Ancien Régime

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Ah aquel mundo de ayer de mi infancia

cuando iba con mis papás arriba, al reservado del restaurante,

y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo,

el aire espumoso del verano, la luz arracimada en los ojos silvestres para que impugnasen los bigotitos putrefactos de filisteos o rockeros desquiciados.

Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenadísima, educadísima, exacta y sólida, no cabía ni asomo de plebeyez o de engaño,

sobrepujaba el pensamiento soberbio, augusto, fluía magnánimo el gesto,

y el dinero -perdonad la confesión- lo teníamos quienes debíamos tenerlo.

Para nosotros el sileno griego, el templo jovial de las sagrados oros molidos y las hojas de vírgenes álamos,

el lirio bíblico, las lluviosas y largas playas de amanecida y el negro de los pumas.

El mundo entero era lo mismo que una pastelería vienesa;

los días sin diferencia al sabor civilizado de los cangrejos en las tabernas de Sitges.

Sí, hubo un día en que nosotros éramos los amos del mundo, los dignos propietarios de la historia.

Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas, sin proteína barata,

éramos nosotros los elegidos, los purpurados, el alma que devoraba el mundo a cambio de inyectarle gloria,

el espíritu que custodiaba la palabra y la belleza y la medida.

Nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,

el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.

Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.

Se dejó de oír el crujido dulce de aquella osamenta que sostenía el orbe,

la trompetería en rotación de los bárbaros sonaba amenazante en las fronteras.

Subieron al estrado muy mediocres y rapaces tipos, muy mediocres y mendaces hombres

y todo se llenó de las ruines y vulgares ideas del comercio, las tecnologías, las luteranas obligaciones,

empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la sabiduría.

Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara.

En las voces enseguida percibí una neblina ácida y turbia, tonos broncos e híspidos;

arreciaba como una plaga de langostas el tsunami sandio de las muchedumbres y la democracia popular.

Se imponía como blanca religión la ley de la horda,

marsupiales tartaja, hienas analfabetas gobernaban la república

y hormigas siervas las votaban con estrépito y devoción.

Se congelaron los bosques y se helaron las frágiles rosas,

guillotinaron a la reina, huían príncipes al exilio, e imperaron rocosas sombras.

Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado,

a degustar mis vieiras laminadas con aceitunas y tomatitos de invierno.

Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. El gusto del lujo mental.

Pero pasó aquello como pasa la arena a través de la cruel clepsidra.

Ya ahora en mitad del camino de mi vida, recordando con punzante amor aquella arcadia

(el maître no oía entonces brutales planes de sexo como debe oír ahora,

ni los pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o de sus presidentes),

recordando aquella feliz memoria que -ay- no fue promesa de futuro,

derrotada la flor del tiempo,

poseedor de hacienda menuda y con envidiable ocio,

decido desaparecer, enclaustrarme,

vagar por mis tierras gallegas,

saberme propietario de lo noble e inmortal,

ensoñar por altos bosques de eucalipto, vagar por mi sonrosada melancolía,

sentir esa intemporal existencia de solo ser culto propietario rural,

y escribir, a nadie escribir,

las líneas precisas e incomprensibles de este mediocre y elegíaco poema.

Custodiemos a los gatopardos

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«Mi idea es que ninguna sociedad puede arrinconar esta «aristocracia natural» o «de mérito», cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que cualquier sociedad precisa una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido que esta punta de la pirámide -tampoco, nada que ver, con una clase social económicamente privilegiada o con atribuciones despóticas- esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad: caben en esta excelencia tanto los hombres de letras como los de ciencias y de técnicas. Esta propagación de la sabiduría de los mejores (aristoi) se produce, en lo que respecta a las Letras, por el camino de la educación, pero también del periodismo, los medios de comunicación, las revistas, los cenáculos literarios, la vida parlamentaria, los museos, los ateneos y los centros urbanos de cultura, además de muchas otras plataformas: también un edificio o la organización de un barrio pueden ser civilizados o crueles» Jordi Llovet.

En los palacios de música vieneses, la altura de los escalones de mármol estaba pensada para que al subir por ellos las damas no tropezasen pisándose la cola del vestido, o bien no enseñasen inconvenientes pantorrillas: muestra exquisita de civilización, suma de belleza y tacto, y también exquisitez. Compárese esa muestra de inteligente delicadeza, esa obra maestra de las costumbres, con el salvajismo urbano «okupa»: nota abrumadora de barbarie y brutal ocaso.

José María Álvarez o Salvador Oliva, siguiendo así a una dignísima tradición humanista, incorporan a Shakespeare a nuestras lenguas merced a sus elegantes traducciones: muestra sublime, majestuosa, magnánima y generosa de distribución de lo mejor. Comparemos. La editorial Espasa, a cambio de dinero, y ejemplificando una definitiva e incontestable bajeza y suciedad, acaba de premiar la «poesía» de un tecleador cantamañanas: esparce basura y oculta la excelencia. Símbolo o muestra de estos desnortados tiempos.

