Cornaro 83

Así me siento ( y lo padezco hace como un año y pico): «He perdido mis alegrías y abandonado toda costumbre de ejercicio; y, en verdad, me pesa tanto el ánimo que esta hermosa estructura, la tierra, me parece un promontorio estéril; este dosel magnífico, este techo majestuoso, esta braveza del aire tachonada de fuego de oro… no me parece sino una reunión fétida y pestilente de vapores». De «Hamlet», una de las mejores representaciones del dolor oculto tras la ironía y el aislamiento social.

Mi gran producción literaria esconde un demonio dentro de mí, un demonio todos los días y a todas horas. Incapaz de sentir y desear, mi cuerpo sigue vivo, pero el alma languidece hasta la anulación.

«La melancolía es como un laberinto en el que el viajero se pierde irremediablemente (…) Sus síntomas son tan numerosos que apenas pueden enumerarse, tomando la forma de miedos vanos, pasiones inexplicables, dolores físicos errantes y una tristeza que no conoce causa». Burton.

«Hoy en día la depresión enmascarada se viste de traje. Nos levantamos, rendimos en el trabajo, asistimos a reuniones sociales y sonreímos en las fotos. El dolor no se manifiesta con lágrimas, sino con un cansancio crónico, insomnio, contracturas y una sensación constante de vacío que intentamos llenar con actividad frenética. La máscara es nuestra coraza para no defraudar a los demás, pero el precio es la desconexión total con uno mismo», usuaria anónima en un blog de salud mental.

Atrapado en un edificio en llamas. El horror no es que te vayas a quemar, sino que te ves obligado a saltar. Algunos de ustedes me comprenderán.

No tengo ganas de ir mañana a Cataluña a pasar unos días con mi hermana y mi sobrina. Mi patria es el suplicio y una inexplicable infelicidad. Un peso secreto me inclina hacia abajo. «La noia è in qualche modo il più sublime dei sentimenti umani. […] Il non poter essere soddisfatto da alcuna cosa terrena, […] pare a me il maggior segno di grandezza e nobiltà, che si veggia nella natura umana», Giacomo Leopardi, Zibaldone di pensieri, pensamiento LXVIII (escrito hacia 1820-1821). Edición recomendada: Zibaldone, a cura di Giuseppe Pacella, Garzanti, Milano, 1991. La traducción sería: «El tedio es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. […] El no poder ser satisfecho por ninguna cosa terrenal […] me parece el mayor signo de grandeza y nobleza que puede verse en la naturaleza humana». No sé.

La tristeza es una condena convincente.

Cornaro 82

Filósofos políticos que nos alertan contra el capcioso mesianismo político. El socialismo -esa peste abominable- es una herejía «gnóstica» (Voegelin) que intenta traer el cielo a la tierra por la fuerza, con mazas, metralletas y a machetazos. El capitalismo, al ser pragmático y limitado, respeta la trascendencia y la imperfección humana; es el mecanismo -volátil, posiblemente efímero- más humanista que inventó el hombre.

De «An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations», una cita repetidísima y certera: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de la consideración de su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y jamás les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”. La frase suele malinterpretarse como apología de la codicia. Smith quería mostrar algo más complejo y verificable: que el intercambio libre transforma el interés privado en cooperación social objetiva.

Otro pasaje fundamental: “El hombre tiene una inclinación natural a trocar, cambiar e intercambiar una cosa por otra. […] Esta disposición es común a todos los hombres y no se encuentra en ninguna otra raza de animales”. El comercio pacifica y ablanda la historia, la endulza como rumor de vino en los lagares. “El comercio y las manufacturas introdujeron gradualmente orden y buen gobierno, y con ellos la libertad y seguridad de los individuos”.

El capitalismo se puede defender con argumentos económicos, o moralmente, por su apología de la libertad individual, o por su resistencia histórica y épica a los totalitarismos, o por su apasionada crítica a la ingeniería social, por el desdén a las sangrientas, apocalípticas utopías revolucionarias, y por su estupendo ideario en pro de una sociedad abierta y plural.

