Una de las formas clásicas de resistir y evitar la manipulación consiste en el discurso intelectual, en una afirmación vital y constante de la libertad de pensamiento.
Los periodistas, a mi juicio, cada día adolecen más de los mínimos estándares culturales e intelectuales requeridos para incorpararse a la Gran Conversación Cultural de la Historia.
Y, los intelectuales, al participar en la radio o en la televisión, hablan con frases simples de cualquier cosa hasta llenarlo todo de una universal farfolla de banalidad. La producción de banalidad presupone que el oyente o televidente disfruta escuchando a personas inteligentes, pero, claro, diciendo eso mismo que ellos podrían decir, no sea que se ofenda en su amor propio al oyente (cliente) de masas radiofónico o televisivo.
La radio (más aún la televisión) trivializa el acto de pensar. Dado que es la trivialidad y simplificación su lingua franca, no hace literatura, imita la literatura, no filosofa, divulga filosofía en píldoras o pósits de quiropráctico espiritual de autoayuda, COTILLEA sobre la cultura y la política en lugar de hacer cultura o argumentar políticamente de un modo consistente y lúcido o capaz.
La radio y la tele, al igual que el mercado y público que las sustenta, no pueden ser subversivas o mentalmente altas, solo ligeramente subversivas o mentalmente medias (es decir, falsamente subversivas y falsamente intelectuales) Y deben ser muy hip y muy cool.
Tal es la naturaleza de esos medios. Y el medio (McLuhan) es el mensaje.
Escribió sagaz y certero De Quincey: » Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto» Y Edward Gibbon insistió en una observación similar: «La conversación enriquece nuestro intelecto, pero la soledad es la escuela del genio; y la unidad de una obra denota la mano de un artista individual» O Jung, sobre un punto de vista bastante igual: «Los años en que estuve persiguiendo mis visiones interiores fueron los más importantes de mi vida; en ellos se decidió todo lo esencial» Y concluiré con un poeta, cifra y numen de mi hipótesis, expuesta con discernimiento sapiencial, energía en la dicción y exuberancia en la expresión. Escribió Wordsworth:
«Cuando, durante mucho tiempo, de nuestro mejor Yo fuimos
apartados por el ajetreado mundo, y desfallecemos,
enfermos de su quehacer y cansados de sus placeres,
cuán misericordiosa y benigna es entonces la Soledad».
La psicología popular y el arte comercial (o no tan comercial) nos han convencido implícitamente que la principal y casi única fuente de felicidad son las relaciones interpersonales, el comercio emocional con el amor, la familia y los amigos, desdeñando nuestros intereses, creencias y gustos solitarios e impersonales. Para mí es intensamente más esclarecedor y relevante lo que sucede en mi cabeza estando solo, incluso patológicamente aislado, que aquello, una mera Babel de Ruido u Odisea de Barullo, que me ocurre en compañía (donde siempre actúo algo exageradamente con la máscara -falsaria- de tipo irónico e ingenioso)
Me gusta estar muy solo, solo así soy yo verdaderamente, y, en la energía y bendición augusta de la soledad, mucho meditar, mucho contemplar los temas que me importan y obsesionan, y sentir cómo se modifican y agudizan las sensaciones, trabajar mentalmente en algunos poemas o incipientes y brumosas prosas, o en volanderas ideas indeterminadas, o habitar los poblados -densos, fosforescentes- recuerdos. Me gusta sentarme en el banco solitario de la plaza de mi aldea feudal (pasan a veces horas sin asomo de presencia humana) y ensimismarme y rumiar al compás o correr de la mente, y oír a los pájaros ducales, notar el ulular del viento como un Zeus benigno y cálido con su idioma celeste, asombrarme de la coloración granulada y puntiaguda de la luz mientras oscurece paulatina y lentamente.
Solitario crecen y se ramifican las ideas creativas, y solitario cada vez te conoces mejor ( te afinas mejor) a ti mismo. Cuando estoy en la odiosa Barcelona o en la provinciana Orense -donde también tengo casas- voy yo solo a los restaurantes, al teatro, a los museos, a las librerías o cines o cafés. Flâneur altivo y meditabundo, me siento en una rincón y divago egregio como un noble medieval frente a su fuego en noches de callado invierno.
