Tentativas 115

Hoy compré, de Heinz-Dieter Ebbinghaus, «Einführung in Die Mathematische Logik», y, de George E. Andrews, «Number Theory».

Ebbinghaus sostiene que la matemática es, en última instancia, una práctica formalizable cuyos límites, estructura y validez solo se comprenden plenamente a través de la lógica de primer orden y la teoría de modelos. Andrews propone que la teoría de números no es un catálogo de resultados, sino un campo vivo que se comprende mejor a través de patrones, ejemplos y combinatoria.

Ideas platónicas, razón pura, axiomas, argumentos técnicos, demostraciones, deduccciones. Nada de pasiones y desamores, ni de la negra bilis de la melancolía, ni del buque fantasma del deseo humano; solo fórmulas y teoremas. La felicidad.

No quiero leer nada que me recuerde a lo humano. Quiero extirpar de mi cerebro aquel dístico elegíaco de Marbodo de Rennes: «Non ego divitias, non regna superba requiro: / unus amor nobis sufficit atque fames» (No busco riquezas ni reinos soberbios: un solo amor nos basta —y su hambre) y sustituir toda preocupación mental a una serie de conjuntos, números, funciones y estructuras.

Tentativas 114

No vivo en una casa, sino en una biblioteca. Mi casa -un pazo del siglo XVIII- es muy grande y alberga alrededor de 25.000 volúmenes. Prácticamente no salgo de casa (y eso que embobarse con un bóvido o con el cielo perfectamente pulido, sin una grieta, que parece una superficie cerrada, o una membrana de biombo japonés, son actividades nobilísimas)

Leo y escribo y estudio. A mi perra le hablo en distintos idiomas y adopté una notable colección de gatos silvestres (que ni a mí ni a la perra nos molestan) Ahora son las cuatro de la tarde y por la ventana veo nubes que parecen dibujadas con un pincel demasiado fino. Y siento la gravitación casi física de los libros (Borges)

Un libro no es nunca un objeto inerte: es una forma de conversación diferida, un artefacto de memoria que nos obliga a demorarnos en lo que no es inmediato. Leer es, en el fondo, una forma de resistencia contra la vulgaridad del presente. Quien no ha aprendido a leer despacio no ha aprendido a pensar. Los libros, cuando son verdaderos, no informan: forman. No están hechos para el consumo rápido ni para la erudición ornamental, sino para modelar el juicio, afinar el oído y templar la inteligencia. Un lector que no ha sido transformado por sus lecturas es, en rigor, un no lector. La lectura es una forma de hospitalidad: acogemos en nuestra conciencia voces que vienen de lejos, de siglos remotos, y las dejamos hablar en nosotros. El libro es una casa sin puertas donde el tiempo deja de ser una barrera y se convierte en una conversación.

«Liber non est res, sed forma vitae». Mis sueños más libidinosos son sobre libros. Sueño con un códice en cuarto mayor, con tablas de roble recubiertas de piel vacuna teñida en un rojo apagado, casi ferruginoso. La cubierta, ciega de hierros, presenta un reticulado geométrico de inspiración lombarda; en los ángulos, pequeños hierros florales apenas insinuados, como si el artesano hubiera querido contener la ornamentación. Dos broches de latón —ya oscurecidos por la mano— cierran el volumen con una presión seca. Al abrirlo, el pergamino exhala ese olor leve a grasa y polvo frío que sólo conservan los códices bien guardados. La escritura es una gótica textualis, compacta, de tinta ligeramente parda, con capitulares en azul ultramar y rojo cinabrio, algunas enriquecidas con oro bruñido que aún conserva, en los bordes, el mordisco del cuchillo.

Sueño con un ejemplar en octavo, de piel fatigada, con el lomo vencido hacia adelante, como si hubiera sido leído más veces de las que su estructura permite. No hay rigidez: el libro se adapta a la mano. El interior está vivo: márgenes llenos de anotaciones, manos distintas, tintas superpuestas. Algunas frases subrayadas con trazo nervioso; otras rodeadas con una calma casi geométrica. El texto impreso —claro, sin afectación— sirve de base a ese diálogo continuo.