El capitalismo de libre mercado no es solo el sistema más eficiente para la generación de riqueza y la reducción de la pobreza, sino que es el único orden económico compatible con la libertad individual, el pluralismo político y la limitación del poder coercitivo del Estado. La propiedad privada y el mercado libre funcionan como contrapesos necesarios frente a la tendencia natural del Estado hacia el autoritarismo. Ludwig Lachmann y Emil Kauder, honrémoslos. Lachmann aporta el subjetivismo radical (las expectativas humanas son cambiantes y el mercado se adapta a ellas constantemente); Kauder narra cómo el pensamiento escolástico influyó en la teoría del valor, demostrando las raíces profundas del capitalismo en la libertad de elección. Léanlos, no tienen desperdicio.

Milton Friedman, desde la Escuela de Chicago, une empíricamente la libertad económica y la libertad política (una idea alucinadamente más que plausible y feliz) Defiende el libre mercado, la desregulación y demuestra que la inflación es siempre un fenómeno monetario causado por los gobiernos. El mercado es un procesador de información descentralizado.

Los precios transmiten de forma instantánea escasez y preferencia, algo imposible de replicar por una oficina de planificación central. Por otro lado, si el Estado es el único empleador y propietario de los medios de producción, la disidencia política se vuelve imposible. La propiedad privada distribuye el poder en la sociedad. Por último, permite la constante evolución tecnológica y social mediante la competencia, premiando la innovación y descartando lo obsoleto.

Las utopías perfectas suelen desembocar en terror político porque requieren imponer coercitivamente un modelo ideal. Un modelo de hombre lobo para el hombre, pese a las apariencias. La propiedad privada y la justicia son interdependientes. Sin estabilidad en la posesión de bienes y sin comercio por consentimiento, no hay paz social ni civilización posible. El comercio, además, suaviza las costumbres y fomenta la tolerancia («gentle commerce»), la libertad económica y de expresión desatan la individualidad y el genio humano. El mercado de ideas copia la estructura del mercado de bienes.

Isaiah Berlin introduce la distinción entre libertad negativa (ausencia de interferencia) y libertad positiva. El capitalismo maximiza la libertad negativa, asegurando un espacio donde el individuo puede elegir sus propios fines sin que el Estado le imponga una noción única de «bienestar» o «felicidad».

Raymond Aron en el excepcional «El opio de los intelectuales», desenmascara los mitos de la izquierda radical de su tiempo. Defiende el capitalismo democrático occidental como un sistema imperfecto pero perfectible, frente a la tiranía real del bloque soviético. La libertad económica y las libertades políticas son indisolubles. A la siniestra le cuesra bastante entender esto.

La libertad de prensa, el pluralismo cultural, la democracia representativa, la tolerancia, son inseparables del capitalismo. Y el mercado libre disuelve los nacionalismos colectivistas, el tribalismo y el caudillismo, permitiendo que el individuo sea dueño de su propio destino. En una sociedad de tintes capitalistas se defiende el laicismo, la racionalidad e instituciones fuertes. Sostengo que el capitalismo moderno y el Estado de derecho requieren de ciudadanos autónomos, y deploro cómo el estatismo clientelar debilita la responsabilidad individual y debilita la democracia (se ve en la España de Sánchez de modo acusado)

Frank Chodorov, un intelectual del paleolibertarismo, arguyó que los impuestos son un robo y que la libre empresa es la única base moral para una sociedad digna, ya que el comercio une a las personas y la política las divide.

La propiedad privada limita la concentración absoluta de poder político. Cuando el Estado controla el empleo, la prensa, y la producción, y la vivienda, y el crédito, entonces el disidente queda indefenso.

