Diario de un esquizofrénico IV

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(Monólogo del mono loco. Solo)

En mi soledad hay un barro bizarro y pitañoso, mejor será que vuestra acebollada compañía.

La soledad no es buena ni mala, sino un punto de intensa y atemporal autoconciencia, un comienzo nuevo de sensibilidad; te pone en íntimo contacto con tu propia existencia, y, si no fuera esquizofrénico, con los demás en un sentido fundamental. Tampoco negar que la soledad va unida a peor calidad de sueño, mucosidades, humores negros, que dificulta la concentración y la memoria, y cambia la estructura del cerebro (menor conectividad en el lóbulo parietal inferior, en la ínsula anterior derecha, en la unión temporo-parietal, en surco temporal superior y corteza prefontal dorsomedial)

“La soledad es la lepra del siglo XXI” The Economist. Pero los rendimientos de gran carácter solo pueden formarse con la soledad. Solamente allí hay solidez de pensamiento, generación fluida de ideas creativas, auto-discernimiento, afición a la actividad meditativa, aburrimiento de la indolencia o la nadería vacua (un solitario ilustrado detesta la televisión), y propensión (acaso, si Zeus lo quiere) a un carácter heroicamente sabio. No siempre se dan estas notas positivas. Ahora la tecnología regula el ritmo de nuestras vidas y la adicción internáutica (evitando los momentos de soledad) nos bombardea incesante, abrasiva. Cambiamos placeres fugaces y ventajas pueriles por no recuperar nuestros propios recursos, nuestros propios y no plebeyos –recalentados en los media– pensamientos; un tipo de ocurrencias inaccesibles al ser tecnológico o tertuliano. Estoy convencido que en la época medieval o victoriana no se producía el desamparo, ni angustia o ansiedad, aburrimiento y odio a la soledad, al confrontarte con tu yo íntimo. Science publicó en 2014 una investigación que revelaba que la mayoría de sus participantes, cuando se quedaban solos, empezaban a perder el control al cabo de entre 6 y 15 minutos, de tal manera que para sustituir la experiencia preferían aplicarse descargas eléctricas. Esta civilización papuda llegó a tal grado de decadencia que son preferibles las descargas a la soledad.

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La vida es soledad. Es falsa la alegre resistencia al dolor de la luz en los cócteles y de las almas unidas. La soledad me ha bendecido y preciado alrededor de 40 años, como un matrimonio con una bonita pulsera en común. Pero sé que lloraré al ver la butaca vacía donde se sienta cada día mi madre. Mi espíritu convulso solo lo ha toqueteado su amor tierno sin medida. Solo ella me ha querido y defendido. Esa ternezuela emplumada daría hasta su última gota de sangre por mí. Lo presiento. Mamá está bastante enferma. Abril será el peor mes para estar solo.

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Reescribo o reelaboro a un poeta medieval muy raro y nada conocido:


Sin tasa Dios me ha dado
melancolía en mi naturaleza,
soledad y pequeñez en mi casa.
Como la tierra fría y seca
será mi corazón renqueante,
desabrido, hosco, apocado.
No estimo mujeres ni gloria:
Saturno y el otoño tienen la culpa.



Un corazón de murciélago es talismán contra la somnolencia solitaria. Como la cola majestuosa de un ángel de Milton pócima frente a la tristia. Ahora en Navidad todo se cargará o recubrirá de imágenes de evasión, lucecitas, serpentinas y celofán, promesas de placer y felicidad perfectas y liberadas, signos que rezumarán gozo paradisíaco (las comilonas, las compras bulímicas, la muchedumbre apretada en las calles), y todo serán himnos al hedonismo, gasto, ligereza de vivir y comercialismo lúdico o derrochón. Solo me cabe citar a Molière: «Todos los hombres me son hasta tal punto odiosos que me enfadaría que me contemplaran como una persona prudente…Y a veces me invaden impulsos repentinos de huir a un desierto, lejos del contacto de los humanos…Voy a salir de un abismo donde triunfan los vicios, y buscar un lugar alejado sobre la tierra, donde ser un hombre de honor otorgue la libertad» Soy un lobo solitario asolado por la esquizofrenia, el sufrimiento, el resentimiento. José Rabadán, el asesino de la catana, confesó: «Quería estar solo en el mundo» ¿Un hikikomori strictu sensu? Aunque mi soledad se asocia a un trastorno psicopatológico busco solo descanso, reflexión y creatividad. Siempre tuvo gustos e intereses impersonales (mi fuente de felicidad no se cifra en amigos, amores ni familia) Brandeis, juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos, declaró: «El derecho a estar solo, el derecho que más abarca, es el más valorado por las personas libres«. La soledad es tonificante. No hay compañero más compatible con uno mismo. Y también atestigua la fe (los vínculos, los lazos) en el amor de los demás. No, no soy un psicópata como Rabadán. A menudo mis recuerdos se pueblan de ternuras sobre los seres que estuvieron cerca o no me quisieron mal, a veces para notar lo feliz que fuiste en una fiesta debes haberte ido de ella.

