Burton 171

Consulto la voz «belleza» en el diccionario. En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias señala sucintamente que «beldad» proviene del toscano beltá, pero se explaya en la voz «hermoso»: «Dícese de todo aquello que en sí tiene tal compostura y agrado que deleita con su vista, y lleva tras sí nuestro ánimo y voluntad».

Detrás de todo el rencor y oprobio del mundo se yergue la belleza. Siento el placer puro, la hermosura cálida y sin mácula, el alto ser sin porqué, a través de innumerables palabras (a un escritor se le supone sensibilidad lingüística, como el valor al soldado).

Leo u oigo «guasanga» —bulla, algazara, barahúnda—, y la u parece el oblicuo ventanal de un pequeño hotel; las aes, unos huevos de gaviota; y las ges imitan henos recién cortados de un color verde brillante. Leo «sardinal» —red para pescar sardinas—, y la palabra abre en mi mente tordos cantando entre la lluvia, rosáceos tubérculos, una sombra de ocas pequeñas y algo medroso que a tientas se asoma a la noche con una música de clarinete. Oigo de unos labios jóvenes «plomizo», y la z abomba las choperas, rasga la electricidad, mientras el grupo fónico pl conserva en el lomo su rojizo polvo de huesos.

Las palabras son esa fuerza de las fuentes que refresca los manantiales: basílicas bizantinas submarinas, montañosos pueblos para saborear fruta confitada y unas perdices en sus tabernas, ceremoniosa corúa de arlequines. Son gatitos, lobisones, lobeznos, potrillos, lechones, chivos, pollinos, cervatillos; y áureos tulipanes, y charolados crisantemos, y satinados lirios, lagrimeando en los sueños lúbricos del tenso marfil. Las hay alegres, orgullosas, entusiasmadas; o bien taciturnas y melancólicas. Otras son rojas, magentas, turquesas, así como verdes lima, verdes helecho, y de un blanco seda, de un blanco nieve. Hay palabras existencialistas, anarquistas, platónicas, algebraicas, cristianas, maternales, estoicas; como las hay también de un barroco agitato, de un clasicismo diminuendo, de una modernidad piangevole.

El lenguaje, ese exótico y omnipotente predicador de incienso, oro y mirra, es al escritor lo que la luz oxigenada a las estrellas del universo.

Dentro de poco, ese lenguaje lo calcará tal cual la IA.

Burton 170

Corrupción: decadencia de las leyes y pérdida de la virtù (la capacidad, fuerza y audacia del gobernante para dirigir la fortuna). Han convertido a los partidos en los nuevos condotieros.

Vemos hipocresía ocupando el lugar de la equidad; discriminación en lugar de tolerancia; superficialidad por sustancia; inmadurez e improvisación en vez de madurez e ideas claras. La anarquía desplazando a la justicia; las mentiras, a la verdad. En fin, una democracia morbosa y corrupta donde se recompensa a los amiguetes, se mercadea con la opinión pública, reina la ineficiencia burocrática y se propende a la demagogia y al populismo. Un sistema donde se proponen soluciones irreales a problemas complejos y se tiraniza a las minorías; donde rebosan demócratas ignorantes y de débil capacidad de razonamiento, liderados por carismas narcisistas y caudillistas. Una democracia que es, en esencia, una disputa entre amigos y enemigos —como diría Carl Schmitt—, donde el enemigo es simplemente el otro, el extraño. Una democracia mafiosa y decadente donde se obvia, por completo, el bien común.

Me retiro a mi dacha a degustar mis manjares.

Nabokov es como un magret de pato al roquefort; Shakespeare, como un crujiente de tapioca con tartar de cigala; Azorín, igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico; Cunqueiro tiene textura de arròs a banda; Horacio sabe a gazpacho de espárragos verdes de Jean-François Rouquette. ¿Y la prosa política? ¿Fresones con crema de almendra, almohadillado flan con nata? El público y la ciencia responden: bacterias dentro de comida de lata.

Burton 169

«Por nuestra parte, no llegamos a considerar a Madame Blavatsky ni como la portavoz de videntes ocultos ni como una mera aventurera vulgar. Creemos que ha alcanzado un título imperecedero en el recuerdo como una de las impostoras más consumadas, ingeniosas e interesantes de la historia mundial. Hemos analizado los testimonios de las supuestas precipitaciones de cartas de los Mahatmas, las apariciones astrales y la producción de objetos del vacío. La conclusión es inequívoca: las cartas atribuidas a los Maestros fueron escritas por la propia Madame Blavatsky o por cómplices directos como el señor Coulomb. Los supuestos santuarios eran armarios con paneles deslizantes conectados con el dormitorio de Blavatsky para simular aportes espirituales. Todo el sistema teosófico descansa sobre un fraude continuado, ejecutado con una osadía psicológica asombrosa». Así parafraseo y traduzco —a mi manera— el demoledor e incontestable veredicto de Richard Hodgson para la Society for Psychical Research.

