El país del arte

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Está la mohosa covacha inglesa, el alcohólico iglú nórdico, el tenderete tan vulgar y mediocre y mercantil norteamericano, el presumido palacete óxido francés, la cuadrícula sin vida alemana, el aburrimiento otomano, en fin, a qué seguir. Aunque tú busques el exilio ningún país es jauja, ningún ordenado y limpio destino te espera en ellos. La casucha vieja y desportillada hispánica te tocó por azar. Pero lo mejor de todo y de cualquier sitio es el país de su arte. Lo mejor pensado y dicho y pintado es lo inmanente y perentorio. Lo que no caduca ni cae, esa es la corona o región celeste de las naciones. Si vives en ella no mueres porque realmente has vivido. La República de las Letras, el salón de Madame du Deffand, la Academia de pintura, el barrio licencioso y bohemio, la luna escrita desde la cama por el poeta, ese es el genio para habitar moroso. Lo demás es peluquería rancia, cháchara de taxista, politicastros, kitsch universal, beodas razones, y una fuerte propensión a la nada.

Ideas de un poeta agrario

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Pensemos. A está relacionado con B y B está relacionado con C, por tanto, A está relacionado con C. Pensemos. A es paralela a B, B es paralela a C, por tanto A es paralela a C. A es hijo de B, B es hijo de C, por lo que, cuidado, A no es hijo de C. En poesía muchas veces o casi siempre las conexiones o secuencias no son tan obvias, son más bien conexiones ovnis. Nietzsche (Werke, II, ed. Schlechta, págs. 789-790) habló de que estamos los humanos «seducidos por el lenguaje». Wittgenstein (Philosophische Untersuchungen, nº 109) habló con idea similar que estamos los hombres «embrujados por el lenguaje». El poeta es el prototipo de ese embrujamiento o seducción por el lenguaje. En sus asertos hay una mágica y mántica ética maníaca lingüística revolucionaria. El lenguaje se va a las vacaciones de los hoteles de la amanecida o de vacaciones con las brujas y las meigas, con trasgos y elfos. En la poesía lo cuádruple bebe la tardanza. Y el 9 duerme con las piernas cruzadas. Y las epítomes comen niñas. Y los sueños huelen metros y diademas. Y la fuerza que impulsa la flor es la misma que impulsa nuestra edad. El poeta no ve un lenguaje rutinario e inactivo. Aprecia el descontrol de las paráfrasis y los símbolos y las corajudas metáforas. Más que oraciones con valor veritativo, verdaderas o falsas, debiéramos hablar de versos con valor mágico, embrujados o no embrujados. A veces es difícil saber lo que el poeta imagina pero el poeta es un ser de otoños e imaginaciones. A veces es difícil saber qué situación ejemplifica el poeta o averiguar a qué se parecen esas situaciones, pero el poeta es un ser de inviernos y escenarios. A veces no son usadas las palabras en su contexto adecuado, pero ¿qué será un poeta sino una triste colección o cesta humilde y recia de palabras? A veces el poeta es autocontradictorio, confunde las categorías, o no es traducible a un lenguaje ordinario, pero ojalá que la locura de los poetas fuera Gran Ley. Existe una cohorte de exégetas que confunden la profundidad con una farragosa secuencia de sentencias oraculares. Pero el poeta, si no es quincallero, en su obiter dicta hay una complacida falta de engaño (también frente o por los alrededores de su aurea obscuritas si poco claro gusta ser) Hay como un quorum de pensamiento socialmente permitido; el poeta es el hereje de esa convención. Hay pensamientos y sentimientos expresados casi privados que crecen en lo público del poema leído en la intimidad. Muchos poetas podemos ser unos papanatas, hombres cándidos y simplones, pero el verdadero poeta arde con grito de Almanzor. Boa azulescente el poema. Yunque y duque sádico el poema. Caliente rotación de espiga. Visión vertical que posee esencia. Margaret Astor sombreando un lunar de la cadera. Cabello de oro de medusa esmeralda. Viga del arco-iris. Mansedumbre de búfalo en los ojos de Marylin Monroe. Abominable bisturí en el ano de las películas. Artificio de opio. Ritmo opalino del asco. Muchacha con aliento de muchacho. Cocaína en el pubis. Oficio de serpientes con las uñas pintadas. Ganzúa o quinqué de luz que alumbra al abril y las rosas de junio. Sonámbula yerba. Princesa con zinc en la punta de sus pechos. Ardiente santidad depresiva de la carne. Submarino arenal de los labios.
El aniquilamiento más pavoroso es concebir un mundo sin dolor ni poesía.

