Haykus

Una estrella circula por mis venas.
Rasga mis arterias, rompe mi corazón con su cristales.
Tiemblan los inviernos bajo el viento.

 

 

Cae la noche, negra,
oculto mis canas
entre trabajos de luz.

 

 

Tecnolerdo

Degracia

Informática

(segura)

 

 

Como una niña con un pez

rojo hilado al pelo

así, ángel y bestia, el poema.

Poética

Soy un poeta gregario, gris, incoloro, mediocre, vulgar. Pedestre, sobado, gastado, plebeyo, chabacano, ramplón, común. Hay en mis poemas poca fineza y galanura, y sí mucha garrulería. Poco refinamiento y eminencia y mucha molesta tosquedad. Mi tesis o Poética (una tesis simplista y de alma vieja) es que vivimos en un mundo lerdo, abajado, obtuso, torpe, ganso y memo, y, no resulta de ser paradojal, que ésas propiedades que yo creo definen nuestra Era de Piedra Tecnológica, se transfieran a mis poemas. Pero -y eso hay que admitirlo- en otros poemas soy un buen poeta, poemas que me gustan y justifican, mi pequeña aportación a la Historia de la Buena Poesía (que es, insisto, más bien menguada) Con mis escritos contribuyo tanto a la Historia Mundial de la Mala Poesía, como a la Historia Mundial de la Buena Poesía. Curioso caso el mío.

Autores indies (autopublicados)

Estoy leyendo a muchísimos autores indies, y estoy francamente sorprendido. Hay mucha morralla -como ocurre en los libros publicados por editoriales o por cauces habituales- pero también hay calidad y atrevimiento, vías personales y marcas de estilo. Las futuras historias literarias deberán tener en cuenta algunos nombres o pecarán de incompletas y prejuiciosas. La autopublicación no invalida por ello mismo criterios estéticos. El arte es ancho y libre. El único problema que veo en este tipo de literatura es la sobreabundancia, que sea un sistema muy poblado, casi casi una selva salvaje. Pero existe el valor; no captarlo, no percibirlo es una limitación.

Bernanos

Leo en la página 474 de la obra de Bernanos, Le Chemin de la Croix des Ames:
«El enorme mecanicismo de la sociedad moderna se impone a nuestra imaginación, a nuestros nervios, como si su inexorable despliegue nos obligase a entregarle lo que no le daríamos de buen gusto. El peligro no radica en la multiplicación de las máquinas, sino en el número, cada vez más elevado, de personas acostumbradas a no desear, ya desde la infancia, otra cosa que aquello que las máquinas les ofrecen. El peligro -posible- no es que acabéis adorando las máquinas, sino que sigáis ciegamente la colectividad -dictador, empresa, estado o partido- que las posea. No, el peligro no estriba de suyo en las máquinas, ya que solo hay un peligro para el hombre, y es el hombre mismo. El peligro radica en el tipo de hombre que esta civilización trata de formar»
Bernanos, a mi ver, fue profético al intuir el modelo o tipo de hombre propio de la civilización tecnológica. Una especie de plutócrata glacial y ruidoso corrompido por el poder absoluto. Y dibuja un futuro incierto en que el hombre no pinta nada ni es nadie. A más técnica menos silencio, y a menos silencio menos densidad de alma y más aburrimiento y tedio. Los tímpanos del hombre actual vibran las veinticuatro horas del día; con la notificación de un correo o un wasap, con la televisión, con la música o la voz de los locutores de la radio en el coche, con la voz de los compañeros de trabajo y los clientes de la empresa, y encima una caterva atmosférica de decibelios o ruidos indefinidos: la lavadora -nuestra o la del vecino-, motos encrespadas -también en mitad del campo-, peleas de borrachos, amantes copulando, sirenas de policía o de ambulancia, máquinas tragaperras, música de ascensor, música ambiental en restaurantes o comercios, etcétera. A mí, cuya hipersensibilidad al ruido está incluso diagnosticada, todo el cerumen ruidoso de la ciudad y la tecnología me enloquecía. Fuxí (huí) a una aldea gallega de diez habitantes. A la paz como el claustro de un monasterio del siglo XIV. Con música de las esferas, de la luna, de la lluvia, de la naturaleza, y aletear de mariposas en lugar de retumbar de tubos de escape. La ciudad hierve, bulle caótica como una infartada olla a presión a punto de reventar, es una osamenta que cruje con chirridos enfermos y agudísimos, sus habitantes son desquiciados cerebros a un tris del manicomio, como supo Bernanos. La aldea es una colcha de musgo y morados, de claros y dorados, de bosques y vaguadas, de capiteles lunares y sol medieval. Aquí me gustaría morir.

John Ruskin

John Ruskin consideraba que arte y moral estaban inextricablemente ligadas. Que la fuerza ética englobaba a la estética, que el arte era una papirología o palimpsesto también de rectitud y educadas costumbres.
También consideraba el arte un asunto muy serio. En su magna obra Pintores modernos, escribió al respecto:
«El arte propiamente dicho no es recreo; no puede ser aprendido en ratos libres, ni emprendido cuando no hay nada mejor que hacer. No es una forma de entretener las manos en el escritorio, ni de aliviar el tedio en los tocadores; debe ser comprendido y entendido con toda seriedad, o no inmiscuirse en él en absoluto. Los hombres deben dar sus vidas para impulsarlo, y sus corazones para recibirlo»
En esta Era de Redes Sociales siento esa música como una invectiva, igual a un puyazo, igual a un severo desmentido a lo que soy.

