.

La vida es un recreo frívolo. El corazón del público

como Tiberio acariciando la crin de su caballo.

Los ciervos lamen en sueños mi espalda desnuda.

La cocaína cacarea vestida de Prada.

Aunque te burles de mí te invitaré a mi exposición.

Salchichas fritas de mi amigo Koons.

P.S. En el mundo de ayer los árbitros del buen gusto no eran Jorge Javier Vázquez ni Ophra, sino el círculo restringido de los miembros de la élite superior, los patricios de la inteligencia, que las clases subalternas admiraban. En mi aldea los domingos, o bien en los casamientos, nos vestimos de gala a imitación de unas supuestas calidades que vemos y no despreciamos en las capas altas burguesas. Lo mismo pasaba en la discriminación estética; las capas burguesas y proletarias fiaban y cedían su admiración a la aristocracia estética. El de arriba, por saberes y mérito, guiaba al de abajo, con menos saberes y mérito, pero que aspiraba a tenerlos.

Hoy Belén Esteban se vanagloria y jacta públicamente de su astronómica ignorancia, y la grey se admira y la aplaude. El reloj perdió sus horas, la noche es el día.

Lo bello estético se arracima en una serie de notas; afluye el orden, la mesura, la mensurabilidad, y la correspondencia rigurosa de las partes con el todo, porque el sentido innato de simetría y proporción es ínsito a lo bello; hay asimismo un no sé qué de vaguedad y ornamento en lo bello, un prurito como de ilógico imponderable, un sentido de indeterminación muy exquisito y propio; existe también una belleza funcional, es decir, en el objetivo, de ahí lo racional de una belleza (o fealdad) pedagógica, moral, política, religiosa, probablemente también ideológica; en el racimo de lo bello otra nota es su asociación a lo sensible y a Eros, su placer sentido de inmediato por el órgano espiritual; sí, hay como una elevación hacia la grandeza sensible e inteligible que turba. Esa aprehensión es cuestión de gusto no así de capacidad; por último la belleza auténtica subvierte, no es una simple y acrítica asunción.

La alta cultura y los prescriptores o árbitros de la alta cultura tienen una íntima relación con las ideas anteriores de perfección y excelencia. Algo ejemplar, perfectamente logrado, es a la vez bello y bueno. Una obra artística y un hombre -por ejemplo Cristo- pueden ser ejemplares, resplandecer, brillar, aparecer envueltos en claridad, esplendor y luz. Una obra y un hombre pueden -podemos- ser imperfectos, torpes, feos, moralmente errados y estéticamente patéticos. Levantar la energía emotiva, intelectual, y sapiencial es hacer gran cultura. La alta cultura estuvo tradicionalmente ligada a la clase alta, así como el kitsch o midcult a la clase media, y la cultura popular a la clase proletaria o campesina. Dante para los aristócratas, las figuritas de Lladró para los funcionarios y el fútbol para los obreros.

Hoy la posesión de la alta cultura solo pertenece a las capas cultas de la burguesía, cada vez más adelgazadas. Triunfó el comunismo, todo se ha proletarizado. Si en mi aldea imitamos vestimentas de ricos, los ricos imitan vestimentas de pantalones pobres (tejanos rotos como los de los vagabundos) Hoy todo es cultura vulgar, mediocre, vulgarísima, lerda, brutal, básica, abajada. Se odia lo refinado, serio, genuino, elaborado, alto. El Papa y el rey gustan de «selfies» y playeras. Se insulta y desprecia la tradición y la riqueza de referentes, la coherencia formal, la aguda penetración, lo central, la luz canónica. Se admira y gusta y admira lo abajado, la escasa o nula profundidad, el símbolo elemental, la percepción mezquina y embarrada, enmerdada.

Son los tiempos de Sálvame y Ophra y Trump, no de la Filarmónica de Berlín. Se goza la pandereta y se insulta o vitupera al violín. Las capas medias y bajas han impuesto su gusto ridículo. Triunfó el comunismo, no se engañen, la «masscult» es super-democracia y aniquilación de la distribución jerárquica de las especies. El mercado fabrica una cultura industrial hiper-democrática para consumo universal. Esa forma cultural es la propia de la sociedad-masa tecnológica post-industrial. Nunca asumirá la dignidad de una cultura con “c” mayúscula. Narcotiza a un público al que nada exige.

Debe asimilarse y digerirse fácilmente (cultura-palomitas) Su dios es entretener y distraer, no la calidad (cultura-divertirse hasta morir) La banalidad es su segundo Dios. El criterio es el mínimo esfuerzo mental y el máximo rendimiento industrial. Calidad mínima significa si y solo si ajustado a lo bajo, nunca tirando o apuntando a lo alto. Se desprecia lo singular y la firma debe ser una suerte de onanismo público impersonal. Siempre hay que adular y dar gusto al «populus» (cultura-vulgo) Todo se asume en el vocablo mercancía, o sea, comprar o no comprar. No aburramos ni irritamos a las masas, es el eslogan vociferado. El comunismo cultural no es una hipótesis, sino un hecho social. La religión, el civismo, el arte, la educación, la ideología, todo se ha proletarizado, los árbitros o mandamases son ya los Trump, Campos, Matamoros, Ophras y sus pares en el sector correspondiente. La cultura humanista se proletariza. La cultura popular se proletariza. La cultura mediática se proletariza. La cultura digital o cibercultura se proletariza.

Proletarios del mundo, no hace falta que os unáis, habéis ganado. Cualquier aspiración aristocrática se percibe como elitista e inmoral. Los bárbaros golpean con sus mazas y la gente gusta de esos varapalos. Los bárbaros ganaron la batalla.

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Diario

Amistad, amistad a lo largo…Creo que fueron los escitas que legislaron una norma en la que obligaban a tener un amigo, sugerían dos, y prohibían tres.

La amistad homérica se daba solo entre hombres y transmitía la caballerosidad y virtud guerrera, hombría de bien, el valor, la elegancia noble de la valentía y el arrojo, el militar ardor guerrero.

Una compañía y camaradería que también en Grecia se tiñó de sutil homoerotismo cultural (más acusadamente en Esparta que en Atenas), una relación de transmisión de la areté y la experiencia, una difusión de la paideia entre amante (no necesariamente demasiado adulto, solo veinteañero largo por ejemplo, entonces ya con el cuerpo formado) entre amante -decía- y amado (bello efebo de catorce años o quinceañero) Este amor -dignísimo- pederástico o efébico ahora está hasta incluso sancionado penalmente.