Carl Menger: aporta la teoría del valor subjetivo. El valor de los bienes no viene del coste de producción (refutación a Marx), sino de la utilidad que cada individuo le asigna. El capitalismo respeta la soberanía del consumidor. Eugen von Böhm-Bawerk: destruye la teoría marxista de la plusvalía demostrando que el interés es el pago por la preferencia temporal (los trabajadores prefieren un salario seguro hoy que esperar a un beneficio incierto mañana). El capitalista asume el riesgo y el tiempo. Ludwig von Mises: demuestra científicamente la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo. Sin propiedad privada no hay mercados; sin mercados no hay precios; y sin precios es imposible saber qué producir, generando caos y miseria. Friedrich Hayek: desarrolla el concepto de orden espontáneo (el mercado se regula solo, como el lenguaje)

El conocimiento está disperso en la sociedad y el socialismo comete la «arrogancia fatal» de creer que una mente central puede planificado.

El capitalismo —mejor: la economía de mercado inserta en un orden jurídico, moral y cultural— no es perfecto, pero es el único sistema conocido que combina prosperidad, libertad civil, pluralismo, descentralización del poder, innovación y corrección pacífica de los errores.

El capitalismo no debe defenderse como idolatría del dinero, sino como orden de libertad limitada por la ley. Su grandeza no está en producir millonarios, sino en permitir que millones de personas anónimas cooperen sin conocerse, comercien sin amarse, prosperen sin pedir permiso al Estado, creen empresas, acumulen ahorro, transmitan propiedad, funden instituciones, sostengan familias, publiquen libros, financien universidades, encarguen iglesias, abran cafés, sostengan periódicos y vivan sin estar enteramente sometidas al capricho del poder político.

El mercado es, en este sentido, una institución de modestia humana. Parte de una premisa humilde: nadie sabe bastante para dirigirlo todo. La sociedad no es una máquina. El mercado pertenece a esa esfera de prácticas no diseñadas del todo, surgidas históricamente, donde la libertad opera mediante reglas generales, no mediante fines impuestos.

El poder tiende siempre a crecer. Toda concentración política necesita justificaciones morales: igualdad, pueblo, nación, justicia, seguridad. Pero el resultado suele ser el mismo: más Estado, menos sociedad. El capitalismo dispersa al poder. La propiedad privada, la empresa, la familia, el municipio, la prensa libre, la universidad independiente, la asociación voluntaria: todo eso limita al necrosado Leviatán.

El capitalismo exige minorías excelentes: a los inventores, empresarios, los técnicos, científicos, editores, profesores, los artistas, los aventureros del riesgo. La sociedad de masas quiere beneficios sin disciplina, derechos sin deberes, abundancia sin esfuerzo. Julián Marías defendería la libertad concreta: biografía, proyecto vital, instalación, vocación. El capitalismo liberal permite trayectorias personales más abiertas que la sociedad estamental o la planificación burocrática. La propiedad privada permite distancia, ocio fecundo, biblioteca, independencia espiritual. El burgués puede ser vulgar; el burócrata redentor suele ser siniestro.

Brague recordaría que Europa no se funda en la autosuficiencia, sino en la recepción: Roma recibe de Grecia, el cristianismo recibe de Israel, la Edad Media recibe de los antiguos. El capitalismo europeo, cuando es civilizado, prolonga esa circulación: bienes, libros, técnicas, saberes, traducciones. Spaemann objetaría cualquier capitalismo que reduzca la persona a consumidor. Pero precisamente por eso defendería una economía de mercado subordinada a la dignidad humana, frente a sistemas que convierten al hombre en pieza de una totalidad histórica. Hadjadj diría que el mercado sólo es legítimo si sirve a la vida concreta: familia, fecundidad, casa, mesa, oficio, encarnación. Contra el tecnocapitalismo abstracto y contra el socialismo administrativo, propondría una economía al servicio de cuerpos reales. Reflexiónese sobre esas ideas.