Del problema catalán como problema bibliotecario

arches architecture art baroque

Ante ciertos Cristos sufrientes de la tradición pictórica es inapropiado comentar «qué bonito», tal categoría estética chirría, e indica el analfabetismo del espectador o contemplador. De pintura, como de todo, hay que saber, desde sus rudimentos y técnicas, hasta la historia de sus estilos, hasta sus alusiones mitológicas, históricas, filosóficas, poéticas, biográficas, y un largo etcétera Ello no obsta para ser un incapaz respecto a la experiencia estética, pero nunca resta para la misma. La finura estética requiere, entre otros ingredientes, conocimiento y un trasfondo de aborde directo. Ese trasfondo que, si se aleja de nuestras coordenadas culturales, debe suplirlo la sapiencia. La ética, el modelo humano de la Ilíada, muy poco se parece al modelo o tipo humano de un habitante occidental del siglo XXI. Conocer Homero, además de muchísimas más cosas, precisa saber de unos valores muy disímiles de los contemporáneos. La bondad y maldad cambia en la historia, como cambia la utilidad y la inutilidad, como cambia la verdad y la falsedad, como cambian en definitiva nuestras mentes tamizadas al contacto del tiempo, esa mezcla de tradición y novedad. Tengo la sensación que muchos van al Prado o al Louvre como yo asisto al teatro japonés tradicional: para quedarse in albis. Las colas y grandes números ante las exposiciones indican interés (acaso de fuentes turbias y espúreas) pero no miden la calidad de ese interés, lo cualitativo frente a lo cuantitativo. Obsérvese que un capitán alemán capturado por un comando inglés en la primera guerra mundial podía comunicarse en latín con el capitán inglés. La koiné era más que una lengua, era un mundo referencial común de citas y textos de la historia cultural sagrada y profana, que incluía elementos siempre comunes y presentes literarios, filosóficos, artísticos, teológicos, científicos. Ese medium común no era un maremágnum ni un pandemónium como se presenta ahora mismo nuestro instante, sino todo lo contrario. Un mare nostrum que les permitía navegar con el mismo viento. Virgilio y Montaigne y Cicerón y Watteau y Rembrandt y la Biblia y toda una serie de pares y satélites y comentadores de esos pares, aunque las trincheras los alejaban, eran el salvoconducto o vial que los mantenía unidos, ganara quien ganara la guerra. Disputaban sus vidas, pero en un mismo mundo. Pese a la muerte, seguían una conversación común y de larguísima historia Y a ese mundo pertenecía una conveniencia jurídica, una reciedumbre, y una determinada calidad de personajes. Ahí un payaso como Puigdemont -la Veneno del independentismo- hubiera sido automáticamente expulsado del club. Pero Thomas Mann murió en 1955 y por esas fechas se empezó a consolidar la TV, después y ahora los mass media e Internet. Y ahí los payasos son el rey. No hay conocimiento (creo que sabiduría ya ni se asomará nunca más al planeta) sino pildoritas de información, caramelitos y souvenirs pero no conocimiento, chuches y gadgets pero no conocimiento. El mundo ya no lo crean los libros sino los tweets y la CNN, la MTV en lugar de la British Library. El mundo ya no lo crea una biblioteca o una pinacoteca seria, sino avispados y listillos y payasos. En la Era del Espectáculo el Payaso es el Rey. Pero no payaso en sentido noble de bufón de corte. Payaso en el sentido de insustancial y descoyuntado, como este Papa Luna o Papa de Palmar de Troya del ridículo Puigdemont, ese inefable Leandro de Borbón de Tele 5 o La Sexta o la BBC. Los sabios no salen en televisión y, si salen, como el medio es el mensaje, en exagerado epigrama pero básicamente correcto de McLuhan, si salen resultan ininteligibles por necesidad Los perros babean carne, pero la carne no es la mente, porque la Mente está en la Era Libresca, una episódica serie de cinco siglos en la historia de la humanidad, una anécdota de la historia. Sí, la mente tipográfica es una excepción en la historia de la mente humana. Ahora la mente es audiovisual e internaútica. El lugar de Puigdemont: la bestia triunfante o símbolo del mundo aniquilado que hermanaba al capitán inglés y alemán, o que, ante el Cristo de Velázquez o Bruchenwald no prorrumpe a reír y carcajearse como una histérica de frenopático. Adiós al mente. Hola Puigdemont.

