Epitafio

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Cuando volvió, desolada, abatida, del funeral,

la madre del burgués y ocioso oso apacible,

del aburridísimo Christian, rey boscoso

de los lobos, deseó para él un epitafio.

Y el poeta de provincias Maximliano

amigo común de Samael y del difunto

lo esbozó compungido siguiendo con escrúpulo

los informes e inclinaciones de la verdad sin mentira

y serio envió después el epitafio, una primera redacción,

a aquella elegante y demasiado enferma dama.

«De Christian el alunado o aldeano rey

honrad dignamente, gentes de la Ribeira Sacra,

su clara, concreta, minuciosa y efímera memoria.

Loco (aunque fingió) y de noble corazón

fue arbitrario de gusto, justo de estilo y sabio de mente.

Entregó a los solícitos libros su diligencia,

y altivo en el hondón de su corazón

algún pensamiento sin reposo amaneció bello y esclarecido.

No esquivó el dolor, pero en su fracaso

miserable nunca se sintió pobre. Honrad a ese lobo

de pelambre canela. Queda aquí, en la tiniebla, bajo estas letras,

su vagabunda alma. Ese árbol, ese jardín, y la conventual piedra,

comparten con las estrellas su fe y símbolos.

Pero fue fue todavía más que todo eso, muchísimo más:

el Gran Solitario. Temen los hombres una propiedad tan atribulada:

no la hubo más noble y alta entre los incendios de sus días»

POST SCRIPTUM: Nadie fue más solitario que yo. Y, como Gloria Fuertes, puedo declarar que la soledad elegida me salió rana.

Yo defiendo lo mejor

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Depresión que amenaza con llegar a psicosis

si continúo pegando la hebra con taxistas

y ninguno comprende que la felicidad proviene de la honradez,

no así del placer y el engaño,

si el miserable (orillas de baba con lefa) Gran Hermano

más y más devasta como con su amoníaco de armonios

pestilentes sin rieles, si el chalaneo chatarrero compulsivo de políticos

desharrapa más y más mis tiernos oídos.

¿Está la Vía Láctea derrumbándonse desde lo más alto del cielo?

¿La tarima del roble pudriéndose?

Christian, entre bárbaros, vltimvs romanorvm,

pisas el amargo polvo del exilio,

con sosiego de pálida hojarasca de otoño,

pero tú sabes que, bajo este orbayo y esta lejanía,

defiendes lo mejor, el imperio tumultuoso de estrellas,

la ley de lo alto contra el sandio tercermundismo,

la emoción minoritaria ante una horda que veloz, décadas y décadas,

se desploma y cae oculta, las triestinas palabras tropicales de la ciencia,

el lignito de luz embrollado a la noche perpetua,

como contrapeso a tanto espanto atroz y útil,

a tanto espectáculo feo y estúpido, soberbiamente incapaz,

con su eco de burócratas, oficinistas, dominguillos,

lameculos y corruptos cucañistas de hortera polo Lacoste;

tú, bien lo sabes, defiendes lo mejor.

¿Hay verdor en los bosques?

¿Cae lluvia gozosa y se entonan versos menalios?

Vives en tu aislado pazo gallego como si fueras una poeta exiliado

que de la USA inculta pasa a un café libresco de Europa.

Quien se descifra conoce su propia sentencia.

Infaútate y encapríchate de los gatopardos y lobos,

y bajo la bóveda siéntete renacer.

La sociedad nobiliaria, la vieja biblioteca,

las costumbres de antecámara, el biscuit y la genoise,

el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática,

fueron tu crianza, tu égida, sino solo de vestidos y porte,

sí en cambio de espíritu y sangre.

El mundo es un boceto mal realizado y borderline

lleno de fantoches pazguatos alicortos,

y la gente no es educada, despejada, ni noble ni buena.

Que tu vajilla no sea de estaño o de madera

sino de porcelana alta y que el villancico del aqueronte te aquiete.

No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas.

Desprecia las hienas de la España tatuada.

Adora los pájaros y deplora –como siempre hiciste–

la prensa deportiva (tintinear de tifus o escarlatina)

No subas a metro ni autobús.

Hazte caquitas mentales al oír farfullar a esa estrella del pop.

Sé antimoderno, apocalíptico. Escupe jeremiadas al trap.

«Regis ad exemplum totus componitur orbis», declaró Claudiano,

todo el mundo se conforma con el ejemplo de los reyes.

Hoy los reyes y cardenales imitan a los súbditos tontos y frailes tartaja,

si puede ser convirtiéndose en lo más bribones y deslustrados analfabetos posibles.

Las hienas atacan a los gatopardos.

La famosa pitonisa llena de escombros la fábrica de gas.