Aristóteles, tema que copiaría Cicerón, en su Ética Nicomáquea juzga la amistad como un trato entre iguales y semejantes que se cumple y justifica y desarrolla en el crecimiento y desenvolvimiento de la virtud, una virtud que es excelencia o bien. Los libros VIII y IX de su Ética a Nicómaco son tan vigentes hoy como las decenas de siglos antes en que se escribieron. Su análisis de la amistad es una pilastra de mármol perenne de nuestra civilización.

Como lo es también en Occidente la aportación o hebra o rama judaico-cristiana con su idea de la amistad humana como «caritas», caridad, hermandad sin jerarquía, prelación o distingos entre todos los humanos, es decir, indiscriminado amor universal.

Montaigne, en sus Ensayos (y no citaremos la amistad medieval entre siervo y señor, que se fundamentaba en la absoluta reciprocidad), aporta a Occidente la no necesidad acerca de que la amistad deba surgir necesariamente entre iguales o semejantes. Inaugura la idea de compenetración de subjetividades particulares. En su hermosa y crucial frase: «Éramos amigos porque yo soy yo, y él era él».

Con el surgimiento del capitalismo tomamos la idea griega (que no cité) de amistad expuesta por Hesíodo; amistad como riqueza, interés, favor, capital. Amigos por los que sustituimos blasones (la nobleza espiritual) por doblones. Esto se ve de modo paradigmático en la novela de Lampedusa. El gatopardo aureolado de divino soplo de oro trocado o cambiado por la hiena del interés y la cucaña social o laboral.

La amistad es un don misterioso, mágico y divino del alma. Se da en pares, tomada de dos en dos (idea también griega) Es una biyección biunívoca, de un elemento a solo otro elemento, de un corazón a otro corazón.

El mundo es atrozmente abyecto. A lo mejor algún día nos defendemos contra los persas o derribaremos las murallas de Troya en amistad guerrera y con completa heroicidad épica -murallas y persas tan concretos como simbólicos.

De momento nos queda la idea o refugio de la alta amistad desemejante y asimétrica que descubrió Montaigne.

Al ser ahora la Polis atomizada y anómica, la amistad aristotélica, que era una reducción o célula al mínimo común múltiple de la virtud de la ciudad (que poco más era que la armonía molecular de esa extensión atómica entre dos amigos), ya no es posible. El sustituto popular capitalista de la tan extendida amistad de Hesíodo vacía y deprime al corazón, lo convierte en solitaria carne de psicólogo.

Un Gran Amigo, el Arte, la Poesía, la Literatura, la Ciencia, acaso el Sexo, acaso el Amor; ahí están los íntimos refugios para resistir el vómito tentacular y opresivo de la civilización actual. Que da Dinero y riqueza a cambio de anular la Grandeza. Y permite que no nos muramos nadie en Occidente por el hambre y la miseria material, pero en lugar (pacto fáustico) de proveernos o fabricarnos un alma achicada y que no levanta un palmo del suelo. Ave et vale.

P. S. Jaime Gil de Biedma, AMISTAD A LO LARGO.

Pasan lentos los días

y muchas veces estuvimos solos.

Pero luego hay momentos felices

para dejarse ser en amistad.

Mirad:

somos nosotros.

Un destino condujo diestramente

las horas, y brotó la compañía.

Llegaban noches. Al amor de ellas

nosotros encendíamos palabras,

las palabras que luego abandonamos

para subir a más:

empezamos a ser los compañeros

que se conocen

por encima de la voz o de la seña.

Ahora sí. Pueden alzarse

las gentiles palabras

-ésas que ya no dicen cosas-,

flotar ligeramente sobre el aire;

porque estamos nosotros enzarzados

en mundo, sarmentosos

de historia acumulada,

y está la compañía que formamos plena,

frondosa de presencias.

Detrás de cada uno

vela su casa, el campo, la distancia.

Pero callad.

Quiero deciros algo.

Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.

A veces, al hablar, alguno olvida

su brazo sobre el mío,

y yo aunque esté callado doy las gracias,

porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.

Quiero deciros cómo trajimos

nuestras vidas aquí, para contarlas.

Largamente, los unos con los otros

en el rincón hablamos, tantos meses!

que nos sabemos bien, y en el recuerdo

el júbilo es igual a la tristeza.

Para nosotros el dolor es tierno.

Ay el tiempo! Ya todo se comprende.

……….

Presumiré.

Técnica u oficialmente solo soy licenciado en Filosofía, una carrera que, en mi época al menos, carecía de la más elemental exigencia.

Casi en todas las asignaturas sacaba Matrículas de Honor, tan solo por estudiar con libros (en varios idiomas) en lugar de con viles, ruines e inútiles apuntes.

Me asqueaban porreros, peñas LGTB, peñas pro-palestinas, comunistas e independistas salvajes e iletrados (mal vestidos y sucios), y toda esa fauna o patulea analfabeta. Solo me gustaba la Biblioteca de la Facultad.

Como que eran unos estudios muy fáciles (la filosofía es muy difícil, la carrera en cambio está chupada), y además tenía mucho tiempo libre, estudié Exactas -por las tardes-, y cursos para-universitarios de Historia y Literatura (en el Institut d´Humanitats)

Ya licenciado amplié estudios en el extranjero con vistas a una dedicación académica que no cuajó (aunque me saqué las oposiciones para dar clases en Secundaria, y estuve un par de años entre cándidos y alborotados adolescentes)

La vida me llevó a un trabajo curiosísimo (muy bien pagado, y muy aburrido) en el que me deslomé durante veinte años. Y nunca cesé de estudiar por libre (idiomas, derecho, economía, historia, historia del arte, estadística y probabilidad, relaciones internacionales, etc…)

Ahora estudiar Filosofía es algo mucho peor y decadente que hace treinta años. Solo van los tontos y vagos.

Mi padre quería que estudiara derecho o ingeniería. Como siempre, siempre siempre, acertó. Y, yo, como siempre, no le hice caso. Ave et vale.

……….

Yo quise ser escritor, pero mi papá se opuso tajantemente.
Hizo muy bien.

