Autobiografía

Oigo cómo me acompaña el bosque,

acepto mi genialoide y única soledad.

Aquí acostado, según el ritmo

de las páginas de energía silenciosa,

dulcemente espero la muerte.

Soy y fui grande.

El Arte es el que se ha hecho pequeño”.

Mi mente arde. A falta de sol, o de luz,

mis palabras madurarán en el hielo.

…Polainas de Grub Street, novelitas

como gazettes ulceradas sobre

el pavimento de las banlieues...

Uno se cansa de escribir bien.

Espero el olvido.

Diario de una soledad 1

Mi madre enferma, mucho. Mi padre muerto.

Tengo ante mis ojos la fotografía de mis padres cenando de noche en un restaurante de lujo. Él, satisfecho de sí mismo, mira a la cámara como un actor de moda seguro de gustar. Mi madre, con una mano en la mejilla, lo mira arrobada, enamoradísima, llena de suntuosa y alegre gloria. Detrás, burgueses muy bien vestidos, supongo que hablando de las viñas, casas en la playa, importaciones y otros “costumas rica”.

Se podría coger la luz del restaurante y ponerla dentro de un ánfora griega, de un río poblado de peces de oro. Papá y mamá tienen las copas de champaña a rebosar, como si de ahí procedieran todos los pensamientos mejores y de ahí salieran las Lunas del resto de noches por venir.

Retumba en torno el verso de Dante (Inferno, Canto XXVI): “Fatti non foste a viver como bruti / ma per seguir virtute e conoscenza” (No naciste para vivir como las bestias, sino para seguir virtud y conocimiento)

En la foto mi madre está embarazada de mí de pocos meses. Lo que entraña impulsos instintivos y deseos primitivos (alucinadamente benevolentes) respecto al hijo.

Hacia mí debieron tener altas expectativas, ambiciones, sueños, altas y hermosas conjeturas. Mi vida modificó esos sueños y deseos, y los convirtieron en pesadillas.

Pero pese al infierno en que convertí sus vidas, siempre hubo amor. “Fuiles queriendo bien, que siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños a que nos calentábamos”. Lázaro asocia la felicidad a objetos materiales; en casa la asociamos (yo la asocio) a imponderables inconcretos y sutiles: afecto verdadero. Y, siempre, pese a las tormentas que causaba mi cabeza, hubo amor. Entre mis padres y yo “más dulzuras hubo que Ovidio escribió”.

Tomás Moro: “Aman apasionadamente estos jardines; en ellos cultivan viñas, hortalizas, hierba y flores. Los cultivan con esmero, tanto que nunca he visto nada semejante en belleza y fertilidad. Los amourotanos gustan de la jardinería no solo porque les entretiene, sino por los concursos de belleza organizados entre las diversas manzanas. Difícilmente, en efecto, se podría destacar un aspecto de la ciudad más pensado para el deleite y el provecho de la comunidad. Cosa que me hace pensar que la jardinería fue de especial interés para el fundador”. Mi familia fue un jardín donde, pese a la cizaña surrealista que yo representé, en él las flores se distribuían con presteza, orden y clasicismo.

Recuerdo ahora a mis papás grave y severo y triste. Pero me expando en innumerables y opuestas direcciones que van a dar al mismo lugar, rememorando siempre su ternura, tesón o creencia en mí.

Agradezco al destino que los pusiera en cada vuelta y revuelta del camino.

Ahora estoy completamente solo. Si los recuerdo, no todavía abandonado. Pero compactamente, terminantemente solo.

***

He de escoger los párrafos que quiero leer o releer esta tarde y a la noche. Y disfrutar del sofá donde los sábados por la tarde, hace más de cuarenta años, me sentaba en medio de cada uno de los dos para ver una película. Y notaba sus manos posadas en mis hombros.

Vuelvo a los viejos Momentos. Demasiada Melancolía en el Corazón.

Diario de un esquizofrénico 93

(El falso aristócrata se despide de ustedes)

Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad» El realismo empírico y mostrenco, los hechos pelados, la apología de la taberna, suelen prevalecer en las literaturas (y en el gusto lector) a aquella literatura como análisis de las capacidades mentales abstractas, de la interiorización, de la constante distinción de tipos humanos y la elucidación de sus propósitos, sensibilidades, valores e intenciones.

El grosero sentido común, el tópico sentimental, son más frecuentes que el esclarecimiento de la variedad, la dificultad y la complejidad; porque la llanura realista es multitudinaria, municipal, y la altura de las cumbres, el refulgir del hielo en las cumbres, plateado y ligero como un pez, allí donde moran leopardos solitarios, esas cumbres son atributo o patrimonio de las felices minorías capaces, de artistas de potente y singular visión y una gran voluntad para no desfallecer defendiéndola.

La literatura (y los escritores) son un trozo o miembro de la sociedad, y si los hombres en la sociedad se inclinan con (poca) tensión espontánea al realismo y abdican de la mente y la inteligencia, nada extraña que una alta frecuencia de obras literarias sean chatamente realistas y sus ingredientes mentales poco más que remociones de periodismo barato y sugerencias de magazine.

El crítico Sven Birkerts explica como una serie de alumnos universitarios suyos fueron totalmente derrotados por Henry James. Más que la dificultad del lenguaje, el estilo, el vocabulario, la mampostería lingüística; más que los giros de la mente jamesiana, o su peculiar ironía, o la época pretérita de la acción o el singular pathos moral; más que las alusiones indirectas, los modos arcaicos de caballerosidad; más que las elipsis, o las añejas costumbres; fue TODO, TODO James lo que no entendieron y los dejaron in albis. Les derrotó no esto o aquello en particular, sino TODO en su conjunto, el TODO en su armonía y dinamismo.