Se oye la cháchara de unas postizas uñas rotas pintadas.

Sé tú –es necesario que seas– el rey en esta cueva cochambrosa de invierno.

Las muchachas tienen malvados pensamientos neciamente simples.

Oh reyezuelos de una zafiedad embarazosa, escandalosa y decadente;

¡Corred! ¡Se quema el bistec!

Contra las excrecencias corporales del estafador arte moderno,

contra la masturbación obsesiva de la prosa de pulga,

contra el surrealismo descosido del habla rutinaria,

el orgullo y el destierro aseguran tu Ley,

no el rito canalla de esta satrapía con su publicitada democracia e igualdad.

Antes libre y alto que igual.

Dios juzga y prefiere a los mejores,

y quien denigra el gesto de los mejores,

con rebuzno, se somete a la infausta grey.

Lo noble llama a todo lo recto y sublime pensado y escrito,

al arte del arreglo ikebana,

a la fuente doria del río dorado; pero ¿dónde?¿dónde?

¿en un pueblo junto al mar?

¿en los vastos espacios paranormales de la noche?

¿en los cortinajes densos de una labios gordezuelos

besados en el ring del Deseo?

Acaso, pero lo público es técnico, depredador, mediocre, inmoral y vulnerable.

Fungible (al amor, al deseo lo flagela el tiempo)

Dos son traición contra lo falso.

Amor es prole y horario de capataz rutinario.

Sí, sí en el olor de pecho alanceado de un San Sebastián.

Solo al menos te ocupas de ti mismo (la mejor compañía)

La Ley es la propiedad privada contra la depauperación,

la segura distribución de cintillas de oro para con lo sagrado.

Y mientras, el puto Gran Hermano de los c…

Pero yo defiendo lo mejor;

término insustituible al de la palabra “destino”,

término conocido en bosques de Islandia, y silvas y selvas del Guaraní,

en un sonar rapsódico de tacones contra la losa,

en ajedrez de la piel de pimientos y océanos,

en delfines con mitológica piel de zapa,

en petit-suisses encima de los pezones.

En el santuario de la cima elogiemos a los solitarios jinetes.

El enrejado rosáceo de la mente es un disturbio claro del aire,

un gamo saltando de clorofila que sombrean nubes.

La Ley de lo mejor conspira en agudo retumbar rosáceo.

No seas una estrella torcida que roen alimañas.

Cruje una osamenta de dentaduras postizas.

Defender la Ley de lo Mejor: sigue ese único destino.

POST SCRIPTUM:

Me gusta el pío campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieirias, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape. Deportes, comida y un poco de arte no me parecen nefasto ideal para la gente común.

La simpatía y el amor son más importantes para mí que la desdeñosa fría razón (opino aquí igual que Burke)

Hoy el término que se utiliza para hablar de cultura es el antropológico que usó originariamente Tylor en su obra «Primitive Culture»: «La cultura o civilización entendida en su amplio sentido etnográfico, es un todo complejo que abarca el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra competencia que haya adquirido el hombre en tanto que miembro de una sociedad». O sea, un conglomerado o aglomeración de procesamiento de la información por aprendizaje.

DISCREPO solemnemente de esta dictadura definicional (hoy universal, generalísima y avasalladora, y que crea el contradiós de permitir hablar de cultura nazi o cultura pedófila) Estipularé o convendré una definición alternativa de cultura para evitar las discusiones sobre palabras y centrarnos entonces en la materia de la cosa.

Para mí cultura es la adquirida en buenas universidades, que permite la percepción y el juicio autónomos, que te libera de la primigenia tiranía de lo mediocre, que te provee de ingredientes subversivos, y cuya gama de ideas y hábitos de pensamiento te elevan y nunca abajan (la verdadera cultura es un modo de avance, nunca de envilecimiento) Para mí la cultura es búsqueda y ansia de perfección, un modo de sentimientos y pensamientos de subido tenor, una pasión científica y moral cuya raíz se encuentra en el estudio y análisis de la perfección misma. Aunque su impulso puede ser bastante general su resultado es patrimonio siempre de una minoría selecta. Su soledad y exilio defiende de la infección de las masas urbanas. Las masas campesinas tienen ( o tenían antes al menos) una propensión espiritual más robusta y leal. La cultura, así entendida, puede concebirse como una especie de religión sustitutiva o religión laica.

