Burton 191

Una de las historias del cristianismo es la de la lucha del hombre por elevarse por encima de sus propias fragilidades. A pesar de sus crímenes, sus intolerancias y sus guerras, el cristianismo proporcionó al ser humano el marco para entender su propia dignidad. El concepto occidental de los derechos humanos y de la limitación del poder del Estado frente al ciudadano habrían sido, a mi juicio, impensables sin la insistencia agustiniana y paulina en que el alma humana responde ante un tribunal superior al de cualquier césar terrestre.

Soy un agnóstico tenso que propende más al «sí» (basado en argumentos emocionales) que al «no». Me causan zozobra ateos como las Twanda Rebels, Bolaños, Willy Toledo, Almodóvar, Valtònyc o el presidente Sánchez, frente a Descartes, Pascal, Lemaître, Alberto Magno, John Henry Newman, Plantinga, Ockham, Roberto Busa, Bolzano o Clavius. Intuyo —afligido— que es como comparar un traje de Westmancott con una camiseta de Zara. Intuyo, pero no lo sé razonar, que la eminente inteligencia se acerca más a la verdad.

Las palabras no son instrumentos neutros. Entre ellas existen relaciones de compatibilidad, dependencia y exclusión que limitan las combinaciones posibles y hacen inteligibles otras. Un texto no es una mera sucesión de términos, sino una estructura regida por ciertas condiciones internas de coherencia. Cada párrafo constituye una unidad de significado con sus propias reglas de organización, de modo que unas transiciones resultan justificadas mientras que otras rompen su continuidad lógica.

El significado tampoco es uniforme. Se modifica según el contexto, las inferencias que autoriza y las conexiones que establece con otros conceptos. En ese sentido, el lenguaje no solo describe el mundo: también articula las categorías mediante las cuales comprendemos nuestra experiencia y organizamos una tradición intelectual compartida.

Queda entonces una cuestión más profunda. ¿Es el significado una construcción enteramente humana o remite a un orden que la trasciende? Y, si es así, ¿apunta el arte a algo que excede las convenciones del lenguaje, a esas «presencias reales» de las que hablaba Steiner? No lo sé.

Disculpen, estoy cansado y escribo mal. Deliro con atrevimiento y no discurro de un modo perspicaz. No sé.

Burton 190

Ni soy ni seré un escritor de primera fila —no me engaño—; poco menos que un dominguillo talentosillo, si se me permite el autoelogio desmesurado. Soy un escritor amateur y diletante, de noches insomnes, que siempre tiene presente la aguda experiencia de Montaigne:

«Poco importa cuántas veces revise mis escritos; en lugar de complacerme, me decepcionan y me enojan. Tengo siempre en la mente una idea, una imagen difusa, de una expresión mucho más acertada que la que empleo, pero, como en un sueño, no logro asirla ni desarrollarla».

Escribí varios libros y traicioné el lema de Gauss a la hora de publicar: «Pauca sed matura» («Poco, pero maduro»). En el pecado llevo la penitencia. Mi prosa no se diferencia de la del aguachirle conyugal; debí haberme limitado a escribir solo feuilles volants para mi familia.

Fui en busca de un lenguaje claro a la par que elegante, con mampostería educada. Si por un lado pretendí evitar la variedad verbosa —esa llevada a unas cimas sorprendentes de calidad por un Cicerón o un Góngora— o la variante conceptista —formulada con pasmosa felicidad por un Tácito o un Gracián—, tampoco me hubiera importado acuñar de vez en cuando frases con esos dignísimos modelos.

Descreo del estilo tosco, simplón y superficial que no levanta un palmo del suelo; de esa prosa monocolor y liofilizada, huera y epidérmica. Pero me disgusta asimismo una escritura en permanentes vacaciones por la ininteligibilidad galáctica, de hermetismo gnóstico.

Mi modelo de escritura sería un métissage entre George Eliot o Jane Austen con Dickens o Stevenson. Mi estilo anhelado gravita entre dos polos: Hume o Quine y, en el otro extremo, David Lewis. Busco una lengua —refiriéndome ahora a la prosa carolina y republicana del siglo XVII inglés— sin el estilo latinizante, a menudo difícil, de Milton, sino más bien con el tono agradable y suelto de un Walton, pasando por el término medio de Thomas Browne y Jeremy Taylor. Juan Goytisolo taraceado por Eduardo Mendoza; Quevedo refrenado por Cernuda; Gracián iluminado por Galdós; Góngora alisado por Gil de Biedma; Benet laminado por Delibes. Perdonen la desmesura y el yo irracional al declararles que aspiré a mimetizarme, en la medida de mis fuerzas, con Josep Pla o Álvaro Cunqueiro como prosistas, y con Cavafis como poeta.