¿Qué ocurrió? Las suposiciones implícitas de los estudiantes, la asunción más o menos conscientes de sus mitos, su velocidad moral, su forma de integrar experiencias, su crianza con la televisión y los ordenadores, su posibilidad o límites de inteligibilidad, sus libros culturales, su tempo de concentración y atención, eso y mucho más definían un nuevo paradigma INCONMENSURABLE con el paradigma de Henry James. A ambos los separa una falla de orden epistemológico y, me atrevería a decir, también de tipo ontológico. Eran especias distintas en planetas con hábitats distintos.

La filigrana y el esmero de la mente de James opaca las mentes discotequeras, fiesteras, ruidosas, electrónicas, despistadas, superficiales e unidimensionales de los estudiantes universitarios que lo leían. Vivimos en una cultura en franca y exponencial disolución. Con bárbaros y ágrafos sentimientos de la vida, con ilotas pensamientos de articulación balbuciente e inconexa.

La música no es humanista (por tanto es incapaz de educar, es una música desencajada de la trascendencia) sino que apela a rugientes deseos sexuales, a la mera experimentación de la posesión coribántica; las inferencias que los estudiantes extraen de sus observaciones son desamuebladas, superficialidades, agusanados clichés; el cosmos moral se reduce a los juegos frívolos de los programas de telerrealidad o a las interactuaciones apocopadas y anónimas (y agresivas o maleducadas) de las redes sociales; se descree del cartesianismo cambiándolo por la emotividad expresiva; estos universitarios no son capaces de distinguir entre lo sublime y la basura, entre la profundidad y la mera propaganda; el deleite, el consejo y la sabiduría, el heroísmo y la bondad, se degradan debido a un consumo tropical de información audiovisual. Sus mentes no influyen sobre sí mismas porque se desparraman en el acicalamiento social de la hiper-conexión, de esos bucles lúdicos (y adictivos) que niegan la meditación, la divagación creativa, el autoconocimiento, que los impiden estando como están inmersos en un ininterrumpido «divertissement» banal.

Además leen libros cuyo desmenuzamiento o clave hermenéutica es extraliteraria. Libros cuyo libro de instrucciones está en la música popular, el cine, la psicología de las revistas de autoayuda, las evasiones parasicológicas o esotéricas tan pasmosamente irracionales, en una especie de historia como «atrezzo» vulgarísimo y ecléctico y de cartón piedra, o en la imaginación cibernética, o la iconología «pulp«, o los antihéroes mafiosos y delincuentes, etc…Asimismo el conocimiento se desprecia y orilla en aras de la diversión y la expresión como moneda de más peso en la tabla de valores ( «¿Por qué debo ser culta si yo solo deseo expresarme?» dijo en una entrevista una artista de éxito)

James escribía libros que remitían a un lenguaje literario, a unas densas resonancias retóricas, y a unas fuentes o influencias librescas tan ricas como clásicas. Eran libros ahormados en la tradición literaria, que se montaban a lomos de esa fértil tradición. En esa época los libros eran esquejes de un tronco literario anchísimo. En el nuevo paradigma de estos estudiantes derrotados por James los libros con que se nutren son mónadas sin ventanas a la tradición y a la anatomía literaria, y el idioma es poco más que un sucedáneo (como arenque reseco) del lenguaje periodístico, un lenguaje de tele tipo o de crónica de sucesos.

Era de esperar esta decadencia. Acaso uno de sus orígenes se encuentre en la universalización de la educación a finales del siglo XIX. El infierno suele estar empedrado con un camino lleno de buenas intenciones. Una educación pública que creó un nuevo tipo de hombre, el patán que sabe solo a base de píldoras, el estúpido que pretende refinar su mente, pero carece de la suficiente diligente inteligencia.

Nietzsche ya señaló que la educación pública universal representaría una debacle colosal para la cultura. A mi juicio su profecía se confirma más cada década que pasa. La democratización y el igualitarismo tienden a nivelar por un rasero muy bajo. La única vía regia para cultivar la humanidad es mediante la lectura reflexiva y perspicaz de lo mejor que se ha escrito y pensado. Y la Universidad ya no obliga a estudiar a Platón, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Kant o sus pares, sino a feministas homosexuales, negros anarquistas, o hermafroditas obreros, o a aprender un mero inglés comercial, o a saber cada vez más de cada vez menos hasta saberlo casi todo de prácticamente nada.

En las Facultades de Letras o Humanidades se ponderan obras obviando la consideración del mérito o demérito objetivo de su contenido (idea, incluso, la del valor regulativo de la verdad, que también se pone en entredicho mediante sofisterías verbosas y plúmbeas -triste cultura que no solo desprecia la verdad, sino el ideal de verdad) Sumemos a ello que el nuevo soberano es el ordenador y lo multimedia, una especie de irrealidad que convierte la mente en un erial yermo, en un secarral sin aguas que lo puedan regar.

Tolstoi, Shakespeare, Platón, Milton, Quevedo, Valle-Inclán, Emerson, Goethe, Cicerón Tucídides, Suetonio, etc. todos son derrotados en la nueva Era de Google, que aniquiló a la Era de Gutenberg. Dada esta miniaturización de la mente, después de Henry James todavía quedan los anabolizantes didácticos de, digamos, John Grisham, Pérez Reverte, Mónica Carrillo, etc…pero, si mi profecía no es una mera alucinosis, insensiblemente se irán sustituyendo por las películas de Hollywood, las series de Netflix, los vídeos de You Tube, Pinterest, Wikipedia, Shakira, Bollywood, Disney, las telenovelas, el hip hop, el reggaetón, y demás plaga anti-intelectual y espectacular [Nota. Aquí no es dable elegir entre la mente o la realidad, sino entre la realidad y sus excrementos. Fin de la Nota] Las cuñas de ese «enterteinment» cultural, del «mainstream» cultural global, se afilarán cada día más hasta romper esa medio cultura («mid-cult«) -ella misma una parodia chusca de la alta cultura- y lograr que casi todo el planeta consuma esos detritus o palomitas grasientas.

