Burton 161

«Camisas de lino grueso, de seda fina y de franela; camisas con rayas, con arabescos, con cuadros escoceses y de color coral, verde manzana, lavanda y naranja pálido…». Sedas, chales, guantes y sombreros de Emma Bovary.

Cambiarse las Birkenstock por unas bailarinas antes de la entrevista demuestra que el ser humano, incluso el más seguro, necesita ajustar su «disfraz» para controlar la impresión que causa en el otro.

Por su carácter fluctuante, su esnobismo intelectual invertido —alardear de no ver a Pasolini frente a su educación elitista— y su fascinación por la elegancia, Milena Busquets encaja perfectamente en una amalgama de dos personajes de Proust: Oriane, la duquesa de Guermantes, y la faceta más mundana de Charles Swann. Es un error garrafal creer que la moda es superficial. Puede que lo sea, pero al menos no es tan superficial como el pensamiento.

Yo recuerdo a papá con unos zapatos ingleses de New & Lingwood hechos a medida, de un cuero negro tan flexible que parecía una segunda piel, pulidos hasta alcanzar un brillo sordo que solo el verdadero dinero puede comprar. Su traje, una franela gris de raya diplomática cortada en la propia Savile Row, se asentaba sobre sus hombros con absoluta naturalidad. El corte inglés de la sisa, alto y estrecho, le permitía moverse sin que la chaqueta se descolocara un solo milímetro. Cosas de ejecutivos.

En Proust, la verdadera elegancia consiste en no dejar ver nunca el esfuerzo.

Burton 160

«En la ciencia no hay «profundidades»; hay superficie en todas partes: todo lo experimentado forma una red compleja que no siempre puede ser abarcada con la mirada, pero que puede ser desbrozada en principio. Todo es accesible al hombre; y el hombre es la medida de todas las cosas. La concepción científica del mundo no conoce enigmas insolubles. La clarificación de los problemas filosóficos tradicionales nos conduce, en parte, a desenmascararlos como pseudoproblemas y, en parte, a transformarlos en problemas empíricos», leo, y parafraseo a mi manera, en el manifiesto del Círculo de Viena.

Es esencial esa corriente que exige la claridad y la argumentación explícita. Clarificar nuestros pensamientos para que no sean opacos ni difusos. La claridad no es una virtud menor en la filosofía o en el periodismo político; es la condición misma de su progreso. Cuando un argumento se sumerge en la oscuridad de la metáfora no analizada o en la complejidad sintáctica innecesaria, pierde su derecho a ser considerado un intento de alcanzar la verdad y se convierte en mera retórica. Ignacio Camacho enuncia sus tesis dejando claros los compromisos que está asumiendo y qué consecuencias se derivan de ellos. La vaguedad suele ser el refugio de los argumentos que no soportarían la luz de un análisis riguroso.

La palabra es plural. Milton o Ferlosio escribían con una prosa conscientemente barroca; utilizaban el hipérbaton y la inversión sintáctica heredada del latín para subordinar la velocidad de la lectura a la majestuosidad del ritmo. Milton y Ferlosio (y muchos otros) funcionan mediante la subordinación infinita y la simetría arquitectónica. Ferlosio no encadenaba oraciones cortas; construía periodos sintácticos gigantescos inspirados, acaso, en Cicerón, donde el verbo principal de la frase puede aparecer tras diez líneas de incisos, oraciones relativas y ablativos absolutos.

Lo dicho. Camacho pertenece a la feliz estirpe de los transparentes. El lenguaje es plural; la literatura es plural. Permítanme desde aquí mandar un cálido saludo al riguroso maestro Ignacio Camacho.

Burton 159

Estimada Rosa Belmonte:

Tu prosa avanza a golpe de frase corta, punzante y con un ritmo sincopado; a golpe —glups, glups— beat, buscando la complicidad, a veces cínica, del lector. Es una prosa sentenciosa, paratáctica y de remate epigramático cuyos antecedentes pueden rastrearse hasta la Antigüedad tardía y el alto Medievo latino.

Enodio de Pavía (siglos V-VI) cultivó una prosa hecha de martilleos breves a base de yuxtaposiciones, cambios repentinos de registro y frases que funcionan casi como proyectiles: «Brevitas saepe plus pungit quam longa oratio» («La brevedad hiere a menudo más que el largo discurso»). Rítmicamente, veo también homologías clarísimas entre tu escritura y la de Isidoro de Sevilla.

Pensando —y salto ahora varios siglos— en tu ritmo eufónico, saltarín, y en esa fusión de alta cultura con cultura pop, encuentro contigo cuatro paralelismos fascinantes: Félix Fénéon, Jean-Patrick Manchette, Leo Perutz y Albert Cossery. Todos ellos, admirables escritores de culto.

