Oda al método de mi aldea solitaria

cascade creek environment fern

Los árboles del viejo sendero prolongan su zumbido y orugas bailan la conga con llamas apenas visibles a la luz del sol. Las violetas se encantan porque Dios protege su cacareo de heno y su rubor de vergüenza púber. Los pájaros casi de miel licúan su silencio en un iglú imperturbable de colinas lejanas. Alfileres de obelisco tejen una unidad. Estriaciones de acantilado someten la unidad a forma. Combustibles de naves de memoria vierten la forma en impresión. Y la impresión es un helecho detalladamente examinado, un pianoforte en que súbito ladra el perro, un musgo unísono que se hila a la respiración ovillada del gato. Aquí no existen ratones congelados y la hilera de eucaliptos sin tallar respingan como polluelos, y los anillos del riachuelo alimentan gansos y se enrollan como lo harían una multitud de lunas color arcoíris. Aquí toda fábula es fabulosa y lo fabuloso es la anciana que duerme como la cosa más hermosa, más esencial y duradera. Leones y lobos de invierno habitan el Gran Sí. La nieve es una geórgica abisal, la lluvia una égloga astral. Animalillos que respiran perpetúan el instante. Cualquier oración es una pelusa rosa o un pececillo rojo enhebrado a las ramas del jardín. Es imposible que aquí se mutile la expresión humana y el razonamiento. El ultraje de la ceniza suelta la hélice. La capilla y el monte revelan la opulencia.

Ah mi aldea orensano conmigo como único habitante. Miel y mies. Trigo y lagartijas. Debates de ángeles en un palacio de tejas negras y platino. Y, como un agua que insiste su amor al río, este menudo pensamiento que siente y afirma que debe ser necesario que todo siga así. Que la covacha o égida de esta noche solo debe seguir así.

Petit informe de mi vida

Hay a veces como una especial dulzura intemporal en mi existencia de modesto propietario rural gallego; en mis campos cultivo camelias y magnolias, y un buen vino afrutado se conserva en mis lagares. Solitario compacto, pero menos con mis perros y asilvestrados gatos. En mi pazo no trabajan herreros o agricultores patizambos, en mi aldea hay humildad de cuerpo y orgullo de corazón, y nubes de ardiente agua coronan mi cabeza. Mi ritmo se alimenta de libros de mi ancha biblioteca y júbilo de púrpuras rosas. A veces, sobre todo las largas noches de invierno, de este entretejido engatusado veo que falta la hembra, la compañera. Pero mi soledad augusta parece querer obedecer solo a los arbustos, los matorrales, las innumerables hierbas, y a esas mañanas y tardes que son siempre la misma mañana y la misma tarde. Limpio y cuido mi casa como Virgilio sus hexámetros, y si mi brazo se acalambra bajo el dril musculoso de la chaqueta nueva, rezo a mi Dios y a mi ya agraciada y vieja religión. Los jóvenes quieren satisfacer el primer deseo que se les presenta. No permiten que se les oponga resistencia a nada y su vida dichosa es solo una vida o vivir que pasa. En cambio a mí mis constreñimientos -y los de la dura tierra que pueda dar una mala cosecha- me acrecientan. Limito con la luz del alba y no con la necrosada industria y el asfalto. Mi individualidad va mucho más allá que la su experiencia superficial. Admiro el heroísmo y el trabajo, los santos y los poetas. Nunca transfiero mi vicio privado a una virtud pública, soy frugal y me place ocultarme. Voy errante con la luna que ni tropieza ni miente. Mi alma no es tirana y la domeña, alternativamente, Voluntad y Naturaleza. Vivo esperando dulcemente la muerte. Y sé que no envilecí mi vida.