En sus cuevas héroes del Ancien Régime mantendremos esas islas de arcaica conservación llamadas Henry James y sus iguales. Gracias a esos héroes monásticos, a esos eremitas solitarios, veremos un renacimiento intelectual en -pongamos – dos o tres siglos. Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un «after-hours«. Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Stäel quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y escriba «pósits» de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un MacDonalds. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.

Postscriptum: Yo no fui engendrado en un cafetucho de Calcuta. Normal mi orgullo de clase. Mi familia no proviene de la estirpe gangrenada de los mercachifles. De ahí mi blasón. Creo que nos anega un diluvio de barbarie. Hay dos rangos sociales: los ilustrados y los vulgares; alcanzamos tal cota de decadencia que los vulgares no se saben vulgares o bien presumen de su locuaz vulgaridad.

Soy un señorito esnob; juzgo la leche en polvo, la comida enlatada y los best-sellers una blasfemia, algo que irrita la mente divina. Baudeliare condenó la fotografía como un sacrilegio que permitía a la vil multitud contemplar su propia imagen trivial. Y ahora, para más inri, la orgía de los selfies. Con los libros baratos, el cine, la prensa, la radio, Internet, desaparece la vida interior. Creo que es obvio que en la vida pública existe una tiranía de los menos valiosos y más necios.

Pero si algún lector me considera un vanidoso desmedido, un fatuo presuntuoso ridículo, permítaseme esta íntima confesión; yo, Christian mi nombre, también tengo en la estrella de mi destino ser «massa damnata» o «massa perditionis«. Vale.

Diario de un esquizofrénico 92

(Cultura)

Hoy el término que se utiliza para hablar de cultura es el antropológico que usó originariamente Tylor en su obra «Primitive Culture«: «La cultura o civilización entendida en su amplio sentido etnográfico, es un todo complejo que abarca el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra competencia que haya adquirido el hombre en tanto que miembro de una sociedad«. O sea, un conglomerado o aglomeración de información adquirida por aprendizaje.

Discrepo solemnemente de la dictadura que encierra esa definición (hoy universal, generalísima y avasalladora, y que crea el contradiós de permitir hablar de cultura nazi o cultura pedófila) Estipularé o convendré una definición alternativa de cultura para evitar las discusiones sobre palabras y centrarnos entonces en la materia de la cosa.

Para mí cultura es la adquirida en buenas universidades, que permite la percepción y el juicio autónomos, que te libera de la primigenia tiranía de lo mediocre, que te provee de ingredientes subversivos, y cuya gama de ideas y hábitos de pensamiento te elevan y nunca abajan (la verdadera cultura es un modo de avance, nunca de envilecimiento) Para mí la cultura es búsqueda y ansia de perfección, un modo de sentimientos y pensamientos de subido tenor, una pasión científica y moral cuya raíz se encuentra en el estudio y análisis de esa perfección misma. Aunque su impulso puede ser bastante popular, su resultado es patrimonio siempre de una minoría selecta. Su soledad y exilio defienden de la infección de las masas urbanas. Las masas campesinas tienen (o tenían antes al menos) una propensión espiritual más robusta y leal. La cultura, así entendida, puede concebirse como una especie de religión sustitutiva o religión laica.

Para navegar en el mar de la cultura se necesita una brújula o visión panóptica, y criterios sólidos. Supongamos que un capitán inglés de la primera guerra mundial detiene a un capitán alemán, o bien que un burgués francés y otro italiano conversan en un expreso de los años veinte. Ambas parejas tienen un mundo referencial formado por textos de Cicerón, Horacio, mitos platónicos, pasajes de Suetonio, textos bíblicos, y una misma idea familiar sobre la conversación artística y musical de Occidente. Pasemos ahora a otro experimento: un vagón de metro de una gran ciudad esta mañana. La Biblia, la Antigüedad y los clásicos desaparecieron TOTALMENTE del mundo alusivo de estos pasajeros de metro. Para ellos la cultura no es más que una forma de barbarie encapsulada con celofán de colorines y apócopes de tuits. Información sin conocimiento. Información azarosa y desestructurada. «Pizzicatto» de enlaces velocísimos a webs con lectura abrumadoramente simple y esquizoide.

La cultura occidental se deshilvana porque los textos que la crearon son mero polvo de (muy malas) tesis doctorales. El espíritu de colmena tecnológica anula la libertad y el juicio independiente o capaz. Si somos incapaces de emitir un juicio objetivo y sano (y para ello se necesita buena filosofía, buena literatura, buena pintura) el voto que se exprese rozará alarmantemente la basura. Sin juicios meditados sobre el bien general solo nos queda populismo de quincalla apolillada y democracia hooligan basura.

Cultívese, amigo lector. No sea un mero fantoche de pobre e ignorante tumba. Glaucón y Adimanto experimentaron el esplendor de cierto tipo de alma. Lea y no sea un rucio y no convierta a sus hijos en rucios. Rompamos la cadena (la caverna abisal) del linaje de rucios.

***

Ciertamente hay talentos transgresores digamos, no sé, en una rock star o en algún youtuber (en fin, en fin) o creatividad en la pop culture, en Seinfield -digamos- o en «Material girl» de Madonna.

Los cultstuds’ o Cultural Studies son una mezcla de máquina marxista inglesa y paraguas teórico francés en el seno de la sociedad de ocio estadounidense. Su patética disidencia simplemente se cifra en sustituir el estudio de las humanidades (el paleo-cristianismo, la fonología, la historia del arte, Duns Scoto o Henry James) por la colección «Harlequin» o el gangsta rap.