La terapeuta de los Andic era una embaucadora mesmerista con gran influencia en la alta burguesía barcelonesa; una charlatana vendedora de crecepelo capaz de captar la atención de ricachones con muy escasas defensas culturales. El mejor consejo que existe es el que uno puede darse a sí mismo tras una extensa deliberación, pero eso requiere de un articulado lingüístico del que, alarmantemente, carecen esos empresarios.

«Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables» (Sb 5:7). Y para no morir de sed, se precisa saber tocar el violín y no que una iluminada, habladora logorreica y chamanista, toque la pandereta.

Burton 168

Más que «pincho de tortilla y caña a que a todos nos iría mejor», señor Herrero —lo que me parece una concesión populista innoble, un costumbrismo casposo, un impulso envilecido del pueblo (que siempre será un eterno menor de edad), un menú de folletinista de la peor calaña y un híbrido de amarillos ostrogodos—, deberíamos apostar por un light lunch en el Florian.

Valentí Puig ha sido el gran cirujano de la burguesía catalana contemporánea, especialmente en novelas como Complot o La gran rutina. Puig retrata a una clase adinerada obsesionada por el estatus superficial, los veraneos en la Cerdanya o en Llafranc, y completamente desconectada de cualquier deber moral o cultural con su propia sociedad. Sus personajes son «propietarios» que carecen del coraje de sus antepasados. En La gran rutina escribe: «La seva era una decadència sense tragèdia, una mena d’anestèsia perfumada de Loewe i mantegues de l’Alt Urgell. Havien oblidat el llatí, havien oblidat el tèxtil, havien oblidat fins i tot el cinisme intel·ligent de l’ordre antic. Ara eren simplement propietaris de finques que gestionaven administradors, senyors que anaven al Liceu no pas per escoltar Wagner, sinó per veure qui més hi havia anat. Si els haguessis parlat de finançar una traducció de Tucídides, t’haurien mirat amb la maia cara de desconcert amb què un ramader mira un extraterrestre. Tot el que quedava d’aquella vella raça constructora era un instint de conservació mesquí i la certesa que qualezvol canvi en l’Impost de Successions era la fi del món». El pincho de tortilla es el epítome de esta burguesía.

«At tibi fortassis, si –quod mens sperat et optat– / es post me victura diu, meliora supersunt / secula: non omnes veniet Letheus in annos / iste sopor…», Petrarca. «A ti quizá, si, como mi alma espera y pide, has de sobrevivirme largamente, te aguardan mejores siglos: no ha de durar para siempre este sopor letal…». Su propuesta de la cerveza en lugar de un borgoña agudiza ese sopor letal.

En la carta del 31 de mayo de 1468 al dux Cristoforo Moro, con la que el cardenal Besarión acompañaba el legado de su importante biblioteca —cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos— a la ciudad de Venecia, literalmente escribía:

«Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan; hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y, en definitiva, su santidad, que si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos cancelaría también la memoria de los hombres».

No seamos rucios e ignorantes. Ni ignorantes que —y esto ya es dramático— ni siquiera saben que lo son. O bien que, dada la propensión al descrédito de la cultura, se enorgullecen y jactan de ella. La derecha y la libertad solo se ganan con libros y jamás con tortillas cebollonas y golletes ensalivados.

Burton 167

En el discurso ante los ganadores del Premio Nobel de 1962, Kennedy profirió: «Creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y conocimiento humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo». Por su parte, John Quincy Adams hablaba con fluidez siete idiomas; su mente era un instrumento de precisión científica alimentado por la literatura clásica. Su tragedia política fue que su sabiduría y su visión estaban un siglo por delante del ciudadano medio de su época. No hubo un presidente más comprometido con la idea de que el conocimiento y la ciencia debían guiar a una nación.

El contraste con Trump es significativo: veleta, burrito sabanero, Alarico saqueando Roma, suevo cruzando el Rin, tontón de ideas semiarticuladas, tórpido, majadero.