Los escritores deben ser -al igual que nosotros los lectores- custodios de lo mejor. Sus ficciones y poemas y obras de teatro altas terrazas de platino y lirios. Los ciudadanos deben esforzarse por ser asimismo custodios y amantes de lo más selecto. Desterrar de sus mentes la chatarra y elaborarlas con materiales nobles y brillantes ¿Cuánto vale una democracia con demócratas con mentes liliputienses e ignaras?

Yo, y particularizo mi caso, debido a mis limitaciones e insuficiencias, no pertenezco a las élites, pero sí soy satélite de esas élites, orbito feliz alrededor de ellas. Un imperativo que me enseñaron ya desde la cuna. Mis padres me legaron el lujo del espíritu.

Los ricos ahora relinchan junto a sus caballos y yates privados, los filisteos se alimentan de alfalfa, televisión y tuits, los pobres propenden a la idiocia. Creo que la única salvación a esta hecatombe cultural reside en las capas cultas -lectoras, letradas- de la burguesía hacendada (capas cada día más delgadas y menguadas, burguesía cada vez más inculta) que nutren a esa pirámide cultural de los ciudadanos de más patente. Acaso se vea en ello clasismo, pero prefiero el instinto de realidad a ilusas evasiones utópicas, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo probado a la quimera.

Si la escuela, implosionada con ideales ácratas izquierdistas que conspiran justamente contra el mérito de algunos miembros de las clases trabajadores y no privilegiadas, convirtiéndolos en estupendos ignorantes y víctimas crueles del destartalado sistema, [Inciso. Las élites endogámicas sin la energía renovadora de los mejores entre las clases subalternas se pudren y parasitan. Pero la escuela ya no permite esa sabia circulación de las élites. Fin del inciso], si la escuela, decía, si la escuela mejorara, si la Universidad mejorara, acaso la impresión de depauperación intelectual y espiritual no sería tan intensa.

A veces tengo la presunción que el periodismo, la política, las editoriales, los museos, los ayuntamientos, los sindicatos, etc… están gobernados por la clase de los peores, por los últimos de la fila. Que desde arriba se esparcen o distribuyen detritus, resultando entonces todo una perversa contaminación o embadurnamiento de porquería. Filtraciones o capilaridad de cochambre y mugre. Las confirmaciones no son pocas y los desmentidos no abundan.

Creo que el enorme Pla observó que solo la mediocridad es socialmente admisible. Ahora la mediocridad es el único método de supervivencia. Parece que la gente (¿gentuza?) no quiere asumir como algo propio y valioso la cultura, la inteligencia basada en la dialéctica más experimentada, la inteligencia trenzada en los libros y el análisis y la perfección; parece que las corrientes y comunes versiones degradadas de las formas intelectuales o cívicas derivan en una crisis colosal de amor a la inteligencia y el valor, en un descrédito del mérito y una sobrestimación de la estupidez.

Al menos tengo una morada limpia y agradable, jardín y una buena biblioteca. Permítaseme un colofón o coda apocalíptica. La historia comienza a ser un bazar de gritonas bacaladeras (¿eh, señora Montero?) y deja de ser un eficiente cementerio de nobles aristócratas. Desean reencarnar a madame Du Deffand en una cajera de supermercado, desean oír en el salón de Marie Bruneau Des Loges el vulgar andaluz «cockney» de la Ministra Portavoz, quieren poner muebles de Ikea y bibelots kitsch en el Château de Sceaux. Las masas asienten con élites viciosas y tontas. La plebe es apática, incapaz y muy fácil de engañar. Los hermosos gatopardos son devorados por las ratas. En el mundo ya solo sobreviven hienas y ratas.

Conversar con (demasiados) vivos es como hacerlo con los indios, con incorregibles acémilas, o con monos incapaces de ese elemental logro que consiste en bajarse de los árboles. Custodiemos a los gatopardos. Que lo bello y luminoso sea mi elemento, pido a los dioses. Y no seguir a la multitud.

Analfabetos del mundo, ¡United!

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«Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población no son grandes lectores. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿Para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo y precios excesivos? El problema del libro NO está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer» Gabriel Zaid

En un estudio sobre los universitarios españoles de 2006 de la Fundación BBVA, se concluyó que solo un exiguo y raquítico 12% de los universitarios leía un libro al mes !!Un libro al mes!! Cifras palmariamente catastróficas y que, con probabilidad, empeoraron estos últimos trece años. En las sociedades subdesarrolladas el pedagogo Paolo Freire acuñó y descubrió el término de «analfabetismo funcional». Enzensberguer ideó y explicitó el término de «analfabeto de segunda categoría», un tipo de analfabetismo propio de las sociedades desarrolladas, industriales y modernas, y prototipo ideal que forja nuestra universidad española.