Y así, defendiendo obsesivamente el éxito popular como criterio de calidad, encumbrando irresponsablemente el placer fácil y el anti-elitismo táctico, ensalzan apologéticamente el capitalismo y demonizan credenciales libertarias que creen defender.

Diario de un esquizofrénico 91

(Cuando todo baja es difícil no bajar también)

Las nuevas categorías de pensamiento y asociación no prescriben lo alto versus lo bajo, lo refinado frente a lo romo y vulgar, la calidad en oposición a la popularidad, la highcult frente a la midcult y la masscult.


Las anteriores son categorías victorianas, y quienes las defendemos unos dinosaurios del pleistoceno muy pasados de moda. Hoy todo gira y orbita (se explica y legitima) con el vector de lo cool ante lo square -carroza-, o lo muy hot como opuesto a lo demodé.


El arte, el sexo, la política, la moda, los productos, las estrellas del celuloide o del rock o de la pantalla o de las redes sociales, las películas, el comercio, el debate, la literatura, el marketing, las nuevas tecnologías, los nuevos líderes de opinión, el periodismo, todo se reordena en un campo casi como de celebrities donde estás o bien in o bien out. Si estás in se sanciona eso que haces y crees y vives y vendes como bueno o valioso, si estás out se enjuiciará como malo y sin valor (y además carecerá de visibilidad)


La sofisticación intelectual nada tiene que ver con estos nuevos modos de ambición moderna. La figura del crítico o intelectual clásico es como la de alguien con polainas y peluca empolvada, levemente -o claramente- ridículo, y que se sustituye por el dinámico agente del entertainment y por la energía o dramaturgia del mero rodar irreflexivo, inconsciente, sin pausa del mundo.


En el siglo XIX y parte del XX se intentó cambiar el mundo, en el siglo XIX Y XX también, sumado a eso, se intentó pensar el mundo; entrado el siglo XXI el mundo no requiere ser cambiado ni pensado, solo exhibido en la pasarela de Internet y otros medios de comunicación de masas, o en los mecanismos ociosos de un entretenimiento inexorablemente super divertido.


Vivimos embutidos en un capitalismo hip, en una vida divertissiment, donde reina la velocidad, la notoriedad, el buzz y lo cool. La jerarquía y la clasificación, la prelación y el criterio, son figuras arrumbadas, al igual que lo fue la economía feudal, y lo fueron los zuecos, el techado de paja o los sombreros hongo en la cabeza de los caballeros.


El futuro (ya evidente presente) pertenecen a Shakira y Piqué, y la decadencia e irrelevancia definitiva se simbolizan en Henry James o Michelet o Lionel Trilling (y sus pares)


Jeff Koons (un bodrio mondo y lirondo) se subasta a precios más altos que Miguel Ángel o Velázquez. Un futbolista o un caballo de carreras se adjetivan como algo «genial».


El gobierno de Sánchez es otro inequívoco ejemplo de esta estetización espectacular de lo público y su discurso. Sobra el criterio moral, sobran políticos en la estela de un Saint Simon o un cardenal de Retz, un Talleyrand o un Meternick, pues ¿no molan y persuaden más los astronautas, I. Belarra, Montero, el número de las vaginas en los ministerios, y el lenguaje oratorio de la abaratada píldora en formato tuit?


La decadencia avanza, incontenible.

Diario de un esquizofrénico 90

(El auténtico espíritu clásico)

Papá y yo coleccionamos juntos libros de política. En sus idiomas originales. Por aquí andan viejas ediciones, dispuesta entre la noble caoba, de Hayek, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También volúmenes -nada intonsos-, de Menger, von Böhm-Barker, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlein, Chodorov, Nisbet, y Aron, Polanyi, Ropke, Rueff, Oakeshott, Strauss, Voegelin, Jouvenel, Ortega, Weaver. Tenemos a Kirt, y a Viereck, a Weber,o Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés y Bonald. Una surtida biblioteca del pensamiento diestro más capaz e inteligentemente suficiente. Me voy a poner las botas.

¿Me cansaré de tanto leer? Ni que leyéramos corriendo…

***

Es sabido la pérdida de nivel que la democracia cultural provoca. En una sociedad de masas hay más cultos, pero los cultos son infinitamente más incultos que antaño. Las élites (periodistas, escritores, profesores, políticos, clérigos, empresarios, etc.) carecen de vigor y ejemplaridad, de fuerza y altura intelectual.

El auténtico espíritu clásico es una abertura a la inteligencia y la vida, a la inteligencia del mundo y la naturaleza. Estudiar derecho romano, latín, filosofía aristotélica, arte griego, no es óbice para aprender informática, lenguas modernas, ciencia cognitiva. Lo nuevo no se opone a lo viejo, se complementan con sabiduría. No es gratuita o peregrina la clasicidad, sino que permite la capacidad de juicio, la elaboración del razonamiento, el don del discernimiento. Y la capacidad de juicio es la premisa inexcusable de la libertad y la moral.

Observo una defenestración o devaluación en la capacidad de juicio de las élites democráticas. El clima cultural que irradian es decadente, pobre, bobo y anecdótico. No hay en su mente algo así como las pilastras de granito de la civilización, sino nebulosas a veces pueriles, a veces frívolas, con frecuencia vaporosas y huecas. Mucha información y poco conocimiento, algún conocimiento y ninguna sabiduría. O hay un rearme educativo fuerte (una nueva ilustración) y unas élites con sustancia o nos vamos al garete. Aunque bien pensado la decadencia empezó cuando se generalizó la escuela pública y gratuita, cuando muchos quisieron y entraron en la Universidad. Los prebostes de Eton y Oxford a cambio del pensamiento magazine tertuliano. Y encima las masas pidieron el sufragio universal. Acabáramos…

Diario de un esquizofrénico 89

(Exilio)

«REGIS AD EXEMPLUM TOTUS COMPONITUR ORBIS», declaró Claudiano, es decir, todo el mundo se conforma con el ejemplo de los reyes, o sea, que los «súbditos» imitan a las élites.