Uno de los rasgos de mi personalidad es que la ternura y el afecto que indefectiblemente algo necesito no soy capaz de asimilarlos, me producen malestar, tensión y carga. Me desequilibra sufrir compañía y consideración. Por eso desde los nueve años estoy muy solo, desacostumbradamente e increiblemente solo. A veces es duro (la estricta y compacta -yihadista, esquizoide- soledad devora la felicidad y la dulzura), pero no siempre lo es. A veces, confrontado y enfrentado a mi soledad, ayuno de amistades y amores, afloran epifanías gloriosas, momentos eureka, sentimientos de poder, invulnerabilidad y exquisito placer inenarrable no susceptible de un trasunto en palabras. Sé que nado a contracorriente. Mi vida esteparia y eremita probablemente no sea un bien universalizable o deseable.
Paso también horas arrellenado en la butaca de mi galería acristalada contemplando el valle y meditando en las lindas musarañas o mirando árboles pulimentados. Los ruidos de la casa (crujir de la madera, unos perros ladrando, el golpear de la lluvia en los cristales, el tic-tac del reloj del comedor, el leve susurro de la calefacción, la respiración de mi perra) son como la savia que circula dentro de mí, y mi única querible melodía. Prácticamente nunca oigo la radio o enciendo el televisor ruin. Las redes sociales me provocan -su uso excesivo- una orgía de culpabilidad alemana. Mi medio natural es andar enclaustrado en mi mente silenciosa, o muy solo deambular (sin interactuar) entre la populosa muchedumbre.
El bullicio del mundo me asquea como una rata metida en la tráquea. Ser solitario es mi daimon y destino, mi santa unidad sagrada y rosácea. Lo admito: seguramente soy el más solitario de los hombres que han existido.
La canallería incívica, bárbara y vándala son menos que miasmas infectas. Vándalos y suevos cruzan el Rin. Alarico saquea Roma. Los godos completan la conquista de Italia. De la muchedumbre (podedumbre) anfibia y mal nacida surgió demasiado español torticero y tartaja. El único mérito de esta civilización es que es tan mala y nefasta como la misma civilización.
Palingenio: “Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!” (Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino) «El impulso de lo útil y el envilecimiento de las actividades del espíritu podría tener como efecto que los hombres democráticos se deslicen hacia la barbarie» Tocqueville. «Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas» como señaló cáustico -y muy certero- Gautier. «Vivimos en un siglo de electricidad, de gas,de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía,de drenaje y de sufragio universal;y, sin embargo, somos menos letrados,menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV,e incluso de Francisco I» Edmond About, Le Progrès, Hachette, 1864, p.356. «Lo único razonable en materia de política es un gobierno de mandarines, siempre que los mandarines sepan algo y, si es posible, mucho. El pueblo es un eterno menor de edad» declaró Flaubert, el intelectual más lúcido y profético del siglo XIX. «No me hable usted de los tiempos modernos, a propósito de lo grandioso. No dan ni para satisfacer la imaginación de un folletinista de la peor calaña» Flaubert. «Vulgus dividi in oppositum contra sapientes, quod vulgo videtur verum, falsum est» Roger Bacon. «La plebe se opone a los hombres sabios; lo que la plebe considera cierto, es mayormente falso».
Mandriles tecnológicos con absurdos pensamientos simiescos semiarticulados y proferidos en una semihabla descosida y analfabeta. ¿Cuándo decapitarán a Boecio? ¿Cuándo acuchillarán a Escoto Eriúgena? ¿Cuándo rodará la cabeza de Luis XVI? No entienden a Propercio o Tibulo y por eso desprecian. Se derrumban villas, palacios, estatuas, edificios públicos. Los bárbaros -esa chusma de griterío y mazas- llenan de yedra y cascotes las aulas, o escupen en la Academia platónica su bilis negra. No entienden tu lenguaje y sus intereses son los «reality shows» y el deporte. Huye, Christian, huye. Se oyen agrestes aullidos de lobo. Las bibliotecas devastadas, los caminos llenos de delincuentes, los acueductos no funcionan, los pocos gramáticos sin público, los teólogos sin saber griego. ¿Para quién escribes pequeña y vagabunda alma? ¿Para los ostrogodos? Huye, Christian, no te mezcles y desprecia a la chusma.