Mi educación y la de los milenials

Nací en el año 71, en medio de una burguesía hacendada muy chapada a la antigua. Tuve profesores privados y hasta mis dieciséis o diecisiete años no vi la televisión. Mis papás creían fuertemente en inculcarnos a mis hermanas y a mí una educación humanista y moral, indiscernibles la una de la otra. Se perseguía ser sabio a la par que recto y decente. Mis papás pretendían que sus hijos se convirtieran en señores del universo y amos de su destino y de su propia condición, mediante una toma de conciencia científica del mundo empírico, y una toma de conciencia religiosa de la trascendencia y la relevancia de nuestros semejantes. Nos educaban con el ejemplo y con su virtud, censuraban nuestras faltas arguyendo argumentos e ideas, y su previsión y su intervención era prácticamente siempre modélica. No incurrían en mensajes embarullados, oscuros, libertarios, contradictorios, sino en la coherencia y orden que da una educación clásica y tradicional. Su ideal era propagarnos un saber y una ética cultivada, unos valores -si esto no sonara demasiado enfático- eternos. Deseaban que lográramos o alcanzáramos una máxima humanidad erudita y que nos tensáramos en nuestra singularidad elaborada. Y ahí, a qué dudarlo, mucho intervinieron libros y lecturas, museos y reglamentos, amor, consejos y fe. De adultos los tres hermanos, pese a idiosincrasias y distintas vocaciones, ejercemos control y dirección a nuestras creencias, comprensión y no quimeras irracionales a nuestros afectos, intención emancipadora a nuestra conducta, y pasión por la capacidad de posibilidad y matiz que significa el arte. De alguna manera no egoísta mis padres quisieron una multiplicación de sí mismos en nosotros, como ellos fueron una multiplicación de sus abuelos, y sus abuelos de sus bisabuelos. Se serenaban e incrementaban los fundamentos de la tradición con cada generación, se anudaba con preciosismo cada eslabón de la cadena. Mis hermanas me cuentan lo difícil que les resulta esta transmisión para con sus hijos e hijas.

El humanismo tradicional te conformaba o configuraba con un modelo con su propia capacidad de estructuración. Pero hoy educa la tribu de los media -Internet, televisión, cine, seriales de Netflix- y la marea u océano gris de la información visual. Vivimos en una iconosfera o bombardeo o galaxia de imágenes agobiantes y planetario, y en un medio sonoro o acústico de chirridos, automóviles, fábricas, que, sumado a la aceleración del mundo, a la imposibilidad de la lentitud, crean una suerte de película o costra que enturbian la entrada de mensajes educativos clásicos. Los medios de expresión del orden visual sustituyen insensiblemente a los medios de expresión verbales, al logos. Y esos mensajes visuales se insertan en las conciencias de los chavales y niños casi como con la percepción de un psicótico. Unos tienen -afortunadamente- un contexto clásico, pero muchísimos otros son caóticos, azarosos, con condicionamientos inéditos a los propósitos familiares, hay mensajes visuales -de Facebook, de series y películas- que refutan, niegan, ponen en duda, el ideario familiar. Muchas veces también entra en la conciencia de los hijos de los padres mensajes con formulaciones nihilistas, o angustiosos, o tétricos, o de pérdida de compasión o valor de todo lo humano. Y ello queda retroalimentado por la influencia de la pandilla escolar o de los contactos en las redes sociales que a su vez no pueden actuar de contrapoder pues, por falta de experiencia y madurez, son muy influidos por los mensajes antagónicos antes mencionados. Y así es como vemos ya en plena Universidad a tipos humanos desestructurados, de humanidad limítrofe o muy lábil, tipos a los que el influjo de la publicidad y los mass media convierte en cansados hedonistas, sin rigor moral o capacidad de alegría y trabajo, nada estoicos -su umbral para no tolerar la frustración es mítico- , sin pasiones culturales ni intelectuales de altura y de verdadera calidad, sin nociones claras y distintas sobre las cumbres y los abismos humanos (sobre, en fin, ideas exactas y no estereotipadas del bien y el mal) , con un espíritu interior sin ímpetu ni impulso, incapaces de ser distintos porque su medio es la uniformidad y su tótem el igualitarismo, etcétera etcétera. Son los milenials, una generación cuya única libertad es la experiencia sexual promiscua, el sexo conejero y de imitación de las web porno, pero ayunos de la libertad de ser, crecer, florecer, y transmitir esa arraigada esencia a sus hijos. Disculpen este post pesimista. Lo veo todo muy negro.