El excurso ególatra viene a cuento porque, al leer a Muñoz Molina, me desespero. Me reconcome lo bien que escribe; me ataca una biliosa envidia. Me siento igual que una pulga a lomos de un elefante. La madurez lo es todo: tengo que conformarme con mi escritura parvularia. ¡Larga vida al maestro!

Burton 189

Ayer, en Luintra, a siete kilómetros de mi aldea, la romería hervía en el pradón de la feria, bajo el dosel de los robles. Era todo un tropel de colores vivos y de ruidos: sonaban las gaitas con el gangueo de una queja antigua; tableteaban los panderos, y las mozas, encendidas las mejillas, los pañuelos caídos sobre los hombros, trenzaban las muñeiras con sonrisas llenas. Había un olor denso a vino, alegría y cerveza, a pólvora de los fuegos que estallaban a lo lejos, rasgando el aire azul del verano. Ladraban los perros bajo el cielo de la Ribeira Sacra.

En una esquina vi un enjambre de chiquillos, tostados por el sol y con los ojos brillantes de malicia, jugando a la pelota. Eran una tropa de lobatos. Un perillán de siete años, con risotadas de «demo», me sacaba la lengua tiznada por el Calipso, mientras los demás se revolcaban por el suelo formando un torbellino de piernas desnudas. Su juego tenía una seriedad bárbara, casi religiosa; reían con dientes blanquísimos de cachorros y se dispersaban como gorriones asustados cada vez que la vara de un ramalero vacilón hacía ver que caía sobre sus costillas.

Esos chiquillos del pueblo jugaban al corro, pero a un corro fantasmático que parecía copiado de una estampa antigua. Sus voces infantiles, agudas y cascadas, entonaban una cantilena de reyes moros que se perdía en el eco de las peñas. Esa algazara solo podía tener un nombre: VIDA.

Burton 188

No olvido la carta de Madame de Sévigné:

«[…] Tengo que contaros una historieta que es muy cierta y que os divertirá. Desde hace poco, el rey se ha puesto a hacer versos; Saint-Aignan y Dangeau le enseñan cómo hay que hacerlo. El otro día compuso un pequeño madrigal que él mismo no encontraba demasiado logrado. Una mañana le dijo al mariscal De Gramont: «Leed, os lo ruego, este pequeño madrigal y decidme si alguna vez habéis visto algo tan impertinente. Como la gente sabe que me he aficionado a los versos, me los traen de todos los colores». El mariscal, tras haberlo leído, le dijo al rey: «Señor, Vuestra Majestad juzga divinamente bien en todas las cosas; es cierto que este es el madrigal más bobo y más ridículo que he leído en mi vida». El rey se echó a reír y le dijo: «¿No es verdad que quien lo ha escrito es un necio?». «Señor, no hay manera de darle otro nombre». «¡Qué bien! —dijo el rey—, me complace que hayáis opinado con tanta sinceridad: lo he hecho yo». «¡Ah, Señor, qué traición! Devuélvamelo Vuestra Majestad: lo he leído muy deprisa»».

El turiferario del mariscal De Gramont define a la perfección a Bolaños: el lacayo mayor de Sánchez. Un tipo cebolludo, muy zalamero y lagotero con su jefe. Mitad Polonio, mitad Tartufo. A mí me educaron para no subir por la cucaña a base de coba.

Benedicto XIV era considerado uno de los pontífices más cultos del siglo XVIII: canonista eminente, autor de importantes tratados de derecho canónico y protector de las ciencias y las letras. Docto entre doctos. Un censor sin acrimonia y un príncipe sin nepotismo, un geniecillo de corte al que Voltaire —ese corifeo de la irreligión— le escribió admirativo el dístico: «Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat» («Aquí está Lambertini, gloria de Roma y padre del orbe, que instruyó al mundo con sus escritos y lo ennoblece con sus virtudes»).

NOTA BENE: Permítame, Sr. de Prada, perder por un instante la contención expresiva y convertirme, paradójicamente, en aquello que acabo de censurar: un obsequioso. Es usted alguien de no ornamental inteligencia y verificada erudición, a quien no reprobamos sus escapatorias a Dante, Horacio, Agustín, Escoto Eriúgena, Catulo o Ariosto (al igual que hizo Benedicto XIV), necesarias para una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento en sus escritos. Un saludo afectuoso.

