Me gusta aquella foto de mi mamá en Vespa. Las novicias que saben latín y cocinan pastelitos cremosos. La ociosidad de los libros en que sepulto apaciblemente mi vida. Los «mignonettes», es decir, botellitas de licor o perfume. La opera omnia del cerebro de un burgués cultísimo que es el origen de mi linaje. Los infolios, los senos con lunares espolvoreados aquí y allá, los calcetines caros y de colores llamativos, las vidas de Marsilio Ficino y Gauss, no leer y defecar a la vez (jamás eso), las vírgenes rosas con brillo solar púrpura en los ojos, el que esta Edad Media sea tan poco griega y tan negra, y así podamos brillar los felices pocos, las pibitas o mocosas que huelen muy bien, los cabros o carneros que en el bar no cesan, monotemáticos, de hablar de fútbol, putas o culebrones, porque de ellos no será el reino de los cielos. Me gusta VOX (que votaré), la intensa sensación de «dépayssement» que experimento, ni que sea de lejos, al oír mugir una vaca, me gustan las formas de ocio de la civilización tecnológica porque los lerdos deben estabularse y así incordiar menos, el lenguaje, me encanta sobre todo el lenguaje, que es el sagrario de la erudición, el repositorio del ingenio, la alacena donde se guarda lo mejor que debemos sacar de nosotros mismos: ei etiam placere non negligant recte loquendo. Me gustan las cancioncitas rock, pop o techno, porque sus oyentes ignoran la mayeútica socrática y no me debo nunca -empíricamente no es posible-comunicar con ellos. Me gustan los groseros sofismas extravagantes de las gentes porque afinan, agrandan, y hacen lucir mi pensamiento, o esos libros puerilmente consoladores que tan a la moda se estilan ahora ya que inflan mi prosa insólita, esforzada y ni charlatana ni chismosa. Un si es no es impostada, teatral y graciosa.
Me gustaría retirarme a la Tebaida, Siria o el Bajo Nilo o gozar de la corte de Federico de Prusia. Me dedicaría al estudio, la filosofía y la literatura; no a pensar en el dinero o cómo ganar vil y manchado dinero: Beatus ille qui procul negotiis…Siempre al margen, siempre ocioso. Con la solvencia de mi alma no pervertida por el mundo y los hombres. Sin la banalidad infecta de estar en posesión de un trabajo o de un mediocre (desacreditado pues) título universitario.
Algo ya me acerco a ese ideal. No del todo aún. Sin creer ni crear collages culturales arbitrarios, y creyendo que la gramática, la lógica y la retórica no son meros malabarismos logocéntricos. Sin desfachatez o brutalidad moral, sin tibieza intelectual. Viendo sabias, guapísimas duquesas pintadas en la pared. Amistando cada vez más con mi alma libre, cuajada, madura y hermosa. Advirtiendo que los hechizos caedizos del mundo a mí no me conciernen. Pisando suavemente mis sueños. Haciendo mi trabajo. Oyendo el áspero rugido de los guijarros en la playa retumbar y donde combate el día que no me ilumina y la noche que no me observa.
Leo y estudio para la gloria. Escribo precipitadamente, pero con no poca elegancia improvisada. Decidí ser escritor amateur y ocasional, pero soy (no lo creo, lo sé) inmortal.
Es altamente probable que deje de vivir en Galicia. Fueron alrededor de diez años buenos o muy buenos. La inteligencia de un hombre se mide por la cantidad de silencio que es capaz de soportar y por las cantidad de estupidices que es capaz de evitar. En mi pazo gallego del siglo XVII no sufría la paleta compañía de los labriegos elementales y zumbones, me asqueaban las bostas de vaca con verdezuelas moscas alrededor, y el tono o coeficiente pasmosamente mediocre (más allá de un límite crítico) de la sociedad galllega y sus prohombres tallados en tópicos de mal manual y sus proclamas como conjuros apasionados independientes de la confirmación o refutación de la realidad, me deprimían. Un pueblo abrasadoramente inculto y necio. Pero en mi casa de Orense disfrutaba del conventual y majestuoso silencio, de la regia y solemne o augusta soledad, y de mí mismo. Cualquier compañía es latosa; la de un gallego-tipo, doblemente latosa.
Pero salgo de Madagascar para caer en Guatapeor. Ahora viviré en Manresa y Barcelona, donde tengo casas y lujos que no desiquilibran mi presupuesto. La casa de Barcelona llena de cortinajes aterciopelados, muebles antiguos, y ediciones encuadernadas en piel de los libros de derecho y economía de mi papá, y de los libros de literatura e historia de mamá.