Lectura de Luis G. Martín

La novela a reseñar es El amor al revés. Son las memorias sodomíticas del autor. Explica el trance autobiográfico de una homosexualidad en principio no asumida hasta su plena asunción. Todo parece la vida de un santo gay, con su vía crucis y camino de purgación, concluyendo en una suerte de vía unitiva feliz y plena. Se transparenta muy bien el carácter del protagonista. Es una biografía correcta pero no puedo mostrar por ella un entusiasmo fingido o superior al sentido. Hay memorias pero no historia y la conciencia del protagonista no es superior, sino limitada. Es triste que el secreto más profundo de una psique signifique autodesprecio. Y muchas veces Luis G. Martín parece más un ideograma que un acabado personaje. En el libro no hay una visión profunda del mal o del bien. La ficción real sugiere que no hay detrás una inteligencia de verdad, una voluntad fáustica o un punto de vista original sobre el mundo y la vida. Hay como una densidad de basalto que oscurece la verdadera voz. No hay ideas espirituales férreas. Su mente baila de puntillas porque no posee una verdadera melodía. Me alegro que el autor haya superado traumas y sinsabores, pero su identidad me parece postiza, manufacturada en serie. Me alegro que huya del infierno. Pero me desagrada que no exista singularidad en la concepción del estilo; todo deriva o acaba en un gay autosatisfecho pero en el fondo con poco volumen y latitud.

Contra España

España, demasiados retrocesos, llena de cabreros hirsutos,
con indolencia arábiga andaluza, con inane saltataulells catalán,
feísmo gallego, covacha quebrada cántabra,
España ufana como un gusano
que el arado parte en dos.
España televisual, futbolera, barista, de mal gobierno
y zarrapastrosa, pulposa, tuercebotas, chapuzas, pugnaz inculta,
zampabollos, incauta, con mayonesa en la comisura, y baba,
haragana, tumefacta, necrosada, twitera, lo dicen las sefirot
cabalísticas: eres un ejemplo de burricie y detritus de alma.
España esquirla sin luz, negrura de confesionario,
ciclópeo atrio de la mendacidad, sentina idiota:
je acuse l´Espagne, y de mi judería soy, mi biblioteca es mi patria.
España sarmentosa ágata de la mecanografía, frutera y verdulera,
país de la caterva y la inepcia. Apostato. Hereje afrancesado
o conde don Julián, o anglófilo imposible, os dejo, parto al exilio.
Bajo una égida más amable se cobijará mi nombre y mi ley.
Nunca bajo los vientos congelados e infernales de esta noche eterna.

Pensées del raptado en Estambul

person dropping paper on box

Cuando contemplo mi estado y la altura esta de mi vida, puedo decir al igual que Gibbon, y con el mismo Gibbon, que al observar la suerte común de los mortales , debo reconocer que he sacado un premio mayor en la lotería de la vida. La mayor parte del globo está cubierta de barbarie o esclavitud, y en el mundo civilizado las masas se condenan a la pobreza o la ignorancia. Nací en nación libre e ilustrada, en una familia rica, libre y honorable. Y, desde luego que soy rico, pues, frugalmente, mi ingreso todavía dobla mi gasto. Los veinte años que la ley de probabilidad me aseguren de vida los dedicaré al otium divinis o bien al otium cum dignitate, al cultivo de las letras y la extasiada contemplación de mis propiedades. También las pecuniarias. No olviden que soy propietario rural conservador gallego de origen catalán. Mi hacienda es mi biblioteca y mi soledad, la naturaleza y mi amada madre. Y a la hora de juzgar los libros mi criterio de peso y medida, mi criba de valoración y ponderación, es si la lectura me ha arrebatado el espíritu e inspirado sentimientos animosos y nobles. No se engañen, no hay otro. Por esa regla se sabe si algo es bueno y se debe a mano de arista o no.
Como colofón permítanme expresarles cálidas afectos de cariño, viniendo de alguien de carácter hosco e híspido. Los leo y admiro. Los leo y aprendo. Pero sepan asimismo que la soledad es mi destino, igual asimismo al destino de un rey. No teman nunca de los jamases estas escalofriantes palabras bíblicas » Mis parientes me han fallado y me olvidan mis amigos más próximos. Los que moran en mi casa y mis esclavas me tienen por un extraño, les resulto un desconocido…A mi mujer le repugna mi aliento y mi hedor a mis propios hijos. Aun los chiquillos me desprecian y me escupen apenas me levanto. Mis íntimos me aborrecen y aquellos a quienes quería se vuelven contra mí» Esto atestiguaba el patriarca Job en el siglo III a.C. No teman nunca a la soledad. A veces es bueno cansado de tantas calumnias retirarse. Sean lo que quieran, no aquello que puedan. Y aférrense a lo mejor, jamás a lo peor. Ser solo es ser mayor.
Y un abrazo muy afectuoso.

