La camarera

La camarera
De «El falso aristócrata»

 

 
Tus tetazas con lunares como huevos de Pascua
diminutos y sin apenas luz,
lunares como agujeros negros de juguete,
como una danza de puntos umbríos por un firmamento
blanco y lechoso.
Y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano.
Y tus dientes gemelos como manadas de ovejas.
Y tus labios gordezuelos que honran la tierra gloriosa.
Y tu pompis, sin oprobio, sin celulitis, alegre, musculado,
mi plena salvación,
sahumado de nardos y limones, dos lunas de mosto.
Ponme como un sello sobre tu corazón,
como un tatuaje sobre tu brazo.
Sírveme otro gin-tónic
y que se ejecute el juicio decretado:
tú y yo contendiendo salvajes en una cama,
o en playas más allá de la galaxia.

Jesús es nacido

Jesús es nacido
De «El falso aristócrata»

 

 
Suenan las campanas, hisopos de ternura, regocijo,
placer, hosannas, contento y alborozo, ¡Jesús es nacido!
En Él me refugio y no me avergüenzo jamás.
Tú eres mi roca y mi fortaleza.
¡Hidrostática del mar! ¡Pendular de volcanes!
Tú que cronometras los mismos caminos hacia arriba y hacia abajo.
Hoy por fin las estrellas se galvanizan.
Hoy muere la generación de entropía.
Hoy el imán gira invisible como savia del bosque.
¡Jesús es nacido!
Nacen ultravioletas del trigo.
Se esparcen infrarrojos por el musgo.
Dimana lava de los pechos de las adolescentes.
En mí hay una multitud y una unanimidad que niega
el morir.
Como aguas profundas en el campo es el Niño.
Bebé con piel de guisante, suavísimo como piel de conejo.
¡Electrodinámica cuántica de los lagos!
¡Mecánica del amor!
¡Física de la resurrección!
¡Jesús hoy nació!
No hay vanidad debajo del sol. No es posible.
Todo animal pace en las montañas.
Todo pez tiene branquias de oro.
Un Niño sonrosado sueña el sueño de la felicidad.

Gloria

Gloria
De «El falso aristócrata»

 

 
Bendigo Tu Nombre,
oh Niño Santo,
hijo de los alhelíes,
Bien de los vientos sosegados,
pacíficos del Universo,
plomo y mano del Tiempo,
león del Espacio,
espíritu de los glaciares.
Hoy naciste;
que brame el mar,
que rebose de contento
el bosque.
Naciste y ovejas somos
todos de tu prado.
Aleluya mi enanín santo.
Aleluya mi gigante del Cielo.

Lectura de Esther Tusquets

Yo provengo de una familia propietaria, capitalista, de una alta burguesía de provincias culta, católica, serena, hacendada. Sí, mis abuelos ganaron la guerra, y toda nuestra estirpe gozó por ello de privilegios. Tuvimos casas en la montaña y en la playa, profesores particulares de idiomas y dibujo y música, unos usos y costumbres idiosincráticos. Por eso me interesaron mucho las memorias de Esther Tusquets narrando los primeros veinte años de su vida (años cuarenta y cincuenta); «Habíamos ganado la guerra», Bruguera. El libro es una sucesión de anécdotas. La autora nos pasea por los cinco colegios diferentes a los que fue durante su infancia y adolescencia. Explica el carácter mujeriego de los hombres, la gazmoñería católica y su obsesión patológica por el sexo y el infierno, los veranos de tres meses -eternos y felices- en los pueblos marítimos de la costa norte de Cataluña, el señorío de su abuela y el talante antitético de dos de sus tías (Blanca y Sara), su temprano amor por los animales y el nacimiento de cierta difusa conciencia social ante la injusticia, el destino de ellas como cuidadoras de sus maridos (de los niños se ocupaban las tatas y el servicio) y de amas de casa en el joven franquismo, los pisos -anchos, oscuros, grandes- donde vivió, de la tumultuosa relación con su madre (primero adoración y después distancia y conflicto), de los enamoramientos, primero platónicos con amigas, y, después más sexuados con un profesor de literatura y con un joven y desclasado autor teatral, nos relata su infancia de niña tímida, «difícil», retraída, imaginativa, asocial, miedosa, habla de un tío cura e intelectual que fue en su inmadura juventud un antisemita y antimasón recalcitrante, habla del Liceo como símbolo de una clase acomodada y autosatisfecha pero algo lerda, y, espolvoreado aquí y allá, nos enteramos del fenómeno de las «queridas», de las «solteronas», del desparpajo verbal y moral de las clases subalternas, de los guateques tan «blancos», de lo germanófilos que fueron todos (sale hasta un tío suyo que tiene un museo nazi en su casa, un «nazi de opereta»), de los privilegios de que gozara de una coeducación (Colegio Alemán) y un moderado laicismo (el posible en un contexto de asfixiante nacionalcatolicismo), de la privilegiada relación con su hermano Oscar, etc…etc…El libro se hila al fluir del recuerdo (los temas son la familia y el yo), la escritora es diáfana y amena y casi no molesta nada Esther con sus largos incisos (un estilema muy suyo), y no se arrepiente en una especie orgía de culpa irracional por el hecho de tener facilidades y favores en una Barcelona pobretona, menesterosa, carente de tanto, fea y gris. Es bastante impúdica y sincera -lo que se agradece-, en resumidas cuentas, que las memorias corren raudas, pasadoras, sin desinteresar al lector. Esther Tusquets fue editora de Lumen durante cuarenta años (editó a Céline, V. Wolff, Quino, U. Eco, etc…) y una ludópata o jugadora empedernida. Murió mal, de Parkinson. Escribió novelas, relatos y ensayos. Tuvo, además de liasons heterosexuales, osadas inclinaciones sáficas. Perteneció (el libro acaba con una toma de conciencia crítica con el régimen tras una bastante tonta afiliación al falangismo) a la izquierda rica, la izquierda caviar, la gauche divine, y fue una comunista a su modo. Me gustó éste «Habíamos ganado la guerra». Me recordó, por asociación, un linaje también mío, unos orígenes comunes. Mi hermana viró hacia la revolución, pero yo sigo fiel a estos «falsos aristócratas», a saber, burgueses libres, cultos y cosmopolitas (a veces también bastante tontorrones). Son mi clase. También mi orgullo. Mi humus y destino. Debiera decirlo.