En palabras de Enzensberguer: «El analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de concentración para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de lo que es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas»

Si el analfabeto funcional, en civilizaciones subdesarrolladas, no sabía muy bien leer debido a la falta de referentes culturales e información contextual, el analfabeto de segunda categoría sabe leer, pero lo abstracto, complejo y profundo le resulta extraño, alienígena. Desprecia la cultura y le chifla Netflix, sus placeres son chatos y bajos (y, si puede, caros), sus ideas políticas son como irracionales consignas o tuits astrológicos, no aman la música seria, y meros «puer technologicus» les resulta extranjera la delicadeza de gusto o opinión. Se aturullan ante el argumento secuencial, orbitan inconscientes en la bisutería haragana de las ideas fáciles y la pleitesía del pensamiento mágico. Sustituyen asimismo como conversos fanáticos la religión por el animalismo, o el feminismo, o el veganismo, o la conspicua Era de Acuario.

El futuro (un montón de baldíos escombros) ya es suyo.

Anotaciones del escriba agropecuario

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(a) Se iluminan las ciudades con farolas, pero se hace de noche en el mundo moral (tomado de Víctor Hugo)

(b) «Pronto lo habrás olvidado todo, pronto todos te habrán olvidado» Marco Aurelio, Meditaciones, VII, 21

(c) Wittgenstein subrayó que Schopenhauer era un verdadero filósofo debido a que se convirtió en «a teacher of manners«, un maestro de costumbres, un ejemplo de ética, alguien que supo poner sabiduría en su vida, un modelo biográfico. A cuánta distancia de los aburridos filósofos académicos y sus rutinas miserables y su mundo estrecho, liliputiense.

(d) «Simul et jucunda et idonea dicere Vitae«, Horacio, hablando de la función de la poesía en su Arte poética, I, 334. «Y al mismo tiempo decir cosas agradables y adecuadas para la vida».

(e) Se glorifica (de boquilla) la sabiduría,

pero se lee (y publica) la fruslería.

(f) ¿Cómo es ahora el mundo? Solo quedan lobos para alimentar a los lobos en las ciudades vacías.

(e) Ajos y zorzales helados,

vacías tripas de búhos hambrientos,

ratones gordos escondidos en los párkings,

obturando los ejes de la cuadriga,

entrometiéndose en los motores de los coches,

desterrando la verdad y la belleza del corazón de los hombres.

Cruzan las fronteras los bárbaros trayendo el viento de la muerte.

Cada vez la tierra llenándose,

cada vez hospedando a más tatuados ilotas de la palabra.

Y cuando piensas en las estrellas

de repente se manchan de grasa las flores.

Ni algo maravilloso (o su memoria) queda en todo lo que es Cultura, Naturaleza o glaciales Dioses.

(f) «En las últimas semanas duermo muy intranquilo. Siempre sueño con el servicio. Sueños que me llevan siempre a la frontera del despertar. En los dos últimos meses me he m[asturbado] únicamente tres veces. Las personas que me rodean me dan asco, y esto ocurre en contra de mi voluntad. Con frecuencia me aparecen, no como personas, sino como máscaras grotescas. Hoy, estado de máxima alerta. Mi comandante es muy amable conmigo. Piensa en la meta de la vida. Es lo mejor que puedes hacer. Debería ser más feliz. ¡¡Oh, si mi espíritu fuese más fuerte!! Bien. ¡Dios sea conmigo! Amén» (Anotación del 28 de Mayo de 1916 de Wittgenstein en su Diario) A mí a veces también me resulta insoportable la abyección de mis camaradas. El filósofo vienés habla consigo mismo, pero uno tiene la impresión que se dirige a todos nosotros. Profesar un modo de vida muy diferente al común, es ejemplificar una sabiduría, vivir una filosofía. Wittgenstein, con esa peculiar intensidad o incandescencia indiscernible del genio, fue otro «master of manners«.

(g) No despertemos al dios Pan. Que en prados, bosques y rascacielos reine el silencio. No debemos despertar al dios Pan.

(h) Recorrí poco mundo, y encima sin los ojos abiertos.

(i) «Cualquier talento se echa a perder cuando los temas que plasma carecen de valor. El arte de nuestro tiempo cojea tanto precisamente porque nuestros artistas más recientes carecen de unos temas dignos. Es algo que nos afecta a todos; tampoco yo he sido capaz de negar mi propia modernidad» Goethe, en Conversaciones con Goethe, de Eckermann.

(j) ¿Si tan acordes van el vino y la vida?

¿Por qué mamá me prohíbe la bebida?

¿No será la ginebra mi actriz preferida,

la que tiene en los labios mi herida favorita?

(k) A mí mismo: no negaré el mérito que tiene el que lograras alcanzar semejante excedente de estupidez.