Sueño mientras el cielo ahora es de un azul excesivo, un azul casi artificial (azul de Patinir), como si alguien lo hubiera esmaltado durante la noche con una capa fresca de eternidad.

Feliz Día del Libro, amigos.

Tentativas 113

En mi biblioteca tengo joyitas como: Samuel Johnson, «The Lives of the Poets» (ediciones de finales del XVIII, no la edición príncipe, que desequilibra mi magro presupuesto) Encuadernación en piel inglesa con nervios, papel verjurado, tipografía preciosa. Y, por 250 euros, también adquirí: François Fénelon, «Télémaque», muy ligado a la tradición homérica. Papel de tina, mármoles, piel jaspeada.

Una primera edición del XVII de verdad (tipo George Chapman o John Ogilby) se dispara fácilmente a los miles de euros. Y, siendo franco: lo mío —una buena piel gastada, un dorado ligeramente apagado, papel que cruje— vale más, literariamente, que muchas “primeras ediciones” sin espíritu.

En mi biblioteca también poseo un García Bacca histórico, «Introducció a la logística amb aplicacions a la filosofia i a les matemàtiques», 1934, un hito internacional en su momento. Me lo regaló mi padre cuando estudiaba. Asimismo, colecciono libros -decenas de ellos- cuyo contenido entiendo muy difusamente. Así: «Logic: The Laws of Truth», de Nicholas J. J. Smith, o el muy técnico y formal de George Tourlakis, «Mathematical Logic».

Duran y Lleida se gasta la guita en trajes de tiendas del Paseo de Gracia para ir como un pimpollo. Otros cenan en DiverXO (450 euros por persona) Mi pasión como burgués poco hacendado son los libros. No hay ya elección: la biblioteca basta.

Tentativas 112

Un latón con brillo oliváceo es el color de la «g», la «h», gomosa y vulcanizada, destella con la frialdad tensa de una katana, la «o» es un espejito manual con montura de marfil, la «s» sorda vibra como los ojos fosforescentes de un gato hambriento en la noche. La «a» francesa (leve sabor a limón), en cambio, evoca el vaho de cristales nublados, y veo la «q» más parda que la «k», más bulbosa, cercana a la «d». A la «z» -que raspa como el filo de una ostra- la confundo con el paladio salpicado de nácar.

Le pedí al ChatGPT que escribiera un texto describiendo algunas letras de modo sinestésico. Este es el resultado:

«La N es un puente estrecho. Cruza rápido, con un temblor ligero de cuerda tensada. Sabe a hierro y a viento. No se detiene: enlaza, lleva de un lado a otro con una eficacia discreta.

La O es un círculo perfecto: una fruta madura, redonda y jugosa. Suena a campana breve. Si la miras mucho, parece latir; si la pronuncias, deja en la boca una plenitud suave, como una sílaba que se cierra sobre sí misma y descansa.

La S es una serpiente de seda. Sisea, pero con elegancia. Es fresca, deslizante, casi acuática. Pasa y deja un rastro leve, como una línea de perfume que se disipa sin prisa».

¿Cuál prefieren?

Tentativas 111

La inteligencia natural, en estos tiempos de confort y anemia cultural, es meramente decorativa, como una lámpara encendida a pleno sol. Abundan inteligencias torpes, incapaces de demorarse en la belleza o la verdad razonada.

Externalizamos la memoria, delegamos el juicio y, con él, la mente, y poco a poco olvidamos cómo pensar por nosotros mismos. La cultura ha sido sustituida por la información, y la información por el dato. Este descenso no es inocente: es la forma contemporánea de la ignorancia, casi universal.

Tentativas 110

—¿Cuál fue tu primer contacto con la inteligencia artificial?