Hoy los reyes y cardenales imitan a los frailes y panaderos, a poder ser intentando convertirse en lo más bribones y deslustrados o analfabetos posibles. La ejemplaridad no se difumina por capilaridad de arriba a abajo; triunfó la rebelión de las masas, que lo quieren todo (ideas, políticos, libros, arte, etcétera) a su imagen y semejanza; de una zafiedad embarazosa, escandalosa y decadente.

El Papado es una monarquía peronista y populista chusca, la realeza una suerte de «reality» a lo «Gipsy kings«, con una reina nieta de taxista y muy probablemente mentalmente inestable.

Alguien cocinando un huevo frito en calzoncillos (mejor si los suspensorios están sucios y desastrados) con la espalda tatuada con el dibujo de una serpiente comiéndose a una rata, es famoso si lo graban las cámaras de GH. Un mamarracho que en lugar de reformar la legislación para el bien de la Polis, se dedica a lamer váteres infectados con covid, salta a la fama. Un ganador del concurso mundial de micro-penes, del concurso mundial de lanzadores de sandías o huesos de aceitunas, un mafioso destripa vientres, un graciosillo que le toca el culo a la presentadora de los mundiales en la tele con su peluca o su montera de torero y su tintura de la rojigualda en la cara, ésos, son carne de entrevistas y futuras celebrities. Lo importante no es la fama por la obra bien hecha, lo único que cuenta es ser la comidilla en la aldea más o menos global, estar en boca de todos SIN importar nada que se esté en boca de todos por ser corrupto, pedófilo, el mayor cornudo del Reino de España o el más tonto de la clase. La máquina de espectacularizar no discrimina; engulle, saliva, traga y excreta. La máquina de la fama no premia el valor, incluso lo rehúye. Hay que cagarse en tu madre para ser famoso, deglutir excrementos en un happening para ser famoso, disfrazarse de puta para ser famoso, matar con una ballesta para ser famoso.

Si me leen desde la embajada de Francia les suplico que me permitan exiliarme; no soporto, químicamente no soporto más, la catetez hispánica.

Diario de un esquizofrénico 88

(El mundo de ayer)

«La tarea del mercado es convertir la basura en oro. Y la basura es cualquier cosa, desde la auténtica basura al oro. El mercado no distingue entre la basura y el oro, porque es función del mercado hacer que la basura sea oro […]; el mercado está obligado (es su tarea) a destruir todo aquello que pueda dificultar que la basura se convierta en oro. Por ejemplo el conocimiento capaz de proponer un valor contra un precio.


El mercado destruye el conocimiento porque el mercado produce oro. El antiguo mecenas, en cambio, necesitaba imperativamente el conocimiento para encontrar oro. Es una diferencia esencial que marca épocas muy distintas en el desarrollo de la civilización occidental
«

Félix de Azúa, Diccionario de las artes, Debate

Velázquez proponía a los reyes la compra de pintura italiana ya que se sabía que su criterio se aquilataba en conocimientos extensos y minuciosos. Eliot fue un mandarín, como lo fueron también Russell o Moravia o Enzensberger o bien Sartre. Hoy diseñan la opinión pública -la peor de las opiniones- Ophra Winfrey, Pablo Iglesias y Jorge Javier Vázquez.

A mi juicio, ahora leer y saber no importan, incluso molestan. El descrédito cultural se convirtió en una moda cultural. Expresarse con subordinadas te convierte en ininteligible, y te miran mal si procuras hablar bien -con simple corrección, cohesión y precisión- evitando el descosido mongoloide sintáctico habitual o la jerga charlatana o chalaneo tabernario. El ignorante no se avergüenza íntimamente de su ignorancia (e intenta remedarla) sino que se vanagloria de ella y la exhibe públicamente sin pudor (acaso porque -y esto es ya dramático- no sabe incluso que es ignorante)

¿De qué están hechos por dentro los hombres? De aquello que llena su ocio y ocupa su tiempo fuera del trabajo: los «media«. Los media no instauran toda la conciencia; el lenguaje es recursivo y el pensamiento es un habla contigo mismo. Hay parte de lo que eres interna y parte externa modelada desde fuera. Pero pocos se esculpen y determinan a sí mismos autárquicamente con el auxilio del arte, la literatura, la ciencia, las humanidades y el estudio, sino que asumen (en términos generales) acríticamente las ideas y valores comunes farfulladas por la televisión, la radio, la prensa, el cine e Internet. Se educan con una música inarmónica que asorda el alma, que te encadena a la obscura, neblinosa cueva platónica.

Oscar Wilde (un aforista extravagante que siempre tenía razón, según dijo Borges) afirmó que las modas eran tan feas que por eso se debían cambiar cada seis meses. La moda de la incultura y de «seguir al rebañego» (Unamuno) temo durará uno o dos siglos más hasta que la historia amanezca espléndida con una especie de nuevo y juvenil renacimiento carolingio. La amnesia y anomia desorganizada y catastrófica de la educación secundaria y universitaria hace que yo sienta incluso que ya «ni es posible hallar consuelo en tinieblas proféticas«(Eliot)

El mundo dejó de estar familiarizado con la urdimbre vegetal, astral, cósmica, teológica, con las resonancias de un sentimiento de la vida lento, meditativo y litúrgico, agrícola y celeste.