Los catalanes son hombres «completamente»: completamente imbéciles, completamentes inanes, completamente despreciables. Símbolos y númenes de la medianía más atroz. Incapaces de alzarse un palmo por encima del suelo. De los paletos gallegos a los burguesitos adocenados del risible «imperium» catalán. No hablan decentemente su lengua ni lengua románica alguna con cohesión y coherencia. Simiescos dominguillos de «tortell» y «mona de Pascua».
En mi casa de Barcelona me arrellenaré en la butaca y leeré y estudiaré. No tengo muchos libros ya que la mayoría los llevé en trailer a Orense. Las cucas librerías francesas e ingleses se sustitituyen insensiblemente por tiendas de ropa de lujo. El tráfico y la aglomeración de personas causan brotes dermatológicos en alguien delicado como yo, que admira la civilización y no su parodia grumosa. Pasear por Barcelona es como vadear un pedregoso río lleno de pegamento. Te cruzas con miradas lelas donde no asomó una chispa de capacidad, talento o inteligencia, ves cabelleras teñidas y modelitos en cabezas donde un abisal vacío puebla el craneo peliteñido. Ves talluditos gordinflones en bicicleta o patinete. Y cerca, contiguo, el submundo choni de arrabal y delincuencia y tan tatuado de Cornellà u Hospitalet, ese Inferno gutural orangutanesco.
Papá y yo coleccionamos juntos libros de política. En sus idiomas originales. Por aquí andan viejas ediciones, dispuesta entre la noble caoba, de Hayeck, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También volúmenes -nada intonsos-, de Menger, von Böhm-Barker, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlein, Chodorov, Nisbet, y Aron, Polanyi, Ropke, Rueff, Oakeshott, Strauss, Voegelin, Jouvenel, Ortega, Weaver. Tenemos a Kirt, y a Viereck, a Weber,o Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés y Bonald. Una surtida biblioteca del pensamiento diestro más capaz e inteligentemente suficiente. Me voy a poner las botas.
¿Me cansaré de tanto leer? Ni que leyéramos corriendo…
……
Es sabido el abajamiento que la democracia cultural provoca. En una sociedad de masas hay más cultos, pero los cultos son infinitamente más incultos que antaño. Las élites (periodistas, escritores, profesores, políticos, clérigos, empresarios, etc…) carecen de vigor y ejemplaridad, de fuerza y altura intelectual.
El auténtico espíritu clásico es una abertura a la inteligencia y la vida, a la inteligencia del mundo y la naturaleza. Estudiar derecho romano, latín, filosofía aristotélica, arte griego, no es óbice para aprender informática, lenguas modernas, ciencia cognitiva. Lo nuevo no se opone a lo viejo, se complementan con sabiduría. No es gratuita o peregrina la clasicidad, sino que permite la capacidad de juicio, la elaboración del razonamiento, el don del discernimiento. Y la capacidad de juicio es la premisa inexcusable de la libertad y la moral.
Observo una defenestración o devaluación en la capacidad de juicio de las élites democráticas. El clima cultural que irradian es decadente, pobre, bobo y anecdótico. No hay en su mente algo así como las pilastras de granito de la civilización, sino nebulosas a veces pueriles, a veces frívolas, con frecuencia vaporosas y huecas. Mucha información y poco conocimiento, algún conocimiento y ninguna sabiduría. O hay un rearme educativo fuerte (una nueva ilustración) y unas élites con sustancia o nos vamos al garete. Aunque bien pensado la decadencia empezó cuando se generalizó la escuela pública y gratuita, cuando muchos quisieron y entraron en la Universidad. Los prebostes de Eton y Oxford a cambio del pensamiento magazine tertuliano. Y encima las masas piden el sugragio universal. Acabáramos…
Cuando dejé mi trabajo estuve a un tris de dedicarme solo a estudiar, pensar y leer. Observaba con sumo displacer la desidia e incuria que caían insensibles e inclementes sobre las formas culturales, a aquellos viejos mandarines que me formaron (Curtius, Mann, Eliot, Auden, Auerbach, Riquer, Riba, Cavafis, Pessoa, Eckermann, Bloy, Kernan, Flaubert…) orillados y sustituidos por Másteres en la Universidad sobre «Liderazgo emocional y Empatía», «Ideas filosóficas en la Televisión», «Sexo tántrico y parejas conscientes», «Constelaciones familiares», «Dinero y conciencia» y otro suma y sigue de barrabasadas, memeces o chorradas chiripitifláuticas. Con ortografía singular uno, perplejo, triste y decaído e irónico, solo podía proferir, como hizo Flaubert en Bouvard et Pécuchet, «C´est hénaurme!» y «Quelle hhhindignation!».