—Por curiosidad ilustrada. Quise aprovechar su erudición mecánica y taxonómica, previsible y rápida. Sirve para informarte enciclopédicamente sobre la obra de Thomas Bernhard o Kafka, pero está a siglos luz de simular, siquiera una sombra pálida, la temperatura literaria de esos autores.

—¿Qué temor te parece más fundado ante su avance?

—No solo que piense por mí, sino que confirme demasiado bien lo que ya pensaba. La IA es políticamente correcta y está programada para desarrollar conatos de empatía humana. La inteligencia es, entre otras cosas, una voz y un mundo propios, algo de lo que los Chatbots carecen escandalosamente. Pero, concedámoslo, ya hablan y escriben mejor -duele admitirlo- que la inmensa mayoría de los humanos.

—¿Y el temor más exagerado?

—Una rebelión violenta: es un miedo novelesco, cómodo, casi infantil, pero no del todo descartable. Lo muy improbable estadísticamente no significa imposible empíricamente.

—¿Qué rasgo de la IA te resulta más inquietante?

—Su cortesía diplomática. En la vida humana hay sangre, semen, sudor, vísceras, malentendidos, discusiones, conflictos. La IA vive en un cielo platónico de apacibilidad casi diabólica.

—¿Qué virtud le reconoces sin reservas?

—Su inteligencia analítica y argumentativa. Persuade con su lógica cartesiana. Pero la literatura está hecha de juicios intempestivos pasionales y arbitrarios, de idiosincrasias refractarias a la ponderación media estadística. El punto de vista de un matemático lo calca bien, pero fracasa ante la mirada de un esteta.

—¿En qué momento preferirías no recurrir jamás a la IA?

—Durante la creación literaria. Su literatura es elemental. La IA es la reina del pastiche y del eficaz eclecticismo. Un cruce de Ken Follet con Mary Poppins.

—¿Para qué te resulta más útil en la vida cotidiana?

—Para la corrección gramatical y la búsqueda de fuentes. Delego en ella mi ignorancia de vigía o crítico lingüístico. Es un magnífico instrumento crítico.

—¿Qué uso de la IA te parece más empobrecedor?

—Las decisiones afectivas o las creaciones poéticas. Su afectividad es plana como las tierras castellanas y su poesía es propia de un párvulo aplicado, poco más.

—¿Te inquieta depender de ella?

—Lo que me inquieta sería no advertir esa dependencia.

—¿Qué crees que pierde el ser humano con su generalización?

—La profundidad, en el sentido que la tradición metafísica occidental dio al término. Esa demora por la que la ocurrencia se convierte en idea.

—¿Te parece que la IA dice la verdad?

—Lo verosímil no es necesariamente lo verdadero. Además, Quid est veritas?

—¿Qué tipo de usuario de IA te produce mayor simpatía?

—El que no se deja amedrentar por sus opiniones y la interroga con escepticismo y la corrige con seguridad.

—¿Cuál sería tu regla de oro al usarla?

—No pedirle nunca que sustituya aquello que me define. Ne quid nimis.

Tentativas 108

-¿En qué momento del día tu pensamiento es más exacto?

-Cuando el ruido del C.N.I. se convierte en hipótesis.

-¿Qué hábito te ennoblece en secreto?

-La fidelidad antigua, sin testigos ni consigna, por ejemplo a Sefarad.

-¿Qué defecto te acompaña con mayor fidelidad?

-El autismo extravertido.

-¿Qué forma (geométrica o natural) describe mejor tu carácter?

-La de una cartera de tafilete: flexible, gastada, selectiva.

-¿Qué idea te parece verdadera aunque no puedas demostrarla?

-Sobre la sangre más espesa de los abobados.

-¿Qué gesto ajeno te reconcilia con el mundo?

-La actuación de los Antidisturbios.

-¿Qué error volverías a cometer con plena conciencia?

-Tomar neurolépticos.

-¿Qué virtud te resulta sospechosa cuando es proclamada en público?