Por empinados caminos de escaramujos y dulces espinos blancos

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Divago por las galerías de mis ensueños merced a la bendición de la soledad y la energía del silencio. Y yo, que no me considero especialmente esclarecido ni lúcido entre los lúcidos, pero que tampoco soy un mandril típico de los inicios de este siglo, recuerdo una cita de Palingenio «Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!» (Tal es la penura de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino)

Especialmente tontos son los bucles lúdicos y adictivos de Tinder, Cundy Crush o las redes sociales. Precisamente estando ahí, en ese zumbido o guirigay de conexión perpetua -como ver la tele u oír la radio-, no estás en otro sitio, saber, con tus propios pensamientos, vibrando al azar o vagabundeando por los enrejados rosáceos y amigos de tu espíritu, paseando por esos caminos dúctiles (que permiten ideas creativas y autoconocimiento) , caminos submarinos y silvestres, oyendo sinestésicas meditaciones casi inexpresables, sintiendo una euritmia donde mana el agua dorada a punto de cristalizar.

Si nuestras únicas formas de adquirir experiencias son las que proceden de la rutina deprimente del trabajo, del limitado número de nuestros amigos, o de la voz ruidosa y banal de los medios de comunicación de masas, meros sonidos e imágenes que expulsan el silencio y el yo profundo del mundo; si nuestros únicos dioses y deseos son los de la publicidad, el cine, la prensa, la radio, la televisión, la prensa o Internet; si creemos que ser sofisticado es tener un yate privado, un coche deportivo, o un avión particular; si a usted (a diferencia de mí, del mismo Dios, y del rector decimonónico del «Jesús College) no le produce consternación ver llegar los primeros trenes a Cambridge, sobre todo los domingos, o el estilo aséptico y sin resonancia histórica de los muebles de Ikea frente a los muebles nobles Biedermeier; entonces es probable que este escrito le resulte tan esotérico o improbable como si le cayera un meteorito en la cabeza. Es usted la savia de esta decadente civilización, el alimento de su decrepitud y demagogia.

Presumo que si nos retuitean un tuit muchas veces, o recibimos muchos «me gusta» en Facebook, se dispara la dopamina y sentimos placer y euforia (estamos diseñados para el acicalamiento social) Pero, ¿acaso la soledad es un demérito? Convengo con Nietzsche acerca de que todo aquel que no dispone de tres cuartas partes del día para sí mismo es un esclavo. En una epístola Plinio el joven escribió «Me parece especialmente hermoso que no caigan en el olvido aquellos que merecen la inmortalidad». Debemos intentar buscar momentos de soledad bajo el aspecto de la eternidad. Mejor; esos momentos casi siempre solo son dables en soledad (también, a veces, en el amor)

El mundo no es un tranquilo claustro de un monasterio del siglo XIV. Creo que la red de decibelios martilleantes y el afán desmedido de conexión tecnológica nos enfermen moralmente. La arrogante sensibilidad metálica y técnica, la subordinación de la palabra a la imagen, la sustitución de la palabra selecta por la palabra vulgar, la baraúnda de un movimiento aceleradísimo sin dónde ni por qué, conspiran contra el paciente pensamiento reflexivo y pulverizan una absolutamente imprescindible soledad y un totalmente enriquecedor silencio. Nuestra poscultura es frívola, inmadura, y en el fondo, quebradiza y frágil.

Pocos estorbos, una soledad discreta y amable, la casa limpia y la noche en calma. Algo de vino en el lagar de mi feudal casa orensana. Conservar libre el alma y presto el juicio. Vivir honrada y menudamente. Leer mucho, escribir poco, pagar a tiempo todas las cuentas. No estorbar ni pleitear. Cuidar a mamá. Evitar pasiones morbosas. Pasear por los bosques y arrancar las malas yerbas del jardín. C´est attendre chez soi bien doucement la mort.

Saturno

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…Con la ayuda de mi gato negro mataré a mi primo Tiberio cuando éste menos se lo espere,

con navaja cortaré el cuello de Silano,

envenenaré a la abuela Antonia e injuriaré a Augusto…

Dios me dio ginebra, silencios, acedía y soledad sin tasa.

Debido a la melancolía de mi naturaleza mi deseo es poco,

soy frío y seco como la tierra, oscuro de piel y renqueante,

desabrido, ruin, ambicioso, taimado, hipócrita, avaro.

También hosco, astuto, falso, frígido, apocado, perezoso y muy lento de movimientos.

¿La imaginación?, inquieta y débil,

¿la risa?, tiznada de veneno,

¿la noche?, el verdadero sol de mi ciencia,

y los vientos congelados de inviernos sucesivos contemplan mi choza sin amantes.

Mi pecado «spei de salute aut venia obtinenda abiectio«

Sin sonrisa de victoria cualesquiera de los ángeles del crepúsculo me tutelan y me arrastran a un compacto olvido.