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No explicar, no adular, no aplicar enseñanzas. No abrazar el artificioso y obscuro signo o palpitaciones de los tiempos. Redondo en tu ser. No preocuparse por opinión ajena ni por moral convencional y ver lo que tienes ante los ojos, lo que oyen tus oídos, lo que te inspira el corazón. Una mónada. Donne afirmó que no somos una isla. Pero si el rasero eres tú mismo exclusivamente ¿Quién, aquí, podrá juzgarte? ¿Con qué criterio?

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«Me he resignado a vivir como he vivido, solo, con mi muchedumbre de grandes hombres que me hacen las veces de círculo de amigos, y con mi piel de oso, al ser yo mismo un oso» Gustave Flaubert

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Manicomio de Piñor, afueras de Orense. Racionan los cigarrillos y me dan el que me toca esa hora. El edificio huele a desinfectante. La locura hiede a Zotal en un oscuro cine porno. Bajo por las escaleras, salgo al patio, y camino alrededor de 300 metros para sentarme en un banco (mi banco) bajo un roble enorme. Me abrigo, aunque no hace mucho frío. A estas horas me molesta poco el tráfico de la carretera contigua fuera del sanatorio. Fumo y divago. Evito el pensamiento analítico. Me adentro en un ensueño diurno en este momento dulce de recogimiento. Paladeo el sabor del Ducados. Muy morosamente. Hundo la caña fuera del pensamiento común, de las concurridas avenidas o ríos habituales. Salto de un tema a otro como un caballo pirado de ajedrez. La imaginación es refrescante y rosácea, imitando el color de la luz filtrado por las hojas. Nada parece inevitable o necesario: no haberme casado, navegar por Internet, el resultado del fútbol, la enfermedad caprichosa. De repente, viniendo de la nada, en mi mente se dibuja nítida una estrella de mar que admiré embobado en una enciclopedia infantil hace 46 años. Siento plenitud, y paz. Veo gatos, garabatos, permanganatos, percibo el olor de la capa de nata encima de un vaso de leche. Pienso que me gustaría tener un perfume de colores, un Rolls Royce como prosa, y comprar una editio prínceps muy lujosa. Parpadea o cruje o gime una rama. Creo que las colillas son pedacitos de braguitas de algodón de chicas rubias con labios gordezuelos. Vienen, sin cómo ni por qué, unas líneas de Borges: “Hay tanta soledad en ese oro. / La luna de las noches no es la luna / que vio el primer Adán. Los largos siglos / de la vigilia humana la han colmado / de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.” El poema se titula “Luna”. Y me deprime volver con mis compañeros locos o volver a la mismísima, sangrienta, aburrida civilización.

Diario de un esquizofrénico III

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Tengo problemas con las funciones ejecutivas: capacidad de planificación, abstracción, flexibilidad del pensamiento, solución de problemas y toma de decisiones.

También están dañadas las funciones ligadas en gran parte a la corteza prefontal de mi lóbulo frontal.

Imágenes del PET demostraron disminución del metabolismo en mi cerebro anterior así como dilatación de los ventrículos y atrofia de mi hipocampo.

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Pero lo relevante es la idea imaginaria no subsidiaria a crítica ni autocrítica del Océano Tenebroso y Gris de la Realidad. De La Hecatombe y el Zambombazo.

El bostezo estúpido de Todo me aburre. Me froto los ojos, estiro los brazos, contemplo la pared, rumio frente al ventanal de mi biblioteca, hojeo un libro, pero soy incapaz de permanecer en la lectura y aplicarme a ella. La dentadura cariada de los simios bufonescos bebiendo a morro cerveza de lata frente a un partido de fútbol en la televisión me aterra. Y me llena de fantasías paranoicas sobre el fin del mundo. Una vida sin piedad reina entre ellos (mirad las pilosidades y la grasa sobresaliendo en su camiseta imperio llena de goterones) La pereza y la laxitud de sus miembros e inteligencia es tenebrosa. Parece que su mente se detiene y avanza muy muy lentamente. Que nada alivia esa burricie. Comen chuscos de pan que destrozan los dientes e insultan la gastronomía. Brincan como gabarras viejas orangutanescas. Esclavos condenados a su condición de infelices desearía en verdad perderlos de mi vista. Prisioneros en sus grutas solo les consuela la diversión vulgar: se solazan en el el griterío, departen apasionados con el chisme y la banalidad, el vacío estratégicamente adornado les entretiene como la máxima aspiración existencial, la exhibición delirante y perpetua de personajes que encarnan la nada les rechifla, y el analfabetismo arrogante es su ruta y guía y su manifiesto.

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Considero que hay un complot contra mí. Mi aislamiento es profundo. ¿Me vigilan cámaras, micrófonos láser, me persiguen agentes del Pentágono que intentan quemarme el cerebro con rayos mortales emitidos desde satélites? Improbable, pero no imposible.

