Diego de Saavedra Fajardo, en sus Empresas políticas (1640), ya advirtió de que la mayor dolencia de una monarquía ocurre cuando el príncipe muda la sustancia de las leyes por la mera tramoya. Vir sine officio poena est iis qui reguntur.
Me irrita la confusión y la chapuza, no las verdades más dolorosas. Bajo las estrellas, solo deseo pasear y soñar como un dios. Viví con intensidad, amplitud, quizá con algo de solitario tumulto, pues presté poca atención a las formas de vida puramente externas. La contemplación es el único lujo que no cuesta nada.
Al leer, contemplo. Estos días leí dos obras: Esquizofrenia. Hacia la transformación cuántica del narcisismo patológico de Sánchez (Editorial Síntesis), de varios autores, y Un tratado de melancolía, de Timothy Bright, editado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría. El primero está lamentablemente escrito: posee una prosa tambaleante, catastrófica, carente de ritmo y con garrafales errores de estilo. Es redundante, monótono y abusa de los adverbios terminados en -mente. Un libro muy aburrido; su tesis, en cambio, es ciertísima.
Al contrario, el de Bright, pese a que su medicina está desfasada y superada, tiene la gracia de los pioneros. Es el primer libro escrito en inglés sobre la tristeza y el antecedente primigenio de un tema que tendría como colofón el largo, erudito y famoso ensayo Anatomía de la melancolía, escrito en el siglo XVII por el clérigo y sabio —igualmente inglés— Robert Burton. Bright se matriculó en el Trinity College de Cambridge el 21 de mayo de 1561 y se graduó en Artes en el curso 1567-1568. Shakespeare lo consultó cuando escribía Hamlet en busca de asesoramiento para trazar el carácter melancólico de Ofelia. Por cierto, Bright escribe en la página 79 (valga una pincelada de humor): «los testículos de gallo joven proporcionan un buen alimento para los melancólicos».
El excursus viene a cuento porque, consultando alguna libreta de mi Tagebuch, encontré una joya del Nilo: un pasaje de Los Mutantes, de Alexander Grothendieck, uno de los mayores genios matemáticos de la humanidad. En sus últimos años de aislamiento en Lasserre, escribió miles de páginas donde mezclaba matemáticas complejas con delirios sobre un Dios burócrata que medía el mundo con un «techo» invisible. Esta cita real de sus textos tardíos describe a la perfección a un Gobierno que presenta números sabiendo que son imposibles:
«La gran parodia de nuestro tiempo es creer que los números representan cosas que existen. Los administradores actuales han aprendido a operar con el ‘conjunto vacío’. Construyen estructuras gigantescas, aprueban decretos, anuncian sumas astronómicas de dinero y presupuestos solemnes que pertenecen enteramente a la categoría de lo inexistente. Es la matemática del fantasma: se mueve la noria, se agita el aire, se gasta la tinta, pero la sustancia es cero. El gobernante se convierte en un geómetra de la nada, un prestidigitador que nos obliga a mirar el escenario donde se representa una acción que jamás se consumará, pues el propio suelo sobre el que pisamos ha sido despojado de su base real».
La prosa del mundo.