Diario

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(contra la tele y la radio)

Una de las formas clásicas de resistir y evitar la manipulación consiste en el discurso intelectual, en una afirmación vital y constante de la libertad de pensamiento.

Los periodistas, a mi juicio, cada día adolecen más de los mínimos estándares culturales e intelectuales requeridos para incorpararse a la Gran Conversación Cultural de la Historia.

Y, los intelectuales, al participar en la radio o en la televisión, hablan con frases simples de cualquier cosa hasta llenarlo todo de una universal farfolla de banalidad. La producción de banalidad presupone que el oyente o televidente disfruta escuchando a personas inteligentes, pero, claro, diciendo eso mismo que ellos podrían decir, no sea que se ofenda en su amor propio al oyente (cliente) de masas radiofónico o televisivo.

La radio (más aún la televisión) trivializa el acto de pensar. Dado que es la trivialidad y simplificación su lingua franca, no hace literatura, imita la literatura, no filosofa, divulga filosofía en píldoras o pósits de quiropráctico espiritual de autoayuda, COTILLEA sobre la cultura y la política en lugar de hacer cultura o argumentar políticamente de un modo consistente y lúcido o capaz.

La radio y la tele, al igual que el mercado y público que las sustenta, no pueden ser subversivas o mentalmente altas, solo ligeramente subversivas o mentalmente medias (es decir, falsamente subversivas y falsamente intelectuales) Y deben ser muy hip y muy cool.

Tal es la naturaleza de esos medios. Y el medio (McLuhan) es el mensaje.

Traditio

Papá, defiendo el legado de la casa que me legaste,

aunque España sea una gris y sucia pelambre de rata,

aunque balbuceen con farfollantes

palabras llameantes los incapaces de conversar con el Cielo,

pese a que Cataluña sea una atolondrada

y palurda, aldeana y muy árida, tortura psíquica,

aunque Europa aburra y Occidente

sea un turbio harapo, una Babel Caótica de Ruidos,

yo defiendo la casa que me legaste.

En mi jardín hay luz de altas estrellas,

el judaísmo en el centro de mi corazón

y pistilos untados con cosméticos

y pulpa en dulces odres (tu voz era un rumor

de savia verde en los lagares)

Defiendo la casa, y cuido del jardín y de mamá,

no te preocupes por nosotros papá.

¡Cómo te extraño! Tanto hablamos sobre los burriartistas,

los políticos radiando basura, burrijóvenes, sobre execrables

lerdos que subían al escenario social

con sus maneras de patanes chuscos

y su sebo de rucio diarreico manchando las iglesias.

El calor radiactivo de la civilización

enloquece a hombres y bestias.

De las cosas sagradas solo queda Dios y mamá.

Rememoro el escalofrío de piel de tigre que nos poseía,

la calma y precisión con que derrumbábamos

a la pieza reina del oponente,

nuestro Deus sive Natura como un himno astral,

y si vieras ahora a demasiados que aman su esclavitud

como reos conducidos al palacio de Anás.

Ahora a los hombres les privan

de todo aquello que es venerable,

deliberan traicionándose a sí mismos,

sin ideas claras y determinadas

su instinto niega el conocimiento intuitivo.

Sin discernimiento ni meditación de alma,

no memorizan lo importante para que se ramifique

y enriquezca o distribuya en su interior

sino que el paisaje de sus almas es esta Odisea del Barullo.

Para hacer cualquier cosa terrible,

para sobresalir en la estupidez,

para ser el hazmerreír del planeta,

la oscuridad no parece en general necesaria;

vivimos una época nublada y obscura.

Pero yo, no sin maravilla, defiendo la casa.

Me legaste la gran Belleza y el fogoso amor a la Verdad.

Me legaste la lujuria atlética de la Inteligencia.

Defiendo la casa, papá.

Defiendo tu enorme, lujosa biblioteca,

que es la historia de la fuerza de la mente humana,

tus medallas y monedas,

que dan testimonio de leyes y costumbres,

las pinturas y estatuas,

para que la vida continúe más allá de la tumba,

colecciono tus recuerdos

embalsamados en el ámbar más querido y dulce.

Vendrán noches, vienen ya múltiples noches, habrán más noches,

pero yo armado y presto al combate defenderé la casa.