Burton 187

Bajo del taxi en la calle Cardenal Quevedo. Las calles se alinean como un laberinto y, en el suelo, brillante y encenegado por lo que se diría unos mármoles tostados por la canícula y apisonados desde hace siglos, me pasma el pavimento de losas color grisalla casi azul. Se aglomeran los verdores mustios de los árboles plantados por el ayuntamiento, reflejando una luz de acero, y miro los tejados cuyo barniz reluce calcinado. ¿Los edificios? Como baluartes o montículos de aspecto heroico dada la intensidad del calor… Me rodeo de un perfume fougère: notas frescas con toques de lavanda, musgo de roble y cumarina. Cerca hay una floristería y compro unas lilas. Voy andando despacio, aunque con paso firme; cruza una adolescente que dibuja un despacioso cimbrear, el cual se esfuma en la penumbra dorada. Llego a la tertulia.

Digo a mis amigos que prefiero quedarme en casa leyendo el Rerum Gestarum Libri XXXI de Amiano Marcelino, antes que dedicar un segundo más de mi tiempo a pensar en Sánchez. Digo que prefiero que revoloteen ahora en mi mente los argumentos de Introduction to Metamathematics de Stephen Cole Kleene, en lugar de seguir los chanchullos zafios del cerebro de Óscar Puente. Digo que prefiero demorarme minuciosamente en la lectura de A contrapelo, esa biblia de la sensibilidad estética, a imbuirme de la corrupción y la mediocridad insalvable y embarazosa del PSOE. Prefiero una calle de Orense en un día tórrido al Parlamento español, zonzo y devaluado. Prefiero un crepé u organza de seda a escuchar a esos parlamentarios de la siniestra, zánganos y de amorales ideas escleróticas.

Les recuerdo, a propósito de los aplausos y sonrisas de socialistas fuera de lugar, algo que leí en Ludwig von Mises: «Ningún gobierno puede hacerte más rico, pero muchos pueden hacerte más pobre». Y también aquello tan actual del mismo von Mises en El Estado omnipotente: «¡No hay esperanzas para una civilización cuando las masas están a favor de políticas nocivas!».

Burton 186

El ministro tiene los ojos vacíos, de un color pálido y desvaído, y se arrastra por el hemiciclo con ese balanceo pesado y torpón, desmañado, con los brazos colgando un poco hacia delante, las manos blandas, de dedos cortos, oscilando a los lados. Su boca está siempre un poco abierta, y de ella se escapa un leve hilo de saliva. La cabeza pequeñita y muy apepinada. Bisojo, incipiente calvoroto y pechihundido, limaco, pelotillero, pecoso y patiseco. Un tonto conspicuo, cuidadosamente caracterizado de tonto; tonto de facción: un tonto como Dios manda. De esa clase de tontos tan remolones y obvios que no hace falta que un médico signe un certificado que afirme: «Este señor es tonto».

NOTA LIGERAMENTE ERUDITA: Covarrubias cree que «tonto» procede de la palabra latina tondus, que significa «vacío», puesto que al tonto se le supone la cabeza hueca y vana. Al latín recurren también aquellos como Francisco Sánchez de las Brozas —El Brocense para los amigos—, quien ya en el siglo XVI opinaba que proviene de attonitus, participio de attonare (compuesto a su vez por ad tonare), que vendría a significar «quedar pasmado o atontado». Y lo explicaba aludiendo a que el tonto parece estar siempre en estado de asombro o espantado, como si estuviera en mitad de una tamborrada furiosa que ríete tú de la de San Sebastián o la de Calanda. O de tunditus («vapuleado», «molido a golpes»), opinan otros, porque con el tonto todos se meten y suele recibir los palos. Incluso al griego nos remiten algunos, como nos recuerda Pancracio Celdrán Gomáriz, recogiendo las teorías que lo hacen venir del vocablo heleno tonzorizo y que originó la expresión antigua de «tonto del rizo», si bien también nos advierte que esta explicación es la menos probable de todas. Pero lo que sí hay son muchos derivados y formas de llamar tonto según las provincias: atontolinao y atontolinau en Salamanca y Mérida respectivamente; tontuso en Toledo; tontarrilón en Badajoz o tontera en Castilla son solo algunos ejemplos, todos ellos con diferentes matices e intensidades: desde el más simple hasta el más superlativo.