(i) Hizo muy bien porque como escritor soy muy malo, no tengo talento o el talento que desearía (y es lucidez, no falsa modestia ni modestia falsa) Escribo algo, lo leo al cabo de un tiempo, y siento vergüenza ajena. Pero eso también me pasa al leer la inmensa mayoría de novelas y poemas que se publican. Pero dos errores no hacen un acierto.

(ii) Además, leer en lugar de escribir, representa la funesta sabiduría.

(iii) Los cuadros con ciervos fomentan la creatividad. Miguel Ángel la mengua. Hacemos (los mediocres) el bien.

(iv) Acallar la lengua, las palabras inspiradas por el rencor, maledicencia, egocentrismo, o en la mera cháchara imbécil, es la mayor mortificación.

Así que, totalmente en serio: perdón a todos (estoy mentalmente perturbado y, debido a imponderables que no vienen al caso, bebo no poco) Así que, no me hagan ni caso. Perdón. Sobre todo a mí mismo (es una irreligiosidad la pública auto-flagelación, la denigración, si otros mucho menos capaces se ensoberbecen fatuos y delirantes. El síndrome del impostor no lo tiene un completo imbécil)

……….

(i) ¡Fusilad al gobierno! ¡¡Ya!!

(ii) Durante su proceso por el asesinato del archiduque Francisco Fernando (1863-1914), heredero a la corona de Austria-Hungría, el joven serbobosnio Gavrilo Princip declaró que su pueblo se hundía en la miseria y que quiso vengarse por lo que pasaba en las aldeas.

¿Qué querías zangolotino? Champán y emular al Cardenal Giulio de Médicis…Púdrete en el infierno: quien mata por capricho merece la horca.

En la década de 1880 los franceses destruyeron el gobierno imperial de Vietnam, sin acoger ni su administración ni sus símbolos.

Pasadme el mosquetón, mon semblable: ¡Sin prisioneros!

¿Quién osa ahora matar a Rasputín?…¡¡SIN PRISIONEROS!!

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Sitges por los setenta

Recuerda, cuerpo, aquellos momentos esplendorosos

donde estaba la vida.

La vida que era un fresco único de Pisanello.

Íbamos a Sitges los fines de semana

hospedándonos en aquel hotelito de jardines decó,

de terracita con mosaicos modernistas,

y la patria era el mismo rumor del agua

y el mundo Luis XIV con un ramo de jazmines.

El cielo nuevo, la vida nueva,

dentro de ese caldero de amor puro

mojábamos nuestros labios,

y lindos guantes blancos

eran las confiables voces de los burgueses

que tanto me querían y cuidaban

las veces que vosotros os ausentabais.

De regreso del baño y los paseos

el humo del mar era una centella,

en la taberna sabían frescos los cangrejos,

chapoteábamos en el oro

donde late la grandeza de la Luna,

y el otro astro a lo lejos, perpetuo, lírico nos miraba.

Siento aún el salitre de luz,

las altas olas de plata del placer.

Ahora papá está muerto, mamá enferma y yo destruido.

El mundo ya es una orangutanesca

habla que nada significa,

nada es real, las cosas perdieron sus perfiles,

mires donde mires: telebasura y falta atroz de clase.

Los bárbaros, como bacterias, se adueñaron de la Polis.

Pero Sitges es símbolo de antigua gracia y libertad.

¿Ves la suave brisa que mueve

con mansedumbre las hojas de la Memoria?

Recuerda, cuerpo, allí estaba la vida.

P.S. (i)

Mi padre; qué burgués superior y ecuánime. Sin pausa aportaba datos y reflexiones que fluían en una corriente bien ordenada -un pensamiento clásico es un pensamiento bien ordenado- Todo con medida, grabando en la memoria del feliz oyente los pormenores o contornos del problema o tema a dilucidar.

Y en el ajedrez era de una riqueza monstruosa, bellamente gigantesca (pero de mal perder) Era un Lavater y un Tartufo al mismo tiempo. Se sacrificó con minuciosidad por el bien común, el bien particular, y el bien familiar. Generoso, intuitivo, trabajador compulsivo. Sus áreas de conocimiento eran el Derecho y las Finanzas, pero amó también el Arte, con énfasis sobre todo en la pintura.

Un análisis de su destino prueba que vivió como deseó, que vivió al hilo de sus pensamientos sobre la vida. Su espíritu no está ahora en la nada; resta su memoria en el Universo, su software se añadió o sumó a la computadora cósmica.

Fue un alma sintética; unió lo cordial y sensual con lo intelectual, el placer con las rumiaciones. Amó mucho (muchísimo) a mamá -como ella a él-, aunque su relación fue tumultuosa, con altibajos perennes. Vaticinó a estos patéticos decorativistas horteras del nacionalismo radical catalán que pululan por mi tierra como monos subidos a los árboles, a estos atolondrados ignaros. Detestó el arte no figurativo, la ausencia de «mímesis», la mente en fugas irracionales. Gustó del lujo y tuvo compasión (ayudó) por los humillados y ofendidos.

Nos educó con severidad temiendo la influencia nociva de la envolvente «tribu». Más que simpático, sarcástico. Más que católico, teísta. Más que feo, atlético. Más que melancólico, vitalista.

Una de los grandes frustraciones de su vida es que yo me saliera de la ruta que preestableció y no estudiara derecho.

Pero, pese a los disgustos, creo que fui su hijo favorito. Lo quiero y lo quise. Descansa en paz papá.

(ii)

Una vez que me comporté muy indignamente con mi padre -prefiero no explicarlo, que todavía duele- éste me llevó a su despacho y más o menos me dijo «El afecto de un padre no es incondicional, y la rectitud pesa más que el amor, o, cuando menos, la inmoralidad deteriora el amor. Si no meditas y cambias -con dolor- te expulsaré de mi sensibilidad.»

Mi padre educaba con guante de terciopelo en mano de hierro, con autoridad, rigor, y sin esas beaterías chill out o astrologías mamarrachas a lo Paulo Coelho de la pedagogía posmoderna. Sabía lo que tenía que hacer porque le sobraban convicciones y razones.

Me eduqué en un ambiente que adoraba la cultura, exigente, respetuoso, honrado. Mi padre propendía a la intolerancia y una moderada falta de empatía, virtudes que compensaba mi madre (mamá suma a eso una ironía inteligentísima).