Prudente es conocer la fragilidad de los hombres

y honroso ser un caballero.

Todo se derrumba o desmorona.

Al consuelo en la muerte

y a instruirte en vida,

dedicaste los frutos de tu laboriosidad.

A la grandeza rendiste honores.

Tu vida fue un majestuoso solo de violín entre la turbamulta.

Se dispersó a los cuatro vientos del firmamento

tu mente. Yo defenderé tu casa. Tu legado.

La soledad cansa como una radio con interferencias.

La soledad cansa como una novela moderna.

Estoy solo y meditabundo papá,

palabras de invierno agrietan mis labios.

Pero tu Luna de gatopardo me cobija.

Defenderé la casa de música y burbujas historiadas.

Papá, te juro que con mi sangre

defenderé la casa que me legaste.

Pequeña elegía

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Con dos infartos y un par de adicciones

sé que poca, muy poca vida me queda.

¿Balance? Gocé de scorts de inconsolable hermosura,

la exquisita paz de una familia que mucho me quiso,

instantes imprecisos del tiempo donde me creí invulnerable

o un corbeille de rosas al alba, o el château de Chambord

o el de Cheverny (en solemnes mañanas con bridón de llama),

Vermeer, Bernini, Viena, Lisboa, Tarski, Quine, Cavafis,

la prosa de burbuja historiada de Nabokov,

la ovonia que enloquece en amores de solo dos horas,

las penínsulas espaciosas del «Vosne romanee»,

asonante de frutas rojas y viñedos ducales,

largo como claridad de antorcha al trasluz púrpura,

gocé la inteligencia tanto de Fleur Cowles como de Suetonio,

estudié matemáticas, el oreo de novelas, el dramatismo

en el ballet de piruetas pensantes de algunos filósofos,

leí al barón de Maldà, las ocurrencias de senectud de Séneca,

soñé, imaginé, fantaseé, enloquecí con la belleza, ideé, creé,

jugué, canté, me dominó la pasión, hallé luz en la razón,

bebí, amisté, brillé, caí, copulé, amé, busqué y encontré.

Pero ahora mi felicidad no consiste en decir «mañana»,

sino que reside en la tristeza de una fúnebre palabra: «ayer».

Enclaustrado en feraz, feudal aldea gallega, desprecio el hoy

y ya solo espero dulcemente la muerte, esa última habitación

de hotel de lujo. Mero trotamundos por eléctricos eucaliptos,

nadie antes tan rico ha vivido nunca ahora tan mal y pobre.

A veces compensa la paciencia de escuchar cómo levitan las nubes,

las ovejas del vecino, echarle migas de pan a los pájaros,

el bosque enfurecido donde borbota y se fragua una lluvia inescrutable,

o percibir la vertiginosa corona de animales durmiendo

y a babilónicas nubes oníricas muy blancas en verano.

Muy lejos de insecticidas, cosméticos, grafiti, jóvenes adolescentes

en shorts, estallar de coches y el populoso incendio de las avenidas.

Mi alfabeto no son ya pequeñas librerías francesas o inglesas,

sino toxos, abruñeiros, bidueiros, pelusiñas y xestas. Sí, acaso mejor así.

Rodeado de este cascabaleo de inmensa precisión sensorial

el musgo y hojas secas aquí cubrirán mi tumba.

Muy pronto, sea por natura o solución romana, soñaré un sueño

que no podrá volver a soñarse para no soñarse más.

EN EL TIK TOK

Imagino voluptuosamente lo que haría

con tu cuerpo. Pétalos vibrantes, zarpazo

dulce tus labios rojos, tu cabello limpio

imagen de amanecer en Alejandría, algo de

artista en movimiento y porte: la dúctil

coreografía, la vasta alegría dentro de los ojos.

Sin rumbo, lleno de alta pasión desordenada,

tú me hipnotizas, oh líneas suaves del cuerpo,

rímel joven como pantera en la montaña,

calientes miembros, ojos claros en el rostro.

Perfume y razón de mi vida no dejar de mirarte,

henchida belleza a la vista, Belleza dorada

de Deseo. Fulgor de gozo para unos amores jamás

rutinarios, y exquisita emoción que traspasa el alma.