El capitalismo es preferible porque reconoce la imperfección humana, dispersa el poder, permite el ensayo y error, premia la cooperación, hace posible el pluralismo, limita la omnipotencia política, crea riqueza sin exigir unanimidad moral y deja espacio para que la sociedad exista fuera del Estado. Si añadimos la cláusula conservadora; sin familia, religión, virtud, educación, ley, honor profesional, moneda sana, sentido del límite y cultura humanística, el capitalismo se convierte en una maquinaria vulgar de apetitos.

Siempre a favor del: MERCADO LIBRE, ESTADO LIMITADO, PROPIEDAD GARANTIZADA, MONEDA SERIA, CUERPOS INTERMEDIOS FUERTES, CULTURA ALTA, MORAL HEREDADA, CARIDAD PRIVADA, LEY IGUAL, CRÍTICA PÚBLICA Y RECHAZO FRONTAL DE TODA UTOPÍA REDENTORA.

VIVE LE CAPITALISME !

Cornaro 81

Sobre las bajas laborales hay mucha pillería, escaqueo, irresponsabilidad y no poca vagancia. No existen datos científicos ni registros oficiales que midan con exactitud cuántas bajas laborales son «falsas» o fraudulentas (adviértase que el acto de simular una enfermedad es, por definición, oculto) Las cifras disponibles provienen de estimaciones patronales, informes de mutuas colaboradoras y análisis de agencias de recursos humanos. Cifras que oscilan en una horquilla entre el 7% y el 13% de las bajas totales.

***

Al respecto vale la pena rememorar al Dr. Johnson:

«La indolencia es, por tanto, uno de los vicios de los cuales quienes una vez se infectan rara vez se reforman. Cualquier otra especie de lujo opera sobre algún apetito que rápidamente se sacia […] pero el deseo de facilidad actúa por igual a todas las horas, y cuanto más se complace, más se incrementa. No hacer nada está en el poder de todo hombre; nunca nos faltará una oportunidad de omitir nuestros deberes. El descenso a la indolencia es suave e imperceptible, porque es sólo una mera cesación de actividad; pero el regreso a la diligencia es difícil, porque implica un cambio del reposo al movimiento, de la privación a la realidad», The Rambler, No. 155

No está tampoco de más transcribir el célebre pasaje de «Oblómov» de Goncharov, donde se define el estado de letargo del protagonista:

«Estar acostado no era para Oblómov una necesidad, como para un enfermo o alguien que está muy cansado, ni tampoco un placer; era su estado normal. Cuando estaba en casa —y lo estaba casi siempre— permanecía acostado y siempre en la misma habitación, donde lo encontramos, que le servía de alcoba, despacho y sala. Tenía tres habitaciones más, pero raras veces entraba en ellas, quizá alguna mañana…».

Por último una cita académica sobre la «picaresca» hispánica, concretamente de: Rico, Francisco. La novela picaresca y el punto de vista. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1970 (con varias reediciones posteriores ampliadas, como la de Editorial Planeta en 2000):

«El pícaro va aquí desde la necesidad a la libertad de la voluntad. Obra así en esta etapa porque quiere. Queda, sin embargo, el problema de si, al obrar picarescamente por gusto, no está eludiendo la verdadera decisión libre, y sí, en el fondo, no se trata de que obra determinado por sus propias inclinaciones, sujeto a su natural perverso».

Cornaro 80

(Mariano Fortuny y Marsal)

Toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Visto de cerca, el cuadro parece un mosaico de manchas abstractas; de lejos, las formas cobran una nitidez y un brillo asombrosos. El brillo de la seda, el peso del terciopelo, el destello del metal, el polvo del desierto o la rugosidad de las paredes de adobe como gasas de filigrana doradas, como sombras muy levemente azulosas en el cuello. La luz es una blusa de mahón, una desembocadura del Alfeo.