Sabedlo. Toda belleza que es belleza se desvanece y marchita,

todo deleite, cuando se posee, cambia de aspecto y causa hastío,

la esencia de Fortuna es mudar (a peor),

los placeres del mundo y los goces de la tierra

(derramar y distraerse, empequeñecer el alma, sus criaturas pensantes y su sabiduría con fruslerías,

desasosegar el jornal para que lo aprovechen cacasenos marsupiales idiotas y egoístas, pecuniarios obsesos subnormales,

buscar acuerdos que significan poco más que meros vicios o servidumbres,

no saber mortificar la lengua y acabar farfullando inanidades inútiles

entre otra caterva de inútiles también incapaces de guardar su lengua)

los placeres, decíamos, son fugaces, falsos, transitorios y fatalmente incompletos;

la primaveral hoja de verde savia es helada sangre invernal en potencia;

además de que todos seremos engullidos por el voraz agujero negro de la mente de Dios

-los astros no engañan a nadie, queridos míos-

La bilis negra retumba regia y colosal, como un hoplita tanque de guerra, gobernando la osamenta chirriante y crujiente de las galaxias.

La bilis negra está en la muerte que nunca se olvida de ti, desde niño a viejo.

Sabedlo. Nunca estimé a las mujeres (jóvenes o listas), el éxito o la fama;

detesté al público, al necio mogollón, el sexo a gogó en playas silvestres, las ciudades zombis, la alegría del botellón, las camas limpias de los hoteles;

Saturno y el otoño tienen la culpa.

El supermercado descabalgó al genio

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El pasado es un reservorio exquisito de ideas grandes y gestas nobles o de sumas bellezas. Cualquiera hoy tiene acceso fácil a sus magnas ideas y ejemplos gloriosos. Pero nadie enseña a tomar eso como una posibilidad viva para uno mismo. El gusto por la grandeza exige asimismo también pasión. Una prudente, piadosa, sabia, pasión significativa.

Las pasiones significativas de los jóvenes o de la gente «espesa y municipal» son esculpidas por el macabro mercado y los «media», y no por la gatopardesca razón libre y cardenalicia, imitando así a los modelos antiguos geniales (es decir, clásicos). El supermercado desbancó, descabalgó al genio (turbamulta de cartagineses que no leen a Polibio y usan máscaras ofensivas al gusto)

«Litterae quoque […]per Italiam increvere, accedente tunc primum cognitione liiterarum graecarum, quae septingentis iam annis apud nostros homines desierant esse in isu. Retulit autem graecam disciplinam Chrysoloras Bisantius, vir domi nobilis ac litterarum graecarum peritissimus» Eso dice Bruni de Manuel Crisoloras (Constantinopla, 1350-Constanza, 1415)

Traduzco: «Las letras […] se difundieron por Italia, sumándose por vez primera al conocimiento de las letras griegas, que habían dejado de estar en uso entre nosotros desde hacía setecientos años. Quien restituyó la antigua disciplina fue Manuel Crisoloras, bizantino, hombre en su patria noble y sumamente ducho en las letras griegas»

Los últimos Crisoloras van muriendo, murieron (Bloom, Steiner, Batllori, Popper, Von Balthasar, Olsen, Curtius,…) y se trocan por mediáticas figuras intelectuales con una embarazosa mediocridad de magazine.

El heroísmo no se encuentra ya en las Vidas Paralelas de Plutarco sino en la final de taparrabos de la Champions; la bondad no es un atributo de Cristo sino un gordinflón de barba postiza vestido de Papá Noel frente al centro comercial; la Fortuna no se la domeña sino que se la azota sin piedad; se hace lo que se quiere, pero se carecen de ideas inteligentes para hacer cosas inteligentes con aquello que se quiere; abordar la lectura de grandes libros es algo que casi ha desaparecido de todas partes; el amor no es un destino eterno sino un contrato perecedero; los curas ignoran el latín y se nutren de la prensa rosa; el carácter y la imaginación no siguen un método sino la irreflexión evangelista tecnológica.

Prisión de Dédalo es mi melancolía por este mundo sin brújula ni altos porqués. Permitidme como colofón un sueño; los poetas -aún si hijos del «melancholicus» Saturno- somos humanistas como el rey que presenta la «Cronaca figurata» florentina. Ese rey latino enseñó agricultura a los romanos y fundó Sutrium. En cuevas siríacas o catacumbas escribimos alunados, como lobisones solitarios.

Aquello que permanece, el oxígeno de las branquias de una civilización, fue fundado por un poeta. Aunque la Anfictionía Délfica esté controlada por los etolios, persistimos y no nos rendimos. Zeus es testigo. Amén.