Mi carta telegráfica solo pretendía discurrir sin perplejidad, más que delirar con valentía. «Verba docent, exempla trahunt» («Las palabras enseñan; los ejemplos arrastran»). «Qui multa loquitur, saepe veritatem amittit» («Quien habla demasiado, pierde con frecuencia la verdad»). En la conversación tabernaria hispana se mezcla hoy a Lamine Yamal con Smaragdo de Saint-Mihiel.

Se despide de ti,

un servidor, un esclavo, un admirador, un amigo, un siervo.

Atentamente,

Aleix Leví Carballo.

P. S.: Como escribió Bernardo de Claraval: «Mente humilde, vida honesta, palabra amable». No parece máxima baladí.

Burton 158

Pasan las horas iguales, monótonas y gemelas. Estiro las piernas, leo, escucho un poco de música, veo algo de cine; ningún amigo y ningún amor. La ginebra en la petaca, bien fría, y el sabor mielado y sutilmente aromático del Marlboro que fumo en la estación de Pontevedra. Soporto mis malas horas como piedras sin desbastar. La desdicha no es necesario cultivarla: se encuentra sola. La gente me decepciona. ¿Salir por ahí? Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen.

Nada es premium.

Burton 157

Diego de Saavedra Fajardo, en sus Empresas políticas (1640), ya advirtió de que la mayor dolencia de una monarquía ocurre cuando el príncipe muda la sustancia de las leyes por la mera tramoya. Vir sine officio poena est iis qui reguntur.

Me irrita la confusión y la chapuza, no las verdades más dolorosas. Bajo las estrellas, solo deseo pasear y soñar como un dios. Viví con intensidad, amplitud, quizá con algo de solitario tumulto, pues presté poca atención a las formas de vida puramente externas. La contemplación es el único lujo que no cuesta nada.

Al leer, contemplo. Estos días leí dos obras: Esquizofrenia. Hacia la transformación cuántica del narcisismo patológico de Sánchez (Editorial Síntesis), de varios autores, y Un tratado de melancolía, de Timothy Bright, editado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría. El primero está lamentablemente escrito: posee una prosa tambaleante, catastrófica, carente de ritmo y con garrafales errores de estilo. Es redundante, monótono y abusa de los adverbios terminados en -mente. Un libro muy aburrido; su tesis, en cambio, es ciertísima.

Al contrario, el de Bright, pese a que su medicina está desfasada y superada, tiene la gracia de los pioneros. Es el primer libro escrito en inglés sobre la tristeza y el antecedente primigenio de un tema que tendría como colofón el largo, erudito y famoso ensayo Anatomía de la melancolía, escrito en el siglo XVII por el clérigo y sabio —igualmente inglés— Robert Burton. Bright se matriculó en el Trinity College de Cambridge el 21 de mayo de 1561 y se graduó en Artes en el curso 1567-1568. Shakespeare lo consultó cuando escribía Hamlet en busca de asesoramiento para trazar el carácter melancólico de Ofelia. Por cierto, Bright escribe en la página 79 (valga una pincelada de humor): «los testículos de gallo joven proporcionan un buen alimento para los melancólicos».

El excursus viene a cuento porque, consultando alguna libreta de mi Tagebuch, encontré una joya del Nilo: un pasaje de Los Mutantes, de Alexander Grothendieck, uno de los mayores genios matemáticos de la humanidad. En sus últimos años de aislamiento en Lasserre, escribió miles de páginas donde mezclaba matemáticas complejas con delirios sobre un Dios burócrata que medía el mundo con un «techo» invisible. Esta cita real de sus textos tardíos describe a la perfección a un Gobierno que presenta números sabiendo que son imposibles:

«La gran parodia de nuestro tiempo es creer que los números representan cosas que existen. Los administradores actuales han aprendido a operar con el ‘conjunto vacío’. Construyen estructuras gigantescas, aprueban decretos, anuncian sumas astronómicas de dinero y presupuestos solemnes que pertenecen enteramente a la categoría de lo inexistente. Es la matemática del fantasma: se mueve la noria, se agita el aire, se gasta la tinta, pero la sustancia es cero. El gobernante se convierte en un geómetra de la nada, un prestidigitador que nos obliga a mirar el escenario donde se representa una acción que jamás se consumará, pues el propio suelo sobre el que pisamos ha sido despojado de su base real».

La prosa del mundo.

Burton 156

Mi mente se extravía como una gaviota dentro de la turbina de un avión: bichos devoran el papel entre los libros. No sé discernir entre Aleix Leví y el Tractatus de silentio legentium de Melchior Alvarus (siglo XVII), ni la Summa de libris non scriptis de Giovanni Luminatus (siglo XV). Mi mente siente pavor: o me hacen Papa o alcalde de la pedanía de mi pueblo; incunables y escudella i carn d’olla.

Muevo el caballo de ajedrez.