El complot es el de las informaciones que nos saturan el espíritu y nos impiden pensar con profundidad, la inflación de imágenes y estrépito publicitario que invaden el alma, la anestesia programada de la felicidad dirigida por la autoayuda y la psicología positiva, el orden mercantil y la teología del dinero (¡No compres!, ¡No trabajes nunca!), el torbellino homogeneizador en que todos bailan el mismo baile y tienen los mismos comportamientos, el lugar exterior (nunca el yo) donde se sancionan los juicios de valor, los impulsos a la acción, los deseos y las aversiones, el destierro del ser influido por el mercado, o el pensamiento calculador en lugar del pensamiento meditativo.

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Leo un párrafo diez veces sin comprender su destino. Trato de escuchar la radio pero los sonidos zumban por mi cabeza como una sierra mecánica. Me siento en el parque y al fin logro relajarme contemplando tres horas a los pájaros.

La Cultura (o los pájaros en el lago) puede ser descrita como aquello que hace que la vida merezca ser vivida valiendo de veras la pena.

La Esquizofrenia simplemente puede ser descrita como el inconfundible desembocar en una trágica y atroz soledad. O feliz también; pues te amuralla frente a la innumerable legión de idiotas imbéciles que ya lo ocupan todo.

Uníos amantes de las patatas fritas y del fregar cacharros. Del bibelot kitsch y de las esculturas de plástico para el hogar a precios asequibles. Del «Bouquet of Tulips» de Koons, faro de Occidente. Que la mostaza de plástico os hinche la barriga.

Avanzo a tientas entre robles y pinos. Las leyes avanzan en mi contra. La destrucción final nunca está muy lejos.

Mi pensamiento descansa en el desprecio.

Diario de un esquizofrénico II

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Esta Navidad veremos a la chusma conduciéndose en manada con sus cerebros de conejo, y en la cara una sonrisa bobalicona como si chuparan regaliz. La venenosa doctrina cristiana y la vil democracia les hace creer en el igualitarismo. Y se creen, los muy insensatos, que se merecen pasteles y percebes, bombones «glacé» y abrigo de pieles, cuando a lo sumo comprarán baratijas de comida enlatada, Lakasitos y ese ácido e infecto cava catalán en lugar del exquisito champán francés.

El juicio popular solo contiene sinsentidos. Mi esquizofrenia es una especie de doctrina esotérica que me protege del rebaño. A mí me embriaga el aire de la montaña de los cañones del Sil, la soledad de las arenas bituminosas, los amaneceres heroicos, el aletear de las estrellas nocturnas como una Ilíada cantando sus propias andanzas e ira, la nieve helándose en mi mente debido a la locura y que yo resquebrajo cada mañana con la quilla de mis ejercicios matemáticos. Mi gran religión son las cimas altas frías del Arte y el Álgebra no humana pero cálida de las deducciones en un cálculo formal. La muchedumbre es irreal y gris, la democracia y la Navidad es estulta grisalla. La esquizofrenia (una jugarreta del demonio) es la auténtica sabiduría.

Cuántas estupideces rancias veremos estas navidades. La sensibilidad embotada por el comercialismo más bulímico, barato y facilón. El mortecino y sórdido Corte Inglés atestado a rebosar. La jerga de los tenderos con sus vacíos ojos sacrílegos. El tonto católico adorando el nacimiento de una mentira. El individuo aplastado por la necia tiranía de las cenas familiares.

El populacho, la Navidad, y el rebaño, siempre serán despreciables.

Con un poco de suerte las pasaré en el manicomio de Piñor.

NOTA BENE: Me permito copiar y pegar un artículo de Villena donde, de manera más ponderada y medida, tampoco dice algo muy distinto de mi algo ofuscada disertación psicótica.

«Atardeciendo el otro día (noviembre aún) y volviendo de una visita, me encontré el centro de Madrid lleno de lucecitas pluricolores y grandes estructuras metálicas, árboles grandes o esferas, inundadas de colorines y además con música grabada, villancicos traducidos del inglés, como el que sonaba: «¡Navidad, Navidad, hoy es Navidad…!». Pero en verdad faltaba casi un mes pues era el 28 de noviembre. Por supuesto, hace semanas que se pueden comprar en cualquier supermercado adornos navideños y todos los dulces y golosinas de las fiestas, turrones, mazapanes, bombones de licor… Muy pronto estará ya en los estantes el roscón de Reyes, dulce que antes apenas se podía saborear tres o cuatro días de enero. Todo se anticipa tanto que no falta razón a quien me dice: dentro de muy poco la Navidad comenzará en septiembre. Nada de este mundo banal y comercial, saturado de falsa alegría, es nuevo. Ocurre desde hace bastantes años, pero se acelera más y más, porque el comercio es omnívoro. Hace literalmente casi treinta años, el encargado de una discoteca que yo frecuentaba, poco antes de abrirla al público en Nochebuena, me dijo intrascendente y visionario: «Desengáñate, ya no hay Navidad, sólo hay Corte Inglés». Desde luego, hoy valdría asimismo cualquier otro centro comercial grande. No soy creyente, pero no olvido que Navidad es una fiesta religiosa, una de las tres grandes del cristianismo, pero de eso queda poco o poquísimo. El comercio es laico, pero esa virtud se opaca, pues se disfraza (¡más faltaría!) de lo que se le pida, Papá Noel, Rey Mago -cada vez menos- estrellita, abeto, reno o cascabel. De vender se trata. 

