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Son deliciosas las patografías de Enrique IV de Castilla, Amiel o el Conde-Duque de Olivares, entre otras, de Marañón. Y las del psiquiatra ourensano Manuel Cabaleiro Goás, donde analiza desde la saudade de Rosalía hasta su teoría de la supuesta neurosífilis y psicosis delirante de Ganivet (también recomiendo leer las de personajes literarios como Werther, Mishkin o Joaquín Monegro, publicadas por la Asociación Galega de Psiquiatría).

Imperdible es, de Gilbert Ballet, su monografía La folie de Jean-Jacques Rousseau (1909), donde el gran psiquiatra disecciona los escritos autobiográficos de Rousseau y concluye con un diagnóstico contundente: Rousseau padecía un delirio crónico de persecución. Argumenta Ballet cómo el aislamiento del filósofo, su ruptura con los enciclopedistas y su obsesión de que el mundo entero (especialmente los jesuitas y Voltaire) conspiraba contra él no eran excentricidades de genio, sino síntomas de una psicosis paranoide que tiñó toda su teoría política sobre la sociedad corruptora. Da que pensar.

Apasionante resulta el estudio de Maxime du Camp y Jean-Martin Charcot sobre Gustave Flaubert. Su hipótesis atrae: la epilepsia de Flaubert alteró su percepción del tiempo y el espacio, influyendo directamente en el ritmo lento, minucioso y casi obsesivo de su prosa en Madame Bovary.

Para mí, la mente de Trump es indiscernible de las mentes de grafólogos, quiromantes, practicantes del reiki y chiflados de la Era de Acuario. Un tipo de mente con gran parentesco con las portentosas imbecilidades de ovnis y embajadas galácticas, con clarividentes de hojas de té, echadores del tarot, médiums perturbadas, astrólogos bujarrones, brujas con bola de colorines, quemaduras con forma de huevo en un campo por parte de una supuesta nave espacial e infames horóscopos. Creo, y poco me equivoco, que toda esa morralla define bien el cerebro fangoso del presidente de EE. UU.

Burton 180

Una de las coletillas favoritas de Gadamer era instar a sus alumnos y colegas con la exclamación «¡Contradíganme!». Frege, por otra parte, se extrañó cuando un día uno de sus pocos alumnos le expresó su admiración por emplear solo aquellas palabras cuyo significado conocía exactamente. Sobre Frege, probablemente el lógico más importante de la historia tras Aristóteles, ocurrió una tragedia intelectual que demuestra su rigor e incansable amor a la verdad. En una carta fechada el 16 de junio de 1902, Bertrand Russell le escribió exponiéndole su famosa paradoja. Esto demostró que el sistema lógico de Frege era contradictorio, derribando una década de su trabajo sobre la fundamentación de la aritmética. Como el segundo volumen de su obra magna, Grundgesetze der Arithmetik, estaba a punto de publicarse, Frege añadió rápidamente un apéndice en el que incluyó una célebre y dolorosa autocrítica: «Apenas puede haber algo más indeseable para un científico que ver el derrumbe de sus cimientos justamente cuando la obra está acabada. La carta del Sr. Bertrand Russell me ha puesto en esta situación». La obra de su vida, donde demostró un rigor diamantino asombroso, se caía como un castillo de naipes y él reaccionó con majestuosa magnanimidad.

Si algo sabemos de nestras creencias es que difícilmente forman un sistema perfectamente coherente y completo: la única creencia absolutamente verdadera sobre nuestras creencias es una creencia sobre nuestras creencias, a saber, que no todas nuestras creencias son verdaderas. La humildad, el escepticismo, la disposición a corregirlas o modificarlas si conocemos mejores elementos de juicio en su contra, son condiciones irrenunciables de la probidad de pensamiento.

Demasiados se encastillan en su soberbia visión del mundo cerrando los ojos a los cambios, a las ideas mejor formuladas empírica o lógicamente, al aumento de nuestra información sobre los hechos. Esta es una actitud dogmática y muy poco lúcida.