Théophile Gautier llegó a decir que, gracias a Fortuny, la acuarela podía igualarse técnicamente a la pintura al óleo. Posibles fuentes e influencias: los maestros antiguos, Goya, Meissonier, la luz norteafricana, el orientalismo, la pintura de género del Segundo Imperio y una sensibilidad española para el claroscuro. Fortuny es a la pintura lo que Gautier o Flaubert son a la prosa ornamental: una pasión por la exactitud, por el esmalte, por la palabra que no solo nombra, sino que relumbra espejeante. Pero no tiene la severidad marmórea Flaubert, sino más bien la gracia nerviosa de un prosista que alternara Góngora, Merimée y un cronista del Segundo Imperio. En literatura española, Fortuny se acerca acaso a zonas de nuestro Valle-Inclán preciosista.

Mozart de cámara, Scarlatti con brocados, Ravel en miniatura, Chabrier con luz española. Gamuza y cabellos teñidos de negro como el cuervo. Verja y enrejado y salpicadura de luz. Tafetán y dragoneras tapizadas de damasco. Espejismo vaporoso y brillante verde cantárida.

Cornaro 79

(Hammershøi)

Paleta extremadamente restringida: grises perlados, blancos cenicientos, ocres agotados, negros mates, marrones desaturados. El color parece filtrado a través de una capa de ceniza o niebla nórdica. Luz indirecta y lateral: rara vez utiliza una iluminación frontal. La luz entra oblicuamente por ventanas altas y se deposita sobre puertas, molduras, mesas o suelos encerados. La luminosidad no dramatiza, sino que revela lentamente. No usaba un gris comercial directo del tubo. Sus grises son complejos; los creaba mezclando siena, umbra (tierra de sombra), azul cobalto y blanco de plomo. Esto dota a sus superficies de una vibración interna: un gris puede sentirse cálido o extrañamente frío según la luz. El pintor logra una atmósfera casi tangible, como si pudiéramos ver las motas de polvo flotando en el aire. Las transiciones entre la luz y la sombra son extremadamente sutiles.

Hay cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos: una emoción tan contenida que parece casi extinguida, y precisamente por ello más profunda. Las cosas, cuando son verdaderamente vistas, poseen una vida silenciosa infinitamente más honda que la agitación humana. Es la luz de invierno cayendo lentamente sobre la madera encerada. Hace falta, en verdad, una mente de invierno para contemplar la escarcha y las ramas de los pinos cubiertas de nieve; saber que en lo más hondo de las cosas vive la más querida frescura, mientras a medianoche las lágrimas corren hacia tus oídos.

Cornaro 78

«Al releer hoy mis diarios, experimento un cierto asco… Cada frase parece decir: «Mírame, soy aburrido, soy torpe, no sirvo para nada». Esta tarde he leído el principio del relato. Es malo, insoportable, falso… Siento una pereza y una tristeza infinitas al mirar lo que he hecho», Kafka.

(Recogido por el biógrafo Elio Donato): «Virgilio, antes de morir, pedía con insistencia sus cofres para quemar la Eneida. Al negarse sus amigos, la encomendó a Vario y a Tucca, pero con la condición de que no publicaran nada que él mismo no hubiera corregido… No pudo soportar la imperfección de lo que dejaba».

«Al volver la mirada a las palabras que ya había trazado, comprendí que la memoria no puede retener la grandeza de aquella visión sin sufrir… Mi pluma se detiene, avergonzada de su propia pobreza, pues al releer lo escrito veo que la tinta es un velo demasiado grueso para la luz que intentaba narrar», Dante.

«Releo mis poemas y no encuentro paz. Lo que ayer me complacía, hoy me muerde el espíritu; lo que creía pulido, me parece tosco y bárbaro. Siento un dolor agudo al ver que mis versos envejecen peor que yo. Paso la vida borrando y cambiando, y temo que la muerte me sorprenda con la lima en la mano, dejando solo fragmentos heridos», Petrarca.

«Es una tortura infinita releer lo que uno ha publicado bajo la presión del impresor. Cuando abro mis propios libros, las erratas me saltan a los ojos como demonios. Siento vergüenza de que el público lea lo que mi prisa dejó imperfecto; cada página impresa que reviso es un reproche a mi falta de cuidado», Erasmo.