El esfuerzo y la diligencia para todos nosotros eran méritos casi sagrados, como cierto orgullo de clase burguesa que desdichadamente a veces se resolvía en un sarcasmo algo despreciativo por las clases subalternas.

Mi vocación de escritor fue fuente -parcial- de conflictos, y mi propensión a la ociosidad y haraganería infinitamente mucho más sancionadas híspidamente.

Pero su legado y forma, si pudiera transmitirlo a hijos que nunca tendré (soy hijo sin hijos), sería el mismo, excepto -seguro- el clasismo y la frialdad emocional (insistiré en algo ya dicho, mi mamá es mucho más cálida de lo que lo fue mi papá)

Su memoria vive en mí mientras yo viva, una memoria que cada vez me hace más bien, una promesa de felicidad y serenidad, un aguijón de melancolía.

(iii) ¡Cómo echo de menos las partidas de ajedrez con mi padre! ¡Cómo echo de menos a mi padre! Teníamos un nivel similar, aunque él jugaba de modo más creativo y agresivo.


Como que nuestra casa era un poco pija, en un rincón del comedor, junto a la ventana, teníamos una mesa de juegos. Con mi madre jugaba a las damas y a las cartas, y con mi padre al ajedrez.


Ya no existe la casa y mi padre está muerto, y mi madre mayor y enferma. «Todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos», escribió Amelia Barr. Muy a menudo tengo la sensación de que todo está desérticamente despoblado y que mis únicas bujías vivas brillan en un cielo muerto.


Suscribo en su totalidad la observación de Robert Burton «No hay algo así como la felicidad, solo menores matices de melancolía»

(iv) En Septiembre hará cinco años que enfermó mi madre. Te echo de menos mamá. Tu amor derrama sobre mí más vida de la que yo tengo. No hay nada más hermoso que una mesa abundante donde desayunan los padres con sus hijos. Nada más noble que la alegría de arrullar y pacificar. Sin tu mar, sin tu sol, sin tu mar y sin tu sol robustos y jóvenes, siento roncas las tinieblas impalpables. Mamá, todas las horas de tu vida todavía me acolchan. Mamá, el combate lejos de ti es duro. Nunca hubo una guerra buena ni una paz mala.

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Informe del alba

La canallería incívica, bárbara y vándala son menos que miasmas infectas. Vándalos y suevos cruzan el Rin. Alarico saquea Roma. Los godos completan la conquista de Italia. De la muchedumbre (podredumbre) anfibia y mal nacida surgió demasiado español torticero y tartaja. El único mérito de esta civilización es que es tan mala y nefasta como la misma civilización (gangrenados de barbarie, presuntuosos montados en la leprosa rutina común, pasmosos hombres y mujeres de harmonios agrietados; sé que me despreciáis. La chusma vomita su bilis y la llama «opinión». Creo con convicción de teorema matemático que el populacho, la chusma, el rebaño, siempre será despreciable. Precisamente yo no soy el que merece vuestro desprecio)

Palingenio: “Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!” (Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino) «El impulso de lo útil y el envilecimiento de las actividades del espíritu podría tener como efecto que los hombres democráticos se deslicen hacia la barbarie» dijo Tocqueville. «Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas» como señaló cáustico –y muy certero– Gautier. «Vivimos en un siglo de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I» Edmond About, Le Progrès, Hachette, 1864, p.356. «Lo único razonable en materia de política es un gobierno de mandarines, siempre que los mandarines sepan algo y, si es posible, mucho. El pueblo es un eterno menor de edad» declaró Flaubert, el intelectual más lúcido y profético del siglo XIX. «No me hable usted de los tiempos modernos, a propósito de lo grandioso. No dan ni para satisfacer la imaginación de un folletinista de la peor calaña» Flaubert. «Vulgus dividi in oppositum contra sapientes, quod vulgo videtur verum, falsum est» señaló Roger Bacon «La plebe se opone a los hombres sabios; lo que la plebe considera cierto, es mayormente falso».

Mandriles tecnológicos con absurdos pensamientos  semi-articulados y proferidos en una semi-habla descosida. ¿Cuándo decapitarán a Boecio? ¿Cuándo acuchillarán a Escoto Eriúgena? ¿Cuándo rodará la cabeza de Luis XVI? No entienden a Propercio o Tibulo y por eso desprecian. Se derrumban villas, palacios, estatuas, edificios públicos. Los bárbaros –esa chusma de griterío y mazas– llenan de yedra y cascotes las aulas, o escupen en la Academia platónica su bilis negra. No entienden tu lenguaje y sus intereses son los «reality shows» y el deporte. Huye, Christian, huye. Se oyen agrestes aullidos de lobo. Las bibliotecas devastadas, los caminos llenos de delincuentes, los acueductos no funcionan, los pocos gramáticos sin público, los teólogos sin saber griego. ¿Para quién escribes pequeña y vagabunda alma? ¿Para los ostrogodos? Huye, Christian, no te mezcles y desprecia a la chusma.

«…y ves detrás de cada cara ahondarse el vacío mental/ dejando solo el creciente terror de nada en que pensar;/ o cuando, bajo la anestesia, la mente está consciente pero no consciente de nada» T.S. Eliot, describiendo perspicazmente la mente del «populus». La educación pública no ha formado un público educado. El desastre es ciclópeo. Huye, pequeña alma. Vándalos y suevos están cruzando ya el Rin. Tipejos acémilos casi igual a bacterias, sin un gramo en su sangre de helenización, romanización, cristianización o ilustración ocupan tanto las mansiones de los ricos como pobres chabolas. Escribe y memoriza a Adriano, orgulloso de tu aristocrática, gatopardesca soledad:

Animula vagula blandula,
hospes comesque corporis,
quae nunc abibis in loca,
pallidula, rigida, nudula,
nec ut soles dabis iocos.

Mejor ese lugar desnudo que la pelambre sucia del aquí y ahora.
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Si me preparo físicamente, todavía espero subir un día al Monte Ventoux, con un libro de Tácito en el bolsillo derecho y otro de Petrarca en el bolsillo izquierdo. “Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en Monsieur Teste. La mía es abrumadoramente más simple.

San Agustín escribió alrededor del año 400 “Los hombres viajan para maravillarse de las gigantes olas del mar, de la altura de las montañas, del curso de los ríos y del movimiento de las estrellas; pero nunca viajan al interior de sí mismos para conocerse”. Flaubert dijo “El movimiento es deletéreo”, Baudeliare declaró “Descreo de las líneas en movimiento”.