Lectura de Medawar

Me leí esta noche «Consejos a un joven científico», de Sir P.B. Medawar, Crítica (colección Drakontos) Los humanistas literarios suelen tener ideas distorsionadas de lo que es y hace un científico, llenas de mitología popular y desconocimiento. En la literatura abunda el científico loco o malvado, o bien personalidades calculadoras, meros registradores de hechos casi indiscernibles del alma de un autómata. Pero en los laboratorios, aulas y bibliotecas de los centros de investigación del mundo se desmienten estos tópicos. El científico es un ser creativo y apasionado como un poeta que, en lugar del ritmo o la cadencia o la metáfora, trabaja imaginativamente con las hipótesis, de cuyo enamoramiento irracional puede sacar dolorosas consecuencias. Hace experimentos baconianos (trastocar hechos, mezclarlos), experimentos galileanos (experimentos cruciales que pueden derribar una hipótesis o una consecuencia lógica de la misma), y experimentos kantianos ( más conocidos como experimentos mentales) El viejo científico se puede convertir en dogmático, el joven y brillante en un déspota inconsciente. En la ciencia siempre existieron problemas de rivalidad a la hora de evaluar el primero que dio con la solución -si solo había una- o una de las soluciones a un problema. El autor da consejos sobre cómo escribir un artículo científico, cómo no aburrir en una conferencia, sobre cómo tratar a colegas, de los peligros del chauvinismo y el racismo y el sexismo, nos habla del inveterado mesianismo científico de algunos (algo que se parece al pensamiento arcádico de algunos humanistas), y muchísimas cosas más.
Este libro es un clásico como «Apología de un matemático», de G.H. Hardy, o, en otro orbe espiritual, como «Consejos a un joven poeta», de Rilke. Su prosa es opulenta y magnificente. La elegancia del entramado argumental exquisita, selecta y eximia. Su consideración con el lector educadísima. Pasé casi dos horas hipnóticamente sumergido en la mente de Sir Medawar. Horas de placer que erizaron la glándula pineal. Léanlo, si les parece bien. El libro es tan breve como sustancioso.

Natividad

NATIVIDAD
De «El falso aristócrata»

 

 
Polvo no seré, ni reliquia.
Ante el obispo, ante el rey,
ante los barrizales con luna,
se irá mi cuerpo huesudo,
pero no el afán de claridad de mi alma.
Que el Alma engulle si Él la desborda.
Que el Alma se agolpa perentoria
si Tu materia se expresa
en un Poder jamás absurdo ni sarcástico.
¡Jesús vivo!
Es un paseo elegante la vida.
La melancolía replica la inocencia de los melocotones.
El campo joven repite sus diversiones.
Las estrellas son mujeres cuajadas.
Eres invulnerable y ningún puñal puede matarte.
El cielo recuerda las velas y sombras de la iglesia anochecida.
El dolor sueña el delito de ser alegre.
La vida es un tufo de leche de infancia.
¡In manus tuas!
No se resquebrajan ahora los labios de la belleza.
La agilidad del Pedagogo asienta las plantas.
El Constructor pone lumbre a los ojos de los pumas.
La Mente pone álgebras al lenguaje.
El alma no muere en el cementerio del cuerpo.
Las tinieblas no gozarán aquí de su tremar ciego.
Los anchos valles de la grey humana viven al fin: Jesús es nacido.
No existen distritos de espíritus turbios en las aldeas.
No existen infiernos excavados en la lluvia.
No existen tardes de soledad y Orfidal.
La muerte no arrebata al Mejor de los Mejores.
¡Jesús vivo!