Si yo fuese cristiano -y más católico, que acepta imágenes sacras- creería que el consumismo ha raptado la Navidad, que muy pocos ven como religión y nacimiento de Dios -llevado al día pagano del Sol Invictus- sino como fiesta, regalos, comilonas, alcohol y excesos también económicos, en lo posible. Líbreme Zeus de declararme yo contrario a los excesos, de ningún modo, pero sí soy contrario a la multitud adocenada que sale a ver lucecitas y abetos falsos y que se alegra en el mogollón de lo vulgar y falseado ad nauseam. Por la negra honrilla, los ediles de turno colocan donde pueden un Nacimiento, con la mula y el buey, aunque ello sólo parezca otro adorno más.

Yo viví de niño y muchacho una Navidad muy diferente con belenes, reyes magos y villancicos antiguos con su dejo senequista: «La Nochebuena se viene/ la Nochebuena se va/ y nosotros nos iremos/ y no volveremos más». Las Navidades duraban desde el 22 de diciembre (la lotería) hasta el 7 de enero. Ni menos ni más, y así las cosas y dulces y cantos y fiestas parecían excepcionales y eran muy esperados porque duraban muy poco, y de ahí al año siguiente. No tengo nostalgia de una Navidad férreamente católica, no. Tengo nostalgia de algo que era verdad y no comercio, consumo y banalidad, signos trágicos de este pobre tiempo nuestro aborregado. Ahora la llamada Navidad (o Christmas, palabra que -apenas nadie se percata- tiene que ver con Cristo) dura, al menos, mes y medio y acaso más, sobre todo hacia el inicio. Y claro así el 30 de noviembre ya hay quien te dice felices fiestas. Uno asiste no por sabido menos estupefacto, al triunfo omnímodo de la vaciedad, del todo vale, y de esa multitud/chusma -por debajo de la masa está aún la chusma- que llega a no entender nada, pero a quienes bombillitas de colores y nieve de mentira les parece muy bonito, muy bonito, y con un cubata y un polvorón, más todavía. No hay religión, vale, pero tampoco hay espíritu ni cultura. Sálvense las minoritarias excepciones. Apoteosis del consumismo banal y de la fiesta salvaje, no hay dios ni dioses, ni educación, ni singularidad ni estilo. A los niños pequeños les gustan los falsos arbolitos coloreados, aunque lo que de verdad esperan es el regalo preceptivo, y a los papás, que fuerzan a menudo la sonrisa si no es que ya les sale automática, les habita el corazón una sombra sin nombre que igual termina en divorcio, ya en la cuesta de enero. ¿No es la cuesta el comercio de rebajas, otra vez? Venta, poder, plutolatría»

El profético título del artículo es «Banal vacío de luces de Navidad».

Diario de un esquizofrénico 1

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Cuando uno contempla la faz anaranjada de las estrellas, una nube tímida, golpea el tronco musgoso junto al camino, entra en senderos meditativos sobre la hez del mundo, o se topa por los caminos con un corzo, entra en una especie de tiempo hondo y advierte de modo concluyente la bobería de las redes sociales…o de cualquier diagnóstico psiquiátrico.

Fui un niño solitario. Un adolescente sin amigos. Un adulto terminantemente solo. La soledad ha permitido que maceraran o se incubaran o marinaran algunas tesis e inferencias, me dio la instrucción suficiente para ser creativo, favoreció la autocomprensión y el contacto con las profundidades del ser que escapan en el barullo cotidiano.

La Odisea del Estrépito, el Feudalismo Digital en que estamos inmersos no logran que acallemos la boca, la mente, la voluntad o el deseo. Si analizáramos las palabras que decimos a lo largo del día veríamos que estar inspiradas en la mala leche, el egotismo más cerril y en el farfullar una cháchara meramente imbécil. Y la mente traquetea al ritmo de esas palabras. Y no hay mansedumbre en el deseo colonizado por la publicidad.

La esquizofrenia me apartará definitivamente de mis semejantes. ¿Y qué? Detesto a mis semejantes. Si han leído la crónica deportiva del chusco Rajoy verán un discurso superficial, una expresión infantil e imprecisa, la falta de fluidez, la incapacidad de extenderse más allá de lo concreto, en fin, una alogia y pensamiento concretista propio del discurso vacío de contenido y la incapacidad para la abstracción del peor esquizofrénico residual. No sabe sintetizar ideas, nunca llega a buen puerto, su orden lógico, semántico y argumental es algo así como laxo. Seguro que en sus próximos artículos será disgregado e incoherente. Prefiero ser el que soy psicótico que ese ejemplar de burricie, vulgaridad, ese estúpido cenizoso cateto, esa mente medieval tenebrista y sombrío.