No haré fotos con un palo selfie. No me tostaré en la playa como una gamba vuelta y vuelta. No hollaré el residuo de vuestras micciones en la arena. No escucharé radios atronadoras ni veré barrigonas de tetas caídas. No pisaré colillas o latas.

Lectura y un buen “arròs a banda”, escritura y rojo «polvo a feira» de vez en cuando, caminatas con mi perra por los bosques alrededor de la aldea. “Conserver l´esprit libre”, y poco (o nada) más.

Angulas con merluza… La distinción siempre consistió en evitar los placeres groseros. Un placer sin sofisticación siempre es un placer menor, incluso un displacer. Los placeres tópicos son una forma insidiosa de desidia. La vía regia consiste en envolverlo todo con una especie de lujo mental: la gastronomía, el erotismo, la literatura, el ocio, la amistad, el amor, el arte, la creación, tu propio destino.

¿Quién soy yo? Fray orate, orante y diletante. Burgués hacendado, rentista y propietario, aldeano ilustre. Pienso bien, escribo regular -desearía que con nivel de primera fila-, y hablo mal. Solitario compulso. Lector omnímodo, omnímodo, diagnosticado de bibliopatía, con biliomanía en el encéfalo. Apocalíptico y antimoderno. Fingidor y múltiple. Titulares de periódico: «Chueca es genial», «Un sabio saca de su baúl cosas viejas y nuevas, como un artista», «A su amigo Pla, Plana le recomienda abandonar el retoricismo y escribir con claridad», «Una investigación de la Universidad Salesiana concluye que el 60% de los novicios manifiesta desequilibrios sexuales. Escogen el celibato para evitar relaciones. Asimismo abundan entre frailes y monjas neurosis, obsesiones, fobias, histerismo, vacío existencial y ansiedad», «En la discoteca se ve el desmadre universal», «Pedro Sánchez entrando en el Congreso con las manos en los bolsillos», «La CUP quiere trocar compresas por esponjas», «El 25% de los jóvenes árabes apoya al Estado «Donald Trump provoca escenas de histeria entre sus fans y afirma que si asesinara en la quinta avenida no perdería ni un voto. Un niño de diez años dispuesto a matar por Trump», «Es atroz la vida de las estrellas porno», «De E.G.B. no se salía culto, pero sí educado», «Un año con el pequeño Nicolás y otro con el Ecce Homo de Borja», «Impotencia eréctil: edad de inicio: veinte años»; zoocracia negra; si el populacho fuera culto no querría trabajar y, además, se abstendría de decidir el destino de una nación. Un lema: apartar el chusmerío de mí y buscar el lujo de la mente, también la bondad. Voltaire declaró superlativo: “La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu´on leur parle» («la tierra está llena gente a quien no merece la pena dirigirle la palabra) “Por desgracia la expresión, «coquin méprisable» , granuja despreciable, resulta aplicable a un número terrible de personas de este mundo” dijo Schopenhauer. “Nec vixet male qui natus moriensque fefellit” afirmó sagaz y profundo Horacio, “No se da mala vida quien de nacimiento a muerte pasa desapercibido”. Mejor no podía decirse. O bien igual también Ovidio, “Bene qui latuit, bene vixit”, (“Quien bien se esconde, bien se da”) Huelo: pringado de resina de pino el aire; oigo: la ancianidad mansa de mamá. Solo y oculto se está mejor que mal acompañado en esta hodierna e híspida civilización donde la publicidad está por encima del logro, la revelación por encima del comedimiento, la sinceridad por encima de la decencia, el victimismo por encima de la responsabilidad, la confrontación en lugar de la cortesía, la psicología sustituyendo la moralidad. Para acabar, dos cosas; primo, la tranquilidad es el estado más natural de la belleza, como lo es el mar, y la experiencia nos dice que las personas más hermosas son de carácter reposado y cortés, y, secundo, «Litteras ese solas quae homines ese vere convincat», es decir, las letras son la única prueba de que se es verdaderamente hombre. Ave et vale.

Feliz aniquilación a todos.
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Catulo se quejaba amargamente de un siglo lleno de generaciones de hombres ausentes de gusto y gracia, «O saeculum insipiens et infacetum!»

Policarpo, obispo de Esmirna y Padre de la Iglesia, dijo en el siglo II, según se lee en la Patrología de Migne: “¡Dios mío! ¡En qué tiempo me habéis hecho nacer!”

Leopardi, en una carta enviada desde Florencia a Pietro Giordani el 24 de julio de 1828, escribe «En suma, empieza a asquearme el soberbio desprecio que aquí se profesa por todas las cosas bellas y por toda literatura: sobre todo porque no me entra en la cabeza que la cumbre del saber humano consista en saber política y estadística. Al contrario, considerando filosóficamente la inutilidad casi perfecta de los estudios hechos desde la época de Solón para obtener la perfección de los estados civiles y la felicidad de los pueblos, me da un poco de risa este furor de elucubraciones y cálculos políticos y legislativos. […] Sucede así que lo placentero me parece más útil que todas las cosas útiles, y la literatura útil de una forma más verdadera y cierta que todas estas aridísimas disciplinas [la política y la estadística]» Nada extraña que el poeta tildara su siglo de «soberbio y estúpido».

«Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas» señaló cáustico (o feraz) –y muy certero (o exacto)– Gautier.

San Agustín consideraba la estupidez un pecado original de Adán; acepto la alegoría; en cualquier civilización simplemente tendremos menores o mayores grados de estupidez. Ahora es especialmente estúpido el evangelismo tecnológico, la obsesión de los amantes del «subiti guadagni» (es decir, de rápidos beneficios monetarios) y una especie de «universae ignorantia».

No hace falta esperar a los bárbaros.
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«De todas las cosas relativas a la política, la única que comprendo es el motín. Fatalista como un turco, creo que todo lo que podemos hacer por el progreso de la humanidad, y nada, son exactamente lo mismo»

«¡Menudo jaleo ha provocado la industria en este mundo!¡Qué escandalosa es la máquina! A propósito de la industria, ¿has pensado alguna vez en la cantidad de profesiones idiotas que genera y en la cantidad de estupidez que, a la larga, engendrará?»

