Cornaro 93

La gente más peligrosa no suele ser la que odia abiertamente, sino la que sonríe mientras calcula, la que contamina con la maledicencia, la que destruye la dignidad ajena, la que humilla al menos capaz y sin posibilidad de defenderse. Gentuza que siente la necesidad irresistible de rebajar, ridiculizar o contaminar la belleza, cuya única actividad consiste en fiscalizar las vidas ajenas para descubrir en ellas algún defecto que las tranquilice respecto de sí mismas.

Gentuza abyecta y deplorable. Resentidos incapaces de crear nada. Toleran el talento mientras permanezca oculto; cuando se manifiesta, organizan inmediatamente su hostilidad. Existen individuos cuya principal ocupación consiste en comentar las vidas de los demás. No desean ser felices, sino constatar que los demás son menos felices que ellos.

La maledicencia es la forma de conversación favorita de quienes no tienen nada interesante que decir. J.J.V. es un completo hideputa.

Cornaro 92

Las hamburguesas americanas son extraordinariamente blandas; parecen disolverse antes de exigir el menor esfuerzo de masticación. Todo está pensado para evitar cualquier resistencia física. El ketchup, el queso fundido, el tomate insípido, la lechuga brillante y la grasa caliente componen un sabor infantil y brutalmente eficaz, una especie de felicidad fabril instantánea. Una buena hamburguesa debe gotear grasa, oler a plancha caliente y saber ligeramente a humo y sal. Debe ser obscena y simple. La hamburguesa perfecta no es refinada. Es un objeto primitivo: carne, fuego, grasa, muchísima grasa, y pan de plástico. Sabe a plancha sucia, a grumos de grasa – siempre, siempre picadillos de grasa- y a infancia industrializada: un sabor construido para eliminar toda incertidumbre. Como dice Don DeLillo en «White Noise»: «En América uno podía comer una hamburguesa sin saber exactamente de qué estaba hecha; quizá ésa era precisamente la definición moderna de civilización».

En contraste con el sabor a cartón y química dulzona, el olor de la carne asada en una clásica casa europea, sube lentamente por la sala, mezclándose con el aroma del vino oscuro y de la leña de encina. La grasa chisporrotea sobre las brasas; y en aquella mezcla de sal gorda y jugos calientes hay algo profundamente antiguo, casi religioso. Desprende un perfume espeso de especias, horno y vino reducido. Bajo la corteza dorada aparece una suavidad casi voluptuosa; y el sabor permanece lentamente en la boca, grave, cálido, alto como una música de cámara.

Cornaro 91

Sí, el periódico como instrumento de civilización, no simplemente de información. Ahí conecta directamente con la tradición inglesa de Joseph Addison, Richard Steele, Samuel Johnson, William Hazlitt o Thomas Babington Macaulay. El periódico entendido como vehículo de formación moral, estética y cívica de una burguesía culta, no un mero transmisor de noticias.

Percibo, y acaso yerre, analogías entre La Veu de Catalunya y -digamos-The Spectator de Addison y Steele. Cuando Joseph Addison escribe los ensayos de The Spectator (1711-1712), su objetivo explícito es formar una sociabilidad refinada. Addison llega a decir que desea: “bring philosophy out of closets and libraries, schools and colleges, to dwell in clubs and assemblies, at tea tables and in coffee houses”. Es exactamente el mismo espíritu que el texto atribuye a Ors.

Creo que ahora ya no se puede transformar una comunidad mediante hábitos culturales refinados, tan bastardizados como estamos, medios incluidos.

P.S. Soberbio artículo. Gracias.

Cornaro 90

Ya Tácito describe cómo los emperadores decadentes atribuían a “enemigos del Estado” las consecuencias de su propia corrupción.

En la Francia previa a la Revolución, buena parte de la corte de Luis XVI interpretó durante años el colapso financiero y el desprestigio de Versalles como resultado de campañas de libelistas, masones, agitadores o enemigos extranjeros. La corrupción fiscal y la alienación aristocrática eran enormes, pero muchos cortesanos preferían imaginar una “campaña de descrédito” antes que admitir la putrefacción del Antiguo Régimen.

Tras la Primera Guerra Mundial, sectores nacionalistas alemanes difundieron la idea de que Alemania no había sido derrotada militarmente, sino traicionada por políticos, periodistas, judíos y socialistas. La famosa Dolchstoßlegende (“leyenda de la puñalada por la espalda”) permitió eludir responsabilidades.

En la Unión Soviética de Iósif Stalin, cualquier fracaso económico, hambruna o desastre administrativo era atribuido a “saboteadores”, “trotskistas”, “agentes extranjeros” o “enemigos del pueblo”.