Para navegar en el mar de la cultura se necesita una brújula o visión panóptica y criterios sólidos. Supongamos que un capitán inglés de la primera guerra mundial detiene a un capitán alemán , o bien que un burgués francés y otro italiano conversan en un expresso de los años veinte. Ambas parejas tienen un mundo referencial formado por textos de Cicerón, Horacio, mitos platónicos, pasajes de Suetonio, textos bíblicos, y una idea familiar sobre la conversación artística y musical occidental. Pasemos ahora a otro experimento mental: un vagón de metro de una gran ciudad mundial de ahora mismo. La Biblia, la Antigüedad y los clásicos desaparecieron TOTALMENTE del mundo alusivo de estos pasajeros de metro. Para ellos la cultura no es más que una forma de barbarie encapsulada con celofán de colorines y apócopes de tuits. Información sin conocimiento. Conocimiento sin sabiduría. Información azarosa y desestructurada. «Pizzicatto» de enlaces velocísimos a webs con lectura abrumadoramente superficial en diagonal y ritmo semi-esquizoide.

La cultura occidental se deshilvana porque los textos que la crearon son mero polvo de (muy malas) tesis doctorales. El espíritu de colmena tecnológica anula la libertad y el juicio independiente o capaz. A mayores medios tecnológicos, menores medios intelectuales. Si somos incapaces de emitir un juicio objetivo y sano (y para ello se necesita buena filosofía, buena literatura, buena pintura) el voto que se exprese rozará alarmantemente la basura. Sin juicios meditados sobre el bien general solo nos queda populismo de quincalla apolillada y democracia hooligan.

Cultívese, amigo lector. No sea un mero fantoche de pobre e ignorante tumba. Glaucón y Adimanto experimentaron el esplendor de cierto tipo de alma. Lea y no sea un rucio y no convierta a sus hijos en rucios. Rompamos la cadena (la caverna abisal) del linaje de rucios (pero los Bárbaros ya ocuparon las ciudades)

Encomio del pintor

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Querido, el falso color esparce su tono chillón por doquier.

Ni sorprende la Verdad ni nadie confía en pintarla.

Tú, retirado en menuda aldea boscosa, gastas tus horas

en constatar el azul de una nube, el imperio de un bullicioso

silencio en ese trazo de exquisita caligrafía. Lees historiadores

y poetas en la galería acristalada, frente a una iglesia del s. XIV:

bajo la gloriosa monotonía de las estrellas sientes la mutación

de las cosas terrenales, su vanidad, pero también su plenitud;

tus semejantes nada te comprenden. Si un artista viera como

la gente ordinaria dejaría de ser artista. La Ciencia gime

en el Exilio. La Musa obedece al Poder. Todo se vuelve Noche.

El Arte se arrastra a la Gran Negligencia (me cuentan que en las

Escuelas no enseñan dibujo sino cómo emborracharse antes de

las entrevistas, no estudian a Cossa o Giotto sino la escrófula

del tintado de los tebeos o las leyes que rigen el mercado)

¿Amar solamente la pureza del arte? El camino es lodoso.

Tinieblas hediondas nos rodean. Amigo, los años de Estudio

se infantilizan, la Disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia,

las Bellas Artes y el lenguaje se abandonan, el idioma y

su retórica son gradualmente descuidados, casi abrumadora,

completamente desconocidos. Las gestas del pasado no pueden

ni alimentar más de dos segundos de conversación. No está

de moda ser culto o bien inteligente. Y la escritura

se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda.

El Arte regala solo Ruinas. El Arte ofrece solo Ruinas.

Odoacro depone a Augústulo. Aquí hueste del Sultán Mehmet II.

Quédate en tu gabinete, bajo el lucernario, examinando la pipa

del esbozado bodegón. Ama el quieto ritmo saudoso de la luna.

Nadie entiende nada. Tú pintas poco porque pintas para mucho

tiempo. Amigo, honor y gloria. Tu casa arcaica legisla lo más

actual: la fuerza del mar. El pasar y peso del pájaro en la mente.

POST SCRIPTUM:

Yo pertenezco a la burguesía propietaria culta. A diferencia de la aristocracia sus élites no se fundaban en el principio de la sangre, sino en el acomodo de un cierto principio de riqueza y en la laboriosidad educativa. Éramos los creadores de las élites y profesiones culturalmente creativas, y el nivel medio nunca se abajaba hasta una mediocridad embarazosa y vil (a la par que la mayoría uníamos -o deseábamos aunar- la cultura cristiana y la cultura europea) Fuimos la última estirpe de los patricios.

Los libros y el arte glosaban a otros libros y a otras obras de arte, en una nutricia y fertilísima -espléndida- conversación literaria y artística. Observo obstáculos en esta forma de formación de las élites desde el establecimiento mismo (digamos que principios de los años cincuenta) de una cultura igualitaria popular y anti-elitista; observo también que en estos tiempos populares e informales sectores cada vez más amplios de la población toman parte en las actividades culturales degradándolas.