«Lo que me abruma es, primero, la feroz estupidez de los hombres, segundo, el repugnante mundo que se avecina donde no habrá lugar para gente como nosotros porque toda será utilitario y militar, con gente ahorradora, mezquina, pusilánime, abyecta»

«Lo único razonable en materia de política es un gobierno de mandarines, siempre que los mandarines sepan algo y, si es posible, mucho. El pueblo es un eterno menor de edad»

«En resumen: prefiero la vida más austera, la más solitaria y la más triste, a tener que pensar en el dinero. Renuncio a todo mientras me dejen tranquilo, es decir, mientras pueda conservar mi libertad de espíritu»

Gustave Flaubert (né à Rouen le 12 décembre 1821 et mort à Croisset, lieu-dit de la commune de Canteleu, le 8 mai 1880) lúcido, brillante, salubre, profético.
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Nadie siente que leerme es como despedazar la cabeza de un jaguar. Me cumple entonces la sabia cita de Virgilio (Geógicas, 2, 412):

«Alaba los poderes grandes, / pero cultiva uno pequeño».

Día tórpido, majadero y borrico, en el que no tuve otra opción que hablar con gente de cerebro calloso. La televisión y la radio emitían su radiación de oquedad y vacío, su deshabitado desierto parlante de ingravidez y nada absoluta y tétrica.

Tomé al mediodía un «pastéi de nata» y se cortaron varias cónicas de trozos de mi lenguaje y mi memoria. Todo gran lujo culinario es un estímulo escalofriante, nunca deja indiferente el reconocimiento en el paladar el gusto alto. Nabokov es como un magret de pato al roquefort, Shakespeare como un crujiente de tapioca con tartar de cigala, Azorín igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico, Horacio igual a gazpacho de espárragos verdes de Jean-François Rouquette. Mi prosa misma es como un sinfonier clásico o un sillón pan de oro.

Mi prosa, mis poemas, el mundo… Gabriel García y Tassara: “Eso fue el mundo para mí. Un abismo, y en ese abismo nada”. Esperemos con torvos ojos el tiempo de la calamidad y el terror. Delitos y atropellos: el presente y el futuro solo guardan la peste.

«At tibi fortassis, si –quod mens sperat et optat–
es post me victura diu, meliora supersunt
secula: non omnes veniet Letheus in annos
iste sopor…»

Petrarca

«A ti quizá, si, como mi alma espera y pide, has de sobrevivirme largamente, te aguardan mejores siglos: no ha de durar para siempre este sopor letal…»
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No me gustan estos tiempos romos y abajados, tontuelos  y tartajas. Carecen de educación y humanismo.

Tiempos de fantoches y horteras, de trapisondas y lameculos cucañistas.
Crecí en una clase privilegiada, en una burguesía hacendada cultísima, con clases privadas de música, idiomas y dibujo. A esquiar en invierno y a Sitges en verano. Aquel mundo emitía unas radiaciones buenas como un fresco y rosa crustáceo desperezándose lentamente, crujía todo como una osamenta atlética articulando mis miembros y mi sangre.

Desde alrededor de los años cincuenta el mundo se volvió horrible e invivible. Cada vez más agitanado. Como de mercadillo balbuciendo baraturas. Como de histéricas verduleras berreando. Un muncho chato y vacuo de hombres incultos y maleducados que se vanaglorian de su ignorancia.

Yo ya solo vivo en la dulzura intemporal de mi mente. Algo me salva; sé que no envilecí mi vida. Que hay oro en mí. Hay como un cerebro de Dios en mi interior, y no un engranaje de máquina.

Pero una propensión melancólica me ataca pensando en los adorables viajes de antaño por Europa con papá y mamá. Ahora soy un rentista pobre. Escribo –mucho– para mí y leo para la gloria. Lampedusianamente. Y nunca pienso ponerme a trabajar. Eso ni pensarlo siquiera, jamás.

A veces en mis poemas, como una estrategia de disposición retórica y de efectos de impresión en el lector, exagero las notas despreciativas y agresivas hacia los diferentes a mí, pero mi natural (os lo aseguro) es de simpatía y bonhomía y serenidad. Si desprecio a los demás es porque también me desprecio a mí mismo. Triste destino ser pobre habiendo sido rico.

Ahora mi riqueza es de carácter, de cultura, de nostalgia y sutilezas. El mundo registra fácilmente ideas nuevas; más dificultosamente registra experiencias nuevas. Mi experiencia es de apocalipsis, decadencia, caída y derrumbe. Mi mundo se desmoronó y vivo como en un helado exilio. Mi vida consiste en limpiar de nieve los escarpines de la zarina y defenderla con mi vida de los lobos. Huimos por la estepa en un trineo blanco y recio. Cae cellisca de las nubes. Detesto lo nuevo.

Este mundo moderno no será castigado; es el castigo mismo.

Dos citas de Nicolás Gómez Dávila, aforista del lujo «glacé»:

«Los parlamentos democráticos no son recintos donde se discute, sino donde el absolutismo popular registra sus edictos».

«Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos».

«Toda apología debería ser considerada un asesinato por entusiasmo» escribió ese maestro de estilo y pensamiento llamado De Maistre.
No podemos sustraernos a los estragos del tiempo. El tiempo lo cambia todo y los ríos no remontan hacia sus fuentes. Solo puedo lamentarme como Taine «¡Ay! Dios mío, ¡qué tontería habéis hecho al ponerme en el mundo!»

La democracia actual en verdad que es el patético envilecimiento de un antiguo gran amor.
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Grosero y vulgar y zafio se vuelve –ya es– el mundo, lleno de patologías: embarazos de adolescentes, borracheras en la vía pública, sadismo y gozosa malignidad en una cada vez más extendida cota de crimen, drogadicción, abortos, enfermedades mentales, enfermedades venéreas, intimidación, abandono, violencia, agresividad… No poco abundan mocosas y mocosos mimados y tiránicos, ególatras, quejicas, petulantes, deshechos y demandantes.

Una cultura muy grosera crea personas muy vulgares. Nada escandaliza. Todo está permitido. La única convención popular es el hedonismo más chancho y acabar con cualquier tipo de convención.

Decidí, con mamá, vendernos uno de los dos pisos de Cataluña y venirnos a nuestro pazo orensano en el campo feudal, silencioso y hondo. Y aquí morir. Parece que la gente deja de conocer el movimiento natural del corazón humano. Me voy. No espero que esto mejore.