Que la vida sea afable, buena y generosa contigo,

que no te traten mal los híspidos ejércitos de la noche.

Y gracias por estos prohibidos y majestuosos

placeres que al verte acabas de hacer míos,

y que el caminante leerá dichoso en mi lápida.

Solitude

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Escribió sagaz y certero De Quincey: » Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto» Y Edward Gibbon insistió en una observación similar: «La conversación enriquece nuestro intelecto, pero la soledad es la escuela del genio; y la unidad de una obra denota la mano de un artista individual» O Jung, sobre un punto de vista bastante igual: «Los años en que estuve persiguiendo mis visiones interiores fueron los más importantes de mi vida; en ellos se decidió todo lo esencial» Y concluiré con un poeta, cifra y numen de mi hipótesis, expuesta con discernimiento sapiencial, energía en la dicción y exuberancia en la expresión. Escribió Wordsworth:

«Cuando, durante mucho tiempo, de nuestro mejor Yo fuimos

apartados por el ajetreado mundo, y desfallecemos,

enfermos de su quehacer y cansados de sus placeres,

cuán misericordiosa y benigna es entonces la Soledad».

La psicología popular y el arte comercial (o no tan comercial) nos han convencido implícitamente que la principal y casi única fuente de felicidad son las relaciones interpersonales, el comercio emocional con el amor, la familia y los amigos, desdeñando nuestros intereses, creencias y gustos solitarios e impersonales. Para mí es intensamente más esclarecedor y relevante lo que sucede en mi cabeza estando solo, incluso patológicamente aislado, que aquello, una mera Babel de Ruido u Odisea de Barullo, que me ocurre en compañía (donde siempre actúo algo exageradamente con la máscara -falsaria- de tipo irónico e ingenioso)

Me gusta estar muy solo, solo así soy yo verdaderamente, y, en la energía y bendición augusta de la soledad, mucho meditar, mucho contemplar los temas que me importan y obsesionan, y sentir cómo se modifican y agudizan las sensaciones, trabajar mentalmente en algunos poemas o incipientes y brumosas prosas, o en volanderas ideas indeterminadas, o habitar los poblados -densos, fosforescentes- recuerdos. Me gusta sentarme en el banco solitario de la plaza de mi aldea feudal (pasan a veces horas sin asomo de presencia humana) y ensimismarme y rumiar al compás o correr de la mente, y oír a los pájaros ducales, notar el ulular del viento como un Zeus benigno y cálido con su idioma celeste, asombrarme de la coloración granulada y puntiaguda de la luz mientras oscurece paulatina y lentamente.

Solitario crecen y se ramifican las ideas creativas, y solitario cada vez te conoces mejor ( te afinas mejor) a ti mismo. Cuando estoy en la odiosa Barcelona o en la provinciana Orense -donde también tengo casas- voy yo solo a los restaurantes, al teatro, a los museos, a las librerías o cines o cafés. Flâneur altivo y meditabundo, me siento en una rincón y divago egregio como un noble medieval frente a su fuego en noches de callado invierno.

Uno de los rasgos de mi personalidad es que la ternura y el afecto que indefectiblemente algo necesito no soy capaz de asimilarlos, me producen malestar, tensión y carga. Me desequilibra sufrir compañía y consideración. Por eso desde los nueve años estoy muy solo, desacostumbradamente e increiblemente solo. A veces es duro (la estricta y compacta -yihadista, esquizoide- soledad devora la felicidad y la dulzura), pero no siempre lo es. A veces, confrontado y enfrentado a mi soledad, ayuno de amistades y amores, afloran epifanías gloriosas, momentos eureka, sentimientos de poder, invulnerabilidad y exquisito placer inenarrable no susceptible de un trasunto en palabras. Sé que nado a contracorriente. Mi vida esteparia y eremita probablemente no sea un bien universalizable o deseable.