Mis criterios de lectura

A lo que leo, tras lo que contemplo y así como las razones y criterios de la contemplación, incluso a lo que siento, incluso también al pensamiento, a la hora juzgar o evaluar sus calidades, de argumentar su grado de bondad o eminencia, le aplico un exigente criterio artístico, implícito en los juicios, que ahora deseo hacer superficialmente explícito.
En la discriminación artística, en el sopesar y comparar, a la hora de informarme del valor de lo leído, e, insisto, estos criterios son extensibles al ámbito de otras experiencias, en la medida razonada del orbe libresco, lo reduzco todo a una cuestión de fuerzas. Sobremanera importa, a mi ver, la fuerza estética, pues la alta y sublime dramaturgia estética, el concretar lo bello en energía verbal, es don incomparable. En la fuerza estética relumbre y esplende la belleza, como en el centro de una emanante transmisión plotiniana, porque el dinamismo de kalós en las palabras cualquier cosa ennoblece y dulcifica, hace del arte algo no arrabalero ni menor ni industrial, nunca, en fin, objeto de vulgaridades predecibles; kalós debiera ser el norte, faro y destino de lo escrito, la médula y savia del verbo, el culmen al percibir la lectura. Pues la fuerza de la belleza eriza las pilosidades de la mente, nos transporta a reinos supralunares, vuelve el ojo de la percepción y la intuición una educada materia contradictoria de la chatarra y la bisutería de las ferias. La belleza endiosa al hombre, lo cumple. Y además la literatura bella conspira contra esta Era de la Fealdad, nos adentra en sinestesias de rumores vegetales, de densidad de significados lunares. Con hábito la fuerza de la fealdad nos posee, y nos deforma; con hábito de lo bello, la vida se transforma, y al bien nos conforma. Las sensaciones de lo feo embotan el alma, abajan las sensibilidades, nos abocan insensibles al pudridero de la historia, a la idea, como un Napoleón psicótico, de que sólo vale lo útil (como las letrinas) y no lo desinteresado y gratuito. Y a la busca de árboles hermosos en el bosque de los libros, permaneces y te inscribes en el gran orden de lo bello universal, galáctico. La belleza es una gloria universal que colinda con la gloria individual. La belleza permite aguzar los ojos y la mente ante lo particular, por lo que se convierte en corrosivo o acidulante o desincrustante de conductas gregarias. La Belleza, en esta época de fealdad ruin, es revolucionaria, la espita de una bomba contra el sistema. Algo bello aparece en nuestro siglo como algo alternativo, como un mundo posible de la gran panorámica junto a los grandes ideales, además, y según enseñan doctas tradiciones, la mente divina es, si es algo, seguro que necesariamente muy bella. Participar de un subconjunto natural de belleza es participar en el gran conjunto de la belleza divina. Porque también pudiese o pudiera ser la belleza noble dado que es moral, y, por tanto, en los hallazgos expresivos del escritor, vive en potencia la rectitud del orden (y eso es la sabiduría, el orden y el amor) Que el genio estético se deslinde del genio moral, que se lo evite y elimine, pudiera o pudiese ser un signo de decadencia. Pero, aquello que no es susceptible de duda, es que sin la fuerza estética, sin el qué y el porqué de la rosa, vivir es morir, la vida se torna lisa y literal y crasamente insoportable. Nosotros respiramos la toxicidad del mundo de modo irreflexivo y natural, pero, a mi ver, esto no significa que no somos más que enfermos espirituales. No somos sino moribundos o zombis (permítaseme la opinión contundente) si vivimos enfermos de fealdad en esta era de ocaso y fin de la belleza (belleza: por casi lo único que merece la pena vivir)