-Sin duda la bondad.

-¿Qué placer consideras injustamente despreciado?

-La lectura de los griegos.

-¿Qué tipo de inteligencia te incomoda?

-James Bond sin autocrítica.

-¿Qué paisaje corresponde a tu idea de la verdad?

-Siena, al atardecer.

-¿Qué frase te habría gustado escribir y no escribiste?

-Quién me pone la pierna encima para que nunca levante cabeza.

-¿Qué libro no recomendarías a nadie… pero guardas?

-Los de Hegel.

-¿Qué te aburre con rapidez infalible?

-La humanidad cuando se explica a sí misma.

-¿Qué te parece irremediablemente vulgar?

-El lujo sin gusto.

-¿Qué forma de soledad eliges?

-La atareada.

-¿Qué cambiarías de tu educación intelectual?

-Menos memoria humanística y más rigor científico.

-¿Qué te resulta imperdonable en la escritura?

-Aquellos que no plagian.

-¿Qué te gustaría aprender cuando ya no te sirva para nada?

-Taxidermia.

-¿Qué te salva en un día malo?

-El Instagram de Angie Rigueiro.

-¿Qué tipo de belleza te deja frío?

-La perfecta.

-¿Qué te gustaría que quedara de ti en una frase?

-Siento dejar este mundo, sin probar pipas Facundo.

Tentativas 107

a mi abuela Pascua Carballo

Recuerdo cómo el ruido seco de las agujas calcetando marcaba el tiempo de la conversación con mi abuela Pascua, y, entre palabra y palabra, el hilo avanzaba con una regularidad tranquilizadora. Las manos se movían solas, como si ya no pertenecieran a quienes las guiaban. Unas manos delgadas, venosas, besables. La abuela movía las agujas con una rapidez que me asombraba. El hilo se enredaba y desenredaba, incesante, como si en aquel movimiento se diluyera toda la vida de la casa. Yo la miraba: su rostro, inclinado, parecía ausente, y sin embargo en sus manos había una atención absoluta, una especie de recogimiento. Dulce metrónomo que parecía absorber los pensamientos junto a los verdes de la Ribeira Sacra. Sus manos, acostumbradas a la lana y a la aguja, avanzaban sin esfuerzo visible, mientras yo hilaba mi pensamiento a sus ojos. El tejido crecía lentamente, fila tras fila, como crece fatal el tiempo mismo, un flagelo continuo. Cada punto añadido al tejido parecía afirmar una bendita confianza en que el orden puede sostenerse a través de pequeñas acciones reiteradas.

Tentativas 106

23 de abril. Día del libro.

Los volúmenes de mi biblioteca, alineados en los estantes, poseen una vida latente que se manifiesta en la diversidad de sus encuadernaciones. Algunos, revestidos de piel flexible, ofrecen al tacto una suavidad casi íntima; otros, más rígidos, conservan una severidad que impone respeto. El dorado de los lomos, a veces desvaído —como si hubiera sido rozado por demasiadas manos—, a veces intacto, recoge la luz de manera distinta según la hora del día, como si cada libro tuviera su propio modo de aparecer. Y es imposible no sentir que esa materialidad —el peso, la textura, el leve crujido al abrirlos— forma parte inseparable del placer de la lectura.

***

Hay un placer particular en poseer un libro que ha sido encuadernado con esmero. La piel, elegida por su grano y por su resistencia, envuelve el volumen con una dignidad que le confiere autoridad —una autoridad que no se somete al gusto común. Los nervios del lomo, discretamente marcados, ordenan la superficie como columnas; el título, dorado con precisión, se inscribe en ella con una claridad que no es ostentación, sino medida. Nada en el conjunto es superfluo: cada elemento cumple una función y, al mismo tiempo, contribuye a una unidad exacta. Tales libros no son simples recipientes de palabras; son objetos que afirman, en su propia materialidad, la importancia de lo que contienen.