La prosa de Emerson es como un sinfonier clásico o un sillón de pan de oro. Faulkner escribe como un crujiente de tapioca con tartar de cigala. Nuestro Cervantes es igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico. En cambio, la cabeza de Trump es un hueso apepinado.

Necesito tomarme un whisky de malta añejo —un buen single malt escocés— con zumo de yuzu o lima fresca y sirope de arce, servido con mucho hielo picado, para desinfectarme del personaje.

Burton 166

El penúltimo párrafo del artículo («La trilogía que nos ha conformado se desmorona cuando nuestra civilización ha dejado de creer en sí misma») resuena palabra por palabra con el lamento tardío de Steiner sobre el analfabetismo cultural de la Europa moderna, que ya no entiende sus propias alusiones artísticas ni teológicas. Steiner alabaría la inclusión de Zubiri y la ciencia moderna, pues siempre sostuvo que el genio europeo radica en su insaciable búsqueda de la verdad absoluta a través de la razón y el experimento.

Policarpo, obispo de Esmirna y Padre de la Iglesia, dijo en el siglo II, según se lee en la Patrología de Migne: «¡Dios mío! ¡En qué tiempo me habéis hecho nacer!». Yo solo puedo, en fin, lamentarme como Taine: «¡Ay, Dios mío! ¡Qué tontería habéis hecho al ponerme en el mundo!». La tiranía, por lo usual, se templa con el asesinato; el gusto debe ser templado con la cultura. En ausencia de esta, el mundo se convierte en una representación de la locura colectiva. Europa debe ser templada con una nueva helenización y romanización (quién sabe si dentro de un siglo esto advendrá como un nuevo Renacimiento carolingio).

Catulo se quejaba amargamente de un siglo lleno de generaciones de hombres ausentes de gusto y gracia: «O saeculum insipiens et infacetum!». Y escribió el hoy olvidado Gabriel García y Tassara: «Eso fue el mundo para mí. Un abismo, y en ese abismo nada». Usted, y yo en mis escasas fuerzas, nos limitamos a abstenernos de las vergüenzas de la época.

Permítame expresarle mi honda admiración. Observemos este fragmento del artículo:

«Desde el humildísimo origen de una insignificante comunidad situada en el Lazio, a las orillas del Tíber, Roma se transforma en una colosal entidad territorial».

Este es un período clásico: comienza con una subordinada descriptiva que acumula tensión («humildísimo origen», «insignificante comunidad») para resolver con fuerza en el sujeto y el verbo principal («Roma se transforma»).

Otro ejemplo puramente gibboniano por su uso de la antítesis simétrica:

«Roma conquista Grecia y se deja conquistar por ella, irradiando su cultura y proyectándola a la posteridad».

Usted imita los balances binarios de la historiografía del siglo XVIII (muy influenciada por Tácito y Livio), donde cada afirmación encuentra su contrapeso exacto.

Usted es catedrático de Derecho Romano, y eso se filtra en su sintaxis. El texto no está escrito con el desorden del castellano conversacional actual; está gobernado por las reglas de la retórica clásica: el uso del tricolon, la captatio benevolentiae, el exordio y la limpidez argumentativa. Posee el cursus de los discursos del Senado romano, adaptado con una finísima sensibilidad literaria al español contemporáneo. Usted es un maestro incontestable.

Burton 165

Permítanme la vanidad desmedida, la soberbia desmesurada, la presumida petulancia de observar que mi biblioteca rebosa los veinte mil volúmenes y pico.

Gasté peculio (no poco) y ojos al formarla y leerla, y es mi única hacienda y desvelo. Cuando me vine a vivir a Galicia desde Barcelona, todo un señor tráiler cargó con decenas y decenas de cajas —entre otros trastos, evidently.

Aunque sobre gustos y colores «non disputandum», no hay querellas, he de admitir que es una biblioteca básicamente aburrida, a imagen y semejanza del lector que la sueña y vive. Excepto casi un centenar de títulos de libertinos dieciochescos franceses y dos centenares de novelas bizarras y extravagantes, excepto rarezas curiosas y muy divertidas, excepto los anaqueles de la literatura de ocasión, la de mero (y también feliz) entretenimiento, poca miga o chicha tiene.

Abundan los grandes nombres que gustan hoy poco; abundan lógicas y retóricas, poesía y plúmbeos ensayos. Mi biblioteca es como una chica que enamora por sus calidades interiores intrínsecas, por su belleza interior, y no por su despechugado y llamativo escote. Es una biblioteca mohosa, tímida, pudibunda, gafuda, empollona, escolar, recatada, de esas que evitan las deliciosas vampiresas gamberras o los chicos malos.