A lo que leo (insisto, tal se puede ampliar a lo que se experimenta) me gusta aplicarle el grado o intensidad de su fuerza cognitiva, o mental, o de pensamiento, o de don perspicuo de conocer con la fuerza del pensamiento inferencial y analógico. Con la expresión «fuerza cognitiva» indico la elevación y altura y gracia del pensamiento, sus retahílas y recovecos, su hondura y precisión. A este fuerza se le asocia, vano subrayarlo, la mente grande, la gran mente, el gigantismo inteligente, el cociente de exactitud de los productos cognitivos. Se ve en la gracia y revuelo del matiz, en la brillantez del razonamiento, en el diseño de la imagen, en el don de crear metáforas, en el análisis de los hallazgos, en la clarividencia, en las sinuosidades de valles y depresiones de la complejidad, en cierto valor terapéutico pedagógico, en la amalgama sutil de la síntesis, en el aumento, que a sí mismo se alimenta, de las ideas y sus ramajes, etc… etc…Que, en resumen, eidos es el esplendor del espectáculo imaginativo y racional. En la fuerza cognitiva, a modo de voz baja, surge la pleamar de la verdad. Tras la fuerza cognitiva se mira y admira, retumba, hay en ella, tras ella y bajo ella, la Verdad. Un magnificente eidos en pos de la verdad, no sería mala definición de la fuerza cognitiva. Además creo que en la creatividad de la verdad se figura lo grande, lo definitivo, nunca la pancarta triste del tétrico nihilismo. Creo (con convicción) que debemos creer en la verdad, ya que la verdad aclara y discierne, discierne y sustancia, ama y conoce. Para mí resulta una alfalfa intelectualmente muy bajita, además de que crea una suerte de depresión anímica, la apología sobre la disolución de la verdad. Veo una suerte de conexión entre la corrupción de la verdad y la corrupción del lenguaje. Malos, malos tiempos son, para los buscadores de verdad.
Por último, a mi ver y entender, es relevantísimo evaluar la fuerza sapiencial (en lo leído y contemplado) La fuerza sapiencial poco tiene que ver con muchas de sus versiones degradadas, sino con el don del esclarecimiento, con la tentativa de respuesta al enigma. Discernimiento vital y moral, en definitiva. La procura de solucionar las constantes de la naturaleza humana, de escribir sabiduría en nuestra alma interior. Es una brújula o mapa frente a las oscuridades, un entendimiento de las cumbres y los abismos, de las simas y las trampas. La fuerza sapiencial mapea el territorio del corazón humano con poesía, filosofía, novela, imaginación, ética y ejemplo, brillo y estética. El sabio acierta en la diana, y nos insta a ser ricos y maduros y floridos, elaborados y reales, nunca hombres huecos. En el alma elaborada suenan diapasones estelares, autoconciencia del cosmos. La energía sapiencial es un examen inteligente de la vida. Un poner una dimensión astronómica en nuestra pequeñez mineral. La sabiduría niega nuestra propensión a la mendacidad.
Hemos dado los titulares de las fuerzas. Si las desmenuzamos acaso veríamos otras subfuerzas alternas como la fuerza musical, la fuerza lógica, la fuerza gramatical, la fuerza retórica, la fuerza astronómica, la fuerza teológica, o sea, toda una desplegada fuerza de triviums y quadriviums. Pero, las energías seminales, creo, son las antedichas. Todo se reduce a un análisis o explicitación de la belleza, la verdad y la sabiduría. Dónde están ahora las obras bellas y verdaderas y sabias, dónde lo hermoso arrebatador, lo inteligente por maduro, lo lento por sabio. ¿Dónde está la medicina del alma? ¿Dónde está la verdad que hemos perdido con el nihilismo?¿Dónde está la belleza que hemos perdido con la imagen?¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con la tecnología? Parece, se diría, que la fuerza de lo mediocre destruye ríos, anega ciudades, embrutece corazones, confunde mentes. Se diría, parece que la forma informe es la fuerza del orbe. Dónde la Forma en lugar de esta atrabiliaria ensalada de ruidos y palabras. ¿Dónde?