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Anne-Marie-Louise d’Orléans, duquesa de Montpensier por derecho propio, nació en el palacio real del Louvre de París. Su padre fue Gastón, duc d’Orléans, hermano del rey Luis XIII de Francia. Ella era, así, prima del rey Luis XIV. Su título en la corte era La Grande Mademoiselle. Heredó riquezas fabulosas y el título de su madre —María de Borbón, duquesa de Montpensier—, que murió al nacer. Se convirtió en una figura importante en las guerras civiles francesas del siglo XVII conocidas como la Fronda. Por ello, fue exiliada a sus fincas en el extranjero durante un tiempo, aunque luego se le permitió regresar. Escribió unas memorias que proporcionan un valioso relato de las cortes de Luis XIII y Luis XIV.

Exiliado de Cataluña, yo nunca podré regresar.

NOTA BENE: Prepárate un vodka con naranja. Lee a Dante, a Gabriel Miró, a Areilza, a Tarski y a Gödel como quien lee un devocionario, una biblia y un almanaque repetidamente, vez tras vez. Acaricia los mastines de la niebla. Olvídate de la bizquera pastosa de tu pequeña tierra. La melancolía es un burdo pasatiempo.

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Desearía aclarar algo muy importante. El folclore de las distintas regiones de España es algo dignísimo y respetabilísimo, sean los espectaculares trajes tradicionales de La Alberca en Salamanca, el bellísimo flamenco, los toros (recomiendo leer al muy erudito Cossío), el Cant de l’Estoreta en Valencia, la calçotada de Valls o la Festa do pulpo de Carballiño.

Por crianza, siento afectos muy hondos ligados a La Patum de Berga y a la dansa de la mort de Verges. Una nación necesita tanto la cultura popular como la alta cultura. El fútbol puede entenderse como una manifestación de la cultura popular (recuerdo ir con mi padre al Camp Nou y observar su transformación de un carácter de recio hombre poco empático en delicuescencias tiernas y no poco cálidas). El fútbol es de las trivialidades más serias.

Pero en el artículo de Herrera afloraba un populismo antiintelectualista; una contraposición simbólica entre Zarra, Ramallets, Iniesta, Juanito, Unai y los grandes nombres de nuestras letras y ciencias que es vano nombrar. Una cosa no quita la otra y, si algo peligra en nuestros días, no es precisamente el fuera de juego y el achicar espacios, signifique eso lo que signifique.

Burton 177

Vincular la «españolidad» o el sentimiento de pertenencia y comunidad exclusivamente al «esférico» es una visión muy reducida de lo que une a una sociedad. Eso se llama patriotismo visceral o folclórico. Se puede amar a un país y sentirse profundamente parte de él cuidando su cultura, su lengua y su pensamiento, sin necesidad de desgañitarse con un gol. Mi patriotismo se fundamenta en los valores compartidos, las instituciones, el acceso al conocimiento y el respeto a la herencia intelectual de una comunidad.

No desprecio a Lamine Yamal o Pedri, ni mucho menos, pero no mueven mis pasiones. Me emociona, en cambio, el estudio detallado de Domingo de Soto (1494-1570), de quien los historiadores de la ciencia afirman que se adelantó a Galileo en la descripción del movimiento uniformemente acelerado en la caída de los cuerpos y que esbozó conceptos primitivos de lo que hoy conocemos como masa en física. Y Martín de Azpilcueta (1492-1586): pionero de la teoría cuantitativa del dinero dentro de la ciencia económica. O Abraham Zacut (1452-1515), aquel que, aunque era judío y no pudo ocupar una cátedra oficial en la Universidad, fue un astrónomo y matemático extraordinario. Sus Tabulae Tabularum y el Almanach Perpetuum fueron herramientas fundamentales para la navegación durante los grandes descubrimientos geográficos, y Cristóbal Colón se apoyó en ellas.