«Muchas veces tomé la pluma para escribirle, y muchas la dejé, por no saber qué escribir; y estando una de ellas suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría… me consumía el miedo de lo que dirían de mi obra aquellos antiguos legisladores de la poesía», Cervantes.

«Al releer las páginas de este invierno, me invade una mezcla de autocompasión y asco ¡Qué criatura tan miserable era yo hace solo tres meses! Releer lo escrito me produce una vergüenza espantosa: veo mis ambiciones literarias impresas en papel y, al mismo tiempo, el temblor de mis manos que ya apenas pueden sostener la pluma. Es la crónica de una demolición», W. N. P. Barbellion.

«Hay días en que, al releer lo que escribí la víspera, me entran ganas de vomitar. Siento que mi estilo es pesado, que mis metáforas son rancias y que estoy condenado a arrastrarme por el fango de la mediocridad cuando lo que quería era volar», Flaubert.

«He cometido el error de abrir mis viejos cuadernos. He sentido una opresión en el pecho, un dolor sordo. Lo que en el momento de escribir parecía una emanación del alma, hoy me parece la cháchara vana de un colegial. Releerse es asistir al entierro de la propia inspiración; ver que donde hubo fuego, hoy solo queda la fría arquitectura de las palabras», Maurice de Guérin.

«Cuando releo mis pensamientos anotados, a menudo siento que he cometido un crimen contra mí mismo. La idea era libre en mi mente; al releerla atrapada en la frase, la veo como un pájaro disecado. Sufro al comprobar que la fijeza de la tinta ha matado la fluidez de la luz que yo había entrevisto», Joubert.

Cornaro 77

«La palabra humana es como un caldero cascado sobre el cual tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando querríamos enternecer a las estrellas», «Madame Bovary» (1857), II, cap. XII. El escritor desea producir un efecto sublime y acaba obteniendo una caricatura insuficiente. En su correspondencia, Flaubert es todavía más duro consigo mismo: «Lo que me parece hermoso, lo que querría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin atadura exterior, que se sostuviera por sí mismo gracias a la fuerza interna de su estilo… Pero las obras más bellas son aquellas en las que hay menos materia», Carta a Louise Colet, 16 de enero de 1852.

Cualquier escritor conoce íntimamente la diferencia entre lo anhelado y lo logrado, entre la impresión y la expresión; siempre se queda uno muy corto respecto de lo que ha entrevisto.

«Lo escrito imperfectamente me llena casi siempre de una insatisfacción imposible de comunicar», Kafka, Diarios. «Mi incapacidad para escribir se manifiesta de manera insoportable. Cuando me siento ante la mesa, no tengo más seguridad que un hombre que cae», Diarios, 6 de agosto de 1914.

Cuantísimas veces noté que mis ideas perdían fuerza sobre mi inteligencia. La obra lograda humilla a la obra soñada. Uno siempre siente que lo que ha escrito es apenas un borrador, insistía espléndidamente Borges. Paul Cézanne formuló el mismo drama desde la pintura: «El arte es una armonía paralela a la naturaleza».

«Pertenezco a una generación que ha heredado la incredulidad en la fe cristiana y que creó en sí una incredulidad en todas las demás fes. (…) Así, no sabiendo creer en Dios ni pudiendo creer en una suma de animales, quedamos, como todos los hombres de las épocas de decadencia, entregados a nosotros mismos, sin esperanza», Livro do Desassossego.

Diez libros publiqué (tengo escritos doce), pero la obra que soñé hacer permanece eternamente en estado de nebulosa. Lo que escribí no fue nunca más que el desperdicio de mi pensamiento. El producto de una resignación; el ideal -bien lo veo- quedó atrás, inaccesible. La concepción fue infinitamente superior a la ejecución. Joseph Joubert —tan admirado por los escritores de sensibilidad exquisita— dejó observaciones devastadoras: «Mis ideas son como peces luminosos que veo pasar en aguas profundas. Apenas intento atraparlos, pierden su luz», «Carnets». Y añadió: «Hay en mí un libro que no podré escribir jamás», «Pensées».