Aristocracia

Paz a los hombres, que no fue nunca fácil el vivir.
Y para mí el silencio casto y conventual de la luna que investigo
ardiendo en mis imaginaciones e incendiando mi mente.
¿Para qué sirve una mente alunada?
A mi ver, para sopesar, medir, discriminar,
para calibrar lo alto y bajo, lo noble y avulgarado, el mar y la charca,
y, al final, como las metamorfosis de los hombres-lobo,
juzgar a favor de lo mejor -que es irrefutable- y en ello confiar para transmutarse.
La santa alianza con lo mejor es carácter y destino.
Y cómo agrada entonces que tanto agrade
lo que los genios crearon para que te agradase,
como agrada el rímel en las estatuas
y el cortejo de danzas amarillas de un cielo estrellado.
Y cómo agrada la soledad de la noche y el libro
en que el silencio hondo suma beatitud a bendición.
Si el lujo mora en tu mente,
si la casa de la palabra reside en tu mente,
si tus contemplaciones son las más bellas ideas unidas a los más verdaderos sentimientos,
si buscas el lustre y no la medianía común,
si ponderas y te alzas con sederías de alado corazón,
si te mides con la divina cumbre nevada,
mucho, mucho dudo, te arrastre
esas corrientes de los ríos que van a dar
en Nike Air shoes, o Sony & Philips & Garbage Television,
o BMWs de rojo ébano alquitranado. Dudo de Twitter, Justin Bieber y sus tatuajes,
o la vil pasión democrática estadística -hoy universal-
si alto y perfecto es el orden de tu mente,
si tu Ítaca no es una leprosería de neurosis y familia y monedas de latón.
Si vives dentro de ti, dentro de los reinos de las lunas de invierno,
tu Bien no depende de Fortuna, ni del auxilio o el azar o el estado de bienestar,
si insaciable mereces el mérito de adorador de lunas, de los pumas blancos bajo la luna,
si no eres lacayo de bodrios y rebuznos,
después libremente solo te someterás a la mayor sabiduría.
De la confusa selva del pensamiento contemporáneo
apártate, al igual que se apartaría un visionario de paisaje urbanizado
o un pintor delicado ante un lienzo sin valor.
Del mundo mendaz retírate en aldea, ermita o biblioteca.
Y recuerda que lo mediocre genera mediocridad como sombra sigue al sol.
Lo mejor galopa lunas de éxtasis en soledad, enhebra sinestesias,
y descree del amor fabricado en serie o en Hollywood,
de los objetos labrados sin arte ni dignidad,
de los pensamientos rápidos y al tuntún,
de los hombres labrados en deporte y oficina,
lo mejor solo cree en la mente idiosincrásica que calibra y mide y pondera
a la busca del jardín del Bien sin cizañas feas y falsos hierbajos,
a la busca de la aristocracia de la mente,
cuyo temple es indiscernible del destino,
y cuyo destino es una mezcla de pasiones,
la del conocimiento
y la de una vida, si no feliz, al menos sin miseria, pobreza, o innoble ruindad. Vale,
y paz a los hombres. Si todavía es posible.

En el castillo de Axel

Están condenados a estar locos
pero sin el glamour de la vida de los Fitzgerald o el lujo de Symonds,
sin la prosa de Ruskin o Hölderlin, no, la mayoría no son Panero,
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.
No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo. Esos ojos
pastosos, y miradlos que como ardillas enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo. Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa besa sus labios. Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-, qué son sus lunas tapizando
o iluminando un mundo que sólo para ellos existe; es la melancolía,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las galaxias
y deja una estela o trenza muy menuda y quieta de luz.
Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable tedio a medicinas.
Una acuosa percepción del silentium como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo. La muchacha anoréxica
solloza y se avergüenza porque en el instituto todos saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos a las explicaciones
de un tipo singular hablando sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen por toda la sala los gritos
mezclados con rezos de un chaval árabe que lleva siete horas atado.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera despertará mañana a los pacientes
pero, ay, nunca con sexo erótico ni con alta música de flauta mozartiana.
Es curiosa observar como prácticamente nadie mira el televisor.
Detén, oh dios de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita. Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias y doradas. Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías. Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la peor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre sobre la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros trenes de madrugada
se diría que a la nada, o a un infierno, les conducen.

Muerte del aldeano

Mi aldea tiene un silencio de hospicio
que atempera la emoción y da forma métrica a los cielos.
Aquí las frondas tienen esencia de tumulto
y lo inferior asciende
y la nación se llama Júpiter
y el fresco de la luna cae sobre la yerba
y una diafonía oriental es la costumbre de las abejas y los menhires.
No queremos cafés-cantantes que niegan la selva de nuestras lunas,
ni coches marciales con su coro de mierda.
Queremos el lento otoño nuboso
la voz del milano con sus dientes en las moras
la espesura de verduras silvestres que dibujan muros de amor
los toboganes de abisales perdices
la lírica prolífica de la patata
el relámpago vaciando los pulmones celestes
la risa a borbotones de los lagartos
el cercado de abedules como lustrosas jofainas.
Aquí he de morir.
Ni hablar de morir en hospital, en Ciudad,
entre híspidos médicos estúpidos
y aleladas enfermeras que te tutean y te llaman «abuelo».
Que me embalsamen entre estas viejas piedras de mi casa
con la misma agua que bebe el lobo
con escarcha que rompen las cabras
con ímpetu de luna que también mueve al jabalí.
No quiero blancos despachos sin fe, catéters, jeringas,
sino la hermosura de entoldar mi boca en la aldea
acurrucado con la higiene de la yedra.
Con sudor y el sacho abrí canales en el campo.
La Ley, el Poder y la Luna son mi jaculatoria.
Porque aldeano soy
y únicamente aquí y ahora
quiero entregar al Altísimo mis pecados.