Yo vivo en una aldea de diez personas (me sobran nueve) y desprecio la euritmia «turbo-capitalista» y los deleites o afanes laboriosos de la urbe. Me alimento solo de Nescafé y libros de anti-modernos (Ébola, Burke, Bonald, De Maistre, Guénon, Gómez Dávila, Donoso Cortés, etc.) Dejaré mi rica biblioteca y mi patrimonio a mis gatos, igual a como hizo Richelieu.

Noto la ley de degradación de la «qualitas» en virtud de la «quantitas«. Sé asimismo que la poesía, la literatura y el pensamiento en verdad importantes desaparecieron de la inmediatez cotidiana de la gente, gente embrutecida por los medios de comunicación y que, plagiando a un gran poeta (y advirtiendo sus notas irónicas), no puedo menos que llamar «gentuza».

Cambiando algo el sentido del verso,»But all is changed, that high horse riderless«, («Pero todo ha cambiado, aquel elevado corcel anda sin jinete» Yeats); nada me atrae la baraúnda y martilleo estridente del mundo y monto mis corceles de los siglos pasados con gusto sumo y pasión desmedida. Mi noche no apunta al mañana infausto sino al ayer majestuoso. Un ayer acaso mítico, imaginario e irreal. Pero es que no soporto vivir más dentro de este Gran Bostezo, Gran Chirrido, Gran Osamenta de Piedra Estéril.

Solo escribiré elegías. Prefiero aquellos antiguos ganchudos sifones a los muebles impersonales de Ikea, considero unos labios imbéciles a los gordezuelos labios apisonados por obra de la cirugía estética, me aburren los «best-sellers» de avulgarada prosa -prosa ulcerada- y muy mal compuestos, leo a Boswell y a Platón, a Emerson o Fumaroli o Bloom, en mi galería acristalada a la luz del quinqué; y me digo apocalíptico el verso famoso: cualquier tiempo pasado fue mejor. Solo soy un hombre solo, enfermo, triste, sin amores ni amigos. Solo soy feo, católico, monárquico, loco, no poco surrealista y sentimental. Ojalá no hubiera nacido.

Diario de un esquizofrénico 87

(Humillar a Shakespeare)

Yo pertenezco a la burguesía propietaria culta. A diferencia de la aristocracia sus élites no se fundaban en el principio de la sangre, sino en el acomodo de un cierto principio de riqueza y en la laboriosidad educativa. Éramos los creadores de las élites y profesiones culturalmente creativas, y el nivel medio nunca se abajaba hasta una mediocridad embarazosa y vil (a la par que la mayoría uníamos -o deseábamos aunar- la cultura cristiana y la cultura europea) Fuimos la última estirpe de los patricios.

Los libros y el arte glosaban a otros libros y a otras obras de arte, en una nutricia y fertilísima -espléndida- conversación literaria y artística. Observo obstáculos en esta forma de formación de las élites desde el establecimiento mismo (digamos que principios de los años cincuenta) de una cultura igualitaria popular y anti-elitista; observo también que en estos tiempos populares e informales sectores cada vez más amplios de la población toman parte en las actividades culturales degradándolas.

Ahora vemos por doquier embaucos o timos de pillos pintores que no saben pintar ni componer, cantantes refractarios al arte del canto, periodistas amarillistas que no tienen ni pajolera idea de preguntar o de escuchar, escritores grafómanos obsesivos pero que no se les ocurre la idea elemental de abrir un libro para leerlo o estudiarlo, gentes insensibles a la conversación profunda, el análisis intelectual, o la emoción cultivada, pero que son o se creen artistas debido a la peste posmoderna -de origen romántico- que afirma que el arte solo consiste en «expresarse» (seas o no un analfabeto sideral y sea lo que sea que signifique el brumoso término «expresión»)

Pese a que yo me considero un mero amateur o «dilettante» (culturalmente mis lagunas son como cráteres lunares profundísimos), me preocupo en estrechar en la medida de mis fuerzas la familiaridad con la vastísima acumulación de saberes del pasado. Mis papás refinaron mis modales, mi clase burguesa me proveyó de urbanidad y civismo (aunque propendo a veces a ciertos excesos contraculturales, heterodoxos o lunáticos) La cultura, claro, es un perenne esfuerzo premeditado de perfección, la única forma de avance frente a las mazas, la caverna platónica y la barbarie. La vanidad o pedantería son peligros relativos, pero alguien ciertamente culto no incomoda nunca a su interlocutor tenga la clase social que tenga, y sea todo un ignorante o un medio-letrado. Pero si antes las élites hacendadas eran la salvaguarda de la cultura, ahora la verdadera lacra es el «homo videns» o el «homo technologicus» tontísimo, junto a la caterva ridícula e inane o bochornosa de pseudo-artistas.

Aturdidas criaturas con lenguaje sin reflexión o cohesión, que se mueven por el brillo pulimentado del mundo como autómatas. La hondura eterna no ronda ni orbita por esas mentes pueriles. El credo de las preguntas obstinadas e insidiosas se borra o desaparece de su escenario mental. Los pensamientos y la sensibilidad yacen demasiado hondos, caídos en grutas sin casi aire.

En una obra de 1987 escribió Finkielkraut (cuya tesis era que cuando el odio a la cultura pasa a su vez a ser cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda relevancia, visibilidad o significación), escribía -decía- el filósofo francés:

«Siempre que lleve la firma de un gran diseñador, unos zapatos equivalen a Shakespeare, una historieta con una intriga palpitante equivale a una novela de Nabokov, lo que leen las lolitas equivale a Lolita, una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire, un ritmo de rock a la melodía de Mozart, un bonito partido de fútbol al más selecto ballet, un gran modisto a Picasso, Manet o Miguel Ángel, un clip, cualquier vulgar single o un spot equivalen a Verdi o Wagner. El futbolista y el soberbio coreógrafo, el gran escritor y el publicista, el sublime músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio que reserva la cualidad para unos pocos y que suma a los restantes en la subcultura»

Corre paralela a la voluntad de humillar a Shakespeare la de ennoblecer al zapatero. Corre paralela a la voluntad de humillar a Talleyrand y Richelieu la de ensalzar a Sánchez e Iglesias. Establecer jerarquías y distinguir «quantitas» ayunas de calidad, de «qualitas» intocables y definitivas, no creer que TODAS las prácticas culturales son GRANDES creaciones de la humanidad, es -ya es- el pensamiento de un vesánico u orate perturbado. Bárbara Cartland vale lo que Flaubert, y, por ser más popular, merece estudiarse en las Universidades y orillar al obsesivo estilista francés tan aburrido.