Humphrey Quill no fue miembro fundador del Scriblerus Club, pero aparece citado en una carta tardía atribuida a John Arbuthnot como “a severe gentleman of the margins, who hates dulness as physicians hate fevers”. La tradición sostiene que Pope lo apodó “the Rural Scalpel” por su gusto en diseccionar a los autores mediocres con precisión quirúrgica. Su adversario favorito fue Edmund Pounce, autor prolífico de novelas sentimentales, almanaques morales y biografías instantáneas de celebridades efímeras. La disputa culminó en el libelo A Modest Rebuke to the Grub-Street Muses (1731). Vivo bajo el temor insoportable de escribir un panfleto contra Trump e Infantino y ser conducido ipso facto a Guantánamo.

Otra vez muevo el caballo.

Fadrique Furió Ceriol, en El Consejo y Consejeros del Príncipe (1559), destaca la importancia de la corte y el boato para deslumbrar a sus súbditos y aliados. El rol itinerante de Infantino, organizando eventos faraónicos y mezclándose con figuras políticas de alto nivel, encaja perfectamente con aquel manual renacentista.

Les temps nouveaux et anciens.

P.S.: Un abrazo, Rosa.

Burton 155

Aunque Maturana juegue a la improvisación y a ir «con el coño fuera» (lo que demuestra una enorme seguridad en sí misma y frescura), debajo late una mente con un bagaje cultural e intelectual afilado. Es una introvertida asertiva, una intelectual que juega a ser pasota y una creadora punk con un pragmatismo comercial impecable. Su mayor virtud es que se niega a ser un producto empaquetado para el consumo rápido; prefiere mantener sus recovecos, sus dudas y su derecho a contradecirse. Una artista en formación. Me cayó muy bien.

Desearía glosar la respuesta a su entrevista con mis modales arcaicos, propios de un dinosaurio. A propósito de su confesión: “Bueno, tampoco he cambiado tanto, soy una persona muy introvertida y siempre preferiré el silencio. Nunca me ha gustado, ni me gusta, ser el centro de atención”, nada mejor que acudir a la Patrología de Migne.

Buscar el silencio en el siglo XXI es el equivalente moderno a retirarse al desierto de la Tebaida en el siglo IV: un intento desesperado por proteger los «recovecos» del alma frente a una industria que exige que seamos esferas lisas, expuestas y transparentes las veinticuatro horas del día.

Valga al respecto este convoy de citas:

«Así como la lengua del hombre está lista para hablar, de igual modo debe encontrar en el silencio su fortaleza. Aprendí a callar para que aprendas a hablar; para que tu voz no sea vacía cuando deba ser útil».

— Ambrosio de Milán, De Officiis Ministrorum, PL 16.

«Ama ser ignorado y ser tenido en nada; esto es más saludable para ti que ser inflado por las alabanzas de los hombres. Que el silencio sea para ti como un muro, para que el tumor del mundo no se infiltre en ti».

— Jerónimo, Epistulae, Epistula CXXV ad Rusticum Monachum, PL 22.

«La lengua que habla continuamente en público se derrama hacia fuera, y se deja a sí misma vacía por dentro. Por lo tanto, se debe custodiar el silencio, para que en él la mente recoja lo que dispersó a través de las palabras».

— Gregorio Magno, Regula Pastoralis, Pars III, Cap. XIV, PL 77.

P.S.: Un saludo cariñoso a Mariang.

Burton 154

Estimado David:

La precisión en la palabra, la claridad en el trazo y la generosidad con el lector no son síntomas de una mente superficial, sino el triunfo de un escritor que ha logrado domar la densidad del caos para entregarla, limpia y luminosa, a la inteligencia de los demás. Escribir difícil es, a menudo, mucho más fácil que escribir sencillo.

Tú te vistes con ropajes inteligibles. Te liberas de trabas fastidiosamente académicas. La novela de gran alcance no necesita de oscuridades ni de laberintos verbales para conmover; le basta con reflejar el latido de la existencia común con la dignidad que da la observación sincera. Cualquiera de tus lectores se siente interpelado. Debajo de la superficie de tu obra late una melancolía y una agudeza intelectual que obligan a reflexionar sobre la ética, la política y la soledad; es decir, sobre la vida (Arnold decía que la literatura es una crítica de la vida).

Honesto. Sin pretenciosidad. Poniendo el bisturí a la decepción, a la ternura y al cinismo desde un prisma humanista. Y, como articulista, heredero de Pla, Chaves Nogales y acaso Espinàs.

«Quien conoce el dolor ajeno ya no juzga con la misma medida», escribió Gilbert de Hoyland, un monje inglés del siglo XII, autor con el que tienes un aire de familia, al igual que con Aelredo de Rievaulx (la misma ternura racional), o también con Hugo de Fouilloy y Hélinand de Froidmont (perdona la extravagante y pedantuela erudición a la violeta).