«…y ves detrás de cada cara ahondarse el vacío mental/ dejando solo el creciente terror de nada en que pensar;/ o cuando, bajo la anestesia, la mente está consciente pero no consciente de nada» T.S. Eliot, describiendo perspicazmente la mente del «populus». La educación pública no ha formado un público educado. El desastre es ciclópeo. Huye, pequeña alma. Vándalos y suevos están cruzando ya el Rin. Tipejos acémilos casi igual a bacterias, sin un gramo en su sangre de helenización, romanización, cristianización o ilustración ocupan tanto las mansiones de los ricos como pobres chabolas. Escribe y memoriza a Adriano, orgulloso de tu aristocrática, gatopardesca soledad:
Animula vagula blandula,
hospes comesque corporis,
quae nunc abibis in loca,
pallidula, rigida, nudula,
nec ut soles dabis iocos.
Mejor ese lugar desnudo que la pelambre sucia de este aquí y ahora.
Céline, Knut Hansum, Wagner, Dalí, Diógenes, Eriúgena, Heidegger, D´Anunnzio, Pierre Drieu La Rochelle ,Henry de Montherlant, Pirandello Malaparte, Kerouac, Ginsberg, Pemán, Camilo José Cela, Agustín de Foxá, Gorki, Che Guevara, Neruda, Trotsky, Josep Pla, Eugeni D´Ors, Sánchez Mazas, Pedro Laín Entralgo, Julio Camba, Sartre, Foucault, Laing, Toni Negri, Julius Évola, Gramsci, Bakunin, Vargas Llosa, Handke, Villon, Jünger, Borges, Larkin, Ted Hugues, Torrente Ballester, Althusser, Oscar Wilde, Schopenhauer, Thomas de Quiencey, Byron, Burroughs, Verlaine, Casanova, Ellroy, Genet, Boecio, Tomás Moro, Marlowe, Sade, Chester Himes, Nabokov, Octavio Paz, Lowry, Nietzsche, Simone de Beavoir, Canetti, Manuel Puig, Hernán Migoya (único autor escandaloso que cito de pésima calidad), Juan Goytisolo, Lemebel, Leopoldo María Panero, Pasolini, Luis Antonio de Villena, José María Álvarez, Umbral, Jaime Bayly, Quentin Crisp, ETCÉTERA, ETCÉTERA, contaron con mala prensa, o ideas escandalosas, o vidas escandalosas.
Nietzsche afirmó que las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos; las ideas con el corsé de lo políticamente correcto son acontecimientos rutinarios, mineralizados, miniaturizados, con frecuencia pobres prisiones de rutina y solemne memez.
Vivimos una época de resentimiento estético, renuencia a lo intelectual, inmediatez acémila y falta de audiacia filosófica, venganza de los peores, donde se premia a «grandes hombres» por vulgares sentimientos patrióticos o por ensalzar determinados tópicos (también vulgares) sexuales o políticos. No podemos leer a Borges y a Larkin porque se burlaron de los negros y debemos leer a insalvables mediocridades inanes que a cambio solo expresan creencias sin sanción social y con burro aplauso de la plebe. No podemos leer a altísimos misóginos renacentistas o mediavales y sí en cambio adorar a naderías que solo saben sobresalir en su propia nada como Lucía Etxebarría o María de la Pau Janer.
Los hombres libres tienen y sopesan ideas; los hombres sumisos respiran el aire cavernoso de las ideologías. Yo jamás dejaría de leer un gran poema (ni lo prohibiría) que hiciera apología de ideas terroristas etarras o anarquistas o carlistas, ni prohibiría -obviamente- una ópera con excelsa música y cuyo libreto estuviese basado en el Mein Kampf (y conste que por mis venas corre un cuarto de sangre judía) Un síntoma inequívoco de esta sociedad decadente es que la extravagancia solo se reserva a descerebrados, locos o delincuentes.
Mucho gran arte propende a la heterodoxia. Ser libre es ser capaz de dirimir entre estética sublime e ideas humanas (o éticas) execrables o vidas que se han conducido según patrones a tu juicio indeseables. La sensibilidad moral mucho ha cambiado; tenemos aguda conciencia ecológica y acusada sentimentalidad feminista. Pero el infierno está empedrado con piedras llenas de buenas intenciones. Aprender información, tener capacidad para analizarla, permitirse el don de la opinión no sandia y delicada, cada día abundan menos en esta sociedad antiilustrada, en esta sociedad con píldoras de información (a menudo simplonas y degradadas, espectacularizadas), escasa difusión del conocimiento, y ocaso casi radical de la sabiduría.