Paso también horas arrellenado en la butaca de mi galería acristalada contemplando el valle y meditando en las lindas musarañas o mirando árboles pulimentados. Los ruidos de la casa (crujir de la madera, unos perros ladrando, el golpear de la lluvia en los cristales, el tic-tac del reloj del comedor, el leve susurro de la calefacción, la respiración de mi perra) son como la savia que circula dentro de mí, y mi única querible melodía. Prácticamente nunca oigo la radio o enciendo el televisor ruin. Las redes sociales me provocan -su uso excesivo- una orgía de culpabilidad alemana. Mi medio natural es andar enclaustrado en mi mente silenciosa, o muy solo deambular (sin interactuar) entre la populosa muchedumbre.

El bullicio del mundo me asquea como una rata metida en la tráquea. Ser solitario es mi daimon y destino, mi santa unidad sagrada y rosácea. Lo admito: seguramente soy el más solitario de los hombres que han existido.

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La canallería incívica, bárbara y vándala son menos que miasmas infectas. Vándalos y suevos cruzan el Rin. Alarico saquea Roma. Los godos completan la conquista de Italia. De la muchedumbre (podedumbre) anfibia y mal nacida surgió demasiado español torticero y tartaja. El único mérito de esta civilización es que es tan mala y nefasta como la misma civilización.

Palingenio: “Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!” (Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino) «El impulso de lo útil y el envilecimiento de las actividades del espíritu podría tener como efecto que los hombres democráticos se deslicen hacia la barbarie» Tocqueville. «Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas» como señaló cáustico -y muy certero- Gautier. «Vivimos en un siglo de electricidad, de gas,de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía,de drenaje y de sufragio universal;y, sin embargo, somos menos letrados,menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV,e incluso de Francisco I» Edmond About, Le Progrès, Hachette, 1864, p.356. «Lo único razonable en materia de política es un gobierno de mandarines, siempre que los mandarines sepan algo y, si es posible, mucho. El pueblo es un eterno menor de edad» declaró Flaubert, el intelectual más lúcido y profético del siglo XIX. «No me hable usted de los tiempos modernos, a propósito de lo grandioso. No dan ni para satisfacer la imaginación de un folletinista de la peor calaña» Flaubert. «Vulgus dividi in oppositum contra sapientes, quod vulgo videtur verum, falsum est» Roger Bacon. «La plebe se opone a los hombres sabios; lo que la plebe considera cierto, es mayormente falso».

Mandriles tecnológicos con absurdos pensamientos simiescos semiarticulados y proferidos en una semihabla descosida y analfabeta. ¿Cuándo decapitarán a Boecio? ¿Cuándo acuchillarán a Escoto Eriúgena? ¿Cuándo rodará la cabeza de Luis XVI? No entienden a Propercio o Tibulo y por eso desprecian. Se derrumban villas, palacios, estatuas, edificios públicos. Los bárbaros -esa chusma de griterío y mazas- llenan de yedra y cascotes las aulas, o escupen en la Academia platónica su bilis negra. No entienden tu lenguaje y sus intereses son los «reality shows» y el deporte. Huye, Christian, huye. Se oyen agrestes aullidos de lobo. Las bibliotecas devastadas, los caminos llenos de delincuentes, los acueductos no funcionan, los pocos gramáticos sin público, los teólogos sin saber griego. ¿Para quién escribes pequeña y vagabunda alma? ¿Para los ostrogodos? Huye, Christian, no te mezcles y desprecia a la chusma.

«…y ves detrás de cada cara ahondarse el vacío mental/ dejando solo el creciente terror de nada en que pensar;/ o cuando, bajo la anestesia, la mente está consciente pero no consciente de nada» T.S. Eliot, describiendo perspicazmente la mente del «populus». La educación pública no ha formado un público educado. El desastre es ciclópeo. Huye, pequeña alma. Vándalos y suevos están cruzando ya el Rin. Tipejos acémilos casi igual a bacterias, sin un gramo en su sangre de helenización, romanización, cristianización o ilustración ocupan tanto las mansiones de los ricos como pobres chabolas. Escribe y memoriza a Adriano, orgulloso de tu aristocrática, gatopardesca soledad:

Animula vagula blandula,

hospes comesque corporis,

quae nunc abibis in loca,

pallidula, rigida, nudula,

nec ut soles dabis iocos.

Mejor ese lugar desnudo que la pelambre sucia de este aquí y ahora.