Fe

Creo que subyace al Universo una Mente. Es una percepción emocional (a eso se llama «fe») que no sabría argumentar de modo compacto. Sustituyo las pruebas por el sentimiento. Las leyes de la física -supongo- deben haber tenido un Constructor. ¿Fue creado el Universo por un agente divino? No creo que sus características tan precisas sean fruto del azar. Yo creo que el Universo tiene un propósito, y que ese plan está trazado por Dios. Dios es asimismo – diría- el fundamento de la Verdad, la Bondad y la Belleza. Soy teísta. Insisto que el razonamiento a veces es una mala vía para estas intuiciones; mejor la experiencia del corazón. Dios existe. Todavía no lo sé, pero no puedo no creerlo.

Creencias

CREENCIAS

 

 
Frank Ramsey fue un malogrado lógico y filósofo, rival de Wittgenstein, que murió prematuramente. En un artículo en Mind definió a las creencias como «mapas con los que uno se guía o conduce». Efectivamente una creencia tiene una dimensión cognitiva y otra conductual. Si creo que Acapulco está entre Orense y Barcelona, al viajar de Orense a Barcelona haré unos cuantos miles de kilómetros de más, con la pérdida de energía y tiempo consiguiente. Si creo que Dios desea que mortifique mi carne, usaré cilicios o ayunaré, con las desagradables consecuencias añadidas. De ahí la importancia que para la buena vida es un conjunto de creencias racional. Si veo una víbora a mis pies y creo «las víboras no matan» no me apartaré, si creo «las víboras son peligrosas» huiré. Conocer o saber no es un lujo burgués, una pirotecnia para ociosos, sino una exigencia para vivir y para vivir bien. Una gran creencia es aquella que maximiza la felicidad y minimiza el dolor, que pinta adecuadamente el mundo y no falsea los rasgos de la realidad, que es, en resumidas cuentas, lúcida. De esas hay pocas. Buscarlas es una de las gracias de vivir. Pero observemos que no todas nuestras creencias son simultáneamente verdaderas. Desde la creencia más trivial, «dejé las llaves en la mesita», a la más trascendental, la experiencia nos adiestró o enseñó múltiples veces sobre lo falibles que son( «ah, estaban en el bolsillo del pantalón»). Permítanme un juego de palabras enrevesado. La única creencia indudablemente verdadera es una metacreencia, una creencia sobre nuestras creencias, a saber, que no todas nuestras creencias son verdaderas. Esa tensión entre un sano escepticismo, una modestia intelectual, y la necesidad de creer convincentemente, también da mucho jugo a la vida. Crean, pero con cabeza.

Sobre unas líneas de Montaigne

SOBRE UNAS LÍNEAS DE MONTAIGNE
De «El falso aristócrata».

 

 
No me he enfrentado a grandes empresas
no crucé el Bósforo
no me transformé en ángel o Dios
no me batí con el capitán Drake
no atesoro peligrosos secretos de Estado
no fantaseé con la inmortalidad
no subí a la cima de los reinos imponderables
no poseo escándalos ni creencias extravagantes
soy incapaz de ordenar a los vientos o a los sueños
soy incapaz de perseguir los misterios naturales
he amado con discreción
y conquistado solo esta pequeñita alma mía.
¿Pero, aún con modestia -me dice el ginebrés-, habéis sabido meditar y dirigir vuestra vida,
compuesto la mente con ideas claras y distintas,
enfebrecer vuestro corazón con altos pensamientos mortales,
ahuyentado los demonios del lacayo,
dañado a las mezquindades y a los instintos?
En tal caso habéis hecho el trabajo mayor de todos.
En tal caso sois tan libre como hombre.

Humanidades

HUMANIDADES

 

 
Las humanidades sirven a la gente joven (y no tanto) para dirigirse y encarar la pregunta fundamental en la vida: para qué vivimos. Ningún sistema legal, o científico, o político, ninguna tradición cultural, ninguna dogmática religión, puede sustituir a esa pesquisa irrenunciable.
La crisis de las humanidades en Occidente me hace colegir que la gente vive por inercia irreflexiva. Trabajo, ocio, sueño, en una rueca autómata, en una alucinosis rutinaria. Paradojalmente, en la tierra de la libertad, de la obesa riqueza.