En muchos casos, cuanto más deteriorado está un régimen, más necesita sentirse víctima de una inmensa conspiración: periodistas, jueces, financieros, universidades, potencias extranjeras, empresarios, magistrados, intelectuales, humoristas, y tutti quanti.

Los regímenes agotados hablan de enemigos cuando no pueden hablar sinceramente de sí mismos.

Cornaro 89

Las parras hacían un cielo verde sobre el patio; olía a cidro, a jazmín y a pan reciente. En el silencio de la tarde se escuchaba el chorro de la fuente como si el agua fuese el alma misma del verano. Después de comer, el pueblo se quedaba vacío. Cerrábanse las maderas; dormían los perros bajo las sombras estrechas; el sol parecía entrar hasta el fondo de las habitaciones. Sólo se oía alguna campana lejana, una persiana golpeando muy despacio y el agua de la acequia resbalando entre adelfas y granados. Había un olor de melocotones abiertos, de cántaros frescos y de polvo soleado. Las campanas del Ángelus llegaban desde las torres con una lentitud de agua dormida. El pueblo entero parecía suspendido en una siesta inmóvil, bajo el cielo de cobre pálido.

***

En la plaza no hay nadie. El sol cae perpendicularmente sobre las piedras blancas. Una campana toca despacio, muy lejos. Las puertas están entornadas; detrás de las persianas verdes duerme el pueblo la siesta interminable de este finales de mayo inusualmente cálido. Solo pasa, lentamente, un perro flaco buscando la sombra estrecha de las paredes. Las calles aparecen desiertas bajo la claridad abrasadora. El aire vibra sobre los tejados; las tapias reverberan; las cigarras llenan el silencio con un estridor monótono y antiguo. En los huertos cercanos resplandece el agua de las acequias entre los álamos inmóviles. Todo está quieto en la tarde de primavera sofocante. La plaza, la torre, las ventanas cerradas, el casino silencioso. Se oye el golpe seco de una persiana; luego nada. El pueblo parece suspendido fuera del tiempo, como si la eternidad fuese precisamente esto: una tarde calurosa, lenta y blanca.

Las muchachas cosen junto a los balcones medio cerrados; los viejos dormitan en sillas de anea.

Cornaro 88

La República romana nació como un sistema de virtudes austeras: gravitas, mos maiorum, servicio público y disciplina. Pero en el siglo I a. C., tras siglos de expansión, el sistema empezó a pudrirse desde dentro: las elecciones se compraban, los jueces eran sobornados, los gobernadores saqueaban provincias.

Las alianzas políticas eran redes clientelares disfrazadas de patriotismo. El pueblo seguía oyendo discursos sobre “la República”, mientras las élites utilizaban el Estado como su instrumento privado.

El mejor símbolo es quizá el Primer Triunvirato; la alianza informal entre Julio César, Pompeyo y Marco Licinio Craso. Oficialmente seguían existiendo el Senado, las magistraturas y la legalidad republicana; en la práctica, el sistema había sido capturado por intereses oligárquicos, corruptos y ambiciones personales.

Cornaro 87

ALS AFORES DE LA CIUTAT, SOTA ELS PLÀTANS SENYORIALS DEL PASSEIG DELS TRISTOS, TACITURN, UNA TARDA DE SOL, PASSA EL TEMPS

S’acaba la meva vida, veloçment.
S’enfosqueix, desitjo viure, però com.
La lluna i jo ja som estrangers.

Cornaro 86

LA CLARA FA SET ANYS!

Per molts anys, Clara
menja bé i dorm calent,
que el món ja és prou pudent.
Agafa la guitarra, fes una voltereta
a la colxoneta, o fes d’ anxaneta.
Qui fa anys i estima
té la sang maca i amiga.
No comptis el calendari,
només les joguines al rebostari.
Que Taison no es faci pipí
ni falti la mare ni amic pel camí.
Set anys vénen fent soroll,
riu-te’n fort i dóna’ m un petó.
Molts aniversaris més,
i un novio i güisqui al cafè:
valgue’ m Déu!
Qui compleix amb bon humor
fa curt qualsevol dolor.
Avui canten les campanes,
i ballen fins les persianes.
Amb pastís i cançó,
passa millor qualsevol tristor.
Anys petits, tú rius:
això val més que mil estius.
Si la vida et donés guerra,
un cop de puny i a la merda!

Cornaro 85

(Para Carlos)

El «homo festivus» es el producto terminal de la civilización occidental: un ser permanentemente entretenido, higienizado, moralizado y puerilizado. Cree rebelarse cuando obedece, cree emanciparse cuando consume, cree pensar cuando repite consignas. Jamás hubo una humanidad tan supervisada y tan convencida de ser libre.