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Céline, Knut Hansum, Wagner, Dalí, Diógenes, Eriúgena, Heidegger, D´Anunnzio, Pierre Drieu La Rochelle ,Henry de Montherlant, Pirandello Malaparte, Kerouac, Ginsberg, Pemán, Camilo José Cela, Agustín de Foxá, Gorki, Che Guevara, Neruda, Trotsky, Josep Pla, Eugeni D´Ors, Sánchez Mazas, Pedro Laín Entralgo, Julio Camba, Sartre, Foucault, Laing, Toni Negri, Julius Évola, Gramsci, Bakunin, Vargas Llosa, Handke, Villon, Jünger, Borges, Larkin, Ted Hugues, Torrente Ballester, Althusser, Oscar Wilde, Schopenhauer, Thomas de Quiencey, Byron, Burroughs, Verlaine, Casanova, Ellroy, Genet, Boecio, Tomás Moro, Marlowe, Sade, Chester Himes, Nabokov, Octavio Paz, Lowry, Nietzsche, Simone de Beavoir, Canetti, Manuel Puig, Hernán Migoya (único autor escandaloso que cito de pésima calidad), Juan Goytisolo, Lemebel, Leopoldo María Panero, Pasolini, Luis Antonio de Villena, José María Álvarez, Umbral, Jaime Bayly, Quentin Crisp, ETCÉTERA, ETCÉTERA, contaron con mala prensa, o ideas escandalosas, o vidas escandalosas.

Nietzsche afirmó que las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos; las ideas con el corsé de lo políticamente correcto son acontecimientos rutinarios, mineralizados, miniaturizados, con frecuencia pobres prisiones de rutina y solemne memez.

Vivimos una época de resentimiento estético, renuencia a lo intelectual, inmediatez acémila y falta de audiacia filosófica, venganza de los peores, donde se premia a «grandes hombres» por vulgares sentimientos patrióticos o por ensalzar determinados tópicos (también vulgares) sexuales o políticos. No podemos leer a Borges y a Larkin porque se burlaron de los negros y debemos leer a insalvables mediocridades inanes que a cambio solo expresan creencias sin sanción social y con burro aplauso de la plebe. No podemos leer a altísimos misóginos renacentistas o mediavales y sí en cambio adorar a naderías que solo saben sobresalir en su propia nada como Lucía Etxebarría o María de la Pau Janer.

Los hombres libres tienen y sopesan ideas; los hombres sumisos respiran el aire cavernoso de las ideologías. Yo jamás dejaría de leer un gran poema (ni lo prohibiría) que hiciera apología de ideas terroristas etarras o anarquistas o carlistas, ni prohibiría -obviamente- una ópera con excelsa música y cuyo libreto estuviese basado en el Mein Kampf (y conste que por mis venas corre un cuarto de sangre judía) Un síntoma inequívoco de esta sociedad decadente es que la extravagancia solo se reserva a descerebrados, locos o delincuentes.

Mucho gran arte propende a la heterodoxia. Ser libre es ser capaz de dirimir entre estética sublime e ideas humanas (o éticas) execrables o vidas que se han conducido según patrones a tu juicio indeseables. La sensibilidad moral mucho ha cambiado; tenemos aguda conciencia ecológica y acusada sentimentalidad feminista. Pero el infierno está empedrado con piedras llenas de buenas intenciones. Aprender información, tener capacidad para analizarla, permitirse el don de la opinión no sandia y delicada, cada día abundan menos en esta sociedad antiilustrada, en esta sociedad con píldoras de información (a menudo simplonas y degradadas, espectacularizadas), escasa difusión del conocimiento, y ocaso casi radical de la sabiduría.

La GRAN CONVERSACIÓN DE IDEAS que empezó en la antigüedad, y a la que se fueron sumando los hombres más eminentes, se sustituyó insensiblemente por una cascada agramatical de tuits y posts. Una mente bien educada no se forma y llena con lo que flota en la palpitación obvia de los tiempos (literatura de mala calidad escrita por escritores chatos que creen el arte un simple vacacionar por una especie de picnics de autoayuda y frases o ideas manidas) El buen arte necesariamente es ANORMAL, y, si trata el tema de la normalidad, lo hace de modo y manera anormal.