Elegía por la belleza

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Me agrada la pintura y estatuaria y la arquitectura antigua, las iglesias y catedrales medievales sobremanera. Hoy rodeamos con vallas electrificadas y candados los predios de nuestras casas. Preferimos la piedra preciosa al cuenco de las manos, al íntimo calor de la suavitas. Anhelamos estar rodeados de enardecido oro. Somos ahora una estirpe negligente, condenada, carente de capacidad y vigía solo del vigor de los dineros. Somos bellacos vulgares sin poderío de lo que en verdad importa. Nos parecemos a una masa informe de bacterias. Con emociones ingenuas, sencillas, pueriles y convencionales. La naturaleza no nos suministra tampoco su liberalidad. La ciudad es un patrono condenado, un averno de cemento e hiel. El beneficio verdadero es la estética, no así el peculio, el oficio de oficina, el trabajo engañoso y trilero. El dinero tirita pues da frío de mala vida. Y la mayor belleza es aquella Belleza que hace más bellas a las pequeñas bellezas que encuentra en su camino. Todo es vanidad si se compara con las grandes obras del Hacedor. A esa brasa ardiente, a esa herida luminosa, que muerde los frutos de la tierra y a las aves del cielo, a esa brasa: gloria, gloria, gloria. La iluminación ilimitada es muchísimo más que cualquier divertissement trivial, más que los chuches posmodernos de crecepelos y tentempiés. El Contemplador contemplado, poseído y amado es Belleza Suma, Éxtasis Puro. La sobreabundancia de tal vivencia vislumbra goces eternos. En el pórtico de Chartes hay clemencia, alabanza y dicha, elogio y pasión celeste en cada piedra, y el aire entre las piedras que se mezcla con la luz. Ver el pórtico de Chartes o la Catedral de Burgos es sentir algo insólito, inhóspito, vero, lúcido. Pues no hay más miseria que la del hombre sin Dios. Y profanar a Dios es profanar la causa de su pulcra belleza, de su amada belleza que nos ama. El arte conduce a Dios porque los poetas nos alimentamos de milagros y los artistas de epifanías. El alma es una pequeña placa de vidrio que bordean hojas de acanto y laurel. Que se os ilumine e incendie el alma, amantes lectores, que ardan las hojas contiguas. Ved , observad que en una Virgen pintada por un gran pintor antiguo percibimos nítidas las notas de inquietud, recogimiento, interrogación, sumisión, recepción de la dignidad de la concepción. Hoy el mundo carece de esas calidades de conturbatio, interrogatio, humiliatio y meritatio. El efecto de las estrellas y los planetas dejó de eclipsar a los hombres, y, así, hoy los grupos musicales se llaman ahora Garbage, Mojinos Escozíos, o Public Enemy. o Trash, mera, entonces, expulsión del paraíso. El arte actual naufraga en nihilismo y destierro de la belleza. No hay plenitud sino aniquilación. No hay esperanza sino un enfermo y morboso refocilarse o regodearse en la nada y la consunción subsiguiente. Pero el hombre necesita en sus entrañas belleza, experiencia de la belleza, mímesis de la belleza, creatividad de la belleza y la forma de la belleza como el pan de comer, lo exige como exigen aire los pulmones. La actual grotesca subversión de lo eterno y la instauración universal de la fealdad es todo un síntoma de anomia y decadencia. La belleza es el sutil ornamento de la gracia, en nubes, pájaros y labios, en nubes, pájaros y en abrazos y tirantes pieles. La gracia es una agudeza fina. Lo absolutamente bello es grato. La disposición adecuada de la gracia es la ronquera de Dios, la luz del alba de madrugada es el timbre foniatra dulce divino. Un trueno es furor divinis. Lo sensible en el intelecto agente se acumula y abre nuestras puertas a la percepción. No podemos alterar el teatro de la belleza del mundo y nuestra ínsita necesidad del mismo, de recorrer sus estancias, galerías, palco y antepalco, jardines y torreones. El juicio común bello fundamenta la astronomía, la astrología, la numismática, la náutica, la cartografía, la vida en mayúsculas y la vida en minúsculas. Lo bueno, y lo apacible perfecto es bello. Lo bueno perfecto es la belleza sin imperfección. Y es bello el hombre, lo universal y el universo, todo ello cantos y épicas de belleza. Estamos hechos de un república de células estéticas; esa es la verdad del asunto. Asunto que a todos concierne e impele.
El mundo bello de la antigüedad es el deleite imaginativo de mi vida. El mundo feo y chirriante, cacofónico, de hoy, el hoyo de mi melancolía negra. ¿Sanaremos?