Lectura de Lou Marinoff

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Existen libros para tragar, para digerir y otros para saborear. En una reformulación de esa misma idea, si, al catalogar nuestra biblioteca, nos basamos en esa advertencia de Bacon, tendríamos, primero, un estante con libros de imprescindible lectura, segundo, estantería con libros de lectura opcional, y, tercero, una balda/s con libros de lectura sugerida; se me ocurre una clasificación al hilo de estos pensamientos; existen buenos libros buenos, buenos libros malos, y malos libros buenos (los malos libros malos, en un mundo ideal, debieran ser impublicables)

¿Cómo creo que es el libro -un «best-seller» mundial- del filósofo canadiense Lou Marinoff , «Más Platón y menos Prozac»? Un buen libro malo con algo de mal libro bueno. Lo mejor, desde mi punto de vista, es su claridad mental prístina, su claridad desembarazada y transparente, la argumentación perspicua, ordenada, delimitada, patente y esclarecida, la compacta claridad como cortesía, forma y estilo filosófico.

La tradición analítica -no ya un corpus de tesis filosóficas sino una «maniera» de pensar- dejó en la historia de la filosofía una lección irrenunciable, a saber, que todo lo que se puede decir se puede decir claramente o en un sistema adecuado de símbolos, o, reorganizando esta intuición o sugestión, si no PUEDES decirlo claramente, entonces se DEBE a que tú mismo no lo entiendes.

Hay individuos -o alumnos- que se empecinan en creer que sus pensamientos son claros y precisos , pero en cambio la expresión lingüística de esos supuestos pensamientos claros es en su lugar oscura y confusa («Profe, yo lo sé y lo entiendo perfectamente, lo que ocurre es que no lo sé explicar…[?])

España, un país culturalmente colonizado, tiene -o tuvo- mucha influencia de tradiciones filosóficas como la francesa o la alemana (o parte de ellas) donde el pensamiento farragoso y las inspiraciones de tipo oracular sustituyen a la prueba explícita y la argumentación diáfana. Un buen filósofo es un filósofo con buenos argumentos (en un campo donde la evidencia empírica es cuando menos indirecta o remota), y, un buen argumento, entre otras cosas, debe ser manifiesto, claro (a diferencia de un «argumento-souflé»; ambiguo y vago o impreciso)

La quincallería intelectual, la profundidad de apariencia y no de esencia, por desgracia abunda entre pseudofilósofos; existen grandes filósofos como Hegel o Heidegger expertos en oscurecer la expresión; resultan un pésimo modelo a imitar, un verdadero contraejemplo o «macabre example» como diría Jack el Destripador)

El archi-vendido libro de Marinoff es una simple hebra en la milenaria tradición de la filosofía como medicina o terapia del alma. Ahora se llama «Philosophical Practice» -«Filosofía práctica o aplicada- y existen múltiples revistas académicas que la estudian y multitud de asociaciones de practicantes o «Asesores». El asesor filosófico temo o creo que acabará siendo una especie más de coach o mero dispensador de aforismos a sus clientes.

El único consejo (sobre la vida o el mundo) que me parece válido es el que uno se da a sí mismo previo examen o inquisición o meditación tranquila y serena del tema a inquirir o meditar. La filosofía siempre resultó un auxilio ideal para que esa semilla que, insisto, debe brotar desde dentro de uno mismo, dé sus frutos. De otro modo es palabra muerta o fármaco que no sana -ya Platón señaló la ineficacia de las palabras «exteriores».

Cuando resolvemos problemas (el temor a la muerte, el propósito o significado de lo que hacemos, el análisis de la calidad del amor hacia nuestra pareja, el partido político al que queremos votar, la capacidad para tolerar la soledad, etcétera) no solo tenemos ideas sino ideas que resuelven (o intentan dilucidar y resolver los problemas en una primera tentativa) ideas que resuelven -decía-los problemas de manera adecuada y feliz. Para ser realmente creativos y efectivos al resolver problemas (o en la tentativa de resolverlos) hemos de sopesar si una nueva idea es buena o no, y la lógica y la cultura son indispensables para estas tareas.

La filosofía ayuda a vivir, a vivirla con plenitud y sentido pleno; las humanidades ayudan a vivir (esta es una verdad incontestable y definitiva que la cultura contemporánea parece obcecada en ocultar) Evaluar, comprobar y modificar ideas, dudar y evitar extremismos inútiles e ignorancias ciegas o dogmatismos irracionales, son actividades prototípicas del buen método filosófico. Aplicar ese método al examen de la propia vida es un tópico ineludible, algo que hicieron Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Epicuro, Marco Aurelio, Wittgenstein, Descartes, Quine (también, a su modo), Boecio, Lao-Tsé, Confucio, Santo Tomás, Sexto Empírico, Pirrón, Séneca, Bacon, Hume, y así ad nauseam.