Lo que me une a España es la obra de Julio Rey Pastor, discípulo de don Zoél García de Galdeano en la Universidad de Zaragoza y de don Eduardo Torroja, de quien fue su ayudante en la Universidad de Madrid. Rey Pastor fue becado en dos ocasiones por la Junta para la Ampliación de Estudios: la primera en Berlín (1911-12) para estudiar con los profesores Schwarz, Schottky y Frobenius, y la segunda en Gotinga (1913-14) con Carathéodory (representación conforme), Courant (ecuaciones en derivadas parciales) y otros como Hölder, Rohn, Koebe o Landau. Esa es mi España real y no la de Oyarzabal.

La biblioteca, la literatura, el arte y el pensamiento son el tejido permanente de una nación. Me siento parte de España a través de la poesía de Miguel d’Ors y Antonio Carvajal; las ideas de Balmes y la prosa enjoyada de Valle-Inclán; los epigramas inteligentes de García Martín; el glorioso Museo de cera de mi maestro Álvarez; a través de las discusiones de Sánchez Albornoz con Américo Castro, o de la muy rara filosofía, pero bien escrita, de García Bacca. Apelo a la memoria viva y profunda de mi país mediante los cuadros de Fortuny y Madrazo, el Teatro crítico universal, las Cartas marruecas o esa filigrana de la marroquinería que es la Historia de los heterodoxos españoles.

Quiero dejar claro que el fútbol no excluye necesariamente a Javier Marías, ni a Sánchez Ron, ni a Marañón; solo constato que el fútbol ni lo entiendo y, encima, me deja indiferente y quedo ante él in albis. Para nada me hace ello menos español o un progre de ceja alta. Ojalá ganemos hoy a Bélgica.

NOTA BENE: Cuando Herrera dice que ahí juegan sus hijos, su memoria y su bandera, lo que está haciendo es secuestrar esos conceptos e incorporarlos dentro del estadio. Te está diciendo implícitamente: «Si no estás con el fútbol, estás escupiendo a tus hijos, a tu memoria y a tu bandera». Una inferencia pragmática.

Le importa el fútbol como paraguas emocional. El balón es su excusa para construir un «nosotros» (los de abajo, los del pueblo, los que vibran) frente a un «ellos» (los intelectuales, los estirados, los de la ceja alta).

Es una pirueta muy efectista: convierte un negocio de once millonarios en una trinchera ideológica. Te obliga a elegir bando. Y ahí es donde radica mi contrarréplica: yo no juego a su juego de bandos porque mi España no necesita un árbitro ni noventa minutos para existir; ya está sólidamente construida en mi biblioteca.

Burton 176

Fui siempre un solitario voraz, yihadista, desmedido. Probablemente la soledad devora la dulzura, pero me rechazaron violentamente mis semejantes y no quise mendigar amor. Ahora solo pido una vida defendida de infortunios, con mis libros y, alrededor, la energía o bendición del silencio.

Muchos nos vemos ajenos al mundo que nos rodea. Yo padecí un acusado ostracismo y me desempeño mal entre las gentes. La angustia fue mi madre; soy hijo de la locura y la melancolía. Me cansa la vida, la noche escupiendo agujas. Me cansa esta sociedad grotesca, verrionda y zurumbática. Una oscuridad perfectamente limpia, pero terrorífica, cerró mi garganta.

¿Qué me sostuvo? Entre otras cosas, los libros de Finkielkraut.

En una obra de 1987, el filósofo francés —cuya tesis dictaba que cuando el odio a la cultura pasa a su vez a ser cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda relevancia, visibilidad o significación— escribía: «Siempre que lleve la firma de un gran diseñador, unos zapatos equivalen a Shakespeare, una historieta con una intriga palpitante equivale a una novela de Nabokov, lo que leen las lolitas equivale a Lolita, una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire, un ritmo de rock a la melodía de Mozart, un bonito partido de fútbol al más selecto ballet, un gran modisto a Picasso, Manet o Miguel Ángel, un clip, cualquier vulgar single o un spot equivalen a Verdi o Wagner. El futbolista y el soberbio coreógrafo, el gran escritor y el publicista, el sublime músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio que reserva la cualidad para unos pocos y que suma a los restantes en las subculturas».