El arte debe apartarse y huir urgentemente de Shakespeare y acercarse lo más posible a los parlamentos intelectuales de Messi o a las bufonadas de Tik Tok. Todo lo que sobrevive debe hacerlo en la forma más liviana y hedonista posible (Horacio acabará en forma de cómic y videojuego, no lo duden) El futuro es (el presente es) de Mickey Mouse y Shakira, Los Pitufos y Sálvame.

Cuando Finkielkraut escribió su ensayo (un ajuste de cuentas al posmodernismo de moda) no existían Google, Pinterest, Tik Tok, Twitter, Pornhub, Smartphones, Wikipedia, Netflix, Reggaetón, Whatsapp, etcétera, casi solo conocía la televisión, los coches, la nevera y la tostadora. Existe una incompatibilidad irreconciliable entre esos mecanismos tecnológicos y la verdadera creatividad cultural, agravándose la metástasis anti-intelectual señalada por el pensador francés hasta límites que rozan la auto-parodia.

El amor no pertenece ya a la retórica y la retórica pertenece sepultada en la urna de los muertos, la felicidad personal se descentra de los libros y se centra en «telefoninos» 5 G, la etiqueta y el autocontrol no regulan el trato sino la violencia soterrada y el botellón potatorio.

¿Se romperá el cable del ascensor y todos los pasajeros caeremos al abismo? Yo creo que YA casi bordeamos el abismo, sino vivimos en él de pleno. Creo con inusitada (¿irreal?) convicción que vivimos una civilización papuda, decadente y zancuda. Preferiría ser un aristócrata de la corte de Luis XIV que un adolescente bobo que idolatra a una estrella del pop mema o se pasa todo el día jugando con su consola o colgando fotos intrascendentes en Instagram.

Prefiero oír a Casanova conversando con Benedicto XIV, Clemente III, con la emperatriz María Teresa, Luis XV, con Madame Pompadour, Voltaire, el Doctor Johnson, Winckelmann y Mozart, que arrellanarme acéfalo ante el televisor o la radio escuchando retransmisiones futboleras o noticias deportivas.

Leemos en Mateo 5, 48. «Estote ergo vos perfeci!» (Sed, pues, perfectos) Las élites burguesas hacendadas cultas creaban esa perfección. El proletariado artístico la destruye. Esa perfección armoniosa se ha diluido como un azucarillo con la cultura coetánea moderna ¿Ha perdido la humanidad la capacidad de vivir con ideas abstractas o serias? Tocqueville ya habló profético de «la hipocresía de la molicie» Se está creando una Era Glacial Tecnológica que presumo durará varios siglos (si se me permite ser vanamente profético).

Baudeliare todavía creía en el éxito y presentó por eso su candidatura a la Academia. Yo tan solo me conformo con inspeccionar apacibles nieblas y tímidos cirros. Yo solo me impongo a mí mismo el primitivismo de los bosques y la metalurgia del silencio.

Diario de un esquizofrénico 86

(Dalrymple)

No debiéramos preguntar “¿Qué es la atención?” sino reformular la pregunta hacia otra especie: “¿Qué hacemos cuando prestamos atención?”, y entonces advertiríamos que lo que hacemos no es “prestarla” sino “regalarla”, sustituir un propósito, una línea de acción, apostar por una clase de futuro renunciando a otro.

Leer “Nuestra cultura, ¿qué ha sido de ella?” de Theodore Dalrymple, leer al joven Wordsworth, los epigramas griegos, la tradición filosófica empirista inglesa, los fragmentos presocráticos, a Nabokov, en lugar de -digamos- sustituir esas horas de lectura por la visión de un programa chismoso de Tele 5, o por escuchar las vacuidades gritonas de la retransmisión de un partido de fútbol por la radio, implica que mi atención se asienta en un destino noble frente a un destino apulgarado, que sustituyo la energía plebeya por la persuasión del argumento y la observación inteligente. Gano alma y pierdo barbarie. Gano civilización y conciencia, y resto animalidad y automatismo. Típica propiedad de la buena literatura. Típica conducta del individuo inteligente.

Admirar es admirable en función del admirado; admiro a cientos de poetas, pintores, novelistas, cineastas, matemáticos; quien admira no tiene ennegrecida aún su alma. Admiro la urbanidad irónica, el no retorcer las ideas con “obiter dicta” injustificados y de mero hermetismo gongorino o heideggeriano, sino complanarlas en un tono cortés y sencillo, pero jamás rebajándose innecesariamente, demostrando lucidez. Admiro una muy ancha experiencia del mundo, entender las costumbres de las clases populares y oír las conversaciones tras las puertas de los palacios.

Nietzsche declaró “Las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos”. Las ideas sobre la familia, la educación, el feminismo, el sexo, el arte, las drogas, la emoción, el vínculo, el placer, el orden de los valores relevantes, etcétera, nacen en los gabinetes privilegiados del estudioso o del departamento universitario y, por capilaridad, acaban en el cerebro -y el corazón- del joven obrero o del burgués medio.