Ahora vemos por doquier embaucos o timos de pillos pintores que no saben pintar ni componer, cantantes refractarios al arte del canto, periodistas amarillistas que no tienen ni pajolera idea de preguntar o de escuchar, escritores grafómanos obsesivos pero que no se les ocurre la idea elemental de abrir un libro para leerlo o estudiarlo, gentes insensibles a la conversación profunda, el análisis intelectual, o la emoción cultivada, pero que son o se creen artistas debido a la peste posmoderna -de origen romántico- que afirma que el arte solo consiste en «expresarse» (seas o no un analfabeto sideral y sea lo que sea que signifique el brumoso término «expresión»)

Pese a que yo me considero un mero amateur o «dilettante» (culturalmente mis lagunas son como cráteres lunares profundísimos), me preocupo en estrechar en la medida de mis fuerzas la familiaridad con la vastísima acumulación de saberes del pasado. Mis papás refinaron mis modales, mi clase burguesa me proveyó de urbanidad y civismo (aunque propendo a veces a ciertos excesos contraculturales, heterodoxos o lunáticos) La cultura, claro, es un perenne esfuerzo premeditado de perfección, la única forma de avance frente a las mazas, la caverna platónica y la barbarie. La vanidad o pedantería son peligros relativos, pero alguien ciertamente culto no incomoda nunca a su interlocutor tenga la clase social que tenga y sea todo un ignorante o un medio-letrado. Pero si antes las élites hacendadas eran la salvaguarda de la cultura, ahora la verdadera lacra es el «homo videns» o el «homo technologicus» tontísimo, pero que muy tontísimo, junto a la caterva ridícula e inane o bochornosa de pseudo-artistas.

Aturdidas criaturas sin dudas y con lenguaje sin reflexión o cohesión, que se mueven por el brillo pulimentado del mundo como semi-autómatas. La hondura eterna no ronda ni orbita por esas mentes pueriles. El credo de las preguntas obstinadas e insidiosas se borra o desaparece de su escenario mental. Los pensamientos y la sensibilidad yacen demasiado hondos, caídos en grutas sin casi aire.

En una obra de 1987 escribió Finkielkraut (cuya tesis era que cuando el odio a la cultura pasa a su vez a ser cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda relevancia, visibilidad o significación), escribía -decía- el filósofo francés: «Siempre que lleve la firma de un gran diseñador, unos zapatos equivalen a Shakespeare, una historieta con una intriga palpitante equivale a una novela de Nabokov, lo que leen las lolitas equivale a Lolita, una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire, un ritmo de rock a la melodía de Mozart, un bonito partido de fútbol al más selecto ballet, un gran modisto a Picasso, Manet o Miguel Ángel, un clip, cualquier vulgar single o un spot equivalen a Verdi o Wagner. El futbolista y el soberbio coreógrafo, el gran escritor y el publicista, el sublime músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio que reserva la cualidad para unos pocos y que suma a los restantes en las subcultura»

Corre paralela a la voluntad de humillar a Shakespeare la de ennoblecer al zapatero. Corre paralela a la voluntad de humillar a Talleyrand y Richelieu la de ensalzar a Sánchez e Iglesias. Establecer jerarquías y distinguir «quantitas» ayunas de calidad, de «qualitas» intocables y definitivas, no creer que TODAS las prácticas culturales son GRANDES creaciones de la humanidad, es -ya es- el pensamiento de un vesánico u orate perturbado. Bárbara Cartland vale lo que Flaubert, y, por ser más popular, merece estudiarse en las Universidades y orillar al obsesivo estilista francés tan aburrido.

El arte debe apartarse y huir urgentemente de Shakespeare y acercarse lo más posible a los parlamentos intelectuales de Messi o a las bufonadas de Tik Tok. Todo lo que sobrevive debe hacerlo en la forma más liviana y hedonista posible (Horacio acabará en forma de cómic y videojuego, no lo duden) El futuro es (el presente es) de Mickey Mouse y Shakira, de Los Pitufos y Sálvame, créanme.

Cuando Finkielkraut escribió su ensayo (un ajuste de cuentas al posmodernismo de moda) no existían Google, Pinterest, Tik Tok, Twitter, Pornhub, Smartphones, Wikipedia, Netflix, Reggaetón, Whatsapp, etcétera, casi él solo conocía la televisión, los coches, la nevera y la tostadora. Existe una incompatibilidad irreconciliable entre esos mecanismos tecnológicos y la verdadera creatividad cultural, agravándose la metástasis anti-intelectual señalada por el pensador francés hasta límites que rozan la auto-parodia.

El amor no pertenece ya a la retórica y la retórica pertenece sepultada en la urna de los muertos, la felicidad personal se descentra de los libros y se centra en «telefoninos» 5 G, la etiqueta y el autocontrol no regulan el trato sino la violencia soterrada y el botellón potatorio.