No me gusta la gente. Todo baja. Es ordinario y sandio. No hay individuación, todo anegado en la mente moral común. Solo se aprecian los pueriles encantos convencionales. Se gastan sus ahorros en cosméticos baratos y alcohol de garrafón. La vida interior desaparece con los libros baratos (cuando hay libros) El hombre democrático es una especie de simio. Enjambre de moscas venenosas. La educación gratuita y universal ha creado esa clase inmensa que no podemos menos que llamar El Nuevo Estúpido. Estirpes gangrenadas de mercachifles.

Prefiero estar loco antes que mezclarme con esta gentuza.

Diario

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En la soledad aprendes a pensar (ya sé que suena a cliché), no en el sentido de ser capaz de demostrar la presencia o ausencia de propiedades metalógicas en un cálculo, ni de diseñar la estrategia de defensa de un caso penal, sino pensar en el sentido de dudar, aprender a dudar, desde tus presunciones más arraigadas, hasta tus osadas ideas más novedosas. Y, sobre todo, dudar de aquello que Platón llamó «doxa», a saber, las opiniones recibidas o convenciones establecidas, ideas que flotan y palpitan en el ambiente (en los mensajes publicitarios, las ideas bienintencionadas de padres y amigos, en la televisión o la prensa, etcétera)

Y la soledad es la vía regia para construir un yo, para elaborar un alma. Moldear tu alma al hilo de la meditación sobre tus experiencias, hasta lograr colorearla de un modo singular, particular, único. Lawrence declaró que se puede vivir sin alma, solo con impulsos de tu ego y voluntad. Ciertamente uno puede «seguir hacia delante», no detenerse y contemplar, saltar de fiesta en fiesta, de compañía en compañía, pero por dentro seguirás estando vacío y, en puridad, sería un error que al hablar empleases la palabra «yo».

En soledad aprendes qué es aquello que merece la pena desear. Tu mente se comunica con tu experiencia desarrollando entonces un alma. El propósito de la soledad es vivir más alerta, con los ojos abiertos, más lúcido, más responsable, más libre; en resumen, con un ser más completo. Las discusiones acaloradas contigo mismo a horas intempestivas sirven más que un cóctel festivo o una discoteca narcótica. La vida a todos nos engulle, A veces, si solitario, puedes pensar, sopesar y calibrar antes que todo te engulla.

Os dejo, queridos. Voy a supervisar la luna llena. A mirar la noche anaranjada. En compacta y terminante soledad.

Líneas escritas una tarde de otoño para espantar las vanidades

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Al orgullo de las joyas, al Poder palaciego,

a la belleza de un rostro y miembros salidos del baño,

al esfuerzo por logros efímeros (en el fondo penosos),

a los Honores y Fama con sabor a hiel,

a las lisonjas ajenas que arteramente te persuaden que eres

más de lo que eres, que significas más que esa tenue luz

entre los dos extremos oscuros de la eternidad,

a los prados por el arado conquistado, o por la inteligencia

y la laboriosidad (o el crimen) las mansiones y los yates,

a la Fortuna que permitió llenaras el azar de Sabiduría,

a la exitosa conquista de praderas y bosques tropicales,

a esto, y todo lo demás, pone fin y humilla la Muerte.

Porque los senderos de las Glorias conducen todos a la Tumba,

y juzgado sobre el telón de fondo de la infinitud

poco me importa más que esos pocos minutos en que mamá

de niño me llevaba un caldo caliente si estaba enfermo,

y sus manos limpias, y sus caricias en mi cabello.

Anochece. Contemplas las ruinas del Tiempo: Troya,

Corinto, Tebas, Micenas, Palmira, Petra, Pompeya.

No busques el halago del pueblo ¿Acaso le importarían

al músico los aplausos de un público si supiera que en su

abrumadora mayoría se compone de sordos? Limítate

a la amante virtud de caminar sobre la Luna, a no ser vulgo

necio jugando a naipes en la taberna y gritando frente al fútbol.

Acostúmbrate a la modesta comprensión de ti mismo.

Ni ahora, ni acaso nunca, fue el planeta juicioso, verdadero o

inteligente. A tu tumba lleva el fugaz recuerdo del libro

leído al anochecer, ese momento y bálsamo del mundo

en calma, el mundo en orden, el mundo quieto.

Que en tu tumba aflore algún pequeño pensamiento mortal

hilado a la alta noche. Y el olor de las manos de mamá

amasando pasteles. No es presunción, pero triste será la vida

sin alguno de nosotros. Descansa en paz, Christian.

Zangolotinos y mamarrachas

El interior se puede amueblar con extensas palabras y contempladas meditaciones, con convicciones y sólidas reglas de conducta.