El poema

fire and ice by robert frost

A man does not know he is saying until he knows what he is not saying, por lo que el poeta comienza diciendo que no es su idea de poema la cansina y abnegada difusión de un abnegado credo político, ni la farragosa y seca y árida o dogmática propagación de la fe religiosa, ni la quincallería retórica de orientalismos de feria de las vanidades; tampoco cree el poeta lugar del poema la metafísica tan recalcitrante como histérica, como histriónica, esos vaporosos y gélidos, tontamente algebraicos, vaporosos poemas universales que complanan la capacidad perceptiva de un mono creído. La legítima actitud silenciosa del místico a veces siente como certeza ante tanta literatura poética de autoayuda podre y trivial, donde se sustituyen pruebas de digna emoción por perentorios estados de directa sandez. El poeta sabe que en el poema hay que decir lo que es que es y de lo que no es que no es, y ser inteligible, flexible, paciente, elucidar y clarificar ese «no se qué» que ronronea lascivo. En el impensable destino nuestro, toda estrafalaria cosa es posible, a saber, la floración de la apoplejía poética, del chistoso poético, del poeta burgués acomplejado. Ah, ay cuánto coño de cupletista anciana. Qué pomposo acurrucarse en la mendacidad de la letra sin imanes, sin manes. Siempre creciendo los márgenes de esa vida irreal. Siempre el pecado de la irreligiosdad poética.
Umberto Boccioni murió en Verona a consecuencia de la coz de un caballo. La razón turbada de M.L.King y Lincoln cayó con bala. Un íbero en tierras gauchas ajustició a Ecoto Eriúgena. Al rey Cirilo le metiron plomo por el culo. Jill Jarrell soportó al pesado. Y yo muy cuco aprecio a mi chucho. Mi necesidad de cariño es mayor que mi capacidad de recibirlo. Y el mundo deslumbrante de la caza, la táctica, la destreza y la alegría, el mundo de añoranzas y sentido común compartido, está en la mancha de sangre de mi pelo pegajoso. El pelo-poeta.
La poesía es el verbo hecho tango, dijo Biedma. Y el poema demiurgo hace noche en la entelequia galáctica, y sin fundamento racional en su base geomancia es igual que geología, aeromancia que aerología, demonomancia que demonología, lo que acarrea confusión, porque no hay un alma universal o principio activo del todo, porque la adivinación es el presagio de los mutilados e inútiles. El poema legisla previo paso por la realidad. Si el poeta profiere «llueve» de repente no se pone a llover. Si «la nieve es verde» no por ello deja de existir en el mundo la nieve blanca. Y cúantos confunden profundidad con la inmerecida atención a oscuras sentencias oraculares que nada significan, cuentos idiotas de imberbes mimados. Toscamente: sin vivencias, lecturas y lucidez todo es falaz, castillo de naipes sin base.
Afortunadamente resta el furor divinis de un zulo -alto minarate- salpicada de escarcha de palabras, y cuevas con cánticos de yunque, y el crujir del olmo hendido por la locura, y la niebla cubriendo la cocaína del pubis, y la rotación de inmensos opalinos en el mediodía de la luz, y la mimosa gasa manchada de grasa, y la autopista del túnel de las piernas dispuesta por el cielo, y la enorme lengua de yerba de la nada, y las heladas braguitas donde se rompe la zapa, y el ardor que no termina y el tormento que invade, y alacranes dibujados a carbonilla, y el filo de daga del déshabillé, y la clavícula de Calígula, y el Santo Bebedor, y el sexo con aroma a retama, y castores, y coprofagia.
Afortunadamente persistimos los poetas frente a tanta infamia universal.