Ignoro si se me tachará de fastidioso y exagerado. Pero engordan la tontería los socialistas, con una tontería franca y pelada. Buenos mozos, colorados como un flamenco, pescuezo corto y doble cerviguillo. Ignoran lo que ni el clérigo más zote de la montaña, pero se pavonean de sabihondos. Sablistas, pero vagos; avaros, pero de dineros robados. Gritones en el parlamento como tropel de búfalos en estampida. En lo íntimo se creen genios, y a lo más que dan es para folleto de oficina de ferrocarril o para papel DIN A4 barato con el que hacer barquitos. Esporo no fecundado. Coicos y corcobados. La parpaña de la inteligencia. Perfectos mediocres.

Político, parvo de entendederas. Panoli, pipo, melón, pavitonto. Por su parte, en su tratado Des maladies mentales considérées sous le rapport médical, hygiénique, et médico-légal (originalmente publicado en 1838), Jean-Étienne Dominique Esquirol no solo incorporó en el lenguaje médico a la imbecilidad o al idiotismo entre las formas de la enajenación mental atribuibles a la impotencia o debilidad de las funciones intelectuales, sino que además distinguió la imbecilidad y la idiotez como especies de degradación de la inteligencia humana. Sus modelos en la investigación fueron los próceres de la patria.

En el libro de Jean Baptiste François Descuret, La Médecine des passions, ou, Les Passions considérées dans leurs rapports avec les maladies, les lois et la religion (aparecido en 1841), encontramos una sistematización de todo este saber médico-legal sobre las supuestas enfermedades intelectuales. En dicha obra, cada término constituye un grado descendente de la razón hacia el idiotismo pleno y congénito: la imbecilidad (imbécillité o, en latín, imbecillitas) corresponde al debilitamiento de las facultades intelectuales de individuos que tuvieron su razón cabal y pueden dar muestras momentáneas de memoria, atención o juicio; la «tontería» (bêtise, stultitia) consiste en una forma de idiotismo que exhibe tenues fragmentos de inteligencia y capacidad de hablar; la «estupidez» (stupidité, stupiditas) es la forma de idiotismo que exhibe solo algunas percepciones y sentimiento de las necesidades físicas; por último, el «embrutecimiento» (abrutissement, amentia) sería el estado más abyecto de la condición humana, en el cual ni siquiera se dan percepciones o sentimiento de necesidades. Grados todos ellos que el autor dedujo de la observación avisada de los Bolaños de este perro mundo.

El tonto cree que es sabio, pero el sabio se sabe tonto —dicho de Shakespeare que cruzó su obra hasta los refranes y giros populares—. Menos famoso es esto de Barbey d’Aurevilly: «Cuando la vanidad está satisfecha y lo demuestra, se convierte en bobería».

Burton 185

En las polémicas escolásticas, si no yerro, a menudo se afirmaba: «Distingue, y vencerás». Eso hacía yo en mi alta adolescencia cuando cruelmente me difamaban como «epéntico». Yo solía responder: «Una cosa es ser afeminado, otra amanerado y otra atildado. Me jacto de solo ser la última».

La RAE define «atildado» como acicalado, pulcro, aseado, limpio, elegante, cuidadoso, impecable, minucioso, primoroso, esmerado, pulido. Su Tercera, señor Montaner, es lúcida, pulcra y elegante.

No poco abundan las prosas petimetres, currutacas, lechuguinas, afectadas y gomosas. Prosas kitsch, pirracas y paquetes, como vestir a una vaca con frac de pico. Su elegancia, la de su escritura, es clásica, arquitectónicamente clásica, y de una precisión incandescente. Pertenece a la tradición de la prosa humanística española que busca persuadir mediante la claridad del razonamiento y una forma impecable. Períodos largos y subordinación compleja, muy propia, insisto, de la tradición humanística. Sin embargo, evita que resulte farragosa gracias a un control extraordinario del ritmo y al uso del hipérbaton sutil. Además, usted tiene un oído finísimo para las estructuras bimembres y las simetrías conceptuales, lo que dota al texto de una escultura visual y mental cristalina. Admirable, admirable.

Permítame un tono menos académico. Entre los escritores pululan titiriteros de meros juegos florales, almas agrarias. O poetas como póster tabernario de pueblo. Se agradece el rigor y la cultura. Nadie lee la Rhetorica ad Herennium. Nadie lee. Casi solo veo una comunidad de frívolos, presuntuosos e indolentes, de aquellos que tienen tiempo para hablar, pero no se sienten obligados a pensar.