Imaginemos que un chaval (o una muchacha) de un barrio marginal desea ser pintor. El humus sobre el que sobrenadará le hará creer que lo importante es expresarse, independientemente de que sea un ignorante o no. Lo desalentará ante la perspectiva del duro trabajo requerido para alcanzar la excelencia, precisamente porque la idea de mérito ha sido demolida y desacreditada. Buscará un fácil éxito con atajos. Como se verá incentivado al sexo precoz y cinegético o conejero, al consumo festivo de drogas, a un inflamado resentimiento social (o de género), a resumir la humanidad en clichés, a exigir como una obligación ineludible subsidios ministeriales para su obra, a expresarse con canallería jergal para ser “auténtico”, en fin, que nuestro joven imaginario se convertirá -con alta probabilidad- en un compacto mamarracho.

Las palpitaciones de los tiempos en que se han implantado ideas abstractas e ideales desastrosos para las clases bajas es lo que por ejemplo Dalrymple revoca en las dos partes de su ensayo, comparando las contra utopías de Orwell y Huxley, leyendo a Woolf, a Shakespeare, etc… o bien extrayendo inferencias de estampas costumbritas (Lady Dy, la Habana, el París del extrarradio…); todo desde múltiples estrategias retóricas que orbitan y amplían un núcleo o visión del mundo realmente sabia. La palpitación de los tiempos es aquello que velan también la prosa de Nabokov, el panteísmo gnóstico de Worsdworth, el secreto del río de Heráclito, el trazo de Monet.

La tradición o la ilustración individual, el peso del “common sense” secular o bien la capacidad de dirimir y sopesar de un modo realmente libre, son formas de salir de este cul-de-sac. Mill afirmó que “la región propia de la libertad humana […]comprende, en primer lugar, el dominio interno de la conciencia, la libertad de pensar y sentir, la libertad absoluta de opiniones y sentimientos sobre cualquier asunto práctico o especulativo” “Este principio –prosigue– requiere la libertad de gustos e inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida conforme a nuestro modo de ser”…o conforme a las reglas testadas por el tiempo (ensayo y error) y que, transmitidas de generación en generación, resultaron exitosas para la solución de nuestros intríngulis existenciales y para el objetivo de alcanzar la felicidad. Yo me inclino más por la salida liberal, aunque no desdeño la conservadora-que tiene como espada de Damocles el anquilosamiento.

El Estilo Caótico e Informal que nos define disuelve la cortesía, la grandeza, la rectitud y el vigor moral, la lumbre intelectual; parece que lo que leen las lolitas vale lo mismo que “Lolita”, un eslogan publicitario lo mismo que un poema de Cernuda, cuidar de modo sacrificado e implicado a un hijo es lo mismo que abandonarlo, o que es lo mismo cumplir con el deber que transgredirlo.

Contra este estado de cosas que los mandarines intelectuales teorizaron y la plebe (convertida en populacho especialmente por los mass media y el uso de las redes) sigue acríticamente, muchos batallamos.

***

Según señala Val Cunningham en su libro «British Writers of the Trirties«, Geoffrey Grigson fundó la revista New Verse en 1933 como reacción explícita para repeler los valores y gustos literarios de las masas. New Verse fue un foro ferozmente elitista.

Eliot asimismo decretó en frase célebre: «Los poetas de nuestra civilización tal como existe en el presente deben ser difíciles«

Ortega consideraba que la función primordial del arte moderno consiste en dividir al público en dos especies; los «connoisseurs«, aquellos capaces de entenderlo, y quienes no pueden. El arte más que impopular sería antipopular. Cito: «el arte moderno actúa como un poder social que separa y selecciona en el montón informe de la muchedumbre dos castas diferentes de hombres«. Según Ortega la sociedad se reorganizará «en dos órdenes o rangos: los ilustres y los vulgares«. Según también el filósofo español el aristocratismo del arte «fuerza a las masas a reconocer lo que son: la inerte materia del proceso histórico«.

¿Debe el arte, la poesía, excluir a las masas, como pensaban los modernistas? No creo que ello sea condición necesaria ¿Debe la poesía ser difícil? Opinión tan arbitraria como que la poesía debe ser fácil. Lo que debe ser una condición necesaria y suficiente para la poesía es que ésta posea una especie de jugosa calidad, de encanto, emoción, seducción, embrujamiento, independientemente de su mayor o menor fuerza popular.

¿Está el público siempre equivocado en literatura? Pregunta irrelevante, capciosa, el refrendo democrático, el pulgar arriba o abajo de los romanos en el circo, es un criterio extra-estético. El rebaño a veces acierta y otras se equivoca, puede proteger tanto diamantes como barro, si protege diamantes no los convierte por eso en barro, si protege barro no lo convierte tampoco por ello en diamantes. Pero -podemos inferir- cuanto más «uneducated» sea el rebaño más probablemente desbarrará.

Yo ya empiezo a pensar, dado que ahora ser elitista es casi como ser judío en la Alemania de los años treinta, que en un futuro bien próximo el premio Nobel será elegido por el público por voto telefónico, como en Eurovisión; vemos como cada día se desprecia más e influyen menos los prebostes de Oxford -ya nos entendemos- en temas relacionados con la cultura o incluso la ciencia ¿Dejaría operarse usted de apendicitis por un carpintero o por mí o por su vecino, en lugar de por un médico?

Steiner declaró que «El gran arte y la gran literatura están tocados por el fuego y el hielo de Dios» (tesis que argumenta en su centelleante ensayo «Presencias reales«) Dios -seguro- prefiere leer a Esquilo y Virgilio antes que ver fútbol o ir al bingo. No sé si la mayoría de seres humanos escogerían igual. Dios condena a las llamas de infierno a los Instapoetas, pero la multitud, el enjambre ruidoso de la multitud, gozoso les pone «Me gusta«.

Yo creo mucho en Dios y nada en Marwán.