Con convicciones construyes catedrales, escribes libros de álgebra, arriesgas tu vida en las cruzadas. Si el interior se puebla de uno o dos dogmas simplones sustitutivos de la religión, y de naturaleza histérica, tardo-adolescente, y exhibicionista, tienes a una serie de zangolotinos y mamarrachas que ensucian cuadros en los museos creyéndose «Robinhoods», pero, los pobres, son tan gaseosos que no superan el estadio de protagonistas chuscos del antiguo programa «Reina por un día», o, mejor, de «Sálvame».

Tienen estos zangolotinos una «doxamanía» histriónica, un «opinionismo» histérico, y de sus toscas «perfomances» (una muestra de pensamiento mágico y pueril) se desprende inconsistencia y fragilidad, un rendirse a la evanescencia más brutal, un vivir tributando el gamberrismo más fugaz e inane.

La idea es superior al efecto, el análisis al eslogan, la deliberación al grito, el argumento al bote de pintura, la libertad al dogma, lo sutil a lo esquemático, la educación a la barbarie, la ley a la horda activista delictiva.

El mundo es frágil. Se desatienden los hechos, las evidencias lógicas, los constreñimientos legales. Todo debe ser un mecanismo caótico de estímulos nuevos y espectaculares que indican un pensamiento esquizoide y una conducta desorganizada. La legión de idiotas y la invasión de imbéciles son noticia en los museos del mundo. Y no porque no entiendan nada del arte del museo (que también), sino porque les permitimos su publicidad oligofrénica.

Son chicos y chicas rellenos por dentro de gas, sin idea de lo magno, sin ideas claras y distintas entre medios y fines, sin prelación entre lo sustantivo y la anécdota. Sus mentes no entienden lo grandioso, su ecologismo mesiánico sustituye el emocionalismo efectista y barato por lo recio y no vaporoso.

Son seres inconcretos, que viven la realidad con catatónico estupor, sin instinto de lo posible ni de lo real, extremistas cuyo contenido radical se podría cambiar por cualquier otro objetivo, incluso opuesto. El museo es símbolo de lo eterno. Ellos son símbolo de la fugacidad. El museo es símbolo de la tradición y la civilización, ellos son dinamiteros de la civilización. El museo es bello, ellos se visten sin duchar y con pelos teñidos de colores extravagantes. El museo acuerda, ellos son unos irresponsables en busca del conflicto. El museo es serio, ellos son niñatos y niñatas con habla descosida como de garabatos de crío de tres años. El museo es eterno, ellos son noticia efímera de diez minutos.

Mi abuelo, alto mando en la comandancia de la guardia civil en Barcelona, los hubiera fusilado a todos y todes.

Era un hombre con convicciones.

Diario

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De Maistre advirtió: «También la razón está dañada por el pecado original». Yo interpreto esa sentencia oracular como que debemos desconfiar de nuestra lógica informal pues es falible, una razón donde asoma una fauna numerosísima de falacias: A priori, Ad baculum, Ad hominem, Ad ignorantiam, Ad judicium, Ad personam, Ad verecundiam, Non causa pro causa, Petitio principii, Post hoc ergo propter hoc, y centenares más.

Recomiendo una serie de libros (fáciles) para aprender a afinar o perfeccionar nuestras argumentaciones y nuestra razón: (1) Nigel Warburton, Pensar de la A a la Z (2) Fina Pizarro, Aprender a pensar (3) Luis Vega, Si de argumentar se trata y Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica (4) Watson, Las claves de la argumentación (5) Marraud, ¿Es lógic@? (6) M. Bordes, Las trampas de Circe (7) Stuart, Irracionalidad (8) Rampin, Vender la moto, y, si no son legos del todo en matemáticas, (9) Jané y Jansana y Badesa, Elementos de lógica formal, o (10) Kleene, Introduction to Metamathematics.

Lograrán, si se ilustran, pensar con precisión. Si leen además novelas, expresarse con elegancia. Si tienen encima alma de poeta, con tensión e incandescencia (no ecuánime) para enfatizar un solo punto de vista o propiedad de la realidad.

La Lógica envuelta de Retórica es el objetivo de la buena educación, algo para convertirse en aquello que en inglés llaman «well-educated» ¿Y qué otro objetivo mejor en la vida que evitar tener un burdo diccionario mental de 400 ó 500 palabras, y con ese irrisorio y exiguo catálogo pretender conocerte en excursiones introspectivas? ¿Y qué mejor que el refugio íntimo de la soledad atareada y culta para analizar, examinar e inferir?

No se envidia hoy al que tiene miles y miles de palabras para describir y deducir, al que habla con propiedad y estéticamente, sino los coches caros deportivos, los chalets de lujo desmedido, la fama del futbolista, o el gadget tecnológico a la última moda. La conciencia se ha mineralizado y desprestigiado.

Relevante es Piqué, e inútil Hume.

Así nos va.

Ocaso cultural

La descripción apocalíptica de su época por parte de San Gregorio Magno, testimonia lo que albergaban en su corazón los primeros monjes bibliotecarios al ser (o notar ser) los últimos supervivientes del mundo clásico. Define también, mutatis mutandis, el estado espantoso de nuestra cultura hoy.