¿Se romperá el cable del ascensor y todos los pasajeros caeremos al abismo? Yo creo que YA casi bordeamos el abismo, sino vivimos en él de pleno. Creo con inusitada (¿irreal?) convicción que vivimos una civilización papuda, decadente y zancuda. Preferiría ser un aristócrata de la corte de Luis XIV que un adolescente bobo que idolatra a una estrella del pop mema o se pasa todo el santo día jugando con su consola o colgando fotos intrascendentes en Instagram.

Prefiero oír a Casanova conversando con Benedicto XIV o Clemente III, con la emperatriz María Teresa o con Luis XV, con Madame Pompadour, Voltaire, o con el Doctor Johnson, Winckelmann y Mozart, que arrellanarme acéfalo ante el televisor o la radio escuchando retransmisiones futboleras o noticias deportivas.

Leemos en Mateo 5, 48. «Estote ergo vos perfeci!» (Sed, pues, perfectos) Las élites burguesas hacendadas cultas creaban esa perfección. El proletariado artístico la destruye. Esa perfección armoniosa se ha diluido como un azucarillo con la cultura coetánea moderna. ¿Ha perdido la humanidad la capacidad de vivir con ideas abstractas o serias? Tocqueville ya habló profético de «la hipocresía de la molicie» Se está creando una Era Glacial Tecnológica que presumo durará varios siglos (si se me permite ser vanamente profético). Baudeliare todavía creía en el éxito y presentó por eso su candidatura a la Academia. Yo tan solo me conformo con inspeccionar apacibles nieblas y tímidos cirros. Yo solo me impongo a mí mismo el primitivismo de los bosques y la metalurgia del silencio.

Un noble medita pausadamente

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Tener casa propia, limpia y agradable, afable,

un jardín tapissé de flores y abejas en verano,

pocos o ningún hijo, acaso mujer fiel, ningún tumulto;

que vague la vida en Adagio non tropo, ma divoto,

estudiar los severos astros, mucho leer a la luz de la vela,

acallar la lengua (que abunde mucha conversación

con el cielo y así no obtener dócil habladuría),

convertir en rechifla la farsa y sátira de la época,

sin deuda y poca hacienda, ni avaracia ni deseo.

Contentarse con poco, nada querer de los Grandes,

domar las pasiones, cultivar el juicio esclarecido,

no conocer la tormenta y meditar en silencio,

y, solitario como un sabio, escribir con letra clara

y pausada igual al corazón, un libro modesto y veraz

que ampare pálida memoria de tus días o iguales afanes.

Y ya que arden los conventos, o nadie cultiva la tierra,

y se pueblan de salvajes las ciudades, pasar los granos

del Rosario sin devoción: attendre doucement la mort.

POST SCRIPTUM:

Variaciones a un tópico literario ligeramente inspirado en un muy raro poeta francés del Seizième.

Ya avancé por los caminos varias parasangas. Me adentro en el seco, frío Invierno de mi descontento, dirección al País del que Nadie Regresa. Si pudiera volver a vivir mucho cambiaría mi vida; hubiera apostado fuerte por mi vocación de escritor y trabajado (fui una especie de traductor secreto internacional) infinitamente menos. Temí a la bohemia y su pobreza. No fui osado. Solo me queda legar mi nada a nadie, pedir perdón a Proserpina y «esperar dulcemente la muerte».

Al poeta Emil Man Martínez

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En su provincia guarda aquello que amo.

Yo solo escribo aquello que odio, preocupado e inquietado

por este Océano Gris de Irrelevancia. Todos «venimos y pasamos»,

y al fin no dejamos ningún rastro.

Memoria de lo que suceció y acaso no tenga después:

el azul de Patinir, Azorín describiendo Ávila,

el Mediodía dando rodeos en el familiar viento,

el poder de la noche tranquila fatigando

al gran Pla o al genio Borges, el adjetivo «roñoso» aludiendo

a una oveja, la sombra del «impluvium» tan fresca,

la calidez del «hipocaustum», los cachorros suaves sin ácido.

El relámpago de belleza de este poeta calma

mi desgracia, mi daimon infernal y jupiterino.

En mis asociaciones Emil es mi privado Heath-Stubbs.

Poesía donde me sirven café y empanadillas.

Poesía que no necesita plebe ni prensa.

No pocas insensataces del mundo actual

acusa gentil e ingeniosamente su inteligencia.

Su tradición no es exactamente la que se estila hoy.

Su convicción de realidad será un rocalloso destino.

Celebra pues, poeta, tu historia indemne, alta y elegante,

de raíles y bisontes nada rigurosos. Azul de Patinir….