Sería buena herencia para una diócesis y no así para los vestuarios de un gimnasio. La cultura es una señora vieja, arrugada y antigua, una anciana venerable, con peluca, desprovista o no ataviada todavía (creo) con piercings, tatuajes y cabellos teñidos de verde. La cultura está en trance de desaparecer, si no ha desaparecido ya y mutado, diluida en formas masivas y mercantiles de «divertissement».

Nada ejemplifica mejor el ideal ilustrado de ser un alma educada que la correspondencia que mantuvo Jefferson con su sobrino, Peter Carr, a quien intentó moldear intelectualmente. En sus cartas (especialmente las de 1785 y 1787), Jefferson no pide adhesión ciega ni eslóganes, sino un exhaustivo cultivo de la mente. En carta del 19 de agosto de 1785, Jefferson le escribe instándole a la lectura y al esfuerzo constante:

«Un espíritu culto es más valioso que el oro… El tiempo que se pierde no se vuelve a encontrar jamás. Aquello de lo que nos arrepentimos siempre es de no haber trabajado, nunca de haberlo hecho».

Jefferson le diseña un plan de estudio que incluye el griego, el latín, la historia antigua, las matemáticas y la filosofía natural. Le exige leer a los clásicos en su idioma original para entender la política desde la raíz:

«Lee los textos griegos en el original… No leas la historia de manera superficial; estúdiala, analízala. Tu objetivo debe ser la verdad, y para llegar a ella debes despojarte de todo prejuicio».

Para Jefferson, el liderazgo requería una biblioteca nutrida; para el Trump (certero) del artículo, bastan diez adjetivos rotundos en prime time.

Consulto de un diccionario:

John Quincy Adams (6.º presidente): políglota (hablaba con fluidez siete idiomas), leía los clásicos en latín y griego todas las mañanas antes de comenzar su jornada, y llegó a ser profesor de retórica en la Universidad de Harvard. Su diario personal es una de las obras cumbres del análisis político y literario del siglo XIX.

Terminemos con esta cita de Juan Cueto que viene bien abotonada a las ideas de Ángel Antonio Herrera: «La neotelevisión ya no es una ventana abierta al mundo, sino un espejo que solo se refleja a sí mismo y a sus propias criaturas. Ya no importa si lo que ocurre fuera de la pantalla es verdadero o falso, institucional o bizarro; lo único que posee existencia real es aquello que es capaz de sostener la mirada de la cámara. La realidad exterior se ha convertido en un decorado prescindible, en un residuo analógico que la pantalla fagocita, digiere y transforma en espectáculo puro. Quien domina la pantalla no necesita ajustarse a las reglas del mundo; impone las suyas».

Avanzamos varias parasangas hacia el báratro.

Burton 164

Tras la lectura del agudo análisis de Camacho sobre la impostura pacifista del doctor Sánchez, me sumí en un periodo de abundante reflexión en la Cartuja de Cazalla de la Sierra. Allí, en el huerto, los cipreses se elevaban rígidos, negros, recortándose sobre el cielo azul pálido, como centinelas de una paz que nada debe perturbar. Y allí, como un bodhisattva que desciende temporalmente a la arena del mundo, tuve la revelación de otra impostura de la izquierda: la siniestra tiene un cociente intelectual menor que la diestra o, lo que es lo mismo, la diestra posee un C.I. mayor que la siniestra; si no en acto, al menos en potencia.

Nuestra inteligencia es humilde ante la complejidad, se apoya en la tradición, reconoce los límites del conocimiento individual y se manifiesta a través de las instituciones espontáneas (como el mercado o las costumbres heredadas). Nuestra razón es el recurso específico mediante el cual vamos en busca de la elevación de nuestra especie. Todo lo que logramos es fruto de esa razón; es el resultado de la capacidad para distinguir, con lucidez suma, entre lo que es útil y lo que es perjudicial, entre lo que mejora nuestras condiciones y lo que las empeora. El intelectual de izquierda suele creer que la inteligencia consiste en cuestionarlo todo y proponer un sistema nuevo desde la nada. El conservador, en cambio, sabe que la verdadera inteligencia consiste en comprender el valor de lo que ya tenemos, un valor que a menudo es invisible para la pasión pura.