«Las ciudades están despobladas, las fortificaciones derruidas, las iglesias han ardido, los monasterios y los conventos están destruidos, los campos están desiertos, y la tierra, abandonada sin nadie que la cultive, espera desesperada. Ya no vive aquí ningún campesino. Las bestias salvajes sustituyeron a las multitudes. Lo que sucede en otras partes del mundo lo desconozco; pero aquí, en la tierra en la que vivo, el mundo ya no anuncia su próximo final, sino que lo muestra ostensiblemente»

San Gregorio Magno, Dialogues. Tome III (Livres I-III), París, Les Éditions du Cerf, libro III, capítulo 38, 3, p. 431

Diario

España tumorosa, gangrenada, callosa, hedionda. Llena de fámulos subsidiados y puerilizados, cebados con un fétido olor a pesebre acartonado, fútbol, y podredumbre de yogur. España de caudillos simplones y colchoneros. De melocotoneros o pinos con gusanos. España leprosa y llagada.

En Castilla los ayuntamientos convertían en nobles a cabezas de familia; exentos entonces de pagar impuestos a cambio del pago de una tasa; España villana. Lingua franca de la adolescencia y el subdesarrollo modernos.

Felipe II prohibiendo la obra de Bernardino de Sahagún o la reacción de Francisco Xavier en Japón «Esta tierra está llena de idolatría y enemigos de Cristo»; España analfabeta y clericanalla.

Imperio pasado y sin modernizar, tosquedad, pobreza, el enfermo de Occidente, Hacienda recurrentemente arruinada, vergüenza del informe PISA; España: símbolo mundial de idiocia.

Frívolo cubo de basura. Firma falsa de talón bancario. Aquí solo importa el tomate triturado del Mercadona y la comida enlatada.

Los españoles no tienen ni caras ni sonrisas bonitas. Hoscos y broncos e hirsutos vaqueros. Cabreros gordos y peludos y rechonchos. Invasión de políticos imbéciles. Los españoles son cagabandurrias, anos diarreicos. Y también mierdaollas, sarnosos, malasombras de nabo enano, vomitoverrugas, galligilipuses, mamobueyes, vacapútridas, derrapaneuronas para papar moscas, y esa lenta digestión cerebral como disecado cachalote.

Una sociedad de botarates y mequetrefes dominados por la beatería de la SER. Raza de última clase. Aborígenes africanos rudos e intolerantes. Vertebrada por telenovelas turcas, programas de telerrealidad, aquelarre de bazofia tuitera, botox, cero número de lecturas, series cutres de vampiros, universidades sin conocimiento ni universalidad, desgana en el trabajo, ambiciones obscenas, moral de usar y tirar, comatosa y encenegada vida pública, patinetes, jubilados en chándal, periodistas bananeros, una Corona de despojos, espías Anacletos…Cuánto fastidia este tedioso zócalo mugriento.

Menores de edad gobernando a menores de edad. Israel, Francia, Inglaterra…; debo exiliarme bajo vuestra égida alegando la evidente catetez hispánica. Tierra cabezuda de capellanes gritones, labriegos que se mean en las manos, tenderos sin uso de agua o jabón, y todos con un habla como el descosido mandril de los apologéticamente subdotados.

Huir, huir. Donde florece el limonero o hacia los países de la abundante nieve. Pero nunca más tiempo aquí dentro.

P.D. ya me aburre escribir contra España. Debo cambiar de tema

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Cavernosamente malvado, carbonífero de cloacas periodísticas, faldillero de onagras, trono imperial del chusmerío más «hooligan», sin ideas tangibles, pero experto en cacofonías, en tonteninas a granel, cree que pontificar con pimienta y cayena es el súmmum de la política. Su misticismo pomposo en el fondo es cruel. Su ballet bolchevique es todo ausencia de color y apología de la monotonía, del gasto desmedido, del proletario arruinado, su débil hormigueo populista es la más ingrata promesa de futuro. En lugar de inspirarse en la música, lo hace al oír correr su gato beodo correr por encima del teclado. Mentiroso obsesivo, como Sánchez. Stalin bufonesco. Con un credo intelectualmente inane, estéticamente palurdo, sociológicamente manipulado, científicamente paupérrimo e imposible.

De Pabo Iglesias se predica lo mismo que Revel dijo de Chevénement: «Lenin provinciano y beato, perteneciente a la categoría de imbéciles con cara de hombres inteligentes, más traperos y peligrosos que los inteligentes con cara de imbéciles»

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«Un pueblo inculto no sabe pensar ( puesto que se piensa con el lenguaje) y un pueblo que no sabe pensar ni es verdaderamente libre, ni por tanto tiene acceso real -aunque lo parezca- a las virtudes de la democracia que son virtudes de libertad, opuestas en todo al estúpido y castizo: ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Un dicho de gañanes, por qué no usar el nombre… ¡Pobre Quevedo que instó a Baltasar de Zúñiga a traducir a Montaigne hacia 1634! Somos uno de los pueblos más incultos de Europa. Y eso que no he mencionado, en nuestro autor, las citas en griego. ¿Pero qué es eso?, berrean.» L.A. de Villena.