El extraordinario y casi olvidado Charles du Bos escribió en sus diarios: «La obra perfecta existe en alguna región previa al lenguaje; escribir consiste en destruirla lentamente», «Journal», circa 1927. En Marie Bashkirtseff aparece la angustia de la insuficiencia con una intensidad enfermiza: «Tengo la sensación constante de no haber comenzado todavía aquello que debería justificar mi existencia», «Journal de Marie Bashkirtseff». El muy recóndito Friedrich Hebbel anotó: «Entre el sentimiento y la obra hay un abismo que sólo el genio absoluto podría salvar», «Tagebücher». La palabra humana tiene algo de lápida rota, creo recordar que nos dijo León Bloy.

No logré expresar mi fondo, sino solo una sombra pálida. La distancia entre lo que soñé escribir y lo que he escrito es mi verdadera biografía (Miguel Torga) Viví siempre con la nostalgia del libro imposible. Añádase a ello la humillación por no haber recibido ningún reconocimiento. El público no castiga la mediocridad: castiga sobre todo las ambiciones superiores imperfectamente realizadas. Vivo encerrado entre dos imposibilidades: no puedo callar y no logro ser escuchado. Pasé junto a la literatura como un hombre tímido junto a una fiesta iluminada. La vida me dio demasiado pronto el sentimiento de una obra interior imposible de traducir. Algunos escritores nacemos para admirar desde lejos la grandeza que no alcanzaremos.

Tengo talento suficiente para sufrir por no poseer genio.

Cornaro 76

Manresa es una ciudad de carlistas y de inmigrantes, de paseantes y de mendigos, que vive de la rutina y de las rentas. La maledicencia es una institución; se murmura por higiene, por pasar el tiempo, por un deber social. Inculta, ya no es ni comercial ni judaica, cargada de pasiones mezquinas, sucia, desgobernada, y asordada por una lascivia sin disimulo. De una grisalla lúgubre. Ciudad de calles estrechas y miradas vigilantes.

Manresa es grandemente provinciana. El provinciano se distingue por una susceptibilidad extrema y por un deseo constante de parecer superior a lo que es. En provincias, todo el mundo se vigila. No hay más que murmuración, y el que se sale de la regla es víctima de la envidia. Urbe chismosa. En un pueblo o ciudad pequeña, la libertad consiste en ocultar lo que se hace, porque la verdad siempre se convierte en escándalo. Poblachón de una decadencia incontenible.

P.S. Pasado mañana me voy allí para pasar unos días con mi hermana y mi sobrina.

P.S. (2) «Manresa és una de les més nobles i antigues poblacions de Catalunya… és una curiosa barreja d’arquitectura religiosa i d’arquitectura industrial fabril; s’ha pogut dir que, a Manresa, les fàbriques es confonen amb els convents, i els convents amb les fàbriques», digué l’amic Pla, i afegeix, tanmateix: «En el moment actual, Manresa és una mescla, una mica caòtica, d’arcaisme i de vida moderna… Manresa assenyala la transició entre la Catalunya baixa i la pirinenca. Per a l’observador, Manresa és una ciutat realment interessant» (Obra Completa, vol. 30. Barcelona: Edicions Destino, 1976).

Més aviat penso que, en les poblacions petites, la vida és difícil. Tothom es coneix, tothom s’observa, tothom parla de tothom. La província és una forma de susceptibilitat. La xafarderia és la forma inferior de la sociabilitat. Manresa: tafaneria, enveja i avorriment.

Cornaro 75

Me gusta el perfume a néctar frutal y amaderado. Con notas de salida de albaricoque maduro y almíbar de fresas, unas notas de fondo de mantequilla de sándalo, cedro, resina de benjuí, y una reminiscencia a crema de almendras y hojaldre tostado. Me recuerdan a civilización, a la simetría quasi militar de la prosa de Tucídides manejada con una lógica de cobre implacable.