Condicionados mediante la hipnopedia del consumo y el gregarismo, todos se aprestan a comprar el relojito fosforescente kitsch y juvenil de marras. Si alguien llega a sentir un destello de duda o individualidad (un «pinchazo» del puercoespín de Schopenhauer), consume simbólicamente «soma», una droga que disuelve la angustia y devuelve al individuo al estado de felicidad sumisa del grupo y la cola.

No se olvide: «Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás», José Ortega y Gasset, «La rebelión de las masas», Capítulo I: El hecho de la aglomeración, Austral, pág. 45.

Y también: «El común hijo de la tierra se siente completamente lleno y satisfecho con el presente común, se pierde en él y, hallando por todas partes a sus semejantes, disfruta en la vida diaria de esa placidez y comodidad especiales que le son negadas al genio», Arthur Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación», libro tercero, § 36

Como idea penúltima: «Cuando el pueblo reunido se sienta apiñado en las asambleas, tribunales, teatros o campamentos militares, y con gran estrépito unas cosas las censura y otras las alaba, exagerando en ambos sentidos, entonces el joven se deja arrastrar por la corriente. […] Llama hermoso a lo que ellos elogian y vergonzoso a lo que condenan. Y termina por hacerse semejante a ellos», Platón, «República», VI, 492 b-c

Y cita última, Jean de La Bruyère -una miniatura despiadada: «Todos los hombres, o casi todos, tienen necesidad de apoyarse en otro para pensar, decidir y obrar. La independencia les cansa. Quieren opiniones preparadas, admiraciones prefabricadas, indignaciones comunes. La multitud les ahorra el esfuerzo de ser personas».

Cornaro 84

(Del reloj «Swatch Royal Pop»)

Observar estas acampadas hasta llegar a las manos, con antidisturbios incluidos, por un trozo de plástico coloreado y pequeños engranajes dentro, puede resultarme fascinante a nivel sociológico (no deja de pasmarme la envidiable tranquilidad con que los necios se asientan en su propia torpeza), pero ajeno, patibulariamente lejano a mi naturaleza.

Todos estos que imitan a las colas soviéticas (actualizando los berridos de los becerros) me parecen seres de una vulgaridad colosal, símbolos de la majadera barbarie.

José López de la Huerta publicó su «Examen de la posibilidad de fixar la significación de los sinónimos de la lengua castellana» (Viena, 1789; también en Google Books) Allí leemos: «El ignorante yerra por falta de principios adquiridos; el tonto por falta de luces naturales; el necio por falta de luces o principios y sobra de amor propio […] Querer persuadir a un necio es cansarse en vano». En el mundo no sobran gedeones, primos, tardos, porros y botarates. En fin.

Mis lujos son los silencios tutti fruti hilados a la noche, y una príncipe de «Alicia en el país de las maravillas». La historia es curiosa. Carroll comprendió que necesitaba un ilustrador extraordinario. Eligió a John Tenniel, dibujante estrella de la revista satírica «Punch». La colaboración fue difícil: Tenniel consideraba a Carroll minucioso hasta la exasperación, mientras Carroll corregía detalles con escrúpulo neurótico. El libro fue impreso por la prestigiosa casa londinense Macmillan en 1865. La llamada first edition llevaba en portada:

Alice’s Adventures in Wonderland

by Lewis Carroll

with forty-two illustrations by John Tenniel

London: Macmillan and Co.

1865

Hoy esos ejemplares auténticos figuran entre las grandes joyas de la bibliografía victoriana. Pues aquí empieza la leyenda. Cuando los ejemplares ya estaban impresos, Tenniel quedó profundamente insatisfecho con la calidad de reproducción de las ilustraciones. Consideraba que el entintado y la impresión no hacían justicia a sus dibujos originales. Carroll, perfeccionista feroz, aceptó el juicio. La consecuencia fue que prácticamente toda la tirada fue retirada y destruida. Ésta es la razón por la que la auténtica princeps de 1865 es hoy rarísima, un verdero lujo.

Otro lujo, y no las colas por relojitos, sería estudiar y poseer «Formal Logic» (Oxford, 1955), de Arthur Prior. Fiel al diseño sobrio e institucional de la Oxford universitaria de mediados de siglo, el libro está encuadernado en tela de grano fino de color azul oscuro. El lomo presenta una estampación en oro (gilt lettering) con el apellido del autor, el título abreviado y el sello tipográfico de Oxford en la base. Las letras doradas lucen nítidas, sin desvanecimiento por oxidación. Impreso con tipos móviles tradicionales de plomo en los talleres de la universidad. El papel utilizado es de pasta de madera de alta calidad, libre de ácido, lo que significa que un ejemplar bien conservado no debe presentar manchas de boro o herrumbre por humedad ni un tono amarillento excesivo. Uno con una dedicatoria autógrafa de Prior se convierte en un verdadero incunable de la filosofía analítica del siglo xx. Un lujo.