Savonarola terminó sus días en la hoguera, inmolado por el mismo populacho cuyas emociones había sabido despertar antaño tantas veces. Por si acaso, he de recluirme en mi privada Royal Society o particular Académie Royale des Sciences. Los vulgares hacen demasiado ruido en el mundo. La chusma es propensa a todos los yugos y atrocidades. No espero que esto mejore.

Esto no tiene ningún viso de mejorar, no. Me encierro en mi jardín y en mi biblioteca. Cuidaré de mamá (onorate l´altissima bellezza) y con Petrarca declaro definitivamente: «Yo mismo he comprobado que mi espíritu en ningún lugar está tan feliz como entre bosques y montañas, y entre libros». Es bueno esperar y morir en medio del aire salobre del gabinete de estudio.

Aquí os quedáis, hooligans, esos ladies and gentlemen modernos de parque dominical. Cada lanero a su telar. Lâme, cest moi. Vivir estudiando (y retirado) es expresar la virtud más alta.

Es imposible que esto mejore hasta dentro de un par o tres de siglos.

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Fulgurantes palabras:

«Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y en definitiva su santidad, que si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos, cancelaría también la memoria de los hombres»

Cardenal Besarión

El verdadero sentido de la vida es apreciar los libros, la belleza y el estudio.
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Como que no saben tocar el violín, tocan la pandereta.

P.S.

(i) Se otorga a las mentes el placer de lo impropio. La rúbrica de esta Era acaso sea ir mal vestido, andrajoso, y sucio y sin lavar para más inri. La plaga del sincorbatismo y el tuteo, la manifiesta informalidad tabernaria, asolan las maneras modernas. En lugar de beber en una copa se chuperretea por el gollete, en vez de la solemnidad de las ceremonias religiosas se prefiere (divierte más) casarse en Las Vegas.


Los placeres de lo informal, de la carencia de formas, las admito en mentes artísticas y creativas, imbuidas de un poderoso anhelo de lo ilimitado (tipo de deseo a favor del infinito fáustico que a algunos les permite grandes averiguaciones espirituales o científicas o artísticas), pero en mentes vulgares eso se traduce solo en un mero odio a las limitaciones y constreñimientos, a las reglas y el orden, resuelto todo entonces en un pueril querer hacer de la capa un sayo.


Pero cualquier estructura antropológica u organización (familia, empresa, Administración, Universidad, Estado, etc…) sino está atravesada de normas (más abstractas) y sobre todo de formas que permitan el feliz intercambio de valores, ideas o costumbres, propende al caos y la entropía o disolución.

Por ejemplo una Universidad o familia donde se es faltón, maledicente, agresivo, y contestario, donde no hay disciplina ni mandatos que reglamente humanamente las interacciones (sin, insisto, agresividad, burlas ominosas o lo que fuera), entonces es tal el displacer o caos experimentado que uno solo desea huir o encomendarse a la Virgen.


Las formas son la argamasa, la savia, el quid de una civilización. Al entrar en un ascensor lleno nos desplazamos en un ballet inconsciente para dejar paso al nuevo vecino porque hemos asumido inconscientemente formas. Hacemos fila en la cola del supermercado y no nos apelotonamos como salvajes sobre la cajera, porque aprendimos formas. En el entierro de nuestros padres no nos presentamos drogados, borrachos y semidesnudos porque aprendimos formas. No nos casamos vestidos de Elvis ni nos entierran con la moto Harley porque somos formales. No le lanzamos un puñetazo a quien sustenta una opinión discrepante a la nuestra pues nos preciamos de civilizados. Al cortejar a la amada seguimos un ritual de formas. En un parlamento hay (o debieran haber) deliberación racional y exquisitas formas. A la hora de comer los cubiertos y las copas conspiran en unas organizadas formas.


Mi percepción (sesgada; vivo aislado en una aldea y encima convivo con una inusitada familiaridad con mis propias hipótesis) es que la civilización moderna es muy impropia e informal. Los Rufián e Iglesias (por citar a los más pintureros), los jóvenes de manera acusada, hacen defección de la educación. Abundan Napoleones kitsch, humanos como figuritas de Lladró, abunda la insoportable España tatuada.


En los jóvenes particularmente existen una serie de «instituciones» que los marcan con más perdurabilidad y eficacia que el buen sentido, aflojando la influencia de las imprescindibles formas cívicas y el civismo y la educación, «instituciones» como las redes sociales, Internet, los videojuegos y videoconsolas, los cómics, la televisión, el telefonino, la tablet y el Ipod, la pandilla, las discotecas, el haxix y muchas otras drogas, el sexo desenfrenado (conejero y cinegético), la anti-humanista música coribántica, los conciertos, la literatura basura, incluso me atrevería a decir que también el deporte y un gusto desmedido por el mismo.


Así, un jovencito o una damita (muchos muy hermosos físicamente y no pocos también con buen fondo moral) suelen conducirse como asilvestrados (tutean al profesor o camarero que les triplica la edad, ponen los pies en el asiento de delante del tren, beben durante el botellón como si no existiera un mañana, no limpian sus habitaciones o las ordenan, bah, a qué seguir.

En infinidad de escritos de mis redes aduje pruebas, insinuaciones si se prefiere, sobre el medievalismo anti-ilustrado que sufrimos. Hoy señalo un tema cotangente. Una civilización sin formas (igual que ignorante) se corrompe y declina hasta su anonadamiento.

El civismo, la urbanidad y la buena educación no son patrimonio de la burguesía sino del Occidente mismo (léase El proceso de civilización, de Elias)


El estilo popular anti-informal conspira contra Eliot, Shakespeare, Virgilio, Dante, Newton y Gauss para sustituirlos por María Teresa Campos, David Bisbal, Kiko Matamoros o Yola Berrocal. Cuando Churchill estuvo de joven en Egipto se imbuyó de lecturas clásicas y de Gibbon. Tácito y Gibbon -a través de Churchill- nos ayudaron a ganar la segunda guerra mundial.


Si usted no se ducha, no se pone corbata, escupe en la calle, se viste con jeans rotos y con parches y con el dobladillo desgalichado, no solo muestra un explícito rechazo a la elegancia, no solo indica -con ese egotismo esnob- falta de sensibilidad para con los terceros (yo me perfumo TAMBIÉN para no ofender narices ajenas), si usted, decía, abdica de la formalidad (y esta es una conexión más difícil de observar) está construyendo una civilización alternativa en que Rufián y Trump arrasarán con la delicadeza, la capacidad, el logro, la herencia y los éxitos de lo mejor de largos siglos.