Innumerables poetas y escritores y pintores y músicos -vano mencionarlos- meditaron asimismo con suma calidad sobre los eternos temas de la existencia (el amor, el placer, la muerte, Dios, el miedo, la bondad, la historia, la sociedad, el sentido de la vida, la belleza, etc…) Marinoff pone su píldora o granito de arena a esta tradición. Como divulgador mereció su éxito. Tiene el don de saber popularizar las ideas, lo entiende hasta el culto razonador Messi o el humilde y virtuoso Ronaldo. Ojalá logre que algunos lectores suyos vayan a las fuentes originales.

Si yo escribiera un libro de filosofía -algo que no descarto-, sería, si no mejor que el de Marinoff, al menos no peor. Por eso apruebo, valga y permítaseme el sistema arbitrario y exótico, «Más Platón y menos Prozac» y lo recomiendo.

NOTA BENE: Estoy muy cansado y escribo mal. No me devano más los sesos ni repaso la entrada al blog. Pincho «Publicar» y ya está. Espero que mis millones de seguidores se sientan reconfortados. Russell escribió miles de páginas y nunca corregía. Una bendita excepción a la norma. De nada, queridos. Los genios (soy catalán) «semos asín».

Domando los pensamientos a las cuatro de la mañana

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¡Qué agradable conocer al Sr. Sanz!

Pese a que estupró a la hija del obispo

o a su apisonada boca estirada con dientes ganchudos

profiriendo babilónicos dicterios contra el mundo,

y la peligrosa playa arenosa de su alma

donde una solitaria pilastra de niebla

ahueca su experiencia además de afiebrar sus sentidos

con inamistosas, ineducadas soledades.

¡Bienvenido al hotel «Sotana Negra» Sr. Sanz!

¡Bienvenida su pálida tez mustia, su pene casi menudo,

ese negro sexo que irradia esmegma y leche leprosa fuera del túnel!

La habitación 666 fluye para usted con los edredones limpios

donde podrá rebutir a su gata (mejor eso que dormir solo)

No le molestarán Jinetes Bárbaros ni Osos Peludos

ni la Casta Moral Hipócrita. Podrá leer, rezar

y tomarse tranquilo sus ginebras quietas (ginebra como un ansioso abrigo)

Dormir muy tranquilo en almohadas mullidas

como el culo rosáceo de Kim Basinger.

Los hombres se rellenan con las provisiones -alfalfa-

del arte de masas y las infidencias o «gossip» de Hollywood

¿se cree usted -permítame la descortesía-un hijo de Dios

creado por Él a mano en lugar de fabricado a máquina?

¿Un soneto con la trompetería aguda de un estrambote singular?

¿una aurora boreal fuera de los escombros y tormentas

de esta aburrida y decadente Europa?¿una galaxia enorme

dentro de su suave piel de pimiento? Usted no intimida

porque su posesión emocional es mera superficie

y su filosofía un muestrario de quiropráctico borracho de autoayuda.

Bienvenido Sr. Sanz. Tienen veneno las fresas

en mitad de esta peste que asola las burbujas venecianas.

En veinte idiomas puede mascullar su silencio enrejado

y su vida tronchada de aldeano sin lustre.

Cumbia, violín, «a mi juicio», «deseo que… pero», el «acaso»

desde un punto de vista lógico. Ese disgusto desmedido

por la osamenta de elefantes que cruje debajo del planeta,

y por los acúfenos de musgo que recubren esos huesos,

y por el lenguaje que envuelve a ese musgo agramatical

en la repentina transición hacia una cultura sin conocimiento

ni asomo o brillo ninguno de sabiduría,

donde solo braman catacujos, voces de alcaide, y putas enanas

tocadas de cuero (la música de las esferas silba alcohol barato de taberna)

¡Qué agradable conocer al Sr. Sanz!

¿Rosas heladas de champagne? Hijo sin hijos,

no verá a sus nietos jugando con los primos.

Qué tremebunda soltería, y qué aburridas lecturas patrísticas.

Sus análisis de la variedad, las posibilidades y la complejidad

los hizo con fáciles emociones de caramelo,

o con ideas que la vocinglería de la realidad desacreditó

(lo Real no es más que el linaje o los vástagos zopencos

de los graffiti y la literatura de avisos)

¿Acaso se puede cincelar la conciencia fuera del cine, de la tropical

y universal música rock, lejos del Océano Infernal de Internet?

La apoteosis de la Virgen y el sueño científico de los asfodelos

le desvelaron. Y sus labios como vientos vegetales y los lunares de sus senos.

O verla bracear desnuda en la piscina.

Encantado de conocerle Fray Orate

¿Mariposas amarillas gigantes?

¡Que ellos vivan todo el día aturdidos en un remolino bovino de teclas y pantallas!