Redes sociales y nueva era

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El arte sirve para ensanchar la minúscula capucha del yo. Venimos de las artes ignotas del gran océano de la soledad, y a él retornaremos; entre medias ejercitemos nuestra soledad con el arte, para hacer del yo elemento de elevación en pos de la grandeza, para hacer del yo una solitaria y gloriosa soledad, una grandeza solitaria. De nuestra soledad esencial habla el arte. Leemos, también y básicamente, porque somos animales al albur del azar en busca, a la busca de un patronaje de sentido, resumido en la expresión “deseo de inmortalidad”. Leemos, y sabemos y nos entrometemos con el arte, porque deseamos ser solitarios inmortales y gloriosos. Le long désir de duré es la gran razón del arte.
Ítaca es nuestra aniquilación o extinción. Y con el ardid de las artes prohijamos la perfección de ser. Buscamos una vida perfecta, esto es, no mortal. La perfección elusina que viene de lo oscuro pero aclara, la perfección del propósito en la aquiescencia del resultado, la imperfección cartilaginosa vuelta mediante método de perfecciones cristal y luz de acristalada noche, la atmósfera presentida vuelta perfecta elucidación, en fin, que en los raíles de lo perfecto artístico navegamos sin pensar en el puerto de la muerte.
Eso, en el mundo de ayer. El mundo de hoy se resume en la iconosfera vulgar de las redes sociales. El anti-arte par exellence. Imperfectas en grado sumo y efímeramente mortales en grado superlativo, son como una puerilidad que derrite el capuchón del yo. El yo lector de grandes libros de papel está en un iglú de bendecido silencio y soledad, el yo de las redes sociales está en el paradigma de lo insano por feo, y no verdadero y no bueno sino autodegradante. Son yoes labriegos catetos, exhibicionistas de la estulticia y la miseria, apologetas del analfabetismo. Nihil novum sub sole. Dada la natural distribución de sublimidad y estupidez entre el género humano, es normal, que en un design que favorezca la mostración humana (como el caso de las redes sociales) el resultado sea el que sea. Lo raro hubiera sido la inversa. Lo tonto y memo, y en lo humano mucho abunda lo tonto y memo, la barra de bar tabernaria, el estadio deportivo furibundo, la pose y trato de taxista, ya tienen aquí su correlato objetivo. En las redes sociales no abunda la poesía pastoril, el argumento kantiano o la sensibilidad agustina, sino lo grosero, podre, e ineducado. Tal hay, tal ves.
En un muy, pero que muy próximo futuro, el mundo será un calco de las redes sociales. Un mundo poblado por dichosos analfabetos, un palacio de cromañones tecnológicos. Una élite, de gran importancia en el proyecto o concepción del mundo, serán los científicos creativos. Otra élite, la de las catacumbas más sombrías, será la de lectores solitarios y gloriosos. Ambos sumarán poco más del 1% de la población. Le gran bluff restante será la gran miseria cognitiva y estética que asoma ahora en las redes sociales. Seres inmaduros, precarios, de general o universal banalidad y superficie, con el soma de sus malos trabajos y sus malos amores (su patrón de sentido, el lieben und arbeiten freudiano de hechura siglo contemporáneo)
Por tanto el futuro (¿presente?) es soberbiamente estúpido y ful. Acaso pueda o pudiese haber un renacimiento carolingio dentro de cinco o seis siglos tras estas tinieblas medievales electrónicos. Es una hermosa hipótesis. Acaso mucho tiempo después…