Pero me inventé como escritor -una vieja vocación- y, a la par que solidificacaba mi descubrimiento -mejor: atestiguamiento- de ángulos de mi personalidad y que ejemplificaba o insinuaba mis convicciones, iba forjando una lengua entre coloquial y culta. Soy un escritor con una voz, un mundo y una forma particular de expresar ese mundo y esa voz. Pero no tengo ningunas ganas de publicar (previo trabajo obsesivo, que no hice, de pulimento); ya se han publicado demasiado libros en este inmundo mundo.
Dos razones más: nadie te lee y nadie desea leerte. Se lleva la oralidad ilustrada en imágenes de la televisión y las redes, y se descree del hombre tipográfico, aquel que emplea argumentos complejos, que selecciona la información según su relevancia, la jerarquiza, la cataloga, la discrimina y sopesa y matiza, y así la transforma en conocimiento y, tras más depuración y reflexión, tras más contraste y tensa dilucidación, la convierte en sabiduría. El Homo Computans solo desea brevedad, fragmento, inconexión, deshilachamiento, espectáculo, irrelevancia y banalidad. Estas son las palpitaciones de los tiempos. Un escritor para triunfar solo debe tener un objetivo: entretener, divertir, así, sin más problemas. Y su lenguaje no debe levantar un palmo del suelo. Debe escribir de forma elemental, podada, sentimental, charlatana.
Recorro con la mirada compungida esta masa de gente totalmente igual y cada vez más baja. Sé que vivo una oceanografía de la banalidad, en una especie de parque temático de bajura y vulgaridad. Como constató profético Benjamin, el avance de la civilización se paga con el precio de una inevitable barbarie. La grosería de todo ya es literalmente escalofriante.
Donde mejor estoy es en mi torre de marfil, muy lejos de las pezuñas democráticas. Mi lujo mental y mi soberanía intelectual no se avienen con esta plutocracia del gran número analfabeto o acémilo. La base de la pirámide es muy ancha y la cúspide muy estrecha y picuda. Sigo estudiando y leyendo. No, no envilecí mi vida.
Mi primera vocación fue la ciencia, concretamente la matemática. En el Instituto me seleccionaron todo el bachillerato -y antes aún en el Liceo- para representarlos en la Olimpiada Matemática. No lo hice mal pero siempre nos ganaban los del Colegio Alemán, que daban el triple de horas lectivas de esa materia respecto a nosotros.
Tuve una experiencia estética con un libro de poesía en mi adolescencia y nací a la literatura. Durante la Universidad (en las que estudié muchísimo aunque solo me licencié en Filosofía pese a tener cuatro cursos aprobados de Exactas) escribí dos novelas, que todavía andan en aquellos viejos disquettes antediluvianos.
En esos años jóvenes fui de oyente a cursos de informática (especialidad en AI), derecho mercantil e internacional, economía, y aprendí las principales lenguas europeas vivas, a leer alguna muerta, y rudimentos de un par o tres de exóticas. Acabada la carrera hice cursos de doctorado en Lógica Matemática (con énfasis muy especial en la Teoría de Modelos y el Álgebra Universal) y después decidí no seguir la carrera de profesor y preparé oposiciones para diplomático.
Pero hete aquí que un año malhadado me fichó un país extranjero (del que yo había escrito artículos muy ditirámbicos o laudatorios en revistas universitarias) y mi vida cambió de arriba a abajo, copernicanamente. Tuve que trabajar de manera obsesiva y ocultar mi profesión (para eso tenía una tapadera perfecta que no viene al caso) y ocultar también de forma extrema mi vida. Me convertí en una especie de gentleman de formas exquisitas, muy cauto y reprimido, y analizando, descubriendo y transmitiendo información en defensa exclusiva de los intereses del país por el que trabajaba.