POST SCRIPTUM:

No me gustan estos tiempos romos y abajados, tontuelos y memos y tartajas. Carecen de educación y humanismo. Tiempos de fantoches y horteras, de trapisondas y lameculos cucañistas. Crecí en una clase privilegiada, en una burguesía hacendada y propietaria cultísima, con clases privadas de música, idiomas y dibujo. A esquiar en invierno y a Sitges en verano. Aquel mundo emitía unas radiaciones como un crustáceo desperezándose lentamente, crujía todo como una osamenta articulando mis miembros y mi sangre.

Desde poco antes de la crisis (el origen histórico preciso lo situaría a partir de los 50 del s. XX) el mundo se volvió muy feo, horrible e invivible. Como agitanado. Como de mercadillo balbuciendo baraturas sin calidad. Como de histéricas verduleras berreando. Un muncho chato y vacuo de hombres incultos y maleducados que se vanaglorian de su ignorancia. Yo ya solo vivo en la dulzura intemporal de mi mente. Algo me salva; sé que no envilecí mi vida. Que hay oro en mí. Que no rellené mi alma de paja. Que hay como un cerebro de Dios en mi alma y no un engranaje de máquina.

Pero una propensión melancólica me ataca pensando en los adorables viajes de antaño por Europa con papá y mamá. Ahora soy un rentista pobre. Escribo -mucho- para mí, y leo para la gloria. Lampedusianamente. Y nunca pienso ponerme a trabajar. Eso ni pensarlo siquiera, jamás. A veces en mis poemas, como una estrategia de disposición retórica y de efectos de impresión en el lector, exagero las notas despreciativas y agresivas hacia los diferentes a mí, pero mi natural (os lo aseguro) es de simpatía y bonhomía y serenidad. Si desprecio a los demás es porque también me desprecio a mí mismo. Triste destino ser pobre habiendo sido rico. Ahora mi riqueza es de carácter, de cultura, de nostalgia y sutilezas. El mundo registra fácilmente ideas nuevas; más dificultosamente registra experiencias nuevas. Mi experiencia es de apocalipsis, decadencia, caída y derrumbe. Mi mundo se desmoronó y vivo como en un helado exilio. Mi vida consiste en limpiar de nieve los escarpines de la zarina y defenderla con mi vida de los lobos. Huimos por la estepa en un trineo blanco y limpio. Cae cellisca de las nubes. Detesto lo nuevo.

Este mundo moderno no será castigado; es el castigo mismo. Conmigo Emil, su Logroño bendito y la energía de su elegancia burguesa y muy culta, archilectora, con él junto a mis Palacios de Invierno.

Ancien Régime

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Ah aquel mundo de ayer de mi infancia

cuando iba con mis papás arriba, al reservado del restaurante,

y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo,

el aire espumoso del verano, la luz arracimada en los ojos silvestres para que impugnasen los bigotitos putrefactos de filisteos o rockeros desquiciados.

Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenadísima, educadísima, exacta y sólida, no cabía ni asomo de plebeyez o de engaño,

sobrepujaba el pensamiento soberbio, augusto, fluía magnánimo el gesto,

y el dinero –perdonad la confesión– lo teníamos quienes debíamos tenerlo.

Para nosotros el sileno griego, el templo jovial de las sagrados oros molidos y las hojas de vírgenes álamos,

el lirio bíblico, las lluviosas y largas playas de amanecida y el negro de los pumas.

El mundo entero era lo mismo que una pastelería vienesa;

los días sin diferencia al sabor civilizado de los cangrejos en las tabernas de Sitges.

Sí, hubo un día en que nosotros éramos los amos del mundo, los dignos propietarios de la historia.

Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas, sin proteína barata,

éramos nosotros los elegidos, los purpurados, el alma que devoraba el mundo a cambio de inyectarle gloria,

el espíritu que custodiaba la palabra y la belleza y la medida.

Nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,

el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.

Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.

Se dejó de oír el crujido dulce de aquella osamenta que sostenía el orbe,

la trompetería en rotación de los bárbaros sonaba amenazante en las fronteras.

Subieron al estrado muy mediocres y rapaces tipos, muy mediocres y mendaces hombres

y todo se llenó de las ruines y vulgares ideas del comercio, las tecnologías, las luteranas obligaciones,

empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la sabiduría.

Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara.

En las voces enseguida percibí una neblina ácida y turbia, tonos broncos e híspidos;

arreciaba como una plaga de langostas el tsunami sandio de las muchedumbres y la democracia popular.

Se imponía como blanca religión la ley de la horda,

marsupiales tartaja, hienas analfabetas gobernaban la república

y hormigas siervas las votaban con estrépito y devoción.

Se congelaron los bosques y se helaron las frágiles rosas,

guillotinaron a la reina, huían príncipes al exilio, e imperaron rocosas sombras.

Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado,

a degustar mis vieiras laminadas con aceitunas y tomatitos de invierno.

Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. El gusto del lujo mental.

Pero pasó aquello como pasa la arena a través de la cruel clepsidra.

Ya ahora en mitad del camino de mi vida, recordando con punzante amor aquella arcadia

(el maître no oía entonces brutales planes de sexo como debe oír ahora,

ni los pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o de sus presidentes),

recordando aquella feliz memoria que –ay– no fue promesa de futuro,

derrotada la flor del tiempo,

poseedor de hacienda menuda y con envidiable ocio,

decido desaparecer, enclaustrarme,

vagar por mis tierras gallegas,

saberme propietario de lo noble e inmortal,

ensoñar por altos bosques de eucalipto, vagar por mi sonrosada melancolía,

sentir esa intemporal existencia de solo ser propietario rural,

y escribir, a nadie escribir,

las líneas precisas e incomprensibles de este mediocre y elegíaco poema.

POST SCRIPTUM: Fui un niño de familia rica. Ahora soy rentista pobre. Pese a la máscara y exageraciones del poema (no hay peor poesía que la poesía sincera) siento la decadencia y apocalipsis de este mundo hortera, chato y bárbaro, donde la incultura y la mala educación se han vuelto modas culturales, un mundo en el que no sé vivir porque no me criaron para vivir en él. Tomo mi daiquiri helado y brindo por el pasado.Y huyo junto a la la zarina por campos de nieve siempre al Exilio.

Respecto al poema, la idea es feliz, pero algunas palabras o tropos no son las más pertinentes. Recibí dos ofertas editoriales para la publicación de mis poemas. De momento las decliné (y suelen ser pocas esas buenas oportunades) Mi vida se me hace muy cuesta arriba; cuidar a mi madre enferma, carencia de amistad profunda (en puridad, nunca tuve amigos), sin amor (nunca tuve tampoco novia), y, en fin, que vivo envuelto en una solitaria -yihadista- y tremenda, abrumadora y esteparia pobreza emocional. Trabajar el ritmo y eufonía de la escritura, pulir y cortar, ir a la busca de la expresión memorable, también se me hace muy cuesta arriba. Sé que si trabajara intensamente en mi obra podría cabar saliendo algo notablemente digno. Pero el dolor devora mi dulzura, mis ganas de vivir, y sabotea un probable (pero muy reducido, muy para connaisseurs) éxito.

Que nunca pase nada

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Anhelaba ser redondo y tranquilo,

esa justa tosquedad de espíritu, no en vano

se reforzaba así su creencia de saberse el más

solitario, el más -sin vida- ilimitado.

Contemplar anchamente un día de nubes tímidas,

embobarse con las filigranas doradas y helicoidales

del humo del cigarrillo, ver nevar -sobre todo-

sentado en la galería acristalada junto a la iglesia,

y no pensar, no vivir, no enamorarse, no saber,

no pleitear, no leer, no sentir, no escribir.

Alimentarme, como Epicuro, solo a base

de pan y queso, carecer de habla,

no abrir la luz en busca de ciencia,

no confiar ni en el sí ni el no, intimar con la Luna,

no amar ni místico lujo ni supersticiosa pobreza,

siempre sin amigos, siempre dentro de casa.

Cesar, aniquilarte, desvanecerte, olvidarse,

sin deseo ni sueño de eso mismo,

y acabar como un alto monstre sacré

cuyos hechos, ritmo, ideas y sentimientos

corren (nada pasa) al compás de una piara de rosadas

ratas entre tu sabio y radiante dormitorio.

Un cuento idiota que la Luna ilumina

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Mi alma se contenta con el día a día

ayuna de tempestades y tribulaciones,

leyendo en el campo, inspeccionando las nubes,

pero que bastante teme y detesta su futuro;

en mi habitación gozo con mis pequeños logros,

me jacto de lo pensado que no tuve el torcido

orgullo de pasar a escrito, rememoro

el cuerpo de Marta haraganeando en una hamaca

de Agosto, no me disgusta el estado autosuficiente

en que terminó mi soledad y soltería, y mi razón

no enloqueció aún, y ya pasó aquella

sangre salvaje e infeliz de puma joven.

Pero, a veces, en mitad de la noche se agita una sombra.

¿Moriré? ¿La vida discurre hacia un tenebroso fin

absoluto y al más absoluto olvido? Y se angustia

mi pecho bajo las estrellas como flota la imagen

de la niñez ociosa en los ojos de un viejo emperador.