Corre paralela a la voluntad de humillar a Shakespeare la de ennoblecer al zapatero. Corre paralela a la voluntad de humillar a Talleyrand y Richelieu la de ensalzar a políticos actuales inanes. Establecer jerarquías y distinguir quantitas de qualitas, no creer que TODAS las prácticas culturales son GRANDES creaciones de la humanidad, ya es visto como el pensamiento de un orate perturbado. Bárbara Cartland vale lo que Flaubert y, por ser más popular, merece estudiarse en las universidades y orillar al obsesivo y aburrido estilista francés.

El arte debe apartarse y huir urgentemente de Shakespeare y acercarse lo más posible a los parlamentos intelectuales de futbolistas o a las bufonadas de las redes. Todo lo que sobrevive debe hacerlo en la forma más liviana y hedonista posible. El presente pertenece a Mickey Mouse y Shakira, a los Pitufos, a Tele 5 y a Ibai.

Cuando Finkielkraut escribió su ensayo (un ajuste de cuentas con el posmodernismo de moda) no existían Google, Pinterest, TikTok, Twitter, Pornhub, smartphones, Wikipedia, Netflix, reguetón, WhatsApp, etcétera; casi solo conocía la televisión, los coches, la nevera y la tostadora. Existe una incompatibilidad irreconciliable entre esos mecanismos tecnológicos y la verdadera creatividad cultural, agravándose la metástasis antiintelectual señalada por el pensador francés hasta unos límites que rozan la autoparodia.

¿Se romperá el cable del ascensor y todos los pasajeros caeremos al abismo? Yo creo que ya casi bordeamos el precipicio, si no vivimos en él de pleno. Creo con inusitada (¿irreal?) convicción que vivimos en una civilización papuda, decadente y zancuda. Preferiría ser un aristócrata de la corte de Luis XIV que un adolescente bobo que idolatra a una estrella del pop mema, o que se pasa todo el día jugando con su consola o colgando fotos intrascendentes en Instagram.

Prefiero oír a Casanova conversando con Benedicto XIV, Clemente III, con la emperatriz María Teresa, Luis XV, con Madame Pompadour, Voltaire, el doctor Johnson, Winckelmann y Mozart, que arrellanarme ante el televisor escuchando retransmisiones del Mundial.

Leemos en Mateo 5, 48: «Estote ergo vos perfecti!» (Sed, pues, perfectos). Las élites burguesas, hacendadas y cultas buscaban esa perfección. Esa armonía se ha diluido con la cultura coetánea. ¿Ha perdido la humanidad la capacidad de vivir con ideas abstractas o serias? Tocqueville habló ya, con tono profético, de «la hipocresía de la molicie». Se está creando una Era Glacial Tecnológica que presumo durará varios siglos (si se me permite ser vanamente arúspice).

Baudelaire todavía creía en el éxito y presentó por eso su candidatura a la Academia. Yo tan solo me conformo con inspeccionar apacibles nieblas. Yo solo me impongo a mí mismo el primitivismo de los bosques.

Burton 175

Mi psiquiatra durante más de una década —una psiquiatra y ser humano excelente, mucho mejor que la media— un día comentó al bies, como de refilón, sin darle importancia: «Tú perteneces más al mundo de los eruditos que al mundo de los locos». Esas palabras calentaron mi corazón y las recibí, emocionado —todavía me emocionan—, como el más alto elogio.

Un escritor es un erudito; por lo tanto, yo era más escritor que loco. Ese cumplido generoso laborea dentro de mí y mi permite cruzar las tinieblas; son palabras que sostengo como una madeja en mis muñecas, con los brazos abiertos, y que voy moviendo al compás que marcaba mamá al hacer el ovillo.

Acaso me engañe, pero no deseo que me recuerden como un loco que a veces escribía, sino como un escritor al que dio la casualidad de que le tocó la infausta locura. Un escritor menor, qué duda cabe, pero un escritor al fin y al cabo. Un escritor, un tratante del lenguaje, de su ritmo, su conciencia y su gramática.

Escritor y también adicto a la lectura. Un drogadicto de esa tecnología insuperable llamada libro.