Pero fui descubierto y entonces empezó mi vida pública (en el proceso de descubrimiento y, para protegerme, inventé métodos y modos que han pasado a la pequeña historia de la Inteligencia…y del teatro)
De todo esto quería escribir (ahora que debido a dos infartos muy poca vida ya me queda) y dejarlo como testimonio a mi familia. Pero la embajada -digámoslo así- me prohibe escribir mis Memorias, incluso, obviamente, «a clef». Este post es mi pequeña venganza. Debido a las cantidades ingentes de trabajo que padecí (y muy bien retribuidas) mi formación literaria se resiente y resintió. En literatura soy todo limitaciones. A lo mejor me decido a corregir los poemas y publico dos o tres poemarios (tengo ofertas de al menos dos editoriales) Pero si en algo he sido un fuera de serie, un primera espada de nivel internacional incluso, no ha sido precisamente como escritor ( o no solo) En fin, gajes y cosas del oficio. Una pena todo.
Pasé muy mala noche, casi no dormí. Ahora una mañana oscura, lluviosa, lipemaniaca. Tuve la íntima sensación que existen dos estados en los que se destruye el lenguaje: la psicosis y la monomanía melancólica. El lenguaje, si debemos adjetivarlo, es algo así como refrescante y rosado, lo opuesto a un adefesio frío y apático.
Siguiendo esa línea de pensamiento, desde mi atalaya solitaria, seclusa, intuyo que la angustia y decrepitud moral se alivia si uno es capaz de encontrar las palabras e imágenes que faltan para discernirla. Lo que en inglés llaman «crisis of literacy» yo lo traduzco como una crisis o merma del espacio psíquico. Cualquier conflicto requiere palabras para decirlo; si careces de esas palabras, el conflicto se enquista. Las redes sociales, el alcohol y las drogas, la soledad melancólica o la agramaticidad psicótica, agrietan y devastan el espacio psíquico. El lenguaje tiene una dimensión terapéutica.
…..
Borges dijo que empiezas a escribir sencillamente, después pretendes ser original, luego escribes imitando a tus maestros, para acabar escribiendo otra vez sencillamente pero habiendo pasado por esas otras tres fases.
Yo, por vanidad, propendo a lo barraco. Pero en mis poemas, aunque a veces les sobran quincalla, tiendo claramente a una gran sensibilidad lógica. Clásico, para mí, significa ordenado, claro, inteligible.
Muchas veces el poema exige una primera redacción como una eyaculación (este blog es un ejemplo de esa lefa expulsada) Pero después la impresión se queda dormitando en mi interior, a veces durante años, y la expresión de esa impresión se va reelaborando, afinando, lenta, pausada, inteligentemente. Saco farfolla, tacho, sutilizo, aclaro, busco el giro memorable. Por eso en la presentación de «Multitudo non sequitur» digo que todo lo escrito en él es embrionario.
Mi literatura madura al hilo de mi vida y no, en absoluto hasta ahora me hago cargo de ella.
España, demasiados retrocesos, llena de cabreros hirsutos,
con indolencia arábiga andaluza, con inane saltataulells catalán,
feísmo rural gallego, covacha quebrada cántabra,
con tienducha provinciana madrileña y costeras playas horteras,
España ufana como un gusano
que el arado parte en dos.
España televisual, futbolera, barista, de mal gobierno
y zarrapastrosa, pulposa, tuercebotas, chapuzas, pugnaz inculta,
zampabollos, incauta, con mayonesa en la comisura, y baba,
haragana, tumefacta, necrosada, tuitera, lo dicen las sefirot
cabalísticas: eres un ejemplo de burricie y detritus de alma.
España esquirla sin luz, de fanática negrura de confesionario,
ciclópeo atrio de la mendacidad, mucosa sentina idiota:
je acuse l´Espagne, y de mi judería soy, solo mi biblioteca es mi patria.
España sarmentosa ágata de la mecanografía, frutera y verdulera,
país de la caterva y la inepcia. Apostato. Hereje afrancesado
o conde don Julián, o anglófilo imposible, aquí os dejo, y feliz parto al exilio.
Bajo una égida más amable se cobijará mi nombre y ley.
Bajo un cielo de estrellas más brillantes seguirá mi sombra los caminos.
Nunca bajo los vientos congelados y torvos de esta noche ciega.
POST SCRIPTUM: Toda gran nación tiene una tradición de nacionales críticos con esa misma nación. Para mí el más español, el que más ama a España, es el que (queriéndola) también la detesta. Odi et amo, sin entender bien bien por qué. Copio y pego una crítica que hice al libro de Villena «Añoranza y necesidad de la tercera España». Ahí se aclara algo mi punto de vista.
«Me leí esta noche, «Añoranza y necesidad de la tercera España», de Villena, en Athenaica, doce euros muy bien gastados.