El olvidado, y quizá otro sosias tuyo, Pierre-Henri Simon, dijo: «Me niego a creer que la profundidad de una obra se mida por la opacidad de su lenguaje o por su capacidad para eludir al lector común. Hay una aristocracia del espíritu que consiste, precisamente, en hacerse comprender por todos sin rebajar la exigencia del pensamiento. La gran literatura es hospitalaria: utiliza la palabra limpia, el ritmo natural y la observación sincera de la cotidianidad para desvelar los misterios más complejos del alma humana. Escribir con claridad es un acto de generosidad y de respeto hacia el prójimo; es tender un puente en medio del caos. El arte que se encierra en laboratorios verbales acaba hablando solo para sí mismo, estéril y frío. El arte que sobrevive es el que se mancha las manos con la realidad de la calle, el que acompaña al hombre en su soledad y le ofrece un amparo comprensible contra la desesperación».

El genial Eliot fue acerbo con Henry James. En una frase aguda y «recargolada», le acusó de tener una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla. Tú, para mi felicidad, profanas mi mente desde hace años.

Un saludo muy afectuoso de

Christian Sanz

Burton 153

El mucílago de cacao, nos informa la enciclopedia, también conocido como pulpa de cacao, es una sustancia blanca y viscosa que rodea las semillas de cacao dentro de la mazorca. Compuesto principalmente por agua, azúcares y ácidos, tiene un sabor tropical, dulce y refrescante que recuerda a frutas como el lichi, la piña o el mango. Los cocineros lo aprovechan para postres y bebidas.

¿A qué sabe el chocolate? Vaya por delante una curiosidad; el primer recuerdo que tengo de mi vida es el de estar subido en una especie de tonel comiendo chocolate. Sabe a terciopelo montado a un castaño sombrío. A dulzor melindroso de sol tropical. A viento que arrastra hojas de cupuí por el suelo.

Burton 152

Tiene toda la razón: la Declaración de Independencia de 1776 no se escribió en el vacío de la teoría liberal moderna, sino bajo el peso de la oratoria clásica. Los Fundadores no solo buscaban romper con un rey; buscaban sonar como Cicerón denunciando a Catilina o a Marco Antonio.

A veces pienso que dos altoburgueses reunidos casualmente en un expreso a principios del siglo pasado podían mantener una conversación con referentes compartidos: Demóstenes, la Biblia, Tácito, Cicerón, Shakespeare, Cervantes, Quintiliano, Agustín de Hipona, etcétera. Todo ese mundo común voló por los aires.

A veces, aunque suene muy utópico, pienso que urge una educación clásica para nuestros políticos. Esa formación no es un adorno elitista, sino una caja de herramientas para evitar la catástrofe, una vía de supervivencia institucional que la política actual ha perdido.

La educación clásica ponía la retórica en el centro, pero no entendida como el «hablar mucho para no decir nada» —el vicio insoportable de hoy—, sino como el arte de la persuasión moral y de la argumentación sólida e incluso estéticamente elegante, algo acuciante dado el paupérrimo nivel que pulula en los parlamentos.

Polibio explicaba la anaciclosis: el ciclo por el cual la monarquía degenera en tiranía; la aristocracia, en oligarquía; y la democracia, en oclocracia, antes de colapsar de nuevo en el poder de un solo hombre fuerte. Los antiguos anteponían el bien de la res publica al interés personal o de facción. Sabían que el sistema que estaban creando fallaría si los líderes carecían de virtud. Estas enseñanzas deberían cruzar el espacio y el tiempo.

En sus famosas Filípicas, Demóstenes fustigaba a los atenienses por quedarse de brazos cruzados esperando que los problemas se resolvieran solos. Isócrates veía que las ciudades-estado griegas se estaban destruyendo entre sí por odios partidistas y guerras civiles (la stasis). Mayor actualidad, imposible. Así también, quien conoce la guerra del Peloponeso aprende que las democracias pueden dejarse arrastrar por la demagogia; y quien ha estudiado a Aristóteles sabe que toda constitución contiene tendencias internas hacia su autodegeneración.

La educación clásica era una escuela del juicio. Todo ello no garantizaba buenos políticos —la Antigüedad está llena de hombres cultísimos que fueron tiranos o corruptos—, pero sí elevaba el nivel intelectual del debate. La diferencia es importante. La cultura no hace virtuoso a nadie; únicamente reduce la probabilidad de que la ignorancia gobierne sin advertir siquiera sus propios límites. La educación clásica obligaba a pensar antes de hablar. Enseñaba a desconfiar de las soluciones simples para problemas complejos y recordaba que casi todos los conflictos contemporáneos poseen precedentes, analogías y advertencias dispersas en dos milenios de experiencia política.

Una utopía.

P.S.: Felicidades por el artículo.