En el Reino de los Cisnes y las Hadas de Agua,

en la gloria de los viejos imperios entrañables,

en los auditorios ilimitados de las lunas del Cáucaso,

entre ígneos ángeles donde jamás fue retirada la Palabra,

en el Valle de las Palabras Inspiradas

ni ejecutivos ni periodistas, ni burgomaestres o turistas plebeyos,

ni informáticos lerdos o tenderos compulsivos querrán entrar

(la gentuza come con la dentadura cariada;

mi mayordomo me prepara la capa macfarlán)

Meditaciones de aldea

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«La tarea del mercado es convertir la basura en oro. Y la basura es cualquier cosa, desde la auténtica basura al oro. El mercado no distingue entre la basura y el oro, porque es función del mercado hacer que la basura sea oro […]; el mercado está obligado (es su tarea) a destruir todo aquello que pueda dificultar que la basura se convierta en oro. Por ejemplo el conocimiento capaz de proponer un valor contra un precio. El mercado destruye el conocimiento porque el mercado produce oro. El antiguo mecenas, en cambio, necesitaba imperativamente el conocimiento para encontrar oro. Es una diferencia esencial que marca épocas muy distintas en el desarrollo de la civilización occidental» Félix de Azúa, Diccionario de las artes, Debate.

Velázquez proponía a los reyes la compra de pintura italiana ya que se sabía que su criterio se aquilataba en conocimientos extensos y minuciosos. Eliot fue un mandarín, como lo fueron también Russell o Moravia o Enzensberger o bien Sartre. Hoy diseñan la opinión pública -la peor de las opiniones- Ophra Winfrey, Pablo Iglesias y Jorge Javier Vázquez.

A mi juicio, ahora leer y saber no importa, incluso molesta. Expresarse con subordinadas te convierte en ininteligible, y te miran mal si procuras hablar bien -con simple corrección y precisión- evitando el descosido mongoloide sintáctico habitual o la jerga tabernaria. El ignorante no se avergüenza íntimamente de su ignorancia (e intenta remedarla) sino que se vanagloria de ella y la exhibe públicamente sin pudor (acaso porque -y esto es ya dramático- no sabe incluso que es ignorante)

¿De qué están hechos por dentro los hombres? De aquello que llena su ocio y ocupa su tiempo fuera del trabajo: los «media». Pocos se esculpen y determinan a sí mismos autárquicamente con el auxilio del arte, la literatura, la ciencia, las humanidades y el estudio, sino que asumen acríticamente las ideas y valores comunes farfulladas por la televisión, la radio, la prensa, el cine e Internet. Una música inarmónica que asorda el alma, que la encadena a la obscura, neblinosa cueva platónica.

Oscar Wilde (un aforista extravagante que siempre tenía razón, según dijo Borges) afirmó que las modas eran tan feas que por eso se debían cambiar cada seis meses. La moda de la incultura y de «seguir al rebañego» (Unamuno) temo durará uno o dos siglos más hasta que la historia amanezca espléndida con una especie de nuevo y juvenil renacimiento carolingio. La amnesia y anomia desorganizada y catastrófica de la educación secundaria y universitaria hace que yo sienta incluso que ya «ni es posible hallar consuelo en tinieblas proféticas»(Eliot)

Además el mundo dejó de estar familiarizado con la urdimbre vegetal, astral, cósmica, teológica, con las resonancias de un sentimiento de la vida lento, meditativo y litúrgico, agrícola y celeste. Yo vivo en una aldea de diez personas (me sobran nueve) y desprecio la euritmia «turbocapitalista» y los deleites o afanes laboriosos de la urbe. Me alimento solo de Nescafé y libros de anti-modernos (Ébola, Burke, Bonald, De Maistre, Guénon, Gómez Dávila, Donoso Cortés, etc…) Dejaré mi rica biblioteca y mi patrimonio a mis gatos, igual a como hizo Richelieu.

Noto la ley de degradación de la minoritaria «qualitas» en virtud de la mayoritaria «quantitas». Sé asimismo que la poesía, la literatura y el pensamiento en verdad importantes desaparecieron de la inmediatez cotidiana de la gente, gente embrutecida por los medios de comunicación y que, plagiando a un gran poeta (y advirtiendo sus notas irónicas), no puedo menos que llamar «gentuza».

Cambiando algo el sentido del verso,»But all is changed, that high horse riderless», («Pero todo ha cambiado, aquel elevado corcel anda sin jinete» Yeats), nada me atrae la baraúnda y martilleo estridente del mundo y monto mis corceles de los siglos pasados con gusto sumo y pasión desmedida. Mi noche no apunta al mañana infausto sino al ayer majestuoso.

Solo escribiré elegías. Prefiero aquellos antiguos ganchudos sifones a los muebles impersonales de Ikea, considero unos labios imbéciles a los gordezuelos labios apisonados por obra de la cirugía estética, me aburren los «best-sellers» de avulgarada prosa -prosa ulcerada- y muy mal compuestos, leo a Boswell y a Platón, a Emerson o Fumaroli o Bloom (tanto Harold como Allan) en mi galería acristalada a la luz del quinqué o de la luna tolteca. Cualquier tiempo pasado fue mejor)