Catolicismo

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Voy a opinar y ruego nadie salte a mi yugular. Prefiero el catolicismo, donde bulle la tensión y la ciencia, que chiflados tropicales californianos de la conspiración de Acuario que se llevan en una nave al planeta y sus moradores hacia la conciencia cósmica. Prefiero el catolicismo a parques temáticos mormones filmados por la MTV. Prefiero el catolicismo a bombas chiítas. Prefiero la servidumbre a esa comida que la dogmática científica cerrada. Como diría Montaigne mi terruño es incapaz de sembrar unas flores mejor sembradas en otras cosechas. Y la cosecha católica es todo menos una gilipollez.

País de la seda

view of royal palace in spain

En estos días de tribulación y zozobra he estado ojeando los diarios de Azaña, magníficamente editados por Jiménez Losantos en Alianza. Hay paralelismos y observaciones sobrecogedoras. No aprendemos. Eterno retorno. España es el único país de Europa que en dos siglos sufrió cuatro guerras civiles. A veces pienso que desde el fin de los Austrias, acaso poniendo como énfasis o línea de arranque nuestra constitución de Cádiz, existe en nosotros una vena turbulenta de violencia, una violencia soterrada y subterránea. Somos unos bestias. El español es un hidalgo dignísimo en la derrota, un honorable y muy generoso ser humano, pero, bien sabido es, tendemos a embestir y no pensar, somos testas rígidas y no dialécticas. La rigidez, gran defecto nacional. En Italia se pelean dos amigos o familiares, se llaman de figlio di putana para arriba, y, acto seguido e inmediato, nombran una expresión que no recuerdo ahora pero que es el nombre de una especie de bizcocho. Se dicen, nos tomamos juntos el bizcocho, un poco de vino, y asunto resuelto. En España estamos, a igual incidente, años o toda una vida sin hablarnos. Rígidos, poco dialécticos, ya digo. Ya que uso la alegoría italiana, en Italia gobernaron en coalición la democracia cristiana y el PCI, algo así como el PP y Podemos. Nosotros corneamos, no dirimimos y pensamos. Cuando Freud conoció en Londres a Dalí, comentó «es un español típico: un fanático». Goya fue quien nos entendió y retrató más fiel y acuciosamente. En el español hay como una inveterada falta de expresión fina de sus sentimientos, una observación siempre sesgada por la pasión, como una suerte de violentas palabras emboscadas en nuestra alma. España no es Zaire ni Sri Lanka. Pero desde Fernando VII hace tiempo que solo hay en la modernísima contemporaneidad horribles políticos. En la Edad Media fuimos varios estados en una nación, y siempre hemos sido una nación. A mi ver y entender España no es ni debe ser ni fue varias naciones en un estado. Pero admito que esa es mi visión de la naturaleza de mi patria, otras hay y hubieron en un país cuya principal afición, como un adolescente inseguro, es preguntarse qué es. Sabido el tópico que una crisis es una oportunidad. Insto a que, y quiera Dios que la sangre no llegue al río, abramos un debate nacional preguntándonos qué hemos sido, qué queremos ser, cómo deseamos aunarnos, qué maravilla nos incita a navegar hermanados y juntos. Insto a vertebrar España. Yo la vertebro leyendo a sus filósofos, escritores, admirando a sus pintores y científicos, elogiando a sus eruditos. Poetas, científicos y artistas que para mí indistintamente pueden ser Foix, Espriu, Ausiàs March, Llull, Sagarra, como el más terulense de los terulenses, el más sevillano de los sevillanos, o el más compostelano de los compostelanos. Sabemos los problemas que causó el carlismo, y el origen decimonónico de los nacionalismos catalán y vasco, y, en menor proporción, gallego. Difícil solucionar un conflicto en una rígida cabeza vascuence tan española como la rígida cabeza zamorana.
Pero permítanme soñar, ser quijote. Cuando Marco Polo en el siglo XIII llegó, tras atravesar el desierto, a Kanbalu -la actual Beijing- quedó fascinado; escribió :»es más grande de lo que la mente puede imaginar, no menos de dos mil carruajes y caballos de carga entran en ella diariamente cargados con seda cruda; brocados y sedas de distintos tipos se fabrican aquí en enormes cantidades». Ojalá España algún día lo más grande que imaginarse pueda, y que la seda – valga la alegoría y símbolo- llene los talleres, los pueblos, los sentimientos, las razones, las ciudades, las calles y los paisajes que, en definitiva, con propiedad se nos pueda llamar País Sedoso, País de Sedería, País de la Seda.