Burgueses

Me gusta la propiedad y la imaginería burguesa asociada a ella. Me gusta un buen coche, los hotelitos de verano, los pastelitos aromatizados -mirlitons-, el marisco de carne rosácea y titilante, las almendras y el hojaldre, los cangrejos en tabernas de pueblo con mar, organizar mi paraíso material según los sueños de un burgués. Su imperio de utensilios domésticos, limpieza, y gadgets tecnológicos, me reconfortan como estrellas en una noche de verano. Me gusta tanto el bullicio del confort, el enclaustramiento doméstico como ideal o forma alta de felicidad…Y en la arcadia o Antártida espiritual salirme de clichés, estereotipos y convenciones, gozar de los lirios silvestres de la soledad, la energía del silencio, y la meditación de la biblioteca. Bohemio de mente y burgués de posesiones, como un Gatopardo altoburgués en lugar de aristócrata, como si flotara encima de los simples hechos, como si registrara experiencias nuevas, es magnífica la dulzura intemporal de la existencia de un pequeño propietario rural. Me gusta tener algo de dinero, algo de artista, y algo de inteligencia.
Feliz 2020.

Caos bibliotecario

Era tal el caos de mi biblioteca que mi doméstica Teresa, unos días que estuve de viaje, la ordenó en triples columnas en los estantes. En completo azar ahora las pilas de libros. Busco las cartas de Madame de Stäel que editó y publicó Joseph de Ligne, y me encuentro con Dinero de Amis -esa bazofia- o busco un tomito que amo mucho de Henry Saint John, vizconde de Bolingbroke, y solo veo Saúl ante Samuel, esa otra bazofia de Benet donde se maltrató al castellano con descomunal saña ( el supuesto «great style» era una mera parodia sarcástica de sí mismo ). Busco la patrología de Migne o bien la Summa de Santo Tomás editada por la B.A.C. y me encuentro con Beatriz y los cuerpos celestes, de la latinista Lucía Etxebarría. Busco a Wittgenstein y hallo a Jodorowsky.
Mi biblioteca ya carece del orden de las fuentes, los jardincillos, con algo de moruno o turco o chinesco, carece de dorados e inscripciones. Ahora es un imperio sin esplendor. Un Luis XVI con el cuello en la guillotina. Un templo sin memoria. Un Babel de caballos desbocados. Una mente de delirium tremens. Pero Teresa puso su mejor voluntad y esfuerzo. Le regalaré una villa con sol por su amor limpio. Yo, desdichado, moraré desde ahora en las sombras eternas.

Conglomerado

La prosa modernista fue una imitación del CONGLOMERADO. Las librerías, bibliotecas, museos, tiendas, Universidades, hicieron de la aglomeración -en un mismo recinto se venden joyas, se edifican capillas, se instala un servicio de juguetería para infantes, se proyectan películas, etc..-, de la aglomeración y lo abigarrado un seña de identidad. Una galería de arte ya no es una galería de arte, también es un parque de atracciones. Una biblioteca no es solo una biblioteca, es tanto un espacio social, lúdico, como de estudio. Una Universidad es también una academia de artes sensuales, donde se enseña y aprende, no latín y griego, sino hip hop, sexología, trompeta y otros modos de estimulación placentera. También existen conglomerados mentales, menos conocidos por lo que son, a saber, pensamiento CONFUSO. El pensamiento directo es elegante y habla de esencias, el pensamiento aglomerado es como burbujas o farfollas balbucidas, y expresa forzadas metáforas, por ejemplo, el fútbol como danza, o como teatro, o como guerra, o bien la moda o vestimenta como escultura animada, o como relaciones semióticas, o bien el gesto como lenguaje, o bien los paisajes como arte vivo, etcétera.
El conglomerado es el perfecto correlato que expresa la vivencia del tiempo de los hombres contemporáneos; muy barroco y uniformemente acelerado. Lo contemporáneo es una suma ponderada de le goût de la boue (el gusto por el fango), la satisfacción pornógrafa y el desmedido gusto y afán por el AMONTONAMIENTO. Tiempos éstos de decadencia bizarra helenística.
La clasicidad deslinda, clasifica, ordena, jerarquiza, argumenta, es limpia y solar, el estilo privado de los hombres de ahora es informal, sin corbata, popular, descuidado, arbitrario, espontáneo, poco dado a las duchas o a afeitarse, en busca de una vida totalmente emancipada, sin condicionantes, empezando por los de la inteligencia y el buen gusto. El hombre moderno quiere ser un Dios.
P.D. En un gran espíritu (científico o artístico) la consecución de infinitos deseos sin valladar la convierten en una mente fáustica, con grandes creaciones en su ámbito. En los hombres comunes (que somos la inmensa mayoría), esa sed insaciable de deseos, esa necesidad de cumplimiento de cualquier anhelo, sea pequeño o grande, nos convierte en mecanizados -y endeudados de por vida- en, decíamos, robotizados consumidores. Desear es deseable en función del deseo y muchos deseos deben -debemos- limitarse. A eso se llama madurez.