La GRAN CONVERSACIÓN DE IDEAS que empezó en la antigüedad, y a la que se fueron sumando los hombres más eminentes, se sustituyó insensiblemente por una cascada agramatical de tuits y posts. Una mente bien educada no se forma y llena con lo que flota en la palpitación obvia de los tiempos (literatura de mala calidad escrita por escritores chatos que creen el arte un simple vacacionar por una especie de picnics de autoayuda y frases o ideas manidas) El buen arte necesariamente es ANORMAL, y, si trata el tema de la normalidad, lo hace de modo y manera anormal.
Todo artista jamás debiera renunciar a sus necesarias notas o dosis de herejía y contraculturalidad, y defecar -con pachorra feliz- sobre el Partido de la Normalidad.
Antes (algunas veces) podía estudiar prestando una evangelista atención al laberinto de detalles. Jugar al ajedrez con descocadas
psicoanalistas sin despistarme, ver corazones de mujeres
ingeniosas como el burgués adora relojes, reconcentrarme
un hora seguida en una minúscula y amarilla flor de toxo,
permanecer quieto junto a abedules lejos del alcance del hombre.
Mi mente creaba nuevas y completas estructuras de significado,
conexiones entre ellas y nuevas ideas a partir de esas conexiones.
Escribía mejor, leía más, pensaba más claramente.
Me asignaba algún tiempo para la contemplación profunda
y atisbé, custudié, algún pequeño campo con luciérnagas
abiertas toda la noche. Mi mente se manchaba con briznas
de coronas recién pulidas y murallas tan poco desgastadas y altas como labio recién besado.
Pero debido al alcohol, la bizarría mental, la conventual soledad,
por vivir un tiempo en que todo duele, por no dormir ni descansar,
por infiltrarse rápidamente en mi momentos libres la televisión,
Internet, los objetos de la tierra recubiertos de pedazos de vidrio,
las almas de mis coterráneos rebullentes de idiocia, servidumbre,
y ebrias llamas en los ojos como gusanos, hoy, lo sé, mi mente
es igual al Caos antes de la Creación. ¿La Belleza en mi vida?
Frustración y no deleite ¿la Verdad? un vegetar siempre antes de empezar a usar mi cerebro ¿los Libros? muy temprano para leerlos
y muy tarde para comprarlos ¿el Arte? su forma opaca mi propia
opinión ¿la Civilización? una caterva de encéfalos que no entienden, no saben dirimir lo que evalúan , son incapaces de argumentar con ideas o expresarlas con claridad y elocuencia.
Casi ninguna gramática, con metástasis de mala retórica, y mocos
de micos como lógica ¿el Amor? ay, un lugar donde renunciar a vivir siempre.
Yo ya soy un bárbaro con la mente contrahecha por el golpe de estos nubarrones, ya un bárbaro con la boca pastosa y la bota de los payasos con su peso bajando del circo de los reinos acostumbrados, de las estrellas violoneando estridencias,
de ríos, alcantarillas, parlamentos, instituciones cromadas
que fabrican piscinas, cocinas, ideologías, trending topics.
De tanto esperar a los bárbaros me convertí justo en uno igual a ellos.
No sirven amores y amigos (no tengo), ni manzanas jugosas
para un apetito refinado, ni que me enseñen a apilar una carga
de heno o a rezar en la iglesia tomándome la vida con calma
y mindfulness. Vivo inconsciente en el barlovento de la basura de todos los inviernos.
El Gran Príncipe de la Tiniebla de los Manicomios.
En el desolado exilio de la grandeza respiro hemipléjico.
«Fue un chico educado y estupendo», se comentó en la aldea.
POST SCRIPTUM: Este poema (esbozo de poema más bien, muy elemental y rudimentario) lo escribí de golpe, sin corregir, y en cinco minutos. Comparado con los poemas precedentes en el blog es declaradamente menor.
Pero uno no puede ser sublime sin interrupción, o estar en permanente contacto con la trascendencia. Es un poema muy menor con algo de (solo un poco) gancho.