 

P.D. A los historiadores profesionales les desagradan en grado sumo los argumentos caracteriológicos. Pero pese a lo grueso de sus líneas no expresan una vaciedad absoluta. El inmemorial desgobierno español y la desgana de sus élites se alían con un pueblo de charanga y pandereta. O aprendemos a tocar al violín o la zambomba. Nuestra historia si algo señala son sus múltiples retrocesos. A veces, al salir de bar, me apetece escribir a la embajada inglesa o francesa para exiliarme allí alegando la sempiterna catetez palurda española.

Apocalipsis

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La vida cotidiana está llena de tópicos y estereotipos. La vida está llena de rutinas deprimentes y embrutecedoras, de destinos de papagayo. Muchas veces, al entrar en la intimidad de los otros, percibes una suerte de suicidio general por encogimiento de alma. Vemos como muchas personas no razonan del modo adecuado. Vemos aversión, hastío, asco, repugnancia, disgusto. Barbarie de mazas. La aptitud y el talento y la felicidad es la cosa peor distribuida. Vemos gentes precarias que llenan de alcohol los bares. Facultades internas de pensamiento y emoción muy precarias. Conexiones de matrimonios y de padres a hijos y de persona a persona de modos y maneras nunca delicados, ricos y complejos, sino utilitarias y mendaces. Lugares donde solo importa la rentabilidad y no el pensamiento crítico y las ideas, la poesía y la imaginación. No hay autoridad externa ni interna ninguna, no hay misericordia ni compasión, no hay altos valores interiores específicos. Todos son iguales a todos, nadie es distinto a nadie, la guerra universal se enseñorea en los corazones. Se desprecia el arte y la inteligencia, y una presión violenta mueve los hilos. Nunca fue menos sólida la justicia ni tan arbóreo el mal.

Para saber las últimas noticias del orbe no hace falta leer una web o  ver el telediario. Basta con El Apocalipsis de San Juan.

Lectura de Rafael Reig

woman wearing brown shirt carrying black leather bag on front of library books

La novela a reseñar es «Para morir iguales», la historia de un hospiciano pícaro lleno de lealtades a su infancia y su desclasamiento. Rafael Reig es un novelista de trama y aventura, que aquí demuestra sus amplios poderes. La fidelidad a una cultura de pares, la visión mítica de los orígenes y el lumpen, la especial sensibilidad hacia los desiguales y marginados y ofendidos, la importancia y el himno a la imperfección, el espacio de fidelidades vivido con tensión pero heroicidad, el gobierno y la ética de los parásitos, el juicio al Orden como una instancia abyecta y repulsiva, la influencia de las fuerzas subyacentes o implícitas en toda existencia, la libertad pirata, la libertad osada, el desplazamiento del bien al mal y del mal al bien, la triste y desolada burguesía, el denuesto o agravio a la religión y su hipocresía, la vitalidad epicúrea y sapiencial de las clases subalternas, la complejidad de la moral y el destino, el carácter como «daimon», el amor, el amor, la loca de la casa de la imaginación, estos y muchos otros temas atraviesan la excepcional novela de Reig, un verdadero maestro en hacer ficciones muy entretenidas y emocionantes con sustancia de fondo y valor literario. Novela épica y lírica pese a los propósitos del autor, romántica canción para con los habitantes del margen, en ese universo sin miedo, en ese duro universo también hay alegría y peripecia y fugas poéticas -espléndidas (estremecedoras) las inserciones de la novela infantil Sandokán-, también hay una alternativa al statu quo, también hay otro fundamento a la Verdad y el Bien.