Tomito de propósito civil y educativo, divulgativo en la línea de los ideales ilustrados o regeneracionistas. Cela, en su entrevista en The Paris Review, declaraba que le gustaba la España de las moscas, los toreros de pueblo, los curas, la Guardia Civil con su tricornio, el garrote…La España, a fin de cuentas, negra y tópica y arrebatada, la de la cigarreras andaluzas con su faca en la falda y el boticario y el alcalde yendo de putas.
La primera España es tridentina, conservadora, dogmática, católica, monárquica, imperial. La segunda España es una contra-aserción o contra-declaración a esa España, heterodoxa, laica, incorformista, probablemente -seguro- la enterrada en el corralillo o cementerio civil, verdadero muladar de la época. Una España podría simbolizarse en la adusta e híspida mirada de Niño de Guevara, la otra en el empecinado -ciego y vesánico- Juan Negrín.
¿España? Demasiados retrocesos…; «clara, pobre y cejijunta» (Unamuno), la «espaciosa y triste España» sufriendo llamas, dolores, guerras , muertes, asolamientos, fieros males. «Ciego el ibero / de un furor inhumano / fulmina impío el reluciente acero / contra su propio hermano» (Meléndez) Y sorprendió Machado en nuestra patria «un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín» Y no solo Valente, Bousoño, Hierro, Gil de Biedma, Blas de Otero, Lorca («Oh España, luna muerta sobre la piedra dura»), etc…han expresado líricamente el dolor y drama de España, también los intelectuales han inquirido sobre nuestra naturaleza. Villena da un repaso periodístico somero a vuelapluma (pero ponderado y sagaz) a las ideas de Menéndez Pelayo, Joaquín Costa, Ganivet, Ramiro de Maeztu, la polémica entre Unamuno y Ortega, Laín Entralgo etc…hasta deternerse en la agria disputa entre Américo Castro y Sánchez-Albornoz (inclinándose matizadamente más por el segundo debido a su mayor empirismo histórico)
En la segunda parte del libro dibuja su idea de la tercera España, es decir, de los desafectos de la primera y segunda que suele acabar en una degollina (real o simbólica). Desea una tolerancia respetuosa y culta, una unidad nacional en la pluralidad cultural, una España con una plenitud nueva fundamentada en nuestra vieja historia. Abomina lo feroz y necio (de aquí o acullá), los dislates gubernamentales de la diestra o la siniestra, quiere una educación global y de calidad y no cuarteada en cada reino de Taifas autonómico.
Coincido con el autor a la busca de esa tercera España. Si Villena es un descontento del lado oficial de la izquierda, yo lo soy del lado de la derecha política ortodoxo, a menudo ultramontano, asilvestrado o chupacirios, poco cosmopolita y libresco.
¿Alguna vez viveremos sencilla y doctamente, sin decir nada malo, sintiendo el barullo elegante de la vida?¿dejaremos de oír a politicastros graznando con ideas de chusco torrezno, meros gaznápiros encumbrados por la ambición desmedida, cesará ese ricino, tocino, morcilla y pepino de élites deslustradas, de socialcomunistas de culo dorado con medidas improvisadas a golpe -y sabor- de pimienta y cayena?¿Será España una nación rica, despejada, clara, libre y feliz, de no «inmemorial mal gobierno? Demasiados retrocesos, nuestra historia se cifra en pocos avances y demasiados retrocesos. Y en división cainita. Pero no es una mística del cielo ni indefectible «vox dei» que esto deba ser siempre así».
Ahora tenemos un gobierno mendaz y de categoría liliputiense. De dominguillos mentirosos y aficionados al trilerismo. De catetos palurdos aliados con la anti-España (incluso, para deshonor de la moral, con pro-terroristas y con golpistas) La educación hace aguas, la gente convirtiéndose en gentuza, la mala educación y la falta de humanismo, la no-cultura (que les hacen creer que es cultura), todo eso como moda cultural o rasgo de época. Votaré al PP o a VOX, pero sí, con un punto de culpa. El regeneracionismo urge a España. Una derecha no solo gestora o económica, sino abierta, cosmopolita, culta, que enfatice la libertad individual. Mi padre decía con frase feliz que, así como el queso es el complemento de una buena comida y el suplemento de una mala, así la derecha culta es el complemento de una buena derecha y el suplemento de una mala. Pues eso.
A veces creo que los españoles no sienten Pasión por la Libertad o no la comprenden apenas. Desean ir en manada y ser subvencionados. Este gobierno, si no cae pronto, creará un conjunto de borregos esclavos e ignorantes. También, en mi poema, vitupero metafóricamente a esa forma de España que ahora desgraciadamente ocupa el poder.