Si es bendición y amanecer el estar vivo, si es el cielo

mismo ¿a qué morir como mueren las rosas,

como muere la flor del limonero, como muere la nieve

disuelta en agua anónima? Y mi alma grita No,

tirita de pánico, y desea reinar inmortal como el augusto Tiempo.

Lenta en la vaga nada se adivina el temor y temblor.

Pero al demorarme por las galerías profundas de mi mente,

al meditar como un barco lento y seguro sobre la mar,

asoma el anhelo cierto de que la Luna iluminará nuestra

historia de escombros y decepciones, de que el asesino

no triunfará sobre la víctima, de hilarante claridad tras la lluvia.

«Todo irá bien», murmura una voz muy adentro.

«Al final, todo irá bien», dice una voz dulcemente.

Esta es mi fe, por naturaleza, por ciencia,

la de un Dios igual a un hombre limpio y delicado

que toma mi mano afiebrada y me susurra al oído:

«Tranquilo, Christian, todo, todo irá bien».

Sobre estudiar para irse de este páramo de Malls y Burgers

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¡Cómo detesto este tiempo de boxeadores sonados!

Provechoso será disponer de abundante estudio y huir,

evitar el plano real en pos del plano onírico.

Soñar -estudiándolos- con los libertinos franceses,

amar a ese colega espía de Mademoiselle Beaumunt,

sentir el traquetear del tetrámetro trocaico, acampar

sobre la nieve con el Ejército del estandarte verde,

conocer el alta y noble álgebra, las Leyes, la Física,

y nunca, jamás, bajo ningún concepto ponerse a vivir.

Entro de noche en mi despacho, contiguo al jardín bajo

el cielo de estrellas, con mi atlas, el escudo de familia,

el reloj viejo, y mis libros encuadernados en principesca piel.

La vida es entonces más bella que una adolescente bronceada

por la imaginación, y no se agranda la viscosidad

turbulenta del Orden, ahí, en mi gabinete, forrado de corcho,

me amurallo frente al estruendo de los apaches crápulas.

Paso la noche estudiando y untado con la música

de la Luna. Misteriosamente después me acoge dulce el alba.

Estudia y lee, querido lector. El único modo para que tu corazón

no se llene de arcilla y bagatela, para que la vida

ordinaria no te aturda ni engañe, o muy gárrula a ti te embelese.

Diario

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Ser «un viejo verde intelectual» es la moda en que más arrugas aparecen.

…..

Yo, de nombre y gloria Camilo

desde la tumba mi pluma afilo;

tú, mi ridícula rubia de bote,

venta pá cá, necesito un pajote.

Marina Castaño, gracias; es mejor ser absolutamente ridícula que absolutamente aburrida. La carta , ugs; tipo «Cinco horas con Camilo» pero en plan infradotada.

Marina devana

su mente biplana.

No me da más

la craneana,

y qué más da

pá ser barragana.

…..

El silencio y la soledad son las puertas y ventanas de Dios, donde a menudo se cuela el diablo.

…..

Ya es un hecho: la mayoría es peor que la media.

…..

Estimada Sra. Bellucci:

Me llamo Christian y tengo dieciséis años. La cosa es que mi novia tiene mucho complejo y desea operarse los pechos, y siempre me dice que admira mucho los suyos. Si no os mucha molestia, he pensado que podría mandarme unas fotos con los suyos y así el cirujano tedrá un punto de referencia o modelo a imitar.Esperando que pueda ayudar a mi novia, le envío un saludo afectuoso.

Suyo, Christian.

Mónica Bellucci «Pero Christian, en la película que me has escrito el guion me obliga a veces a vestirme!»

…..

EL DEMONIO DEL DÍA

Lo narras como una colección de metáforas:

la amargura de alguien que no ha sido perdonado por un crimen,

la mente entumecida en un sopor de crujido de hierro,

el funeral del cerebro golpeado por tablas con clavos,

el demonio tan oscuro del mediodía

o la celda cubierta de bacterias y musgo.

Un día negro más triste que las noches,

con ejércitos ignorantes enfrentándose cada madrugada.

Algún día regresarás al amor y la amistad,

al matrimonio y los hijos,a tu oficina y tu escritorio,

a tus libros y al calor de la chimenea.

No hay hombre que no sepa eso.

Tu mente será ley de la luz rosácea,

regresarás al enhebrado rosado violeta.

Se descongelrarán aquellos vientos sobre el monte,

con paso sigiloso y felino, te justificará la claridad.

Se limpiará la casa.

Volverá la belleza.

Habrá sol.

…..

UBI SUNT?

Hora novissima, tempora pessima sun,

la última época, el peor de los momentos.

De todo hace más de treinta años.

Muchos mueren demasiado tarde,

algunos mueren demasiado pronto.

Flores en la fría primavera.

Debo morir; ya es el momento adecuado.