Se parece su texto al de Nebrija o al de Vives, pero, si me permite ponerme estupendo, también a la prosa de Castigationes y De emendatione temporum porque bebe directamente de la misma matriz: el Humanismo filológico del Renacimiento tardío. Aunque Escalígero escribiera en el latín docto del siglo XVI y usted en el castellano del siglo XXI, el armazón y la elegancia mantienen el mismo aire de familia. Sus frases largas, llenas de incisos y precisiones («…por lo que hace a la indistinción comentada…», «…en la medida en que le permiten realizar…»), imitan el fluir de aquella prosa filológica. Una prosa creada para que ningún matiz lógico se pierda por el camino.

Ante la polémica de la RAE, hace un ejercicio a la manera de Ranke. No se queda con la «vulgata» del debate (lo que dicen Pérez-Reverte o Muñoz Machado en la prensa); presenta los documentos notariales del idioma: el diccionario 23.8.1, el Diccionario de términos filológicos de Lázaro Carreter (1953) o el de María Moliner de 1966. Es elegante porque no opina, sino que hace hablar a los documentos. Puro Leopold von Ranke.

Acaso mi percepción de influencias padezca de grave alucinosis, pero no puedo decir aquello que creo falso.

Para mí es un honor leerle.

Aprovecho la ocasión para enviarle un saludo muy afectuoso.

Burton 184

Supongo que un artículo donde se hablara de un hombre en una habitación de paso, pagando para ser encadenado a una cama de hierro, cubierto de suciedad y golpeado con látigos con clavos por muchachas rústicas a las que instruía minuciosamente sobre cómo debían insultarlo… supongo, acaso, que si no lo escribieran Nabokov, Rulfo, Carner o Faulkner, sino Najat, sería de mal gusto. Los de derechas —además de que tenemos ese gen que nos permite ser más inteligentes, si no en acto, al menos en potencia— también gozamos de un humor corporal que nos capacita para el buen gusto literario.

La prosa de Najat es tópica. Cae en varios lugares comunes del imaginario romántico y contracultural. La idea del orgasmo como un «colocón que no necesita drogas» o la afirmación de que «los mejores poemas de la historia… se escribieron antes o después de esos instantes» son clichés románticos exagerados que carecen de originalidad literaria.

Comienza criticando a MAR por dar «demasiada información sobre su propia intimidad» y afirma que es imposible hablar del sexo «sin exponerse uno». Sin embargo, acto seguido, ella misma teoriza extensamente sobre su propio «imaginario sexual», el estado de sus orgasmos («ondas ralentizándose») y las situaciones en las que las mujeres (incluyéndose en ese «salimos corriendo») sienten náuseas tras el clímax. Incurre exactamente en el mismo comportamiento que critica. Pero, bueno, Najat es a la lógica lo que Coelho a Nietzsche. Su prosa es de magazín, aplanada, instalada en el mismo corazón de Grub Street. Una prosa como un reloj que chirría y molesta, pero no da la hora; titubeante como advenedizo zarramplín. Una escritura que ignora las aljamías de la música de las palabras, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y los befabemíes.

Yo soy mal escritor; y me costó mi esfuerzo. Me apliqué a fondo con el Navarro Tomás, el Manual de fonología histórica de don Ramón y el Lapesa; en Sintaxis, con el Gili Gaya. Toda esa materia la asimilé en la tardoadolescencia, y la tenía muy asumida cuando surgieron otras exigencias. Me muevo bien en la Fonética Histórica, pero nunca me he defendido del todo con la sintaxis y la morfología: cuando en el Bachillerato me explicaron los pronombres y los adjetivos, me fui de viaje con mis padres a Venecia y nunca he acabado de distinguirlos… Además, desmenuzé, hasta sacarle todo el jugo, la Historia de la lógica del matrimonio Kneale, tratados de teoría de conjuntos, el Curso de derecho mercantil de Garrigues y la obra botánica de Pius Font i Quer… A ello añádase mi defectuoso oído y mi nula sensibilidad lingüística para el castellano. Un mal escritor asume su condición.

Najat comete un error de gusto al yuxtaponer una terminología tosca («follar», «el polvo», «el tío») con una idealización mística, casi neoplatónica, del orgasmo («estado beatífico e ingrávido», «trance», «gratitud y un amor que lo desborda todo»). Esta oscilación violenta entre la vulgaridad deliberada y el lirismo sobreactuado es la quintaesencia del kitsch.