Marta olía a una combinación maravillosamente extraña de planta fresca, gabardina de lana y madera clara, como abrir un armario limpio y encontrar dentro un árbol tropical. El olor de mi madre era como entrar en una habitación oscura revestida de madera lacada y seda.

Un gran perfume, como la prosa de Gracián o de Faulkner o de Flaubert, se despliega en el tiempo exactamente igual que una sinfonía. Posee un movimiento inicial, transiciones, desplazamientos tonales, falsas resoluciones, crescendos y disoluciones. La mayoría de las personas llevan perfume sin darse cuenta de que transportan sobre la piel una pieza invisible de diseño temporal.

Algunos perfumes huelen al interior de imperios olvidados: laca, polvo, terciopelo, incienso, té frío, cuentas de ámbar calentándose lentamente sobre la piel. Así se extienden sobre la página los caracteres de la novela de Proust.

Un gran perfume huele a jabón caro y a personas que saben hablar en voz baja.

Cornaro 74

Los éclairs de chocolate, largos y brillantes bajo el cristal empañado por el calor interior, parecían objetos barnizados por un artesano oriental. Había en ellos una elegancia de alejandrino, una voluptuosidad perfectamente romanizada. Las muchachas se detenían frente a las vitrinas con una mezcla de hambre y coquetería, observando aquellas cremas encerradas entre dos capas de pasta ligera, como si el verdadero refinamiento de París consistiese precisamente en esa alianza entre precisión y placer.

Las tartaletas de frutas resplandecían en los escaparates como joyas húmedas. Las fresas barnizadas de almíbar parecían rubíes tímidos y encendidas; los albaricoques tenían reflejos de ámbar presocrático; la crema amarilla, espesa y brillante, se desbordaba lentamente bajo el peso de las frutas. Todo aquel azúcar, toda aquella mantequilla, toda aquella abundancia reposaba bajo la luz de las lámparas con una insolencia liberal, como si la pastelería moderna hubiese querido reunir en un solo lugar los colores y los perfumes del mundo entero.

Una charlotte bien ejecutada, una masa de hojaldre correctamente elevada, una crema perfectamente lisa y aromatizada, producen una satisfacción moral además de física. Hay postres cuya armonía resulta tan perfecta como la de ciertas piezas musicales. El azúcar, manejado con inteligencia, no embrutece el gusto: lo afina y lo civiliza.

Una auténtica tarta Tatin no es simplemente una tarta de manzana. Es una lenta alquimia doméstica. Primero aparece el perfume de la mantequilla derritiéndose; después el azúcar comienza a oscurecerse hasta adquirir ese tono entre cobre y caoba que anuncia una felicidad más compleja que la mera dulzura. Finalmente las manzanas, hundidas lentamente en el caramelo, absorben una profundidad otoñal. Servida tibia, con su perfume ascendiendo hacia el rostro, la Tatin parece contener no sólo un sabor, sino una idea completa de hogar, invierno y memoria.

Los profiteroles, barnizados de chocolate negro y alineados con precisión militar sobre bandejas de plata, parecían pequeños instrumentos destinados a una delicia científica. Nada quedaba allí del alimento primitivo o brutal. Todo había sido corregido, refinado, estilizado por la inteligencia. La crema escapaba apenas bajo la presión del glaseado, y aquella mezcla de azúcar, mantequilla y cacao producía una sensación simultáneamente infantil y corrupta.

El cruasán recién hecho poseía una fragilidad matérica. Bastaba tocarlo para que dejase sobre el mantel pequeñas escamas crujientes. Su aroma mezclado con el del café con leche y el periódico recién impreso componía una de esas felicidades discretas que sostuvieron durante décadas la civilización europea. Había en aquel desayuno una confianza silenciosa en la continuidad del mundo.