Todo artista jamás debiera renunciar a sus necesarias notas o dosis de herejía y contraculturalidad, y defecar -con pachorra feliz- sobre el Partido de la Normalidad.

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EL SERMÓN DEL ESTIÉRCOL

Antes (algunas veces) podía estudiar prestando una evangelista atención al laberinto de detalles. Jugar al ajedrez con descocadas

psicoanalistas sin despistarme, ver corazones de mujeres

ingeniosas como el burgués adora relojes, reconcentrarme

un hora seguida en una minúscula y amarilla flor de toxo,

permanecer quieto junto a abedules lejos del alcance del hombre.

Mi mente creaba nuevas y completas estructuras de significado,

conexiones entre ellas y nuevas ideas a partir de esas conexiones.

Escribía mejor, leía más, pensaba más claramente.

Me asignaba algún tiempo para la contemplación profunda

y atisbé, custudié, algún pequeño campo con luciérnagas

abiertas toda la noche. Mi mente se manchaba con briznas

de coronas recién pulidas y murallas tan poco desgastadas y altas como labio recién besado.

Pero debido al alcohol, la bizarría mental, la conventual soledad,

por vivir un tiempo en que todo duele, por no dormir ni descansar,

por infiltrarse rápidamente en mi momentos libres la televisión,

Internet, los objetos de la tierra recubiertos de pedazos de vidrio,

las almas de mis coterráneos rebullentes de idiocia, servidumbre,

y ebrias llamas en los ojos como gusanos, hoy, lo sé, mi mente

es igual al Caos antes de la Creación. ¿La Belleza en mi vida?

Frustración y no deleite ¿la Verdad? un vegetar siempre antes de empezar a usar mi cerebro ¿los Libros? muy temprano para leerlos

y muy tarde para comprarlos ¿el Arte? su forma opaca mi propia

opinión ¿la Civilización? una caterva de encéfalos que no entienden, no saben dirimir lo que evalúan , son incapaces de argumentar con ideas o expresarlas con claridad y elocuencia.

Casi ninguna gramática, con metástasis de mala retórica, y mocos

de micos como lógica ¿el Amor? ay, un lugar donde renunciar a vivir siempre.

Yo ya soy un bárbaro con la mente contrahecha por el golpe de estos nubarrones, ya un bárbaro con la boca pastosa y la bota de los payasos con su peso bajando del circo de los reinos acostumbrados, de las estrellas violoneando estridencias,

de ríos, alcantarillas, parlamentos, instituciones cromadas

que fabrican piscinas, cocinas, ideologías, trending topics.

De tanto esperar a los bárbaros me convertí justo en uno igual a ellos.

No sirven amores y amigos (no tengo), ni manzanas jugosas

para un apetito refinado, ni que me enseñen a apilar una carga

de heno o a rezar en la iglesia tomándome la vida con calma

y mindfulness. Vivo inconsciente en el barlovento de la basura de todos los inviernos.

El Gran Príncipe de la Tiniebla de los Manicomios.

En el desolado exilio de la grandeza respiro hemipléjico.

«Fue un chico educado y estupendo», se comentó en la aldea.

Nota: poema que escribí borracho. Y se nota.

La bella Tiktoker

Se insinúa nacer de Luna en la nuca

y gotitas doradas. Gemelos pechos

de alacrán como traidores fantasmas.

La exquisita turbación dulce y blanca

del bikini. Rubio el pelo limpio y claros

los ojos. Pergamino limado la piel.

Maravillosa, sutil, creída y alabada

contigo mi vida no se pasa durmiendo.

Labios gordos como una roja rana hervida.

Ya no puedo leer arcaicos papeles,

no puedo escribir insólitos enigmas;

solo deseo beber tus cristalinos pezones

mil noches y una noche siempre más.

Y ser para siempre. Y lograr no haber sido.

POST SCRIPTUM: Este poema (esbozo de poema más bien, muy elemental y rudimentario) lo escribí de golpe, sin corregir, y en cinco minutos. Comparado con los poemas precedentes en el blog es declaradamente menor.

Pero uno no puede ser sublime sin interrupción, o estar en permanente contacto con la trascendencia. Es un poema muy menor con algo de (solo un poco) gancho.

Debo reescribirlo a fondo o romperlo.

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