«El kitsch es una obra que se presenta con las credenciales de un mensaje artístico superior, pero que en realidad ha sido construida para provocar en el receptor un efecto sentimental prefabricado, ahorrándole el esfuerzo de la contemplación o de la verdadera catarsis. Nos dice no solo qué sentir, sino con qué palabras exactas y sagradas debemos revestir ese sentimiento». — Umberto Eco.

Cuando la autora afirma que el clímax llena «el corazón del más cínico de gratitud», está prefabricando el sentimiento del lector. No deja espacio a la ambigüedad de la experiencia humana; decreta cómo debe sentirse el postcoitum «auténtico» y cómo el agua y el jabón destruyen ese sufismo artificial que ha construido.

El artículo es una muestra de impostura y mal gusto.

Burton 183

Recomiendo el muy erudito: Obra selecta / Antonio de Oliveira, Societatis Jesu, ex provincia Goana et susceptus a Josepho Gonzaga eiusdem Societatis in villa novitiatus Tiburtina, anno salutis 1762.

¿De qué va, qué contiene? «Tractatus logicus sive Philosophia rationalis quatenus Magna seu Major Logica dicitur. Institutiones dialecticae seu Philosophia rationalis quatenus parva seu minor logica dicitur».

Se abre el corazón de la necesidad lógica, de la consecuencia lógica: el hecho de que, dadas unas premisas, se siga inapelablemente, se implique inexorablemente, una conclusión. Fascina —como un cuervo con un pequeño ratón en el pico volando por el cielo— que una conclusión sea consecuencia lógica de unas premisas cuando no existe ninguna interpretación que haga verdaderas las premisas y falsa la conclusión. Maravilla que una fórmula φ sea consecuencia lógica de un conjunto Γ cuando todo modelo de Γ es también un modelo de φ . Esta preservación de la verdad en todos los modelos (y, en lógica modal, en todos los mundos pertinentes), ¿se encontraba, antes de que existiera el hombre, en una mente divina? ¿Esa fuerza ineluctable solo es propiedad de las matemáticas o es un rasgo asimismo de la realidad?

Echen un vistazo a sus libros de Nicolás de Cusa: «Porque incluso quien más ansía conocimiento no puede alcanzar mayor perfección que ser plenamente consciente de su propia ignorancia en su campo en particular. Cuanto más se conozca, más consciente se será de la ignorancia» (En: La caza de la sabiduría, Sígueme, trad. Mariano Álvarez Gómez, Madrid, pág. 46).

A menudo, pensando, te envuelve una niebla de la más densa oscuridad, y es como si picaras una pared que, al día siguiente, continúa exactamente como estaba al principio.

Cuervos, matemáticas, sombras…

Burton 182

En catalán encontramos el verbo «enraonar», a saber, «hablar», «conversar», «dialogar», que etimológicamente remite a la idea de «poner en razón», de introducir la razón en la conversación Ahí radica el quid del asunto: dialogar, incluso desde la convicción, implica dar cuenta y razón de tus ideas, escuchando atentamente las del adversario, sin humillarlo ni despreciarlo, sin lanzarle puñetazos verbales en lugar del civilizado y educado intercambio de ideas, donde, incluso, es posible que se modifique tu opinión debido a que, tras la reflexión, encuentres más impecable lógicamente o empíricamente, más convincente la opinión contraria.

En el parlamento se delibera como forofos, caldeando innecesaria y morbosamente el ambiente. Las cosmovisiones son plurales, y muchas se han ganado el respeto aunque no coincidamos con ellas. Aquella exhortación de León XIV en el Parlamento, a favor de un debate civilizado, me parece compacta y definitiva, una llamada a lo mejor que hay en nosotros, aunque se ve que fue inmediatamente desoída por los políticos que nos gobiernan o bien fiscalizan el gobierno.

A propósito de la urgente necesidad del diálogo racional, no olvidemos a Habermas: «La deliberación democrática exige lo que llamamos la «fuerza sin violencia del argumento mejor». Cuando el lenguaje político se desnaturaliza y se convierte en mera propaganda o descalificación ad hominem, se destruye el espacio público. El insulto y la humillación del oponente son la renuncia explícita a la razón; es el síntoma de que se prefiere la dominación estratégica a la comprensión mutua».