Acaso el derrumbe de la civilización burguesa y su sustitución por una civilización popular semi-analfabeta se haya dado ya.


NOTA BENE: Los artistas, no nosotros, no solo deben ser informales y no ortodoxos (desde el punto de vista mental ante todo), sino que también son custodios de la heterodoxia y la herejía. Para desgracia de muchas de sus vidas, aunque suene lo anterior «too romantic«.


(ii) A mi juicio esta peste enfatiza y agudizará el ocaso, el crepúsculo y declive de Occidente. Un McWorld con una acelerada desigualdad económica y social (depauperación y proletarización de la clase media, dominio avasallador de las élites plutocráticas), decreciente conciencia y calidad intelectual (infantilización y abrumadora banalización de la cultura, crisis astronómica de la escuela y la Universidad, barbarie mental y orgullo público del sandio por ser eso mismo: ignorante y sandio), y muerte del espíritu (apología del sensacionalismo y la chismografía, abundancia de hombres huecos como si estuvieran solo rellenos de paja, aparición en el escenario social de costumbres inanes y vacías, de puros gestos sin contenido, pérdida de crédito de la ley y lo sólido, enemas emotivos y supersticiosos de una espiritualidad de autoayuda, derrumbe del canon estético, etc..) .

Un universal bibelot kitsch en la mente de los hombres donde todo contiene mensajes comerciales y donde se vive una supresión sistemática del silencio y la lentitud. Donde abunda lo estúpido, falso, torpe, lo sin talento, vacío y aburrido y que la gente alienada cree elegante, genuino y brillante (léase programas de telerrealidad o talk shows, música sentimental en la radio, deportes gregarizadores o colectivizadores donde la horda se animaliza en manada gutural, el fraude de novelistas que derrotan el pensamiento y aniquilan la retórica por la simple adrenalina agramatical, los millones de irrelevantes y deslucidos contactos en las redes sociales).

No es ya que no se sepa distinguir basura de calidad, es que se toma la misma basura como calidad ¡Qué escasa es la inteligencia en el mundo real! !Qué pobre el espíritu! Con esta cultura y espíritu de broma la identidad personal aparece ya como un cadáver.

Telenovelas, concursos, películas, Instagram, Netflix, Smartphone, el alma convertida en rosas palomitas de maíz kitsch e industriales pizzas a domicilio.


O sea, incremento de la pobreza, brutal ignorancia, y kitsch vital. ¿Qué planes tengo entonces? La solución monástica; salvar mi vida y conservar así lo bueno de la civilización y transmitirlo en la medida de lo posible, como hicieron los monjes irlandeses en la Alta Edad Media.

¿Cómo? Resistiéndome al orden corporativo comercial planetario, evitando ser un homo videns y reivindicando la Era Tipográfica frente a la Era Electrónica, diferenciando la realidad de un parque temático, denigrando la manufacturada opinión pública y odiando la vulgarmente hedionda telebasura, no compaginando con la insidiosa y deplorable moda «New Age» y centrando mi sabiduría en los clásicos (buscar inspiración no en las palabras imbéciles irracionales de gurús multimedia sustitutas del mero ruido, sino en Platón, Montaigne, Quevedo, Goethe, Wordsworth, Jane Austen, Mann, Huxley, Azorín, Cernuda, Gómez Dávila, Borges, Tácito, Tucídides, y todos sus pares), saber que Internet es una mera herramienta y nunca un estilo de vida (conocer perspicazmente tanto sus innumerables peligros como sus poderes), buscar desinteresadamente la verdad y desistir del infecto y pedregoso posmodernismo que tanto niega la verdad como el ideal de verdad, cultivar el arte (afinar el gusto y elaborar la sensibilidad), usar el pensamiento crítico y aprender a ponderar y dirimir acercando a mí aquello que los genios han expuesto tan diligentemente, guardar la mente del moderno oasis de distracciones buscando los bienes de Dios que están contenidos en el corazón meditabundo y solitario (es una obligación no ser perezoso ni necio), escribir para la posteridad, no para la efímera lista de best-sellers, ir a buenos museos de arte y no ver las comerciales Pocahontas o Spiderman (¡cuánto cachivache de mercandaching!), o no visitar símbolos estrafalarios y esperpénticos como Las Vegas, no llevar a mis hijos los fines de semana a Ikea o al Centro Comercial sino llevarlos de acampada o a las bibliotecas.

Mis planes para la nueva normalidad son convertirme en un monje laico, en una especie de humanista ilustrado (en mi medida muy humilde y muy limitada)
Y la obra de Álvaro Cunqueiro (artículos, novelas) pertenece muy felizmente a esa vocación alta e ilustrada, porque es un clásico, es decir, algo que debe perdurar y conservarse en el tiempo, algo que en nuestras celdas monásticas lujosamente estudiamos y gozamos, por su decidido relumbre estético e imaginativo. Cunqueiro debe leerse en el bachillerato desplazando a memeces como «Manolito Gafotas» o «Harry Potter».

A. C. evita que los habitantes del planeta nos convirtamos en simios con una semi-habla, incapaces de analizar un argumento o cohesionar en una secuencia lógica tres ideas. Para sobrevivir como individuos debemos leerle. La escuela no enseña (la nueva y mentecata pedagogía desprecia el conocimiento a favor del desarrollo de espectrales y vaporosas habilidades), la disciplina casi no existe, la autoridad se mira con reticencia, la filosofía, la historia y las lenguas se abandonan, se descuida la escritura y la memoria, ¿debemos creer ineludible esta vulgarísima y chata uniformidad humana?

O buscamos un elitismo para todos o la decadencia será vertiginosa. Pero eso es muy difícil; la Edad Oscura avanza incontenible. Como monjes confinemos a los A.C. en pequeñas islas de arcaica pero férrea conservación.

Los monjes contemporáneos tenemos una suerte de irrestricta religiosidad inveterada; postrarnos ante los genios y la alta cultura.

La buena vida constituye una prelación y jerarquización previo análisis minucioso del mundo. Álvaro Cunqueiro, Platón, Gibbon, Fray Luis de León, Auden, Larkin, etc… se yerguen contra el colapso de nuestra inteligencia.

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