Pero, debido a mi visión conservadora del mundo disímil a la que ofrece la, insisto, magistral novela de Reig, creo que sus preceptos están equivocados. Porque el Orden es una organización del alma. Una organización natural del alma. Lo que él propone es arbitrio y desorganización. Obviamente el Orden (y he escrito muy abundantemente de ello) es nefasto hoy día, una abominación lovecraftiana. Un Orden que se resume en un irracionalismo antiilustrado, una religión peronista y de mera autoayuda, un pueblo convertido en populacho merced a los medios de comunicación de masas y las nuevas tecnologías, un descrédito del hecho y la realidad. Un Orden donde los burgueses cada vez se distinguen menos de los proletarios, donde una campechanía analfabeta sustituye a la formalidad y a la buena educación, donde la diversión o el ocio más degradante reina por doquier. Claro que este Orden (insisto, este es uno de mis monotemas, de mis temas obsesivos) no es el Orden que deseo y anhelo, casi preferiría la anarquía delincuente del libro de Reig (bueno, tampoco, no debemos exagerar)  Porque el Orden que es mi razón y mi quimera construye una vida de plena significación. Es el proceso por el cual el pensamiento se disocia de las cosas, se asocia con cosas externas, y vuelve a reflejarse sobre sí mismo para dar forma a esas cosas, porque ese Orden o proceso cognoscitivo y esa ética inferida expresan la naturaleza real de las cosas y el alma,  del Bien, de la Verdad, de la Bondad. No son lastres ni engañifas ni trampantojos, sino la esencia de la civilización. Fundan costumbres y convenciones que resisten la erosión del tiempo y las modas efímeras y que, a la par, son capaces de adaptar novedades (cautamente) que mejoran esa misma civilización. El Orden que predico se basa en la toga romana, la sandalia cristiana, en la Acrópolis y también en Florencia, en Londres, París, Madrid y Roma, y en los cafés europeos. Porque fuera del Orden no se encuentra otra civilización alternativa o un idilio salvaje y ácrata, sino la más crasa y redonda barbarie. O Shakespeare o zulúes, o Cervantes o Belén Esteban, o Ratzinger o el Vaquilla,  o la contaminación dichosa del recto sentido y la excelencia, o la contaminación venenosa del mar enfangado de petróleo. Este Orden de ahora es una muchedumbre grosera e ignorante, un cuerpo social que no tiene ni estabilidad, ni poderío, ni sobre todo gloria (como en el Ancien régime) Un Orden donde parece que al común no le importa la limpieza de la calle, la fortuna de su aldea, y la suerte de la iglesia no le conmueve. Un Orden donde casi todos parecen colonos indiferentes al destino de su país, donde los hombres oscilan entre la servidumbre pública y el desenfreno privado. Sin refinamiento de gusto ninguno y obviando los placeres del espíritu y cultivando artes baratas (turismo, deporte, sexo, Internet). No es el uso del poder o la obediencia lo que deprava al hombre, sino el empeño de un poder ilegítimo o la obediencia a un poder que se estima usurpador u opresor. En el Orden democrático hay como una obediencia ilegítima y antinatural y un poder que desprotege y aliena. Prefiero, pongamos, la edad media. Podía haber miseria y desigualdades, pero las almas no estaban degradas. Hoy todos somos siervos del orden mutable del Estado; yo quiero serlo del orden inmutable de la Naturaleza.

Extraordinaria novela que invierte los polos y plantea una especie de irisación del desorden. Muy bien organizados los elementos de la fábula, muy bien escrita (sin pomposidades o abarrocamientos ni afectación abstracta o el idioma yéndose de vacaciones por la galaxia de la ininteligibilidad) Espléndidos, magníficos y vivos secundarios (muy dificultosamente desaparecerán de mi memoria Escurín y Mercedes) La epifanía del mal que en el fondo es -eso cree Reig- el bien, la épica a unos colores, equipo y afectos cuya traición es la peor deshonra. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una novela española. «Para morir iguales», de Rafa Reig, en Tusquets, ¡Chapeau!¡Bravo!¡Hurra!

P.D. ¿Vale la pena leer la obra de Rafael Reig? Sí, su obra es el perfecto complemento a las grandes obras y el ideal suplemento a las obras malas o mediocres.