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Leer es encontrar, en aquello próximo a nosotros, elementos que nos sirvan de forma plausible para sopesar y dirimir, para insinuar y razonar, y que nos llena de la convicción cierta de que somos una naturaleza libre de tiranías, nunca lacaya, con elegante aprecio por su soledad.

«El acto de leer es profundamente solitario. Separa al lector del resto de la habitación. Sella la totalidad de su conciencia detrás de los inmóviles labios. Los libros amados son la sociedad necesaria y suficiente de los solitarios. Estos cierran la presencia de intrusos. En resumen, en el acto de la lectura hay una furiosa intimidad que clama silencio.» G. Steiner.

Le règne de la quantité et les signes des temps, dijo Guénon. Sobre el río de Atenas, o en las colinas de Roma, sobre Jerusalén, pispea la niebla. Y las cubre. Leamos para defenderlas y despejarlas.

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No me quiero precipitar, pero creo que mi hija de tres días es superdotada.

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«Constato, más cada día, que el mundo de ayer, el mundo de aún hace poco, se hunde. No sé si en lo futuro -tras esta Edad Media- vendrá un tiempo más rico y de fulgor; supongo, pero ahorita todo es más feo, más agraz, más áspero, más sórdido. Un tiempo de vulgaridad e ignorancia. No lo entiendo, no me gusta. Nuestros templos caen y nuestras letras con ellos. La grisalla es atroz. La oclocracia, detestable. Hace ya años que vivo refugiado, huyendo. Pronto no habrá nada o casi nada». Villena, fragmento del Postfacio a su novísimo poemario «Lujurias y apocalipsis», Visor.

El mundo se derrumba, o está caído ya. La cultura en trance de desaparecer, si no desapareció ya. Los califas abásidas los esclavizan como mamelucos, y la plebe se goza en sus cadenas, probablemente porque no entienden ni saben lo que es la libertad y la riqueza. Peinaovejas lechuguinos, pánfilos simplones de cerebro calloso, nos gobiernan (más horteras que una bailarina con chirucas) Los políticos son o incapaces o esportularios (disyunción no excluyente)

Parece este mundo diseñado para paleros y paletos.

Nos queda la celda monástica. Usted o Álvarez enriqueciendo nuestra vida, y vestirnos con paños curiales al entrar en el Museo, tener algún digno pensamiento mortal en mitad de la noche. «Lujurias y apocalipsis» es una cuña contra este espanto atroz. Una bota de plomo nos aplasta la boca, un crujido seco y frío bufa en nuestros pulmones. «Lujurias y apocalipsis» es fármaco que despierta la mejor memoria.

Aquí ya el ocaso, crepúsculo y declive de Occidente. Un McWorld con una acelerada desigualdad económica y social, depauperación de la clase media, dominio de las élites plutocráticas, decreciente conciencia y calidad intelectual, infantilización, abrumador nivel banal de la cultura, crisis de la escuela y la Universidad, barbarie y orgullo público del sandio por ser eso mismo: ignorante y sandio. Y muerte del espíritu; apología del sensacionalismo, de la chismografía, abundancia de hombres huecos como si estuvieran solo rellenos de paja, aparición en el escenario social de costumbres inanes, de puros gestos sin contenido, pérdida de crédito de la ley y lo sólido, enemas emotivos de una espiritualidad de autoayuda, derrumbe del canon estético, etc… . Un universal bibelot kitsch en la mente de los hombres donde todo contiene mensajes comerciales y donde se vive una supresión del silencio y la lentitud. Donde abunda lo estúpido, falso, torpe, lo sin talento, vacío y aburrido y que la gente alienada cree elegante, genuino y brillante (léase programas de telerrealidad o tertulias de deporte y famoseo, música sentimental, fastos gregarizadores donde la horda se animaliza en manada, el fraude de novelistas que derrotan el pensamiento y aniquilan la retórica por la simple adrenalina agramatical, los millones de irrelevantes contactos en las redes). No es ya que no se sepa distinguir basura de calidad, es que se toma la misma basura como calidad ¡Qué escasa es la inteligencia en el planeta! !Qué pobre el espíritu! Con esta cultura y espíritu de broma la identidad personal aparece como un cadáver. Telenovelas turcas, concursos de preguntitas, películas mediocres, Instagram, Netflix, Tik Tok, Smartphone, el alma convertida en rosas palomitas de maíz kitsch y pizzas a domicilio.

O sea, incremento de la pobreza, brutal ignorancia, y kitsch vital.

El mundo pertenece a los apaches crápulas. Crepés de rosa-rata y verde-pistacho brillan en el cielo de gasóleo.

Villena tiene a la Belleza y a la Cultura. Su libro lo muestra. Me siento menos solo y sabiamente explicado. Gracias. De veras que muchas gracias maestro.

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