Ahora mismo leo The Philosophy of Mystery, de Walter Cooper Dendy. Pertenece a ese género de libros fascinantes escritos antes de que la neurología, la psiquiatría y la psicología se separasen y cuajasen definitivamente; esas obras donde conviven la decimonónica anatomía cerebral, Shakespeare, los fantasmas, la fisiología primitiva, los moribundos, los opiáceos, Plinio, los casos médicos, las fiebres tifoideas, los sueños o la filosofía natural. Una hibridación que pasma y engancha al lector. Mejor que el sexo.

Deseo ser recordado como un bibliófago. Y que en las playas, en los muelles con luz cenital, los bañistas y vagabundos cuchichearan a mi paso y me motejaran únicamente como el Hombre Archilector. El polvo dormido en rollos dormidos de plata y bronce, losanges de cinabrio y piedras; el polvo que aventaba mi ser libresco.

Burton 174

Me produce asfixia esa costumbre gala de archivar, clasificar, ordenar y explicar; necesitan público incluso cuando están solos. Es un país de bodegueros y tenderos. Aunque admiro la gran literatura y la filosofía francesa de los siglos XVII y XVIII, las recientes ternezas me parecen extravíos esperpénticos: Lacan, un paranoico-crítico; Althusser, un glaseado requemado; Derrida, un tostón que no hay quien lo entienda; Barthes, un pirotécnico ensimismado en su propio ombligo.

Disfruté mucho con Le Christianisme dévoilé, aunque infinitamente más con la Hydriotaphia de Thomas Browne: tengo una confianza tan ilimitada en la razón como en la prosa latinizada. El francés difícilmente puede ser de más de dos tipos, dondequiera que esté y haga lo que haga: presumido o proxeneta. Es una raza laminada de hypocrites conformistas. Tienen la cabeza llena de frases hechas y el corazón seco como una pasa; su cultura es un cadáver embalsamado que huele a alcanfor. Son seres insoportablemente aldeanos. Detesto esa cursilería de la haute couture y la nouvelle cuisine que ha infectado a la burguesía, la cual no es más que el síntoma definitivo de la inopia y la estolidez europea.

Pido el exilio a Inglaterra alegando la catetez francesa.

Burton 173

En la oposición, Sánchez decía que “no bastaba con pedir perdón” y exigía responsabilidades políticas al Partido Popular, además de las ineludibles disculpas públicas. Al trasladarlo todo hoy al código penal —si no hay condena, no hay culpa—, la ética pública salta por los aires y los estándares democráticos caen al mínimo legal: ya no se exige ejemplaridad; basta con no pisar el trullo. Me acuerdo de Montaigne: “Yo festejo y acaricio la verdad en cualquier mano que la encuentro, y me rindo a ella alegremente, y le someto mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse” (Essais, III, VIII).

Ante este panorama, entran ganas de emborracharse con tudescas azumbres sabrosas, luquetes y uvas violetas de vinos envidiosos, hasta que la línea de fuga vacile y el punto de equilibrio empiece a trastabillar. O de terminar en la cama con una velina siliconada. O, mejor aún, de refugiarse en De vivos, vellos e mortos, ese compendio de debita proportio sive consonantia, integritas sive perfectio y claritas: “O doutor Johnson, que correxía o Dictionary na taberna do León, debeu ser home arroutado, pois o de facer en tres anos o que os académicos franceses fixeron en corenta foi unha promesa e un reto públicos; cousa nada rara nun home coma el, que acostumaba dicir, antes de soltar un comentario esmagador para o seu interlocutor: Asegúrolle, señor (Depend upon it, sir…)”.

Dan ganas, en fin, de pedir el exilio en la embajada francesa.

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(Bonnie Tyler)

Voz de papel verjurado, donde se aprecian corondeles y puntizones. Belleza de guepardo en el risco. Cantaba como un friso de antigüedad homérica. Su figura me trae recuerdos de años de felicidad. Su luz era un trozo abombado de cereza Tiepolo: un acantilado cercano frente al horizonte gris. D.E.P.