Esto supe entre aquellos claustros de longitud sobrecogedora: una sucesión infinita de arcos donde la luz y la sombra juegan un drama hermoso, silencioso, y donde logré, finalmente, desfacer las incógnitas de la filosofía política.

Burton 163

De Maistre —el gran teórico del providencialismo y el ultramontanismo, luz de gasa de agua y polvo de oro, rica frescura de sauzales— asentiría de modo entusiasta, al igual que Donoso Cortés y Elías de Tejada, ante la idea de Sostres de que «los derechos son el corazón de la muerte». Para De Maistre, los «derechos humanos» abstractos de la Ilustración y la Revolución Francesa, como una gema embarrada de ceniza, eran un anhelo satánico que destruía el orden natural establecido por Dios.

Celebraría la frase: «Los derechos son siempre un cuidado paliativo y en política se usan para anestesiar y conducir a la turba». De Maistre sostenía que el hombre no puede crear leyes ni derechos por sí mismo; solo Dios lo hace.

Pero, de modo similar a Burke, detestaría el estilo y el tono jacobino del artículo. Transpúa resentimiento, una soberbia moral retórica, una perversión violenta propia de la peor izquierda. La derecha debe ser elegante como el rastro aleve de mármol en un château gris hiedra.

Anna Ajmátova declaró de forma más que convincente que el siglo XX fue «peor que cualquier otro». Leopardi declaró el suyo «feo y estúpido». Y no olvidemos a Palingenio: «Tanta est penuria mentis ubique / in nugas tam prona via est!» (¡Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino!). «Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas», señaló cáustico —y muy certero— Gautier. Obviamente: «Vivimos en un siglo de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I» (Edmond About, Le Progrès, Hachette, 1864, p. 356). Lo único razonable en materia de política es un gobierno de sabios polímatas. Nuestro siglo decae por el vociferar energético de un Valthonik o de un Sostres: un habla de mala leche botijera y cebollona.

Golpear con la palabra es admitir que uno no tiene más argumentos que su ira. Una palabra dicha con furia es como una piedra arrojada contra un espejo: ya no hay imagen posible. Desde el studium humanitatis del siglo XV hasta la filología moderna, el modo de hablar y escribir ha sido entendido como un reflejo directo del modo de ser humano. La verdadera cortesía comienza en la gramática. Escribir o pensar con guasanga, bulla, algazara y barahúnda es la manera propia de conducirse de un izquierdista.

Burton 162

Artículo flojito. Jean-Baptiste Bonnefoy (1784) fue uno de los críticos más feroces del mesmerismo; léase su Analyse raisonnée des rapports des commissaires. Allí desmontaba la idea del magnetismo animal, al que consideraba, con razón, un insulto a la razón humana y una vuelta a las catacumbas de la magia: una impostura lucrativa que se aprovecha de la debilidad de los enfermos. Mutatis mutandis, el argumento sirve también para la filfa psicoanalítica: cambian las categorías conceptuales, pero permanece la confianza en una entidad invisible cuya existencia no admite verificación empírica.

Los modelos basados exclusivamente en la palabra —en teorías abstractas sobre el inconsciente, el conflicto interior y el diálogo terapéutico interminable— pertenecen, a mi juicio, más a la retórica terapéutica que a la ciencia. Las enfermedades mentales graves son, ante todo, patologías del cerebro, de la biología, de los neurotransmisores y de los circuitos neuronales. Dedicar años a hablar sentado en un diván sobre los recuerdos de la infancia puede ser un ejercicio intelectual o un lujo conversacional para la burguesía, pero no modifica la neurobiología de una psicosis ni de una depresión mayor. Sin una base en las ciencias duras, la terapia verbal corre el riesgo de deslizarse hacia la palabrería metafísica.

Le recomiendo tres libros:

VV. AA.: Behavioral Neurobiology of Psychiatric Disorders, Springer (3.ª edición, 2025).

VV. AA.: Neurobiology of Mental Illness, Oxford University Press (6.ª edición, 2024).

Nancy Andreasen (con quien me carteé hace años): The Broken Brain: The Biological Revolution in Psychiatry.

P. S.: Discúlpeme, ante todo, el tono polémico y también si le falté al respeto. Este es un tema del que algo sé. Lamentablemente, el foro de un diario digital no es el lugar adecuado para razonar. Le envío un saludo afectuoso.

NOTA BENE: Su artículo peca de cierto romanticismo intelectualista y de un sesgo muy común en ciertos círculos culturales de Barcelona, donde la «palabra» y el psicoanálisis aún se ven con un aura de prestigio burgués.